“El miedo a no ser querido me llevó a hacer cosas de las que me arrepiento”
El exdeportista olímpico habla de las adicciones y de cómo superarlas

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Pedro Gar­cía Agua­do, entre memo­rias y cica­tri­ces

Hablar con Pedro Gar­cía Agua­do es hablar con una per­sona que no esqui­va las som­bras de su pasa­do. Antes de con­ver­tirse en un ref­er­ente para los jóvenes en temas de salud men­tal, fue un ado­les­cente que sufrió, un deportista que bril­ló y un hom­bre que se der­rum­bó más de una vez. En sus ini­cios, tuvo que afrontar deci­siones que no son fáciles para un niño que bus­ca­ba su lugar en el mun­do. En el water­po­lo encon­tró un refu­gio, un espa­cio donde, poco a poco, se pro­te­gió de las adver­si­dades de la vida y des­cubrió el tal­en­to que tenía.

Pero al pasar el tiem­po su vida cam­bió. Dejó su casa, se trasladó a Barcelona y las dro­gas y el alco­hol lle­garon a su vida. Se con­vir­tió en un adic­to fun­cional que se sostenía entre entre­namien­tos y exce­sos. Los éxi­tos deportivos con­vivían con deci­siones difí­ciles, cam­bios per­son­ales y momen­tos de mucho vér­ti­go.

Hoy, tras una trayec­to­ria de luces y som­bras, Pedro ded­i­ca su tiem­po a acom­pañar a jóvenes y a famil­ias en pro­ce­sos de cam­bio. Su his­to­ria es un claro ejem­p­lo de que la vida no es una línea rec­ta sino muchas bifur­ca­ciones y que lo impor­tante no es toparse con ellas, sino cómo enfrentar­las.

P. Me gus­taría empezar por su infan­cia. ¿Cómo recuer­da el momen­to en el que, con 12 años, su vida cam­bió por el divor­cio de sus padres?

R. Al ten­er una red de seguri­dad que se resque­bra­ja, empiezas a sufrir las burlas de los com­pañeros en clase. En aquel momen­to no era como aho­ra; en aquel momen­to un divor­cio era algo nove­doso y estigma­ti­zante. Empecé a sen­tir emo­ciones desagrad­ables: rabia, odio, frus­tración, impo­ten­cia y sen­sación de aban­dono.

Eso se acen­tuó cuan­do me cam­biaron a otro cole­gio en un bar­rio que yo no conocía, una autén­ti­ca sel­va. Pasé mucho miedo esos dos años, lo que me condi­cionó mucho y gen­eró con­duc­tas evi­ta­ti­vas: no con­fi­ar en la gente, bus­car un entorno de mal­otes para sen­tirme pro­te­gi­do… Fue un cam­bio rad­i­cal.

Con 17 años dejó su casa y se fue solo a Barcelona, ¿cómo vivió ese cam­bio?

Fue una lib­eración, pero tam­bién me cabreé con el mun­do. Mi padre se volvió a casar, cam­bi­amos de casa, tuvi­mos que dar al per­ro… Sen­tí que me quita­ban mi espa­cio.

Irme a Barcelona fue una hui­da. Me fui a una res­i­den­cia de deportis­tas, a la Blume, con cier­ta pro­tec­ción pero con mucha lib­er­tad. Como rendía muy bien en los entre­namien­tos, al prin­ci­pio no había prob­le­ma. Pero a los 18 años empecé a salir por la noche y a beber y a los 20 o 21 apare­ció la cocaí­na en mi vida.

Ganó las olimpiadas de 1996 con el equipo español de water­po­lo. ¿Cómo logró sosten­er durante tan­to tiem­po esa doble real­i­dad: la exi­gen­cia del deporte pro­fe­sion­al que le llevó a lo más alto y una dic­ción que con­vivía silen­ciosa­mente con su éxi­to?

Lo que he apren­di­do con el tiem­po es que el deporte de alta exi­gen­cia te seg­re­ga los mis­mos neu­ro­trans­misores que el con­sumo de cier­tas sus­tan­cias: dopam­i­na, sero­ton­i­na, endor­fi­nas… Mien­tras no me esta­ba dro­gan­do, susti­tuía esa necesi­dad con el deporte de alto rendimien­to. El adic­to nece­si­ta drog­a­rse, no porque sea diver­tido, sino porque su cuer­po lo pide, físi­ca­mente lo pide.

