Disonancia en el conservatorio: la falta de plazas en la enseñanza pública y el alto coste de la privada obligan a muchos jóvenes a abandonar la carrera musical

Es noticiaReportajes

Es una tarde tran­quila y solea­da de abril en Madrid. En el dis­tri­to de Tetuán, en la estrecha calle Ceu­ta, jóvenes y niños car­ga­dos con estuch­es de instru­men­tos entran en un modesto edi­fi­cio de ladrillo de dos pisos que se encuen­tra al lado de una lavan­dería y frente a una car­nicería. Se tra­ta del Con­ser­va­to­rio Joaquín Turi­na, un espa­cio que se inte­gra en el bar­rio con la mis­ma mod­es­tia y sobriedad que car­ac­ter­i­za a su entorno y que se des­mar­ca de la ima­gen osten­tosa con la que, a menudo, se aso­cia a los cen­tros de músi­ca clási­ca.

En una de esas aulas, cin­co jóvenes, todos de 17 años, ensayan músi­ca de cámara. Sus nom­bres son Pablo Meri­no (vio­lín 1), Lau­ra González (vio­lín 2), Darío Bayo (vio­la), Lau­ra Añi­no (cel­lo) y David Wang (Piano). For­man un quin­te­to ‑piano y cuer­das- y tra­ba­jan jun­tos en el primer movimien­to del Quin­te­to en Mi bemol may­or, Op. 44 de Schu­mann bajo el man­do del pro­fe­sor Rober­to Men­doza. A la voz e indi­ca­ciones de Men­doza, los chicos se detienen, cor­ri­gen entradas, repiten pasajes y dis­cuten mat­ices. Luego vuel­ven a empezar, esta vez con más energía, más pre­cisión, más inten­ción com­par­ti­da. No hay sen­sación de estar soste­nien­do una tradi­ción en peli­gro: solo son jóvenes con­cen­tra­dos y com­pro­meti­dos con lo que hacen.

El edi­fi­cio en el que se encuen­tran fue antes un bloque de vivien­das y aún con­ser­va pasil­los estre­chos, puer­tas que se abren a aulas y un pequeño audi­to­rio. Es un lugar de tra­ba­jo, de ruti­na y de esfuer­zo, donde la músi­ca se aprende como se aprende cualquier ofi­cio: repi­tien­do, cor­rigien­do y volvien­do a empezar.

Un par de sem­anas después, en la primera sem­ana de mayo, ese mis­mo pro­ce­so con­tin­uo se repite fuera del salón de clase de cámara, en un ensayo de la orques­ta sin­fóni­ca del mis­mo cen­tro en el pequeño audi­to­rio Agustín Ramos, con numerosos estu­di­antes de dis­tin­tos nive­les y edades tra­ba­jan­do para afi­nar su concier­to de fin de cur­so. En las orques­tas de con­ser­va­to­rios pro­fe­sion­ales se mues­tra un espa­cio donde la músi­ca, aparte de ser un estu­dio indi­vid­ual, se con­vierte en tra­ba­jo en equipo. Frente a la ima­gen dis­tante que a menudo se aso­cia a la músi­ca clási­ca, la real­i­dad que se ve en las aulas de este con­ser­va­to­rio es la de un cen­tro vivo, prác­ti­co y habita­do por jóvenes que pasan horas estu­dian­do, ensayan­do y afi­nan­do su for­ma­ción.

La Comu­nidad de Madrid cuen­ta en la actu­al­i­dad con 5.265 estu­di­antes en nueve con­ser­va­to­rios pro­fe­sion­ales públi­cos: Joaquín Turi­na, Adol­fo Salazar, Tere­sa Bergan­za, Amaniel, Vic­to­ria de los Ánge­les, Arturo Soria y Fed­eri­co Moreno Tor­ro­ba en la cap­i­tal y los de Alcalá de Henares, Majada­hon­da, Getafe y el Padre Anto­nio Sol­er de San Loren­zo de El Esco­r­i­al.

a

Esta red públi­ca con­vive con una trein­te­na de cen­tros pri­va­dos autor­iza­dos que cubren las eta­pas ele­men­tales y pro­fe­sion­ales. En el escalón más alto, el Real Con­ser­va­to­rio Supe­ri­or de Madrid cuen­ta con aprox­i­mada­mente 1.500 estu­di­antes matric­u­la­dos cada cur­so, una ofer­ta de plazas públi­cas que se ve com­ple­men­ta­da por alter­na­ti­vas pri­vadas de gra­do supe­ri­or, como la Escuela Supe­ri­or de Músi­ca Reina Sofía, el Cen­tro Supe­ri­or Kata­ri­na Gurs­ka o la Fac­ul­tad de Músi­ca y Artes Escéni­cas de la Uni­ver­si­dad Alfon­so X el Sabio (UAX).

