Alberto San Juan, actor: “El teatro se ocupa de las cosas que importan al ser humano”

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Entre títu­los de Del­phine de Vigan y Sigrid Nunez, con una son­risa amable y bus­can­do las pal­abras exac­tas, nos recibe Alber­to San Juan, actor, direc­tor y dra­matur­go español, ganador de dos pre­mios Goya por las pelícu­las Bajo las estrel­las y Sen­ti­men­tal.

San Juan empezó su car­rera artís­ti­ca tras finalizar sus estu­dios en Peri­odis­mo en la Uni­ver­si­dad Com­plutense de Madrid. En 2013, jun­to a un pequeño grupo de colab­o­radores, fundó el Teatro del Bar­rio, que sigue acti­vo a día de hoy, aunque él dejó de tra­ba­jar allí hace siete años. “Des­de que me fui, me sien­to sin casa otra vez”, reconoce. En la intim­i­dad de su hog­ar, ofrece una mira­da reflex­i­va sobre la políti­ca y la sociedad actuales y cuen­ta cómo cam­bió el peri­odis­mo por la inter­pretación.

P. Pasó de estu­di­ar Peri­odis­mo a con­ver­tirse en actor y direc­tor, ¿cómo fue ese camino?

R. A mí me atraía la inter­pretación, el mun­do de los actores, del cine y del teatro des­de los 14 años porque en el cole­gio tuvi­mos clase de cine. Cuan­do acabé la eta­pa pre­via a la uni­ver­si­dad, con 17 años, tenía claro que quería meterme en una escuela de teatro, pero no me atrevía a plantear­lo en casa porque entendía que lo que se esper­a­ba de mí era que estu­di­ara una car­rera uni­ver­si­taria. Como tenía un carác­ter más bien sum­iso, no me atreví, así que escogí la car­rera de Peri­odis­mo porque me gusta­ba la lit­er­atu­ra y escribir. Podría haber estu­di­a­do Filosofía o Filología o His­to­ria, pero estudié Peri­odis­mo.

Cuan­do acabé la car­rera, me fui a tra­ba­jar a la Expo, a la Exposi­ción Uni­ver­sal de Sevil­la del 92. Allí tam­bién esta­ba Anto­nio de la Torre, com­pañero mío. Ya habíamos comen­ta­do que nos gusta­ba el mun­do de los actores, o lo que imag­inábamos que sería, porque no teníamos ni idea. Entonces, decidi­mos que al acabar la Expo nos volveríamos a Madrid y nos meteríamos en una escuela de teatro. Y así lo hici­mos. Estuve durante un tiem­po hacien­do prác­ti­cas en Diario 16 y a la vez estu­dian­do teatro. Final­mente, aunque me iba gus­tan­do mucho el mun­do del peri­odis­mo, me enam­oré del teatro y dejé el peri­odis­mo.

P. ¿Cuál es la obra que más le removió inter­na­mente mien­tras la prepara­ba?

R. Hice una pelícu­la con Fer­nan­do Fran­co el ver­a­no pasa­do que se estre­nará den­tro de unos meses y que se lla­ma La luz. En ella, inter­pre­to a un per­son­aje que está vivien­do una situación de dolor y de soledad enorme. A mí nun­ca me ha pasa­do eso de con­fundir mi per­sona con el per­son­aje o que los per­son­ajes que he inter­pre­ta­do me afecten. Siem­pre he sabido sep­a­rar. Pero es ver­dad que, en esta ocasión, por lo que fuera, ese roda­je me dejó toca­do.

P. ¿Le ha resul­ta­do incó­mo­do algu­na vez, des­de el pun­to de vista moral, inter­pre­tar a algún per­son­aje?

R. Mien­tras esta­ba rodan­do, no, pero al ver la primera tem­po­ra­da de la serie Furia, mi per­son­aje me parecía tan detestable que me daba pudor. De algu­na man­era, percibía algún eco de ese per­son­aje que, quizá, no esta­ba tan ale­ja­do de mí, y eso me inqui­eta­ba.

Inter­pre­tar a per­son­ajes moral­mente repug­nantes es muy atrac­ti­vo; inter­pre­tar a Fran­co —o a un asesino— es algo muy atrac­ti­vo. Otra cosa es que la pelícu­la los defien­da. Yo nun­ca haría una pelícu­la que defendiera a un dic­ta­dor, por ejem­p­lo, pero sí haría una pelícu­la que tratara de enten­der qué pasa den­tro de la cabeza de ese dic­ta­dor.

Me gusta­ba el peri­odis­mo, pero me enam­oré del teatro”

P. ¿En qué momen­to sabe que una his­to­ria merece con­ver­tirse en obra de teatro?

R. Tras abrir el Teatro del Bar­rio, durante los primeros cin­co años, yo me encar­ga­ba de la direc­ción artís­ti­ca y de escoger las obras que hacíamos. En 2010 llegó una cri­sis inter­na­cional y lo que has­ta entonces se había pre­sen­ta­do como una democ­ra­cia próspera y estable demostró no ser ni tan próspera ni tan estable. Eso hizo que me cues­tionara en qué sis­tema había cre­ci­do y qué habían sido real­mente la tran­si­ción y el fran­quis­mo.

Has­ta hace poco hice un monól­o­go, Autor­re­tra­to de un joven cap­i­tal­ista español, en el que habla­ba de mi vida como excusa para hablar de la vida de mi país des­de el 68, que es el año en el que nací.

Tam­bién hice Macho gri­ta, que tra­ta de los sig­los en los que la penín­su­la ibéri­ca fue musul­mana y que enfo­qué des­de la per­spec­ti­va del pro­ce­so de trans­for­ma­ción cul­tur­al. Me importa­ba mucho hablar des­de el pre­sente, cuan­do la islam­o­fo­bia y la xeno­fo­bia son un prob­le­ma muy grande.

