Votar desde la distancia: las preocupaciones de la comunidad brasileña en Madrid ante el balotaje
Entre Lavapiés y Chamberí, los votantes expresan sus inquietudes sobre los derechos sociales, la economía y la polarización

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“Como muchas per­sonas del colec­ti­vo LGTBQ+, hui de Brasil por cues­tiones rela­cionadas con nues­tra comu­nidad. Brasil es uno de los país­es donde más se mata a las mujeres trans. Me fui para bus­car una vida mejor. He venido a Madrid, des­de las Islas Canarias, solo para votar a Luiz Iná­cio Lula da Sil­va”. Marcela Kauf­mann tiene 56 años. Llegó a España el 17 de enero de 1996. Casi tres décadas después, vuelve a mirar hacia su país natal des­de el bar de Katia, un rincón brasileño en el corazón de Lava­piés. Es el primer fin de sem­ana de octubre y un par de días antes de la primera vuelta de las elec­ciones pres­i­den­ciales, algunos de los votantes se reú­nen a la hora de la comi­da.

El aje­treo es noto­rio: platos que chocan entre sí, el sil­bido de las ollas a pre­sión y sartenes con las que se preparan las rec­etas del lugar. Los olores de la fei­joa­da, la faro­fa y la pican­ha trasladan a los clientes a una coci­na en Maran­hao, Bahía o Paraná. Una pal­abra desta­ca entre las tan­tas que se escuchan en el local: saudade.

El bar es un lugar de encuen­tro, un espa­cio pequeño con pocas sil­las y un par de mesas. Un sitio de des­can­so y con­ver­sación. Un pun­to de reunión donde es posi­ble volver, por unas horas, a un país lejano que muchos han deja­do atrás bus­can­do una vida mejor. Pero no todo es comi­da den­tro del bar. Tan pron­to entran, los clientes ven una tela con el ros­tro de Lula cubrien­do una pared, una ima­gen que refle­ja las con­vic­ciones de Katia, la dueña del bar.

Ban­dera de Lula en la entra­da del bar de Katia | Bian­ca Dapoli­to Pin­to

Katia es cono­ci­da por todos. Los clientes lle­gan al lugar y ella salu­da des­de la coci­na tan­to a los habit­uales como a los que pasan por allí oca­sion­al­mente. Entre ellos se encuen­tra Marcela, que arribó a España cuan­do acaba­ba de ter­mi­nar sus estu­dios de Bel­las Artes. “Era mucho más difí­cil para las per­sonas del colec­ti­vo”, recuer­da. A aque­l­la difi­cul­tad se sumó una trage­dia famil­iar: su her­mano, de 19 años, había sido asesina­do. “Me di cuen­ta de que quería una vida mejor y me hablaron de Europa. Sin embar­go, cuan­do llegué, fue muy difí­cil. Tenía claro que no quería ejercer la pros­ti­tu­ción”. En Brasil, expli­ca, las per­sonas del colec­ti­vo son espe­cial­mente vul­ner­a­bles en ese ámbito y el apoyo del sis­tema lab­o­ral es mín­i­mo.

Diversidad frente a intolerancia

Gabriel es otro de los brasileños res­i­dentes en Madrid que se han hecho clientes asid­u­os del bar de Katia. Como en las pare­des del bar, sus con­vic­ciones tam­bién se ven gra­cias a los sím­bo­los tat­u­a­dos en su cuer­po. Tras los resul­ta­dos de la primera vuelta, que dieron a Flávio Bol­sonaro una vic­to­ria de poco más de 2 pun­tos por enci­ma del 45.16% de Lula da Sil­va, decidió tat­u­arse la pal­abra “suda­ca” en el bra­zo dere­cho.  En el izquier­do, un dibu­jo del con­ti­nente lati­noamer­i­cano sim­u­la el con­jun­to de los órganos humanos, entre los que resaltan el corazón y los pul­mones como sím­bo­los de la super­viven­cia. Las imá­genes son impor­tantes para Gabriel: fue él quien le regaló a Katia la ban­dera con el ros­tro de Lula que hoy ador­na la pared de entra­da del bar.

Marcela Kauf­man en la plaza May­or de Madrid | Foto cedi­da por Marcela Kauf­man

Gabriel es de São Paulo, la ciu­dad más grande y próspera de Brasil. Llegó por primera vez a España hace cua­tro años, tras haber ter­mi­na­do el manda­to de Jair Bol­sonaro a ini­cios de 2022: “Fueron los peo­res años de mi vida. Ten­er famil­iares que votaron por el PL, un par­tido que pro­movía agredir a mari­cones por la calle sig­nificó una rup­tura total con ellos. Después de eso, dejamos de cel­e­brar la Navi­dad jun­tos, de felic­i­tarnos en los cumpleaños, todo lo que implic­a­ba ser una famil­ia”.