Madrid es una pieza más del sis­tema español, aunque al ser una de sus plazas prin­ci­pales encier­ra en sí muchos de los prob­le­mas y con­tradic­ciones que resue­nan sobre el futuro de los jóvenes ded­i­ca­dos a for­marse como músi­cos.

Los problemas del sistema

El pro­fe­sor Rober­to Men­doza lle­va años obser­van­do des­de el aula una parado­ja per­sis­tente: críos que acu­d­en a los con­ser­va­to­rios car­ga­dos con sus instru­men­tos, pero que real­mente no aman lo que hacen. “Si les pre­gun­tas si saben que están hacien­do arte, se sor­pren­den. Para ellos es una activi­dad más, no algo que dé sen­ti­do”. Los que sien­ten pasión, admite, son pocos: “Quizá una doce­na por pro­mo­ción”. El resto vive a la expec­ta­ti­va. Men­doza no cree que los jóvenes se avergüen­cen de estu­di­ar músi­ca clási­ca, sino que fal­ta cul­tura gen­er­al para enten­der que no es solo una activi­dad extraesco­lar. Y señala un prob­le­ma de fon­do: “Quien hace las leyes debería ser músi­co, no alguien que bus­ca votos. Hay que saber lo que pasa real­mente en el aula”.

Ele­na Gar­cía, estu­di­ante del Cen­tro Supe­ri­or Kata­ri­na Gurs­ka de Madrid | Emil Oso­rio Llanos

Lo que duele de ver­dad, insiste el pro­fe­sor, es la brecha económi­ca. “Hay demasi­a­dos con­ser­va­to­rios pro­fe­sion­ales y luego, para el gra­do supe­ri­or, las opciones son pocas y caras. La Escuela Supe­ri­or Reina Sofía está llena de alum­nos extran­jeros con apoyo económi­co. Los nue­stros, los de aquí, la may­oría no podrán seguir”.

Estu­di­ar músi­ca no es solo una elec­ción artís­ti­ca. Tam­bién es, en muchos casos, una for­ma de situ­arse en el mun­do. Una apues­ta que exige años de dis­ci­plina, renun­cias silen­ciosas y una inver­sión económi­ca que no siem­pre está al alcance de todos. Detrás de cada instru­men­to hay horas invis­i­bles y detrás de cada par­ti­tu­ra, una con­stan­cia no siem­pre recono­ci­da. Por eso no todos los que empiezan con­tinúan. Las razones son múlti­ples, pero hay una que se repite como un obstácu­lo per­sis­tente: el dinero. Instru­men­tos, clases, desplaza­mien­tos, cur­sos de per­fec­cionamien­to, estancias en el extran­jero, la suma es tan exi­gente como la propia for­ma­ción. Para muchas famil­ias sim­ple­mente no es viable.

A esta bar­rera se suma otra, más difusa pero igual de deter­mi­nante: la incer­tidum­bre. El salto entre la for­ma­ción y el mun­do lab­o­ral es estre­cho. Este es el caso de Ele­na Gar­cía. Con veinte años, vio­lín en mano, tenía muy claro que quería seguir. Su des­ti­no parecía escrito: con­ser­va­to­rio supe­ri­or, pro­fe­so­ra de pres­ti­gio, car­rera prom­ete­do­ra. “Entré en el supe­ri­or porque amo la músi­ca y me gus­taría vivir de ella si puedo. En prin­ci­pio mi idea es dedi­carme a orques­tas, cámara y a ser profe de vio­lín si es posi­ble”.

Pero la real­i­dad de las prue­bas de acce­so es inflex­i­ble. En el Real Con­ser­va­to­rio Supe­ri­or de Madrid se pre­sen­tan cien per­sonas para diez plazas. Ele­na no entró. No fue por fal­ta de tal­en­to, sino por un sis­tema de alta com­pe­ten­cia donde el mar­gen es cru­el. Ella pudo recur­rir a un con­ser­va­to­rio pri­va­do, el Cen­tro Supe­ri­or Kata­ri­na Gurs­ka de Madrid, donde estu­dia con la pro­fe­so­ra Vale­ria Zori­na. Pero no todo el mun­do puede pagar­lo.

Elis­a­bet Blan­co, vio­lin­ista de diecin­ueve años, lo sabe bien. Ella no podía per­mi­tirse un cen­tro pri­va­do. Su estrate­gia fue otra: pre­sen­tarse a las prue­bas de acce­so de tres con­ser­va­to­rios supe­ri­ores públi­cos (Grana­da, Madrid y Sevil­la) para mul­ti­plicar sus opciones: “Decidí seguir porque la músi­ca para mí lo ha sido todo des­de pequeña. A los 14 años empecé a darme cuen­ta de que la músi­ca era una parte demasi­a­do impor­tante en mi vida”.

