Kioskalia: el lugar donde los lectores tienen nombre propio
Un espacio del barrio de Salamanca en Madrid que apuesta por la tradición comunitaria, el cara a cara y la defensa del papel, pero también por la innovación en redes sociales

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Móni­ca se lle­va El País y la revista ¡Hola!, Már­gara pre­fiere El Mun­do y el ABC. Pilar opta por El País. Lola y Agus­tiano coin­ci­den: para ellos, el diario de su elec­ción es el ABC. Los nom­bres se suce­den unos a otros durante el mediodía en una esquina de la calle Orte­ga y Gas­set, y Miguel Sanz es quien los nom­bra a todos des­de el otro lado del mostrador o mien­tras anda de un lado a otro sobre la acera mien­tras orga­ni­za los artícu­los que dispon­drá en su mues­trario para el resto de la jor­na­da. 

Es una mañana extraña para el ini­cio de ver­a­no madrileño: entre breves lap­sos de sol, el cielo se mues­tra encapota­do, gris, y las ráfa­gas de llu­via son fre­cuentes, alteran­do el rit­mo esti­val de esta calle del bar­rio de Lista, llena de super­me­r­ca­dos, bares, cafés, y restau­rantes. A la altura del número 45 de Orte­ga y Gas­set, frente a un establec­imien­to de man­i­cu­ra y una pelu­quería, se encuen­tra ese pun­to de con­flu­en­cia entre veci­nos. Cuan­do la may­oría de los clientes entran al espa­cio cubier­to por el todo tam­bién para refu­gia­rse de la llu­via, Miguel no nece­si­ta pre­gun­tar­les qué bus­can, pues conoce de memo­ria las lec­turas de sus clientes.

En este llu­vioso jueves de junio la per­siana metáli­ca de la estruc­tura roja en la que se lee “Quiosco de Miguel y Car­lota” se ha lev­an­ta­do a las 12:00 del mediodía. Algunos clientes bromean con Miguel, tomán­dose a gra­cia que haya abier­to tan tarde. Él bromea y ríe tam­bién, pero entre risas con­fiesa que arras­tra el can­san­cio de una jor­na­da que ter­minó sobre las tres de la madru­ga­da de ese mis­mo día, cer­ran­do órdenes y orga­ni­zan­do el inven­tario. En este rincón de la cap­i­tal, aten­der a tan­ta gente como atiende Miguel en un día tam­bién sig­nifi­ca mucho can­san­cio, como él mis­mo dice. Sanz, que ase­gu­ra ser un lec­tor antes que nada, asum­ió las rien­das del nego­cio con solo 22 años porque no pudo sopor­tar la idea de que el espa­cio de su juven­tud cer­rara. Car­lota, el otro nom­bre que coro­na la seña del quiosco, es su pri­ma, quien lo acom­pañó has­ta las épocas del COVID. Después de ese trau­ma, Car­lota se retiró del nego­cio. Aho­ra Miguel sigue tra­ba­jan­do los siete días de la sem­ana, man­te­nien­do por sí mis­mo un espa­cio que se ha con­ver­tido en un pun­to de ref­er­en­cia para veci­nos, lec­tores e inclu­so autores. Su úni­co respiro lle­ga en agos­to, cuan­do echa el cierre por vaca­ciones. Este año planea vis­i­tar Bur­gos, su tier­ra natal.  

Papel y dig­i­tal

A difer­en­cia de otros defen­sores de cier­tas tradi­ciones, Miguel Sanz decidió lle­var inter­net a su quiosco en vez de per­mi­tir que inter­net se lo llevase a él. Las noti­cias del día, los libros y las revis­tas que vende atraen a los veci­nos de siem­pre, mien­tras que su cuen­ta de Insta­gram, Kioskalia, crea­da en enero de 2026, lle­ga a un públi­co ines­per­a­do, con casi 2000 seguidores. Des­de esa cuen­ta mues­tra un lado dis­tin­to de la ruti­na diaria del quiosco, sub­re pro­mos con autores, novedades edi­to­ri­ales e inclu­so entre­vis­tas y char­las con los veci­nos, en las que per­sonas del vecin­dario hablan sobre pren­sa, libros y temas de la ciu­dad.

