LA GRAN NOCHE DE ZUBIN MEHTA
El director se despide de su público en Madrid con dos conciertos consecutivos en el Auditorio Nacional

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El Audi­to­rio Nacional de Músi­ca de Madrid acogió este pasa­do fin de sem­ana una de esas veladas lla­madas a con­ver­tirse en recuer­do colec­ti­vo: un concier­to del ciclo Iber­músi­ca en hom­e­na­je a Zubin Mehta, con la WestEast­ern Divan Orches­tra y la joven vio­lin­ista españo­la María Dueñas como gran pro­tag­o­nista solista.

El acto, cel­e­bra­do en la noche del 14 de febrero, e inscrito den­tro de la gira de cel­e­bración del 90 cumpleaños del mae­stro con una serie de concier­tos con­ce­bidos como cel­e­bración de una trayec­to­ria excep­cional al frente de las grandes orques­tas del mun­do, tuvo el carác­ter implíc­i­to de des­pe­di­da del públi­co madrileño, mar­ca­do por la emo­ción de ver a una leyen­da enfrentarse a sus lim­ita­ciones físi­cas sin renun­ciar a la autori­dad artís­ti­ca que lo ha definido durante décadas.

El concier­to tuvo lugar en la Sala Sin­fóni­ca del Audi­to­rio Nacional, den­tro del pres­ti­gioso ciclo de Iber­músi­ca, respon­s­able de algu­nas de las vis­i­tas sin­fóni­cas más impor­tantes a Madrid des­de hace medio siglo. A Mehta lo acom­pañó la West‑Eastern Divan Orches­tra, la for­ma­ción fun­da­da por Daniel Baren­boim en 1999 que reúne jóvenes músi­cos de Israel, Palesti­na y diver­sos país­es árabes como proyec­to artís­ti­co y políti­co de diál­o­go, una orques­ta que el pro­pio Mehta ha dirigi­do en numerosas oca­siones. Para muchos asis­tentes, la com­bi­nación de esta orques­ta emblemáti­ca con un mae­stro de 90 años y una solista españo­la emer­gente con­vertía la ocasión en un acon­tec­imien­to de primer orden en la vida musi­cal madrileña.

El pro­gra­ma, de fuerte impronta román­ti­ca, se abrió con una ober­tu­ra de Richard Wag­n­er que los críti­cos describen como el primer gran éxi­to del com­pos­i­tor, una pági­na todavía cer­cana al lengua­je sin­fóni­co con­ven­cional pero ya car­ga­da de ten­sión dramáti­ca y de un crescen­do final de carác­ter casi cer­e­mo­ni­al.

La lec­tura de Mehta se car­ac­ter­izó por una con­struc­ción pau­sa­da y rig­urosa, con una sonori­dad grave y com­pacta en las cuer­das bajas que estable­ció des­de el comien­zo una atmós­fera noble y con­teni­da, sin necesi­dad de efec­tos retóri­cos. Esa intro­duc­ción wag­ne­r­i­ana preparó el ter­reno para el Concier­to para vio­lín n.º 1 en sol menor, op. 26, de Max Bruch, con­ce­bido aquí como eje líri­co y emo­cional de la vela­da.

El talento de la violinista María Dueñas

En la segun­da parte sonó la Sin­fonía n.º 4 en fa menor, op. 36, de Piotr Ilich Chaikovs­ki, una de las cum­bres del sin­fon­is­mo román­ti­co, con su céle­bre moti­vo de “des­ti­no” en los met­ales y un despliegue dramáti­co que va de la inqui­etud ini­cial al bril­lo exul­tante del final.

El Concier­to de Bruch supu­so el gran momen­to de María Dueñas, la vio­lin­ista granad­i­na de 23 años que se ha con­sol­i­da­do como uno de los tal­en­tos más bril­lantes de su gen­eración, con pre­mios inter­na­cionales y con­tra­to en exclu­si­va con Deutsche Gram­mophon. El primer movimien­to, Vor­spiel. Alle­gro mod­er­a­to, se desar­rol­ló con un tem­po solemne y un tono intro­spec­ti­vo, con un diál­o­go con­tenido entre solista y orques­ta que hab­it­a­ba la melan­colía sin caer en el sen­ti­men­tal­is­mo.

Mehta envolvió a la solista con un acom­pañamien­to flex­i­ble, casi camerís­ti­co, que per­mitía res­pi­rar cada frase y sub­raya­ba los momen­tos de may­or ten­sión sin eclip­sar el vio­lín. En el Finale. Alle­gro ener­gi­co, Dueñas desplegó una afi­nación impeca­ble y un uso del arco de pre­cisión mil­imétri­ca, resolvien­do las exi­gen­cias téc­ni­cas de la par­ti­tu­ra con nat­u­ral­i­dad desar­mante y energía juve­nil. La respues­ta del públi­co fue entu­si­as­ta, con­sol­i­dan­do la impre­sión de que el concier­to había sido, además de un hom­e­na­je a Mehta, la con­fir­ma­ción de una nue­va gran solista españo­la en la esce­na inter­na­cional.

Más allá del pro­gra­ma, el ele­men­to que mar­có la noche fue la car­ga emo­cional. En dis­tin­tos medios espe­cial­iza­dos se habla de una de las ova­ciones más largas y sono­ras que se recuer­dan en el Audi­to­rio Nacional cuan­do Mehta apare­ció en esce­na, vis­i­ble­mente lim­i­ta­do en su movil­i­dad pero todavía dueño de un gesto pequeño y con­cen­tra­do capaz de con­vo­car un mun­do de sonido. La ovación final, tras la sin­fonía de Chaikovs­ki, fue inter­pre­ta­da como un agradec­imien­to a una deter­mi­na­da man­era de enten­der la músi­ca: como memo­ria viva, como tradi­ción que se renue­va en cada inter­pretación y como espa­cio de encuen­tro entre gen­era­ciones y cul­turas, encar­na­do esa noche por la alian­za entre Zubin Mehta, María Dueñas y la West‑Eastern Divan Orches­tra.

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