Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Nueva York vuelven a Madrid pisando fuerte
El público del Auditorio Nacional de Madrid vivió el pasado miércoles una velada que trascendió el concierto para convertirse en acontecimiento: la vuelta de Gustavo Dudamel tras su última presentación en la capital con la Orquesta Sinfónica de Londres en mayo de 2025. Dentro del ciclo Ibermúsica, el director venezolano se reencontró con la audiencia madrileña estando esta vez al frente de la Orquesta Filarmónica de Nueva York.
La vuelta a la capital de la orquesta neoyorquina se dio tras una ausencia mucho más larga que la del director: 16 años. La expectativa era enorme. El ensamble no visitaba España desde 2010, cuando lo hizo bajo la dirección de Alan Gilbert. Su regreso a Madrid, además, se producía en el marco de la primera gira europea de Dudamel como titular del conjunto, una gira que ha pasado ya por Berlín, y estará también en Hamburgo y Viena.
Mahler y la apertura del concierto
La conexión entre Gustav Mahler y la Filarmónica de Nueva York añade una capa histórica especialmente sugerente. Mahler fue director de la orquesta neoyorquina en los últimos años de su vida, entre 1910 y 1911, y bajo su liderazgo la formación se profesionalizó de manera decisiva. Que Dudamel, nuevo director de esa misma institución, eligiera la Quinta de Mahler para su presentación en Madrid parecía una declaración de intenciones: honrar la tradición e insuflar una nueva energía a la orquesta a la vez.
El concierto se abrió con Imágenes mestizas, de la compositora cubana Tania León, encargo de la Filarmónica de Nueva York y estreno en España. A continuación, llegó la obra central: la Sinfonía núm. 5 en do sostenido menor de Mahler, una de las partituras más célebres y exigentes del repertorio sinfónico.
La obra de Tania León abrió el concierto con poco más de diez minutos de música. Imágenes mestizas parte de una melodía de origen nigeriano y la transforma en un mosaico de lenguajes en el que conviven elementos del jazz y de las tradiciones musicales latinoamericanas. La partitura, de orquestación elegante y colorista, dio especial protagonismo a la madera y a la percusión.
La Quinta Sinfonía de Mahler es una obra de extremos. Comienza con una marcha fúnebre y culmina en un final exultante; atraviesa un Scherzo gigantesco, un célebre Adagietto de delicadeza casi íntima y un Rondo final de enorme vitalidad. Interpretarla exige equilibrio y fuerza suficiente para sostener sus contrastes, pero sin caer en el exceso.
El Scherzo fue probablemente uno de los mejores momentos de la noche, con esa mezcla de danza, ironía y fuerza que caracteriza a Mahler. La trompa solista, además, ofreció una interpretación memorable en ese movimiento.
Una noche y una carrera de éxitos
Más allá de los matices interpretativos, lo cierto es que el Auditorio Nacional vivió una noche de gran éxito. Las entradas estaban agotadas desde hacía meses y la recepción final fue de auténtico entusiasmo. Dudamel desplegó todo el repertorio de su carisma indudable, una capacidad especial para conectar con el público y una presencia escénica que convierte cada concierto en un evento.
Con el lleno total que lograron la vuelta del director venezolano y la orquesta neoyorquina, alrededor de 2300 personas fueron testigos de la calidad de uno de los músicos más relevantes de su generación. Su trayectoria le ha llevado a dirigir las grandes orquestas y salas del mundo. Tras 17 temporadas al frente de la Filarmónica de Los Ángeles, donde dejó una huella profunda tanto artística como institucional, Dudamel asumió en 2026 la dirección musical y artística de la Filarmónica de Nueva York.

