Trabajo y vida de un periodista en Nueva York
Con Argemino Barro, escritor, analista y corresponsal en EE.UU y en Ucrania
Julio Camba regresó en 1929 a Nueva York, según él, “la ciudad más romántica del mundo”, por la pasión e irritación que podía suscitar en quien la observaba o la vivía. Eso mismo siente hoy el corresponsal Argemino Barro, que transmite cierta nostalgia por los periodistas de antaño que contaban las historias con una narración suave y pausada.
Argemino habla igual que escribe. En los minuciosos análisis que hace sobre la política del mundo, la deriva autócrata de Donald Trump o la invasión rusa a Ucrania, desciende a las descripciones físicas y a los detalles humanos guiado por la sensibilidad propia de un cronista. Él se inspira en el estilo de los clásicos del Nuevo Periodismo para describir los edificios que rasgan el cielo neoyorquino con sus punzantes dientes, las grandiosas ciudades de Ucrania, o el bronceado anaranjado que mancha cada vez más el rostro de Donald Trump.
Es una excepcional tarde soleada de marzo en la parte baja de Manhattan. En el número 787 de la calle 10 está uno de esos rincones donde Argemino encuentra café solo para llevar, espacio para pensar y tiempo para escapar de la a veces aplastante maquinaria neoyorquina, con un “sistema sanitario deficiente” y con un ambiente de soledad.

Al entrar, se quita las gafas negras de sol que ocultan sus pequeños ojos, con las que se enfrenta a la que Julio Camba llamaba la “ciudad automática” pero que, según Argemino, “le reserva un hueco a todo el mundo” y a todas las historias. “Poco a poco”, él lleva once años levantando aquí la suya a base de trabajo, familia, y experiencias enriquecedoras.
Al principio lo hizo bajo los techos envejecidos de un edificio de Harlem y en la soledad de un piso compartido. El alquiler lo pagaba con un segundo empleo que complementaba al de analista de Ucrania para El Confidencial: pasear perros. Cuando recuerda la austeridad con la que vivió sus primeros años, al no contar con un salario fijo, se le escapa una risa burlona. “Vivía como un estudiante, no tenía dinero – dice –, a excepción de unos pequeños ahorros que había logrado acumular”.
“Pasé de Harlem a Brooklyn, y de pasear perros a ser corresponsal”
Como en las narraciones de sus libros, Argemino ordena las respuestas con una voz reflexiva. Sus primeros años en Nueva York los cimentó sobre una soledad que él define como “adictiva” y que le produjo gran impacto psicológico, pues llegó a estar semanas sin hablar con nadie. “Yo me iluminaba con el simple trato amable y cordial de los baristas”, confiesa con la misma preocupación que sintió al pensar: “Estoy muy mal”.
Tiempo después, la soledad y la austeridad se convirtieron en experiencias enriquecedoras. “Empecé a trabajar más, a obtener mejores condiciones y a conocer más la ciudad. Pasé de Harlem a Brooklyn, y de pasear perros a ser corresponsal”. Se hizo un nombre. En 2016 conoció a una neoyorquina y se mudaron juntos a Brooklyn. Con orgullo, dice: “Nos fue muy bien, ahora tenemos dos hijos”.
Entender Estados Unidos
Su proceso de aprendizaje se ha ido ampliando a medida que entiende las muchas idiosincrasias de Estados Unidos, sus leyes y su carácter. Con una narración descriptiva, se distancia de sí mismo para explicar la condena de todo corresponsal: que su mentalidad se mimetice con la de un periodista local y surja, entonces, el “desafío de contarlo” para los lectores del país de origen.
Pero Argemino ha aprendido a explicar Estados Unidos a sus lectores. Utiliza las técnicas de ficción que aprendió de Saramago, Kirmen Uribe o Cormac McCarthy. Bebe de la corriente del periodismo narrativo que “ tiene tanto poso en la prensa escrita americana”. Como periodista en Nueva York, su guía está en periódicos de referencia como The Atlantic, los retratos políticos de George Parker o en los “maravillosos reportajes de Tim Alberta”.
Así escribe sus crónicas, análisis y las historias, “con un tono más poético, dedicando más tiempo a las descripciones físicas o a las citas”. Es lo que le hace sentirse escritor.
Cuando habla, utiliza frases densas y largas. Su tono es pausado. Con ese mismo estilo, explica Estados Unidos a quien le lea y le escuche, con la responsabilidad que eso conlleva. “Es un país con una política muy variada y descentralizada. Cada Estado es de su padre y de su madre, con su idiosincrasia”, afirma.
“Nos enfrentamos a un Trump distinto, que sabe cómo funcionan las cosas”
Esa presión aumenta cuando se acerca al presidente de los Estados Unidos. “La esencia de Donald Trump es la lucha, la agonía y la mentira —lamenta—, y en este segundo mandato sabe cómo funcionan las cosas, qué botones presionar y qué palancas accionar”, sin las fuerzas tradicionales como contrapeso.
Y advierte: “Nos enfrentamos a un Trump distinto, con un ecosistema de derecha que está fabricando una realidad alternativa frente a unos medios tradicionales cada vez más empequeñecidos”. Al pensar en Trump, la Casa Blanca o la prensa, Argemino comienza un monólogo que carga con tecnicismos.
La 787 Coffe es un espacio de coworking repleto de cafés, portátiles y los constantes murmullos de sus clientes. Argemino está cómodo y, poco a poco, el tema de la conversación se hace más liviano, menos técnico. Comienza a hablar sobre los viajes que hace para huir de la agenda mediática.