En su quiosco, Miguel vende artícu­los muy diver­sos | Clau­dia González Roldán

A sus 33 años, Miguel obser­va la brecha gen­era­cional con espe­cial interés tan­to des­de el quiosco como des­de sus redes. Sabe que los jóvenes están menos famil­iar­iza­dos con la dinámi­ca nat­ur­al de com­prar en papel. Su obje­ti­vo es atraer­los demostrán­doles la inmen­sa var­iedad disponible, des­de cómics y man­gas has­ta la pren­sa tradi­cional, y ofre­cién­doles la expe­ri­en­cia de cono­cer a los escritores en per­sona, con las tardes de fir­mas, cuyos reg­istros en vídeo tam­bién ocu­pan la línea de tiem­po de su canal en Insta­gram.

Veci­nos más que clientes

Alrede­dor del quiosco, el movimien­to es con­tin­uo. Libros antigu­os y novedades edi­to­ri­ales con­viv­en en per­fec­ta armonía con obje­tos como los cod­i­ci­a­dos cro­mos del nue­vo mundi­al de fút­bol. A difer­en­cia de otros com­er­cios donde los obje­tos se acu­mu­lan como parte del dec­o­ra­do, aquí todo se vende. Nada es orna­men­to. Cada cen­tímetro, ates­ta­do de cabeceras, tiene una fun­ción.

Durante las horas en las que el quiosco per­manece abier­to, el rit­mo no solo pertenece al minutero de los relo­jes, pues los encuen­tros inclu­so con antigu­os clientes tam­bién son parte del tra­ba­jo. Son once años de estar ahí, después de todo. Y Miguel no sólo despacha, tam­bién pre­gun­ta por los famil­iares de los clientes, conoce las cir­cun­stan­cias de cada uno y prop­i­cia que los pro­pios veci­nos inter­ac­túen entre sí. En este pequeño núcleo de Madrid, el ABC se alza como el per­iódi­co “del bar­rio”, el más solic­i­ta­do por una clien­tela fiel que pre­fiere aún el tac­to del papel.

Miguel Sanz (derecha) atiende a su cliente Mar­ta (izquier­da) | Clau­dia González Roldán

Esta pasión de sus clientes por el for­ma­to “de siem­pre” se tra­duce en una sin­er­gia que da vida a su nego­cio. Para Miguel, lo que mantiene a un quiosco vivo en 2026 es, sobre todo, “el espíritu veci­nal, el espíritu social, la aten­ción per­son­al­iza­da a los clientes, la apues­ta por las novedades lit­er­arias con­stantes y por una ofer­ta muy amplia”. Tam­bién es nece­sario enten­der el com­er­cio. Para él, la clave de la super­viven­cia com­er­cial reside en la diver­si­fi­cación y el con­tac­to humano: “Los com­er­ciantes ten­emos que sumar de todos lados. Inter­ac­tu­ar es lo más impor­tante. Este es un lugar de encuen­tro”.

A mitad de la jor­na­da, una mujer se acer­ca con entu­si­as­mo al quiosco. Es Mar­ta, una antigua veci­na sevil­lana que vivió en Madrid y que actual­mente reside en París. Aprovechan­do un breve via­je de vuelta, no ha queri­do dejar de vis­i­tar a Miguel. “Es el mejor quiosco de Madrid”, afir­ma con sus gafas de sol pues­tas. “A las per­sonas que nos gus­ta leer nos gus­tan las rela­ciones humanas, y aquí encon­tramos las dos cosas”. His­to­rias como la de Mar­ta sin­tonizan con una vis­i­bil­i­dad mediáti­ca que comen­zó a fraguarse en el otoño de 2025, cuan­do los medios de comu­ni­cación empezaron a hac­erse eco de sus par­tic­u­lares ini­cia­ti­vas cul­tur­ales, aunque en ese entonces solo llev­a­ba una red social per­son­al.

