La primera cobertura de Pedro Piqueras, periodista

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“Le hice una entre­vista a un ami­go que era fol­clorista. Mi redac­tor jefe me dijo: ‘Te fal­tan datos, muchos datos´. Me dio la primera lec­ción de peri­odis­mo”

Des­ti­na­do a tra­ba­jar jun­to a su padre en la alpar­gatería famil­iar, Pedro Piqueras des­cubrió, con tan solo diecisi­ete años, que su ver­dadera vocación era con­tar his­to­rias, dar voz a quienes no la tenían y pon­er el foco sobre las injus­ti­cias. Guia­do por esa con­vic­ción, se aden­tró en el mun­do del peri­odis­mo has­ta con­ver­tirse en uno de los ros­tros más recono­ci­bles de los infor­ma­tivos de Telecin­co, donde desar­rol­ló bue­na parte de su trayec­to­ria pro­fe­sion­al, siem­pre com­pro­meti­do con una infor­ma­ción rig­urosa y obje­ti­va.

Sin embar­go, sus primeros pasos en la pro­fe­sión no fueron pre­cisa­mente fáciles. Su primera gran lec­ción —ase­gu­ra— llegó a los diecisi­ete años, en la del­e­gación del diario Pueblo de Albacete, cuan­do ni siquiera se había matric­u­la­do en la Fac­ul­tad de Cien­cias de la Infor­ma­ción de la UCM. Eran tiem­pos en los que las redac­ciones se nutrían de jóvenes que entra­ban para lle­var cafés y ter­mina­ban fir­man­do cróni­cas, arma­dos úni­ca­mente con su curiosi­dad, sus ganas de apren­der y una vocación que aún esta­ba por demostrar: “Le hice una entre­vista a un ami­go que era fol­clorista y recopi­l­a­ba can­ciones. Cuan­do llevé mi tra­ba­jo a la redac­ción, el redac­tor jefe, un tipo extra­or­di­nario, me dijo: ‘Te fal­tan datos, muchos datos. No cuen­tas cuán­tos kilómet­ros ha hecho, cuán­tos pueb­los ha vis­i­ta­do ni qué can­ti­dad de can­ciones ha recogi­do…’. Me dio la primera gran lec­ción de mi vida en el peri­odis­mo. Me dije a mí mis­mo que eso no me volvería a pasar”. 

La segun­da lec­ción no tardó en lle­gar, esta vez de la mano del peri­odista León Cuen­ca, que le enseñó a pon­er­le carne y alma al esquele­to. “El qué es impor­tante, pero el cómo lo es más”, le advir­tió, y le empu­jó a encon­trar una voz propia, una for­ma de escribir que no se con­fundiera con ningu­na otra. Entre el rig­or del dato y la lib­er­tad del esti­lo, entre la obligación de con­tar la ver­dad y el tal­en­to para hac­er­la intere­sante, Piqueras encon­tró en aque­l­la trinchera de Albacete las dos reglas que acabarían soste­nien­do toda su car­rera. Lo demás —las aulas, los títu­los, las décadas de ofi­cio— ven­dría después, como una larga con­fir­ma­ción de lo apren­di­do a los diecisi­ete años: que el peri­odis­mo cabe entero en dos pre­gun­tas, qué se cuen­ta y cómo se cuen­ta, y que a veces bas­ta una redac­ción de provin­cias, unos cuan­tos cafés y dos bron­cas a tiem­po para apren­der a respon­der­las.

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