El prob­le­ma es que, cuan­do ya no prac­ti­cas deporte de la mis­ma man­era, deja de ser un dis­frute y se con­vierte en puro sufrim­ien­to. Yo era uno de los mejores jugadores del mun­do, pero la mier­da del con­sumo y el dete­ri­oro físi­co hicieron que, al final, el úni­co moti­vo por el que iba a entre­nar era porque me paga­ban. Y entonces aparecieron el miedo, la inse­guri­dad y una ver­sión de mí que no reconocía.

¿Hubo un momen­to con­cre­to en el que se dio cuen­ta de que esta­ba per­di­en­do el con­trol?

Sí, a los 30 años. Has­ta entonces iba tram­pe­an­do, entren­a­ba tres meses a tope y me olvid­a­ba de salir. Pero a los 30 me divor­cié, conocí a otra per­sona de la noche y empezó el desas­tre.

Unos años después, cuan­do esta­ba ingre­sa­do en un cen­tro, me llegó una ofer­ta para jugar en Niza. Tuve que decidir entre seguir con mi car­rera deporti­va o curarme. Renun­cié a esa ofer­ta y a mi car­rera para recu­per­arme. Lloré mucho y me di cuen­ta de que el water­po­lo se había acaba­do.

El día que mi hija se asustó al verme, supe que no podía seguir así y pedí ayu­da”

¿Qué fue lo más difí­cil de acep­tar durante esa eta­pa? ¿Recuer­da algún gesto o frase que fun­cionara como un “des­per­ta­dor inte­ri­or” para pedir ayu­da?

Un día fui a entre­nar después de pasar dos días per­di­do, de fies­ta. Allí, un hom­bre may­or me con­tó que había sido campeón de España y me vi refle­ja­do en él. Pen­sé: ¿voy a ser yo ese señor con­tan­do batal­li­tas den­tro de unos años?

Pero el pun­to de inflex­ión llegó una vez que volví a casa tras dos días desa­pare­ci­do, me tum­bé en el sofá com­ple­ta­mente exhaus­to y mi hija pequeña vino a des­per­tarme. La miré de una for­ma que hizo que se pusiera a llo­rar de miedo. En ese momen­to me prometí que no podía arru­inar la vida de mis hijas y pedí ayu­da a mi madre: “Bús­came un sitio. Yo, cuan­do empiezo a beber, no sé parar”.

Hable­mos aho­ra de su eta­pa de recu­peración. Super­ar una adic­ción no es un camino nada sen­cil­lo.

Pues, fíjate, ingresé en un cen­tro de reha­bil­itación en 2003 y el ver­dadero cam­bio llegó en 2020, durante la pan­demia. Estando en casa —después de haber pasa­do de Madrid a Barcelona y de vuelta a Madrid—, llegó el con­fi­namien­to. En ese momen­to el psiquia­tra me esta­ba reti­ran­do una med­icación para la ansiedad que llev­a­ba mucho tiem­po toman­do. Ya era una dosis mín­i­ma y me decía: esto ya no te hace nada, puedes dejar­lo. Pero siem­pre tienes ese miedo a que vuel­va la ansiedad.

Entonces com­prendí algo de lo que se habla mucho en ter­apia: el adic­to en recu­peración pasa mucho tiem­po en el “no puedo”. No puedo beber porque la lío, no puedo con­sumir porque me destruyo. Pero el gran cam­bio es pasar al “no quiero”. Ese es el ver­dadero clic.

El alco­hol está en la calle y las dro­gas tam­bién. La decisión de decir “no quiero” me llegó en pan­demia. Fue entonces cuan­do real­mente hice el cam­bio.

Tras la reha­bil­itación, se estrenó en tele­visión con el pro­gra­ma Her­mano May­or. ¿Qué sin­tió la primera vez que unos padres le abrieron la puer­ta de su casa para que ust­ed ayu­dara a su hijo/a?

Al entrar en cualquier casa, mi sen­sación era: aquí va a haber tela, aquí vamos a sacar temas chun­gos. Pero mi obje­ti­vo era que cuan­do yo me fuera de allí la famil­ia quedase bien. De las cien famil­ias a las que acom­pañé, solo diez volvieron a las andadas. Las otras 90 tiraron para ade­lante. No era un mila­gro, era una cuestión de madu­ración. Ese pro­gra­ma me ayudó mucho.