Días antes de la segun­da vuelta, declara sus inten­ciones: “Escuchar y ver que la mitad de mi país votó por esas ideas en 2018 me pro­du­jo depre­sión, melan­colía y deses­peración. Tuve que ir a ter­apia. Me di cuen­ta, entonces, de que la may­or parte de mi país me quería ver muer­to —ase­gu­ra—. En estas elec­ciones, votar por Lula es votar por la democ­ra­cia”.

El día de la primera vuelta, Gabriel llev­a­ba un sím­bo­lo del que se ha apropi­a­do la derecha: la camise­ta de la selec­ción brasileña. Pese a las cir­cun­stan­cias, bus­ca resig­nificar el uso de esta pren­da en la políti­ca del país. Se siente orgul­loso de ser quien es, del amar­il­lo, verde y azul de su ban­dera. “La polar­ización en Brasil es peor que en España. Cuan­do hablam­os de mi país, hablam­os de vidas humanas. No hay espa­cio para dis­cusión ni para el debate”, afir­ma.

Gabriel tam­bién vota pen­san­do en el lega­do de Jair Bol­sonaro, padre del can­dida­to Flávio Bol­sonaro, con­de­na­do a 27 años de prisión por un inten­to de golpe de Esta­do en 2022:  “Nue­stro expres­i­dente dijo cosas como que prefer­ía ten­er un hijo asesino a uno homo­sex­u­al. Que merecíamos una pal­iza. Que sus hijos jamás man­ten­drían una relación con una per­sona negra. Y que esta comu­nidad debía de ser medi­da como gana­do, no como per­sonas.  Insultó a la diputa­da María do Rosário por su aspec­to. Dijo que era muy fea para que la vio­laran”.

Izquier­da: tat­u­a­je “suda­ca” en el bra­zo de Gabriel — Derecha: Gabriel Guret­ti, días antes de la segun­da vuelta | Bian­ca Dapoli­to Pin­to

Sobre Flávio Bol­sonaro —que tam­bién es senador por Río de Janeiro— comen­ta: “Declara abier­ta­mente que nues­tra exis­ten­cia no es vál­i­da. Y, si insis­ti­mos en exi­s­tir, nos mata. Su padre está en la cár­cel por fir­mar un proyec­to de golpe de Esta­do, y, en con­se­cuen­cia, tratar de acabar con la vida de Lula”.

Pese a la ven­ta­ja de Bol­sonaro en la primera vuelta, con el 47,03 % de los votos frente al 45,16 % obtenido por Lula, Gabriel comen­ta: “Estoy más tran­qui­lo. Prin­ci­pal­mente porque ya no vivo en Brasil”.

La nostalgia del poder

Lejos del bar de Katia, el 4 de octubre, una larga cola se amon­ton­a­ba frente al cole­gio blan­ca de Castil­la. Era la primera vuelta de las elec­ciones. La ten­sión se acu­mu­la­ba en el ambi­ente y la polar­ización era pal­pa­ble. Dos col­ores resalta­ban: el rojo de los seguidores del Par­tido de los Tra­ba­jadores y el amar­il­lo de los votantes del Par­tido Lib­er­al.

Entre los votantes que mostra­ban públi­ca­mente con ban­deras o camise­tas su inten­ción de votar por Flávio Bol­sonaro se encon­tra­ba Valdenisa, de 63 años. Su voto sostiene un para­lelis­mo con el de Gabriel: ambos temen las con­se­cuen­cias de los resul­ta­dos elec­torales. Pero sus moti­va­ciones son dis­tin­tas. No se plantea regre­sar a su país si la situación con­tinúa así y, a pesar de los even­tos ocur­ri­dos tras el 2022, sigue dis­pues­ta a cues­tionar la legit­im­i­dad del resul­ta­do elec­toral si el PT vuelve a impon­erse: “En Brasil las urnas elec­tróni­cas fueron saboteadas en las últi­mas elec­ciones.  La vic­to­ria no fue legí­ti­ma”, comenta­ba Valdenisa a las puer­tas del cole­gio Blan­ca de Castil­la, donde acud­ieron los brasileños para votar en la primera vuelta.

