Dormir entre dinosaurios y cienciaNoventa personas cambian sus camas por sacos de dormir para pasar la noche en el Museo Nacional de Ciencias Naturales
Mucho antes de que la película Noche en el museo, protagonizada por Ben Stiller, se estrenara, el Museo de Ciencias Naturales de Madrid ya acogía al público en sus acampadas nocturnas. Y aunque el miedo a que alguna de las piezas cobre vida de repente es menor que en el filme, esto no hace que la noche sea menos mágica.
El pasado viernes, 25 de septiembre, el centro del Consejo Superior de Investigaciones (CSIC) celebró su tradicional acampada gratuita con motivo de la Noche Europea de los Investigadores. Esta actividad se realiza desde 2015, pero el museo comenzó a organizar esta actividad para colegios y familias en 2001.
La Noche Europea de los Investigadores es un evento de divulgación científica que se celebra cada año el último viernes de septiembre en cientos de ciudades de toda Europa. La acampada suele ser gratuita gracias a la financiación de I+D que recibe el museo de la Unión Europea. Aunque este año no ha contado con esa financiación, el museo ha decidido mantener la celebración y organizar la acampada igualmente.

Pilar López, vicedirectora de Comunicación y Cultura Científica del museo, fue una de las precursoras de la actividad en sus comienzos. “La iniciativa nació con la intención de crear nuevas experiencias y generar curiosidad en los niños, originar vocaciones científicas y conocer el trabajo de los investigadores del museo”, comentó López.
Fósiles de topillos
Las 90 personas que pasaron la noche en el museo se agolparon en la puerta esperando el momento de entrar. Los niños, muy inquietos y emocionados, aturullaban con preguntas a los educadores. “¡Quiero dormir con el mamut!” se escuchaba gritar a una niña. Cuando el reloj dio las 9, las familias, cargadas de mochilas y bolsas como si fueran a pasar una semana entera en el museo, cruzaban las puertas y comenzaban a repartirse por las salas.
Antes de la cena, los educadores habían preparado juegos para introducir a los niños en el trabajo de los investigadores del CSIC. Gema, que lleva 17 años trabajando en el museo, ha notado un cambio en el público: “Los niños vienen cada vez con menos capacidad de atención y son más demandantes”. Ella cree que este tipo de actividades les puede ayudar a desarrollar espíritu crítico, aprender a pensar y descubrir que los investigadores no son “bichos raros”. Mientras Gema les explicaba la columna estratigráfica, los niños corrían por el museo tratando de llegar los primeros a los juegos que les proponían.
En la sala de al lado, los más pequeños se reunían entusiasmados alrededor de lupas binoculares, viendo fósiles de topillos. “Esto no pinta bien, Martina”, le decía un niño a otra al ver que no iban a ganar el juego. Álvaro, que lleva año y medio trabajando en el museo, les acompañaba. Esta es una de las actividades que más le gustan: “Los niños vienen muy emocionados por dormir entre dinosaurios y te contagian esa sensación”. Cuando él tenía la edad de los participantes, le encantaba la naturaleza y la biología. “Ojalá hubiera podido hacer este tipo de actividades”, confesó.

Fósiles de excrementos
Las explicaciones de Cris, que les hablaba de los coprolitos o fósiles de excrementos, arrancaban una carcajada infantil del público. Los niños rodeaban un yacimiento con todo lo necesario para ser un paleontólogo: un gorro y un pincel. Cris, que es pedagoga y lleva 20 años trabajando en el museo, ha visto cómo estas actividades despiertan vocaciones reales en los más pequeños. “Cada año se celebra un congreso científico para adolescentes donde se presentan proyectos de investigación. Hace tiempo, a uno de ellos vino un chico llamado Hugo que, años después, terminó trabajando en el museo como investigador y presentando el congreso”, comentó.


Cerca de las once de la noche, las actividades empezaron a calmarse para dar un respiro a las familias. Una pausa necesaria, sobre todo para los adultos. El cansancio se dibujaba en los rostros de los padres tras el intenso ritmo de la jornada, pero sus caras se iluminaban cada vez que sus hijos se giraban con los ojos muy abiertos y preguntaban: “¿Has visto eso?”. A juzgar por su entusiasmo, parecía que eran ellos, y no los adultos, quienes iban a aguantar despiertos hasta el final.

La familia Valera-Sánchez llegó por recomendación de unos amigos. Saúl, su hijo mayor, ha demostrado un gran dominio del tema en todos los juegos, pero al preguntarle si de mayor le gustaría ser paleontólogo respondió que no. “De momento quiere ser entrenador de Pokémon”, aseguró su madre entre risas. Los padres creen que la acampada es útil para despertar motivación por la ciencia y están seguros de que repetirían la experiencia. Todos iban con los deberes hechos y habían visto la famosa película del 2006. “Hay expectativas”, confesó divertido el padre. Los niños afirmaron que les encantaría que, de repente, se moviera un esqueleto de dinosaurio. “Yo echaría a correr”, se reía su padre.
Después de la cena, todos siguieron aprendiendo sobre dinosaurios, fósiles y biología. Ya había pasado la medianoche cuando las familias extendieron los sacos de dormir y las salas se llenaron de padres intentando convencer a sus hijos de que durmieran. Las luces se apagaron, la jornada terminaba y solo quedaba esperar que esa noche en el museo no hiciera honor a su nombre y ninguna de sus piezas cobrara vida.