El Qui­jote, ago­ta­do

Después de pon­erse al día con Miguel, Mar­ta com­pra os libros, uno de ellos La peste, de Albert Camus, uno de los clási­cos de colec­ción de Pre­mios Nobel que para el ojo despre­venido pueden pare­cer puro orna­men­to, pero que Miguel vende sem­anal­mente con la mis­ma fuerza de un librero en local: “Esta­mos agotan­do El Qui­jote de nue­vo”, comen­ta. A Mar­ta le prom­ete tam­bién una copia de El hom­bre de mi vida’ fir­ma­da por San­ti­a­go Isla, quien estu­vo el domin­go 28 en una mesa dis­pues­ta para la visi­ta de los lec­tores y curiosos por la obra del joven escritor[MM1] . Un día antes de Isla, la tarde de fir­mas es para Rafael Tar­radas Bultó, con quien aca­ba de grabar una pro­mo para redes min­u­tos antes de que Miguel abri­era el quiosco al mediodía.

Una cliente vien­do el anun­cio de la fir­ma de libros de la sem­ana | Emil Oso­rio Llanos

Las fir­mas de libros de los fines de sem­ana son, pre­cisa­mente, las joyas de la coro­na de Kioskalia. En la actu­al­i­dad, solo existe otro quiosco en Madrid que replique este mod­e­lo de ven­ta de libros actuales, el Quiosco de Óscar, ubi­ca­do en Chamartín. Al prin­ci­pio era el pro­pio Miguel quien con­tacta­ba direc­ta­mente con los autores o las edi­to­ri­ales. El primer invi­ta­do fue un his­to­ri­ador cono­ci­do, veci­no y ami­go del bar­rio, que hizo las veces de gan­cho. La respues­ta fue tan pos­i­ti­va que la activi­dad se con­vir­tió en una ruti­na. Hoy, tras el impacto de las redes sociales y la tele­visión, la situación ha dado un vuel­co: son los pro­pios autores y las grandes edi­to­ri­ales quienes se ponen en con­tac­to con él, llenan­do los carte­les exte­ri­ores con anun­cios de fir­mas pro­gra­madas de 13:00 a 15:00 horas. Por su espa­cio han pasa­do autores como Diego Gar­ro­cho, Kari­na Sainz Bor­go, Javier Ser­ra y María José Rubio.

A pesar del éxi­to, acu­mu­la­do sobre todo en este primer semes­tre del 2026, el tra­ba­jo diario sigue sien­do un esfuer­zo exi­gente que Miguel lid­era en soli­tario, aunque cuen­ta con la ayu­da de “Pepi­to”, apo­do de José Anto­nio Espinosa Gómez. Pepi­to es uno de esos veci­nos del bar­rio, que se ha con­ver­tido en un per­son­aje del micro­cos­mos de Kioskalia. La suya es una pres­en­cia diaria que ameniza las jor­nadas hablan­do con los clientes de temas tan diver­sos como la his­to­ria del Metro de Madrid o la actu­al­i­dad del Real Madrid. Para el quios­quero, per­files como el de Pepi­to —de quien dice que es prác­ti­ca­mente su her­mano may­or— son fun­da­men­tales porque con­sti­tuyen la “memo­ria viva” de las calles que los rodean.

“La infor­ma­ción jer­ar­quiza­da, la infor­ma­ción pau­sa­da, la infor­ma­ción ser­e­na, sin que te esté estor­ban­do la pub­li­ci­dad, eso te lo apor­ta el papel, no la pan­talla. El per­iódi­co es el medio por exce­len­cia para infor­marse”. Para él, la pan­talla sirve para enter­arse, pero el papel per­mite tra­ba­jar el tex­to. Además, defiende que char­lar con los vende­dores y veci­nos hace a los bar­rios más humanos.

Los espa­cios como el suyo, insiste con­ven­ci­do, “cosen los bar­rios, for­man comu­nidad y per­miten man­ten­er el con­tac­to con la esen­cia de la vida veci­nal. Así, al final del día, cuan­do ya la llu­via ha dado una tregua y la per­siana vuelve a bajar para esper­ar el próx­i­mo día de ven­tas, salu­dos, anéc­do­tas e inter­cam­bios, que­da la certeza de que Kioskalia es mucho más que un pun­to de ven­ta.

Miguel Sanz, en un momen­to de des­can­so frente al quiosco | Clau­dia González Roldán


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