Valdenisa (a la derecha, con la ban­dera de Brasil en sus hom­bros) jun­to a votantes del par­tido Lib­er­al momen­tos antes de votar en la primera vuelta | Bian­ca Dapoli­to Pin­to

Su famil­ia con­tinúa en Brasil y ella sigue de cer­ca las difi­cul­tades económi­cas que atraviesa. Sus her­manos tienen com­er­cios y ase­gu­ra que sus nego­cios se han vis­to afec­ta­dos por la fal­ta de empleo y de poder adquis­i­ti­vo: “Las per­sonas no tienen dinero, no tienen tra­ba­jo para com­prar, para poder vivir. El Gob­ier­no no ayu­da a los pro­duc­tores. Es lo más impor­tante para una nación, de ello depende la super­viven­cia del país y sus habi­tantes”, protes­ta.

Valdenisa vuelve a sus pre­ocu­pa­ciones por la legit­im­i­dad de los resul­ta­dos, algo que car­ac­ter­i­za a los votantes bol­sonar­is­tas. Sostiene que existe una parte impor­tante de la sociedad brasileña que no reconoce a Lula como ganador y que Jair Bol­sonaro aún con­ser­va un fuerte apoyo pop­u­lar: “El antiguo pres­i­dente Bol­sonaro, que perdió las elec­ciones, cuan­do sale a la calle es aplau­di­do y abraza­do por el pueblo”. Para ella, Flávio Bol­sonaro rep­re­sen­ta pre­cisa­mente lo que, a su juicio, Brasil nece­si­ta recu­per­ar: “La famil­ia, la democ­ra­cia y la hon­esti­dad”.

Rena­to tam­bién acud­ió a votar al cole­gio Blan­ca de Castil­la. Fue con una camise­ta con el ros­tro de la famil­ia Bol­sonaro (padre e hijo luchan por el pro­tag­o­nis­mo de la pren­da amar­il­la) y el lema “Dios, Patria y famil­ia”, y otra frase en su espal­da: “Vamos a entrar con el pie dere­cho”. Para él, 2003 fue un año deci­si­vo: “Ganó Lula y me vine a España. Lle­vo 23 años aquí”.  

Izquier­da: una votante accede con la ban­dera de Brasil al cole­gio Blan­ca de Castil­la — Derecha: cab­i­na de votación de la Jus­ti­cia Elec­toral en Madrid | Bian­ca Dapoli­to Pin­to

Mien­tras los votantes salían, Rena­to observ­a­ba el espa­cio con deten­imien­to. Su mira­da, cansa­da y seria, mostra­ba deter­mi­nación. Es un hom­bre de pocas pal­abras. Fras­es direc­tas y cor­tas, y siem­pre con sig­nifi­ca­do. Aunque no es de com­par­tir mucho, no duda en man­i­fes­tar su ago­tamien­to ante el panora­ma políti­co de su país: “La situación va cada vez peor. Este gob­ier­no lle­va cua­tro mandatos. Siem­pre dice que va a erradicar el ham­bre. Conoz­co Brasil de pun­ta a pun­ta. Soy del nordeste, y ahí la real­i­dad es difer­ente. La necesi­dad se nota día a día. Quiero un cam­bio porque cada vez que pon­go las noti­cias veo casos de cor­rup­ción. Las empre­sas fal­lan y la economía va mal. Brasil es comu­nis­mo.  El gob­ier­no tiene que cam­biar para pros­per­ar”, dice.

El síndrome de vira-lata

En estas elec­ciones de 2026, 918.876 brasileños res­i­dentes en el extran­jero están habil­i­ta­dos para votar, 200.000 más que en 2022. El voto des­de el exte­ri­or está reser­va­do solo para la elec­ción pres­i­den­cial, por lo que quienes acu­d­en a las urnas fuera de Brasil deci­den exclu­si­va­mente quién ocu­pará la pres­i­den­cia y la vicepres­i­den­cia de la Repúbli­ca.

La cam­paña ha esta­do mar­ca­da por la ten­sión y por la difi­cul­tad para encon­trar pun­tos de encuen­tro. La par­tic­i­pación, oblig­a­to­ria en Brasil, se mantiene en nive­les ele­va­dos y refle­ja la impor­tan­cia que los ciu­dadanos conce­den a unos comi­cios cel­e­bra­dos en un con­tex­to de pre­ocu­pación por la situación económi­ca, el endeu­damien­to de los hog­a­res y la vio­len­cia vin­cu­la­da al crimen orga­ni­za­do. Un expo­nente común resalta: la desigual­dad en el país.