Al final, logró entrar en el Con­ser­va­to­rio Supe­ri­or Manuel Castil­lo de Sevil­la, donde estu­dia con el pro­fe­sor Ale­jan­dro Bus­ta­mante. Su his­to­ria mues­tra la vía posi­ble para quien no tiene red de seguri­dad económi­ca, pero tam­bién el des­gaste que impli­ca jugárse­lo todo en dis­tin­tos frentes: “No era solo un hob­by. Decidí que quería dedi­carme a ello y real­icé las prue­bas de acce­so al con­ser­va­to­rio supe­ri­or. No sé muy bien qué me deparará el futuro, no sé si acabaré tocan­do en algu­na orques­ta o en la docen­cia, pero lo que sí sé es que el vio­lín me acom­pañará toda mi vida y eso me hace muy feliz”.

Salud mental y renuncia

Inclu­so para quienes logran avan­zar, el camino dista de ser sen­cil­lo. Jor­nadas largas, pre­sión con­stante, audi­ciones alta­mente com­pet­i­ti­vas y un mer­ca­do lab­o­ral reduci­do hacen que el eco­sis­tema de la músi­ca sea muy exi­gente. En España, pese a con­tar con una sól­i­da red de con­ser­va­to­rios, el acce­so al ámbito pro­fe­sion­al sigue sien­do lim­i­ta­do: pocas plazas en orques­tas y alta tem­po­ral­i­dad.

Otra frase del pro­fe­sor Men­doza resume la may­or pre­ocu­pación en este aspec­to: “Muchos estu­di­antes bril­lantes no aban­do­nan por fal­ta de tal­en­to, sino por fal­ta de hor­i­zonte”. Las becas resul­tan insu­fi­cientes, los pro­gra­mas de impul­so son esca­sos y la inter­na­cional­ización depende de la capaci­dad económi­ca indi­vid­ual.

Lara Ocaña tomó otra decisión. Hoy estu­dia Matemáti­cas en la Uni­ver­si­dad Com­plutense de Madrid. No sigu­ió for­mal­mente con su car­rera musi­cal, pero la músi­ca sigue en ella. Par­tic­i­pa en la Orques­ta Sin­fóni­ca de la UCM para no perder el hábito del instru­men­to. “Dejé la car­rera musi­cal porque no tenía futuro en ella. Aunque hubiera entra­do en el supe­ri­or, son muy pocos los que pos­te­ri­or­mente tienen sal­i­das reales y esta­bles. La gente que ha acaba­do es porque se ha ido fuera a estu­di­ar o nada más acabar y tenía respal­do económi­co, fuera del Esta­do o de la famil­ia”.

David Wang (en primer plano), durante el ensayo de la orques­ta del Joaquín Turi­na | Emil Oso­rio Llanos

Lara rev­ela algo que a menudo se silen­cia: no solo la fal­ta de dinero, sino tam­bién la fal­ta de apoyos emo­cionales y la pre­sión de un entorno a veces hos­til. Un pro­fe­sor que humil­la, un sis­tema que exige logros antes de los dieciséis, una car­rera donde el apel­li­do o el país de ori­gen pesan tan­to como el tal­en­to. Aun así, ella sigue tocan­do: “Siem­pre me repi­tieron que si a los 16 no has con­segui­do una serie de cosas, es mejor que lo dejes. Además, la gente que tra­ba­ja en España es, en bue­na parte, extran­jera o hijos de músi­cos. Sigo tocan­do porque es la mitad de mi vida. No sien­to que nece­site el ‘papel’ del supe­ri­or para seguir apren­di­en­do. He segui­do estu­dian­do y mejo­ran­do, aunque esté cur­san­do otra car­rera.”

Sofía Vane­gas rep­re­sen­ta otra figu­ra: la de quien aplaza pero no renun­cia. Estu­dia el doble gra­do de Rela­ciones Inter­na­cionales y Soci­ología en la UCM, pero no ha cer­ra­do la puer­ta al con­ser­va­to­rio supe­ri­or. Val­o­ra la posi­bil­i­dad de entrar en la espe­cial­i­dad de piano al acabar la car­rera. Sabe que no es un camino lin­eal, pero tam­poco lo siente como un aban­dono. Para ella, es una man­era de no ten­er que ele­gir entre la pasión y la esta­bil­i­dad.

