Sergio Bezos: “Mi estilo se basa en hacerlo mal”
El cómico, pieza importante del programa de TVE, habla sobre la imprecisión, el talento y la libertad de trabajar sin guion

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El ros­tro del caos en La Revuelta

Ser­gio Bezos lle­ga a la entre­vista con la mis­ma nat­u­ral­i­dad descon­cer­tante con la que se enfrenta cada noche al públi­co de La Revuelta. No hay guión, ni en el plató de tele­visión ni en esta cafetería en la que nos encon­tramos. A primera vista, podría pare­cer un tipo tran­qui­lo, lejos de la ima­gen de agi­ta­dor de masas que proyec­ta en su show. Sin embar­go, en cuan­to empieza a hablar, aso­ma ese esti­lo incon­fundible que él define como una mez­cla de inocen­cia y caos. For­ma­do en Comu­ni­cación Audio­vi­su­al, con tres másteres y cur­tido en la impro­visación teatral tras estu­di­ar en el con­ser­va­to­rio, Bezos ha pasa­do de escribir en la som­bra a con­ver­tirse en un ele­men­to impre­scindible del humor actu­al en España. 

Licenciado en Comunicación Audiovisual

Su camino hacia el humor no fue una línea rec­ta. Al repasar su cur­rícu­lum, uno se encuen­tra con datos ines­per­a­dos: es licen­ci­a­do en Comu­ni­cación Audio­vi­su­al y llegó a cur­sar has­ta tres másteres dis­tin­tos. “Hice ocho años de con­ser­va­to­rio, aunque no lo acabé, me quedaron dos”, detal­la, rev­e­lando una dis­ci­plina musi­cal que quizás expli­ca su sen­ti­do del rit­mo en esce­na. Cuan­do le pre­gun­to en qué momen­to todo eso se une para lle­var­le a la come­dia, su respues­ta es prag­máti­ca: “No hubo un det­o­nante ni una estrate­gia defini­da; he ido hacien­do cosas y me he queda­do donde enca­ja­ba”. 

Bezos rompe cualquier ide­al­ización román­ti­ca sobre su pro­fe­sión. Rec­haza tajan­te­mente la eti­que­ta de “elegi­do” o el mist­i­cis­mo del artista. “No creo que exis­tan los tal­en­tos”, sen­ten­cia muy serio, mirán­dome fija­mente. Para él, hac­er reír no es un don divi­no sino un ofi­cio de arte­sano, de picar piedra a diario. “Des­de niño me inventa­ba his­to­rias para hac­er reír a mis padres, pero creo que es fru­to de repe­tir y repe­tir sin darme cuen­ta. Sim­ple­mente le he ded­i­ca­do más tiem­po que otros”, expli­ca, restán­dose impor­tan­cia. 

Mi cur­ro es que no se generen situa­ciones incó­modas. Si me insul­tan, fin­jo que me está gus­tan­do”

De hecho, sus ini­cios no fueron un camino de rosas. Recuer­da su primera expe­ri­en­cia pro­fe­sion­al delante de una cámara, un sketch para la pro­duc­to­ra Globo­me­dia, casi como un trau­ma: “Lo pasé tan mal aque­l­la primera vez que me apun­té a clases de impro­visación teatral para super­ar­lo”. Aquel mal tra­go fue el motor y, a par­tir de entonces, empezó a recor­rer los bares de Madrid para hac­er open mics (micró­fono abier­to). 

Curiosa­mente, no lo hacía por vocación de actor, sino como estrate­gia: quería que los direc­tores vier­an lo que escribía en sus guiones. “Al final, me he ido quedan­do con lo que se me iba dan­do bien”, admite con esa humil­dad que es su ras­go más dis­tin­ti­vo. 

No hay nada preparado

Ser­gio es como un funam­bu­lista que dis­fru­ta cayén­dose de la cuer­da flo­ja. Él lo tiene claro: su humor se basa en la estéti­ca del error. “Creo que mi esti­lo es un poco sur­re­al­ista, alo­ca­do y se basa en come­ter muchos errores todo el rato. Mi esti­lo es hac­er­lo mal, ese es el resumen”, afir­ma sin rodeos. Lejos de ser algo neg­a­ti­vo, esa trans­paren­cia rad­i­cal es lo que le conec­ta con el públi­co joven. 