Izquier­da: Después de votar, Rena­to espera frente al cole­gio Blan­ca de Castil­la. Derecha: camise­ta de Rena­to | Bian­ca Dapoli­to Pin­to

En la larga cola vis­i­ble en las afueras del cole­gio, esperan­do para ejercer su dere­cho al voto, esta­ba Isaías. Su apues­ta por Lula responde a un rec­ha­zo a lo que con­sid­era “el peli­gro del des­go­b­ier­no” de la extrema derecha en Brasil. Tiene 33 años, seis de ellos vivien­do en Madrid. Una his­to­ria de amor lo tra­jo a España, donde cono­ció a su mari­do. “Voto por Lula porque voy en con­tra de gob­ier­nos que no tienen capaci­dad, preparación o his­to­ria. No tienen expe­ri­en­cia políti­ca ni proyec­tos aproba­dos que hayan pro­por­ciona­do a Brasil algún tipo de ben­efi­cio real”, señala.

Su expe­ri­en­cia en Cam­po Grande, la per­ife­ria de Río de Janeiro, ha dado for­ma a sus ide­ales: “Pude estu­di­ar en la uni­ver­si­dad gra­cias a un pro­gra­ma del gob­ier­no de Lula y el PT. Mi famil­ia tam­bién recibió una serie de ayu­das que nos per­mi­tieron vivir. Sin ellas, la vida hubiese sido muy com­pli­ca­da”.

Mien­tras Isaías avan­za en la cola, el vien­to lev­an­ta la tela que ondea en su espal­da: una gran ban­dera roja con la cara del actu­al pres­i­dente del Gob­ier­no brasileño: “Mi sueño es volver a un Brasil donde no haya tan­ta polar­ización, donde este­mos unidos. Es muy difí­cil que man­teng­amos nues­tras rela­ciones como antes. A lo largo de mi vida he per­di­do muchas amis­tades por motivos políti­cos. Hoy en día inten­to sep­a­rar las ideas políti­cas de las per­sonas”.

“Brasil no cabe en el cuar­to de nadie”. Para Isaías, esta expre­sión sig­nifi­ca que el país debe man­ten­er su autonomía políti­ca y cul­tur­al, rela­cionarse con otras naciones des­de una posi­ción de igual­dad y evi­tar el com­plexo del vira-lata, una expre­sión que describe la ten­den­cia de una per­sona o de una sociedad a menos­pre­ciar su propia cul­tura, país o iden­ti­dad y a creer que todo lo que viene del extran­jero es supe­ri­or. “Brasil tiene su autonomía, su cul­tura y su sober­anía. No nece­si­ta­mos bajar la cabeza ante país­es desar­rol­la­dos como Esta­dos Unidos. No esta­mos por deba­jo de nadie”, afir­ma.

Lo que ya no con­fían

Hace dos años, cuan­do Lucas acaba­ba de lle­gar a España, se encon­tró con el bar de Katia. Ahí le ofrecieron tra­ba­jo, comi­da y com­pañía. Un espa­cio seguro en el que pudo ater­rizar. Hoy ya no tra­ba­ja tras la bar­ra del establec­imien­to, pero sus vis­i­tas son habit­uales porque, como dice, ahí ha con­stru­i­do una famil­ia que le va a acom­pañar siem­pre.

Aunque su vida es cada vez más estable en Madrid, mira al pasa­do con nos­tal­gia, con ganas de vis­i­tar la región que lo vio con­ver­tirse en adul­to. Lucas es de Cam­pos, en el esta­do de Río de Janeiro, conc­re­ta­mente de un bar­rio lla­ma­do Pen­ha: “Es una zona com­pli­ca­da, donde hay bas­tante crim­i­nal­i­dad y prob­le­mas rela­ciona­dos con las dro­gas. En Brasil hay difer­en­cias impor­tantes entre bar­rios y zonas de una mis­ma ciu­dad, y la seguri­dad es una pre­ocu­pación con­stante”.

Isaías, en la Plaza de Cham­berí tras haber vota­do el pasa­do 4 de octubre | Bian­ca Dapoli­to Pin­to

La situación políti­ca gen­era en él una sen­sación com­ple­ta­mente dis­tin­ta: decep­ción. Lucas for­ma parte del por­centa­je del elec­tora­do des­en­can­ta­do. No se iden­ti­fi­ca con ninguno de los par­tidos prin­ci­pales de la cam­paña. “Ten­emos que decidir si quer­e­mos que presi­da el país un asesino o un ladrón”, afir­ma.

