Lavapiés se postra ante sus mayas

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Qué tendrá Madrid que en su continuo fluir, desacompasado y anodino, encuentra lugares recónditos, recodos angostos donde por un rato el tiempo parece detenerse, acaso retroceder. La esquina de la calle Salitre con doctor Piga, a las puertas de la iglesia de San Lorenzo, y la irregular plaza de Lavapiés se engalanaron el primer domingo de mayo para recibir a la primavera y honrar a las mayas en una fiesta de la que hay constancia en las cantigas de Alfonso X y los versos de Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca. Es la representación de la llegada de la primavera en unas niñas ataviadas con motivos florales y tiaras a las que se venera mientras ellas, silenciosas, sonríen desde sus altares primaverales.

Los mayos celebran la llegada de la primavera, una tradición que, en distintas formas, fuentes y culturas, se remonta a los albores de la península ibérica y que se ha recuperado gracias al apoyo de los vecinos y las asociaciones que, en una revisión del pasado han traído de vuelta un sentir estacional, una reivindicación que desde finales de los ochenta del siglo pasado ha vuelto a pintar por un día las calles de celebración. Hace un par de años fue declarada bien de interés cultural y el Ayuntamiento decidió incorporarla al programa de fiestas de San Isidro, en un intento de apoyar esta festividad de menor impacto, pero de gran valor estético y cultural.

Aquella mañana del cuatro de mayo, los cuadros de Goya amanecieron desiertos. Sus personajes, como en una novela de Almudena Grandes, salieron del Prado, San Fernando o la Florida y cogieron el metro y pasearon hasta el sitio acordado. Remontaron las calles desde Cascorro, huyeron del Rastro y afinaron sus voces en los aledaños, para gritar el “Viva la maya”.

Mayas celebrando la llegada de la primavera en Lavapiés | Fotografía: Diego R. Segura

María Dolores, que participa de esta fiesta desde que en 1988 volviera a las calles, explicó que para el diseño de sus trajes, completamente artesanales, su inspiración son los cuadros del propio Goya. “Yo me voy al Prado, y los trajes de los cuadros que me gustan los dibujo y los hago” dice sin darse importancia, “con mis rectificaciones porque yo no soy modista y hay muchas cosas que no sé hacer” sentencia. Su marido acude rápido para confirmar con cierto orgullo que, en efecto, María Dolores no es modista. Su mirada, como la de todos aquellos que imprimen pasión en lo que hacen, resta importancia a sus propias palabras. A su alrededor, la gente no da crédito y se debate entre seguir escuchando su relato o admirar sus vestimentas y las de su marido.

Representación del baile tradicional | Fotografía: Diego R. Segura 

Mientras las niñas, imperturbables, recibían los vítores, flashes y miradas de los presentes, otros niños y mayores se hacían hueco entre los viandantes, ofreciendo rosquillas, claveles y vino en porrón. Dosis de tradición a cambio de la voluntad y con el acuerdo: “Para la maya, que es linda y galana” gritaban. Se acercaron Lázaro (10 años), Elisa (8 años) que son hermanos, e Icíar (10 años), regalando a los ojos de los presentes y las flores, por las que recibían monedas pequeñas. Explicaron, con infantil rigor, que la maya (la niña venerada) es su amiga y que su acometida es ofrecer a todo el que quiera las rosquillas y flores blancas y rojas. Una de ellas lleva un cepillo, para cepillar a los señores, dice. “El año que viene quiero ser mayo”, reconoció Lázaro ante la mirada juiciosa de Elisa, que no le soltaba la mano. “Yo ni de broma”, exclamó entre risas la hermana, alegando la obligación a estar quieta y sonriente, mientras gesticulaba exagerando la pose de su compañera. Los niños se alejaron, mientras la pequeña Elisa se relamía el azúcar de entre los dedos. No sería difícil ubicarlos entre el gentío, caminaban inseparables y Lázaro lucía atado a la cabeza un pañuelo amarillo, típico goyesco.

Grupo de mayos disfrutando del baile tradicional al compás de los percusionistas | Fotografía: Diego R. Segura

Dolores, la misma falsa modista que apenas hace unas horas explicaba que Carlos III prohibió esta fiesta dado que los ayudantes de la maya pasaban de pedir la voluntad a la coacción y amenaza generando problemas de orden público, miraba ahora con recelo a un turista que se había lanzado al cesto de las rosquillas con ojos golosos y había alargado de más el trago de vino, pero sin ademán de llevar su mano a la cartera. Como suele ocurrir en las fiestas castizas, la belleza se esconde en el equilibrio de excesos, en la masa heterogénea que, como en un baile, mueve sus pies torpemente y mira a los lados en busca de un patrón que aúne al chulapo que pasa con la niña en el altar, la mujer goyesca, el turista en chancletas y el moderno que roza el stendhal con un vermú de grifo o con un trago del dulzón vino servido en porrón.

Percusionistas a cargo de la música en el acto realizado en Lavapiés | Fotografía: Diego R. Segura

Cuesta entender cómo en escasos cien metros en forma de codo pueda celebrar tanta gente la entrada de la primavera, con su sol frugal y su amenazante nubosidad. Es domingo y los fieles salen de misa, a la par que en un pequeño corro, y al ritmo de la rondalla, un grupo de personajes pictóricos ha empezado a bailar mientras dan la una de la tarde. Un numeroso grupo, proveniente de Talavera de la Reina, entona canciones tradicionales con ingenio y cierta picaresca. Las mayas se incomodan en sus altares, laxan la postura, su sonrisa decae por momentos. Ni el más elaborado vítor ni un último piropo evadían del cansancio a las niñas, cuya imagen etérea aterrizaba lentamente en la realidad de un domingo a mediodía

Al día siguiente las mayas volverían a clase, Lázaro a desayunar entre legañas, los curiosos no se postrarían en los balcones y la música habría dejado de sonar. Dolores habría guardado su traje y el de su marido de vuelta, hasta que la ocasión lo mereciera. En la esquina de Salitre, con doctor Piga, la vida volvería a transcurrir con el traqueteo de las ruedas de las maletas, el silencio interrumpido por una moto o una conversación telefónica. El realismo volvería a las calles, la magia con ellos, a sus vidas, a los cuadros.

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