Recuerda con el entusiasmo de un adolescente su viaje a Phoenix, Arizona. Estuvo tres días cubriendo las carreras de NASCAR en 2018, entrevistando a aficionados, mecánicos, locutores y pilotos. Para escribir el reportaje invirtió quince horas. “Es un trabajo en el que pierdes pasta, tiempo y esfuerzo, pero luego queda genial”. Lo hizo también en Mound Bayou (Missisipi) y Luisiana, y lo hará en Canadá con las elecciones a primer ministro. Lo dice de manera contundente, como si fuese ley de periodista, corresponsal o cronista: “La clave es encontrar ese equilibrio de hacer algo de lo que te sientas orgulloso y, al mismo tiempo, que sea rentable”.
El trabajo de un corresponsal
Como freelance, no tiene contrato fijo y vende sus noticias, crónicas o análisis al medio que lo pida. Su firma es muy demandada en El Confidencial, para el que realiza entre seis y diez artículos mensuales.
No tiene un espacio de trabajo, y eso hace “que no tenga una dinámica con compañeros de redacción”. Pero Argemino sí ha labrado “una vida de trabajador neoyorquino”, con contactos con los que se reúne “lo suficiente como para llamarles amigos”. Hace lo mismo con las personas a las que llama, escucha y contacta: las fuentes de información.
“Como corresponsal, tengo la vida de un trabajador neoyorquino, sin dinámica de redacción”
A él le gusta encontrarse con los entrevistados en sus espacios, en las cafeterías, en los puertecitos de la costa, en Chicago o en sus despachos de universidad. Es entonces cuando, asegura, “el trabajo adquiere otro cariz, sabor y color”.
Para hacer su trabajo ha tenido que entender la ciudad. Lo intentó leyendo a Paul Auster, Park Slope y a Gay Talese, pero lo consiguió comprendiendo la variedad de acentos y colores de piel que pueblan sus calles. “En Nueva York nadie te pregunta de dónde vienes”, asegura, y eso hace que nunca se sienta extranjero.
Como un neoyorquino más, ha encontrado rincones como el Prospect Park y placeres como tomar junto a su hija el que considera “el mejor café de Nueva York», en una pequeña cafetería de origen alemán situada en Brooklyn.
“Aquí, a veces me siento atrapado entre los dientes de una maquinaria”
Muestra seguridad al hablar en inglés, con la camarera que le ha atendido o con la persona que le ha interrumpido durante la entrevista para pedir dinero. Parece tenerlo todo controlado, para hablar, para hacer los gestos de la mano que acompañan lo que cuenta, y hasta para repeinarse en varias ocasiones.
Nueva York tiene, para Argemino, una doble cara. Muchas veces, se enfrenta a la ciudad con unas gafas de sol, “como si fuese el rey del mundo”. En otros instantes, aunque pequeños, se siente “como un colgajo atrapado entre los dientes de una maquinaria”.
Ucrania: otras historias y otros lugares
Cuando Argemino llegó a Nueva York para quedarse en aquel viejo apartamento de Harlem, una de las primeras cosas que hizo fue visitar la Universidad de Columbia. Estaba decidido, quería acceder a los archivos del Departamento de Estudios Postsoviéticos de su biblioteca para explorar su interés en los países de aquella región: Lituania, Bielorrusia, Rusia y, sobre todo, Ucrania. Su pasión por esta zona comenzó cuando era joven, cuando decidió estudiar la historia y el idioma rusos. Durante la entrevista, de vez en cuando mira un libro amarillo que, junto con el vaso de café que va bebiendo poco a poco, resalta sobre la mesa blanca. Es su última publicación, Mariúpol, la última batalla, la crónica sobre el asedio que sufrió la ciudad ucraniana por parte de Rusia en la invasión de febrero de 2022.
“Esta es una ciudad grande, pero las de Ucrania son grandiosas”
Argemino expresa con cariño la admiración que siente por las ciudades ucranianas. “Nueva York es una ciudad grande – dice –, mientras que Kyiv, Zaporiyia, Lviv y Dnipró son grandiosas”. A través de sus “edificios poderosos”, asegura, “se puede intuir el paso del horror y de la utopía soviética”
Cuando llegó a ese enclave portuario que es Maryúpol, dice, pudo percibir “ese cemento inmóvil del brutalismo soviético hasta en sus árboles”. Sin embargo, esa influencia rusa parece ir diluyéndose gracias a las nuevas grandes avenidas, “que reflejan el espíritu ucraniano: libre e independiente”.
Así, asegura, “convive el elemento estático de la arquitectura soviética con el espíritu creativo ucraniano”. Es ese contraste el que, según Argemino, provoca tanta fascinación a los periodistas que visitan Ucrania. A los que vienen de ciudades como Nueva York, dice, “es lo que les produce más emoción”.

Antes de recoger la mochila y una bolsa llena de libros que había debajo de la mesa para que no molestase en el reducido espacio de la cafetería, se le escapa en su imperturbable rostro un gesto de indignación cuando lee la notificación de una noticia que le ha llegado a su móvil: una científica rusa que se había opuesto a la guerra de Putin fue detenida en el aeropuerto de Logan, Boston y enviada a un centro de inmigrantes en Luisiana para su deportación a Rusia. “Qué vergüenza”, repite varias veces con un ligero enfado que se eleva sobre su calmado tono.
Con prisa, Argemino se aleja de la cafetería y de sus luces de neón amarillas. Se dirige hacia el sol que, filtrado por las hojas de los árboles, aterriza sobre el pavimento del Abe Lebewohl Park como una sombra agujereada.
Cruza entre las elegantes fachadas de piedra rojiza que conforman un pasillo en la calle 10 de Manhattan. Se va a casa, para trabajar, seguir pensando o explicando Estados Unidos a sus lectores. Quizás se sienta solo a la mañana siguiente, como el corresponsal que es. Igual se siente “un colgajo” o “el rey del mundo”.