Ante las cir­cun­stan­cias, durante la primera vuelta, decidió no votar. Aho­ra, en la segun­da vuelta, no podrá par­tic­i­par por razones buro­cráti­cas. Tras los resul­ta­dos del pasa­do 4 de octubre, su opinión sobre uno de los can­didatos es un poco más favor­able que antes. No porque las opciones le parez­can sufi­cientes, sino porque, según dice, existe un temor may­or: “que gane el Par­tido Lib­er­al y que un asesino lid­ere el país”.

Tras finalizar sus estu­dios uni­ver­si­tar­ios, el obje­ti­vo de Lucas era via­jar por Europa, cono­cer el mun­do. Sin embar­go, la pér­di­da de su abue­lo y la muerte repenti­na de un ami­go de la infan­cia mar­caron un antes y un después en su trayec­to­ria. Su famil­ia vivió de cer­ca la pre­cariedad de la sanidad en Brasil, una real­i­dad que él mis­mo exper­i­men­tó a los 16 años al sufrir una apen­dici­tis no diag­nos­ti­ca­da a tiem­po. Tras per­manecer casi dos días ingre­sa­do en el hos­pi­tal sin dispon­er siquiera de una cama, logró ser inter­venido al límite: “Si hubiera tar­da­do unas horas más en lle­gar al quiró­fano, podría haber sufri­do una infec­ción gen­er­al­iza­da y haber muer­to”, recuer­da.

“Si tuviera que resumir la vida en Brasil en una pal­abra, esta sería desafío. La may­oría de las per­sonas tra­ba­ja para man­ten­erse viva, pagar las fac­turas y con­seguir, con suerte, algún momen­to de ocio al mes. Hay gente que tra­ba­ja seis o siete días a la sem­ana sim­ple­mente para cubrir sus necesi­dades bási­cas”, dice.

Los indi­cadores del mer­ca­do lab­o­ral brasileño se ajus­tan a la opinión de Lucas. Aunque el país ha reg­istra­do una evolu­ción favor­able del empleo, las cifras mues­tran que el acce­so a un tra­ba­jo no siem­pre garan­ti­za unas condi­ciones de vida esta­bles. Según el Insti­tu­to Brasileño de Geografía y Estadís­ti­ca (IBGE), la tasa de desem­pleo se situó en el 5,3 % durante el trimestre de junio a agos­to de 2026. Sin embar­go, la tasa de subu­ti­lización lab­o­ral alcanzó el 13,1 %, lo que evi­den­cia que las difi­cul­tades van más allá de quienes bus­can empleo sin encon­trar­lo.

Lucas, en el bar de Katia |Bian­ca Dapoli­to Pin­to

“Creo que existe una relación muy impor­tante entre la pobreza, la fal­ta de edu­cación y la inse­guri­dad. Un país donde muchas per­sonas viv­en en condi­ciones de mis­e­ria, donde es difí­cil encon­trar tra­ba­jo y donde no exis­ten sufi­cientes opor­tu­nidades ter­mi­na tenien­do prob­le­mas sociales mucho más graves. Cuan­do las per­sonas no reciben edu­cación y no encuen­tran una man­era de salir ade­lante, algu­nas ter­mi­nan recur­rien­do a activi­dades delic­ti­vas para con­seguir lo que nece­si­tan”, con­cluye.

Este domin­go los caminos de muchos votantes brasileños en Madrid lle­gan al bar de Katia, donde volverán a encon­trarse para seguir el desar­rol­lo de la segun­da y defin­i­ti­va ron­da de vota­ciones que deter­mi­nará el rum­bo de los próx­i­mos cua­tro años de su país. Marcela estará una vez más entre los clientes que pasarán parte de su domin­go en este bar de Lava­piés.

La canaria de adop­ción ha regre­sa­do a Madrid para ejercer su dere­cho al voto en el balota­je, y para ver a Katia de nue­vo. Esta vez se mues­tra más pre­ocu­pa­da que antes por los resul­ta­dos de la primera vuelta: “Me pre­ocu­pa mucho que gane la derecha. Nue­stro país ya sufre pobreza, mar­ginación y racis­mo y esto puede empe­o­rar la situación”. Ella habla des­de una expe­ri­en­cia mar­ca­da por el rec­ha­zo. Perdió a su madre cuan­do tenía diez años y, más tarde, su propia famil­ia la expul­só de casa: “Me echaron a la calle por ser quien era. No acept­a­ban mi sex­u­al­i­dad. No le deseo eso a nadie. Las per­sonas tienen dere­cho a ser felices”.

Derecha: Gabriel | Bian­ca Dapoli­to Pin­to

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