Ser­gio Bezos, durante la entre­vista, min­u­tos antes de grabar La Revuelta | María Fer­nán­dez Sanz

“Me sale fácil ser trans­par­ente. Si la lío, pido dis­cul­pas o sien­to vergüen­za y dejo que se note. Es mucho mejor eso que inten­tar fin­gir que todo está bien”, argu­men­ta. Esa hon­esti­dad es su her­ramien­ta prin­ci­pal en La Revuelta, donde tra­ba­ja sin red de seguri­dad. Cuen­ta su ruti­na diaria con una sim­pli­ci­dad pas­mosa: “No hay nada prepara­do. Yo no sé quién viene. Llego, me maquil­lo, me vis­to y sal­go”. 

Esa anar­quía, a veces, le regala momen­tos increíbles, como el día que vio entre el públi­co a “un policía munic­i­pal pegán­dose con una luchado­ra de MMA [artes mar­ciales mix­tas]”. Sin embar­go, tra­ba­jar con una audi­en­cia de for­ma tan direc­ta tiene su cara B. A veces, la gente lle­ga bor­racha o le insul­ta bus­can­do el chiste fácil. En esos momen­tos, Bezos deja paso al domador de fieras: “Mi cur­ro es que no se generen situa­ciones incó­modas. Si me insul­tan, mi tra­ba­jo es fin­gir que me está gus­tan­do”.  

Lo pasé tan mal la primera vez que grabé un sketch que me apun­té a clases de impro­visación teatral para super­ar­lo”

Es la parado­ja de su ofi­cio: tra­gar sali­va y son­reír para que el espec­tácu­lo con­tinúe. Sobre la cen­sura en la tele­visión públi­ca es tajante y ata­ja los rumores: “No está cen­sura­do prác­ti­ca­mente nada. Si algo no sale es porque no ha sido gra­cioso o por fal­ta de tiem­po” 

Un tipo normal

Pese al éxi­to, Bezos reconoce que de pro­gra­mas de tele­visión ya está “servi­do”. Su mira­da está pues­ta en el futuro y apun­ta hacia la fic­ción. Recuer­da con entu­si­as­mo la época de Gente Viva, los sketch­es que graba­ba, y con­fiesa que le encan­taría volver a eso: hac­er cine, pelícu­las o series de humor, donde pue­da ten­er más con­trol cre­ati­vo sobre la nar­ra­ti­va.  “Es difí­cil encon­trar un tra­ba­jo tan guay como este, con estos priv­i­le­gios y rodea­do de ami­gos, pero me apetece la fic­ción”, ase­gu­ra. 

Para cer­rar la con­ver­sación —y sub­ra­yar esa mez­cla de humor absur­do y pro­fun­do que tiene— una últi­ma pre­gun­ta algo trascen­den­tal: ¿cómo le gus­taría ser recor­da­do el día que se muera? Se ríe, pien­sa un segun­do y da una respues­ta genial, car­ente de pre­ten­siones: “Como per­sona, me ten­go que morir primero. Pero creo que, como muer­to, es guay ser una anéc­do­ta”. No quiere grandes reconocimien­tos, le bas­ta con que alguien cuente una bue­na his­to­ria sobre él, porque “la gente depu­ra los mal­os momen­tos y se que­da con lo boni­to”. Como cómi­co, solo espera poder tra­ba­jar “veinte años más. Como mín­i­mo, cin­co”. 

Es difí­cil encon­trar un tra­ba­jo tan guay como este”

Se aca­ba el café y se ale­ja. Se mez­cla con la gente de la cafetería y demues­tra, una vez más, que su may­or tal­en­to es, pre­cisa­mente, pare­cer un tipo nor­mal mien­tras hace his­to­ria en la tele­visión. 

Sin embar­go, la his­to­ria no ter­mi­na aquí. Min­u­tos más tarde, en el teatro donde se gra­ba La Revuelta, el cam­bio es bru­tal. En cuan­to se encien­den las luces, el chico tran­qui­lo de la cafetería desa­parece y emerge la bes­tia escéni­ca, capaz de domar el caos y con­ver­tir el error en arte.

El públi­co espera a que comience la grabación del pro­gra­ma I María Fer­nán­dez Sanz 

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