Vladímir Sorokin: “Podemos vivir sin iPhones, pero jamás sin árboles”El escritor ruso analiza la violencia, el arte y la literatura en el Museo del Prado
Un murmullo constante en ruso llenaba el auditorio del Museo del Prado la tarde del pasado jueves, 17 de septiembre. Mucho antes de que se encendieran las luces del auditorio, en la larga fila que se acumulaba en el exterior del edificio, la lengua materna del escritor Vladimir Sorokin ya dominaba el ambiente entre un público expectante que llenó las butacas del escenario.
Desde las seis de la tarde, Sorokin, una de las voces más incisivas y celebradas de la literatura contemporánea en su país, conversó con la escritora y editora Valerie Miles en el marco del programa Escribir El Prado, bajo el título La ventisca en el Prado: una poética de la supervivencia.
En un recorrido biográfico conducido por Miles, la charla se movió desde la pintura, la memoria histórica y el oficio literario a través de cuatro referencias plásticas clave, dos de ellas presentes en la colección del museo: La nevada (o El invierno), de Francisco de Goya; El Jardín de las Delicias, de El Bosco; La Boyarda Morózova, emblemática obra del realista ruso Vasili Súrikov, y la propia serie plástica del autor, Dostoievski 40, compuesta por retratos del gran escritor ruso bajo la estética de vanguardias del siglo XX.
Del lienzo a la máquina de escribir
Sorokin anotó que su vocación original no fue la palabra escrita sino las artes plásticas. Formado en la escena underground del conceptualismo moscovita de los años 70 y 80, recordó que en su juventud compartía la creación de narrativa por las tardes con el diseño de libros durante el día. Pero al ir más atrás, hasta su infancia, contó que recorría los pasillos del Museo Pushkin de Moscú con su propio carné de visitante, una familiaridad con el arte que volvió a experimentar al cruzar las puertas del Prado: “Aquel niño que vive dentro de mí me dijo que estaba en casa”.

Esa línea de su educación visual estuvo presente a lo largo de la charla, también al abordar su devoción por la naturaleza. Nieto de un guardabosques, Sorokin defendió la presencia viva de los árboles como inspiración creativa, pero también espiritual, revelando que antes de iniciar una novela suele pedirles fuerza y resistencia, e interactuar con los cedros libaneses que rodean el propio museo madrileño. “Creo que no podemos vivir sin los árboles; sin los iPhone, por supuesto que sí, pero sin árboles no”, ironizó el autor de La ventisca.
Pintura y poder
El diálogo avanzó hacia la construcción de la atmósfera en sus obras, utilizando como referencia el lienzo de Goya La nevada. Para Sorokin, la imagen de unos campesinos enfrentados al viento helado conecta directamente con la idea rusa del “espacio blanco”, poniéndola en dialogó con la obra de Vasili Súrikov sobre el destierro a Siberia, un mecanismo de castigo del poder ruso que, según el autor, lamentablemente conserva toda su vigencia en la actualidad.
Valerie Miles también preguntó al autor acerca de la constante presencia de la violencia y la humillación en su literatura. Sorokin fue categórico al situar la raíz en su infancia y juventud bajo el régimen soviético, un experimento totalitario que dejó millones de víctimas y familias destruidas: “La humillación era el aire que respirábamos desde el jardín de infancia. Toda mi trayectoria como escritor y artista ha sido una lucha contra la asfixia del Estado”, comentó, a lo que añadió: “Hay literatura que es cómoda, como un sofá donde puedes dormir bien, y hay literatura como la ducha de contraste, que te despierta de la rutina de la vida”, reivindicando la tradición de los autores que plantean preguntas complejas y rindiendo un sentido homenaje al chileno Roberto Bolaño y su novela 2666.

Al abordar su propia obra plástica, la serie Dostoievski 40, Sorokin explicó que recurrió a estéticas como el expresionismo, el arte conceptual o el pop porque considera que Dostoievski fue el escritor que predijo la psicología del siglo XX. Asimismo, situó a El Jardín de las Delicias, de El Bosco, como el auténtico germen del surrealismo y de la narrativa visual: “No son meras fantasías; son historias, es un libro de la vida, de las esperanzas humanas y de los miedos. Vivimos estirados entre el miedo y la esperanza”.