Mujeres y el mito de la burbuja

Si algo ha cam­bi­a­do en las aulas de músi­ca en los últi­mos años, de for­ma silen­ciosa pero impa­ra­ble, es el ros­tro de quienes las habi­tan. Ya no es raro entrar en una clase y encon­trar más chi­cas que chicos. La pres­en­cia femeni­na en la músi­ca —espe­cial­mente en espe­cial­i­dades como can­to, piano o vio­lín— ha deja­do de ser excep­ción para con­ver­tirse en nor­ma. Bas­ta aso­marse al ensayo de orques­ta del cen­tro Joaquín Turi­na para com­pro­bar­lo. Casi la mitad de sus inte­grantes son chi­cas. No están ahí para cumplir una cuo­ta, sino porque han gana­do su sitio con el mis­mo rig­or que sus com­pañeros. Y el cam­bio no se limi­ta a las grandes plan­til­las, tam­bién se percibe en los gru­pos de cámara, como el quin­te­to de estu­di­antes del Joaquín Turi­na, donde la pres­en­cia femeni­na es parte del carác­ter del con­jun­to.

Esta marea responde a décadas de tra­ba­jo en la base y a la per­se­ver­an­cia de miles de jóvenes músi­cas que han deci­di­do no pedir per­miso para ocu­par un atril. Sin embar­go, estas jóvenes tam­bién for­man parte de una gen­eración atrav­es­a­da por la mez­cla, der­riban­do el per­sis­tente tópi­co de que el estu­di­ante de músi­ca clási­ca vive ais­la­do, ajeno al pul­so del resto de géneros.

Lejos de cualquier bur­bu­ja, su relación con la músi­ca es abier­ta y per­me­able. En un mis­mo día pueden pasar de Beethoven al trap, de una aria de ópera a una sesión de elec­tróni­ca. Esta con­viven­cia es nat­ur­al. Un vio­lonche­lista puede encon­trar inspiración en el rit­mo del reguetón y una estu­di­ante de can­to líri­co puede admi­rar tan­to la téc­ni­ca de María Callas como la expre­sivi­dad de Ros­alía.

Para pro­fe­sores de otra gen­eración, como Men­doza, el fenó­meno com­er­cial masi­vo gen­era rece­los académi­cos: “Eso sí es un fra­ca­so abso­lu­to, el reg­gaetón en sí mis­mo es el fra­ca­so”, apun­ta, aunque mati­za que no todos los alum­nos tienen que salir tocan­do concier­tos clási­cos. “Hay que for­mar músi­cos en el sen­ti­do más amplio, para que luego eli­jan”, ase­gu­ra. Son los pro­pios alum­nos quienes, en ese cruce de ref­er­en­cias, con­struyen una nue­va sen­si­bil­i­dad donde los géneros dejan de ser com­par­ti­men­tos estancos. La músi­ca clási­ca no se diluye, sino que se rein­ter­pre­ta des­de códi­gos con­tem­porá­neos y se proyec­ta hacia nuevos públi­cos a través de jóvenes que com­bi­nan el con­ser­va­to­rio con ban­das, pro­duc­ción dig­i­tal o com­posi­ción para video­jue­gos.

Unas sem­anas después de los últi­mos ensayos de la orques­ta de la Joaquín Turi­na, los jóvenes estu­di­antes del con­ser­va­to­rio de Tetuán vis­ten de negro, con el corte for­mal pro­pio de los concier­tos, dis­tin­to al esti­lo diver­so y col­ori­do con el que acu­d­en a sus clases. La for­ma­ción del año da fru­tos: el direc­tor de orques­ta mueve la batu­ta y los jóvenes eje­cu­tan los movimien­tos que han ensaya­do durante meses para crear la músi­ca que los asis­tentes dis­fru­tan des­de sus buta­cas.

Para los estu­di­antes, des­de sus propias sil­las, no solo está pre­sente la músi­ca que tocan, sino tam­bién su futuro. Ser joven y dedi­carse a la músi­ca hoy impli­ca moverse en una ten­sión con­stante entre la pasión de crear y la incer­tidum­bre de un futuro poco garan­ti­za­do. Cal­i­ficar estas dis­ci­plinas de obso­le­tas bor­ra de un pluma­zo a la gen­eración que las sostiene en las aulas y los ensayos inter­minables. El interés y el tal­en­to están ahí. Lo que sigue pen­di­ente es un sis­tema que garan­tice las opor­tu­nidades para que la músi­ca, final­mente, sea escucha­da.

Galería audiovisual | Imagen: Emil Osorio Llanos | Edición: Irene González Sánchez





Clase de músi­ca de cámara en el Joaquín Turi­na

El pro­fe­sor Rober­to Men­doza

Ensayo de la orques­ta de Con­ser­va­to­rio Joaquín Turi­na

Ele­na Gar­cía, estu­di­ante del Cen­tro Supe­ri­or Kata­ri­na Gurs­ka de Madrid

Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Plugin the Cookies para Wordpress por Real Cookie Banner