Mirar de frente la realidad

P. Cuan­do escribe his­to­rias que involu­cran a comu­nidades vul­ner­a­bles, ¿cómo lo hace?

R. Con la may­or hon­esti­dad posi­ble. A la hora de escribir una obra de teatro o de rep­re­sen­tar­la, siem­pre tra­to de que haya vida en esce­na. Ese es el com­pro­miso. Y, des­de luego, que el públi­co se lo pase bien. El abur­rim­ien­to es el ene­mi­go número uno. Da igual que hables de cosas muy intere­santes si la gente se aburre.

P. En varias entre­vis­tas ha dicho que el teatro debe “mirar de frente a la real­i­dad”. ¿Cuál cree que es hoy la real­i­dad más urgente que hay que mirar?

R. Vivi­mos un momen­to históri­co muy espe­cial, en el que el con­sen­so casi mundi­al en torno a la democ­ra­cia como el menos malo de los sis­temas posi­bles para con­vivir y para orga­ni­zar las sociedades humanas está en cuestión. Las prin­ci­pales poten­cias mundi­ales, como Esta­dos Unidos, Rusia o Chi­na, no se mues­tran espe­cial­mente respetu­osas con la idea de democ­ra­cia, más bien lo con­trario. Y en Europa hay un auge de par­tidos de ultra­derecha que pare­cen preferir sis­temas autori­tar­ios o, al menos, ver­siones restringi­das de la democ­ra­cia que no incluyen a todos los habi­tantes del ter­ri­to­rio.                                                                                                                       

Creo que esta­mos en un momen­to históri­co muy serio, muy pre­ocu­pante, con una cir­cun­stan­cia nue­va, además: la cri­sis ecológ­i­ca. Me parece que, des­de cualquier ámbito, hay que mirar de frente estas real­i­dades porque nos afectan muy direc­ta­mente. No espe­cial­mente des­de el teatro —no más que des­de cualquier otro ámbito; no más que des­de el peri­odis­mo, des­de luego–, pero tam­bién des­de el teatro, porque el teatro se ocu­pa de las cosas que impor­tan al ser humano.     

Da igual que hables de cosas muy intere­santes si la gente se aburre”

 P. Tam­bién ha habla­do en algu­na ocasión de la necesi­dad de desmon­tar algunos relatos ofi­ciales. ¿Cuál es el rela­to ofi­cial más arraiga­do en España que todavía fal­ta por romper?               

R. Hay una línea, aunque no sea may­ori­taria, que for­ma parte de un rela­to difun­di­do que dice que Fran­cis­co Fran­co casi ayudó a traer la democ­ra­cia, que fue él quien encar­gó a Juan Car­los abrir las puer­tas a la democ­ra­cia. Esto lo cuen­ta Juan Car­los. Pues a mí esto me parece, más allá de una men­ti­ra, una burla. Des­de luego, después de Fran­co se inau­guró una democ­ra­cia, pero una democ­ra­cia, en mi opinión, par­cial, no ple­na.

P. ¿Hay algún tema que todavía no se ha atre­v­i­do a tratar, sea por miedo o por no hac­er­lo con la pro­fun­di­dad que quer­ría?

R. Me gus­taría hac­er una obra sobre la feli­ci­dad y nun­ca he sabido cómo abor­dar el tema. Una obra sobre una sociedad humana eman­ci­pa­da real­mente del cla­sis­mo y de la vio­len­cia como for­ma de dominio, en la que los con­flic­tos fuer­an los con­flic­tos nat­u­rales del ser humano. Por ejem­p­lo, el hecho de enve­je­cer y morir es un con­flic­to, el amor no cor­re­spon­di­do es un con­flic­to, la enfer­medad, el acci­dente, la pér­di­da… Todo eso son con­flic­tos que, aún en la sociedad más eman­ci­pa­da, jus­ta y amable, seguirán existien­do.

P. ¿Y cree que no es capaz de hac­er­lo porque, al fin y al cabo, el mun­do no puede vivir sin con­flic­to? No porque haya con­flic­tos gen­erales y mundi­ales, sino tam­bién con­flic­tos inter­nos…

R. Claro. Por eso, el con­flic­to y el dolor for­man parte de la vida: la pér­di­da, el desamor for­man parte de la vida. Pero no hay ningu­na necesi­dad de que exista alguien como Don­ald Trump y no hay ningu­na necesi­dad de que exista el cap­i­tal­is­mo.

Me gus­taría hac­er una obra sobre la feli­ci­dad, pero no sé cómo abor­dar el tema

P. ¿Cree que sería posi­ble que no existier­an?

R. Sí, pien­so que se podría crear una sociedad que no se basara en el prin­ci­pio del interés pro­pio, sino del interés común; una sociedad que no estu­viera someti­da a la razón supre­ma del ben­efi­cio pri­va­do sin límites.

Aho­ra mis­mo, en el cen­tro de todo está la rentabil­i­dad económi­ca, que solo es posi­ble para una parte de la población. Por eso creo que sería muy nat­ur­al para el ser humano vivir con menos y vivir mucho mejor, sin pelear por ten­er más.      

P. ¿Y por qué no vivi­mos de esa man­era?

R. Quizá ten­ga que ver con la pul­sión de dominio propia del ser humano: el deseo de ser el rey, el líder, el pro­tag­o­nista, el número uno por enci­ma de todos. Quizá tam­bién esté rela­ciona­do con el miedo a la muerte, a la frag­ili­dad, a la vul­ner­a­bil­i­dad, a sen­tirse igual que los demás, ya sea en un cemente­rio o en cualquier otro lugar.

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