¿Cree que su pro­pio pasa­do le ayudó a conec­tar con esos jóvenes y a dar­les con­se­jos que, pre­cisa­mente porque ust­ed los había vivi­do, ellos podían enten­der mejor?

Me criti­caron mucho porque algunos pens­a­ban que yo iba de edu­cador social cuan­do no tenía for­ma­ción como edu­cador social. Mi téc­ni­ca de abor­da­je me la indi­ca­ba el equipo de pro­duc­ción y yo la adapt­a­ba a mi expe­ri­en­cia. Después, me for­mé como exper­to en vio­len­cia fil­io­parental y com­prendí que varias de aque­l­las con­fronta­ciones que hacía no las podía volver a hac­er. Lo que hacía, lo hacía des­de el corazón. Yo iba de Pedro Gar­cía Agua­do, adic­to reha­bil­i­ta­do, niño que sufrió prob­le­mas en su día y aque­l­los críos tenían mucho que ver con mi his­to­ria.

Aho­ra da char­las y con­fer­en­cias para ayu­dar con los prob­le­mas que provo­can las adic­ciones. ¿Qué le impul­só a ofre­cer ayu­da a los demás?

Esta­ba en ter­apia escuchan­do lo que decía mi psicól­o­go y pen­sé: si yo hubiera sabido todo esto cuan­do tenía 14 años o cuan­do mis padres se divor­cia­ron, antes de pon­erme aquel por­ro en la boca… Si en ese momen­to hubiera tenido estas her­ramien­tas… No me refiero a que alguien me dijera que las dro­gas son malas o que cau­san depen­den­cia, sino a saber ges­tionar emo­cional­mente lo que me esta­ba pasan­do. Entonces pen­sé que, si era capaz de salir de aque­l­lo, me gus­taría con­tar­lo a los jóvenes que esta­ban pasan­do por un mal momen­to.

Yo era uno de los mejores jugadores del mun­do, pero la mier­da del con­sumo y el dete­ri­oro físi­co sac­aron una ver­sión de mí que no reconocía”

Al mar­gen del deporte y de la tele­visión, ¿cuál diría que es su may­or logro en la vida?

La capaci­dad de adaptación. Renun­cié a estu­di­ar para dedi­carme al water­po­lo, llegué a lo más alto y, cuan­do todo se rompió, tuve que rein­ven­tarme. Podría decirte que mi may­or logro ha sido recu­per­arme de la adic­ción, pero eso me ha ayu­da­do a com­pren­der la capaci­dad que ten­go de adap­tarme y apren­der. Creo que el may­or logro está en apren­der de las situa­ciones y no volver a come­ter los mis­mos errores.

Si pudiera bor­rar un miedo, ¿cuál sería?

El miedo a no ser queri­do. Yo viví lo de mi madre como un aban­dono, cuan­do real­mente no fue así, pero inter­preté que no era mere­ce­dor de car­iño. Ese miedo me ha arrastra­do a ten­er rela­ciones que no eran las mejores y a con­sumir dro­gas para no sen­tir esa soledad. Ese miedo me llevó a hac­er cosas de las que me arrepi­en­to.

Los miedos, muchas veces, nos impi­den vivir expe­ri­en­cias que podrían enseñarnos cosas real­mente valiosas. Por suerte, Pedro no teme mostrar su “yo” más per­son­al y ser ejem­p­lo de 

de con­stan­cia, superación y, como él mis­mo ase­gu­ra, de capaci­dad de adaptación. Su his­to­ria, como tan­tas otras, mues­tra que la vida está llena de cur­vas y que lo impor­tante es saber respon­der ante ellas.

Ante cualquier prob­le­ma rela­ciona­do con las adic­ciones, acude a un cen­tro de tratamien­to especí­fi­co o solici­ta ayu­da a los pro­fe­sion­ales de aten­ción pri­maria, que eval­u­arán tu caso y te derivarán al cen­tro que pro­ce­da.

Ante cualquier prob­le­ma rela­ciona­do con las adic­ciones, acude a un cen­tro de tratamien­to especí­fi­co o solici­ta ayu­da a los pro­fe­sion­ales de aten­ción pri­maria, que eval­u­arán tu caso y te derivarán al cen­tro que pro­ce­da.

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