Veinte años del 11M: Voces que no olvidan

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Capí­tu­lo 1: El corazón del andén

En nom­bre de aque­l­las per­sonas que lucharon por que ninguno dejara de latir

Han pasa­do veinte años. 7.305 días des­de que la sociedad españo­la vivió el may­or aten­ta­do ter­ror­ista de la his­to­ria de Europa. Era el 11 de mar­zo de 2004. En Madrid, alrede­dor de las 7:30 de la mañana, explotaron diez bom­bas en cua­tro trenes en las esta­ciones de cer­canías de Atocha, San­ta Euge­nia y El Pozo y en la calle Téllez. No se ha olvi­da­do. Lo que ocur­rió aquel día no se ha deja­do atrás. Este espe­cial no tra­ta sobre el 11M, sino sobre los pro­tag­o­nistas del 11M. A través de las voces de quienes vivieron de cer­ca la trage­dia, inten­ta­mos recon­stru­ir lo que pasó des­de difer­entes pun­tos de vista. Veinte años del 11M: Voces que no olvi­dan pre­tende que se escuche a quienes pres­en­cia­ron el hor­ror que vivió una ciu­dad que se vol­có con las víc­ti­mas y reac­cionó inmedi­ata­mente. Cada pal­abra, cada tes­ti­mo­nio, cada real­i­dad, cada gesto… Son relatos que no se olvi­darán nun­ca. Los relatos de las voces del 11M.

El espe­cial se estruc­tura en tres capí­tu­los. El primero, El corazón del andén, da voz a los pro­fe­sion­ales que vivieron aquel día en un segun­do plano, pero cuyo tra­ba­jo resultó fun­da­men­tal. En el segun­do, Las voces del andén, hablan las víc­ti­mas, los super­vivientes. Son los relatos de quienes esta­ban pre­sentes en los esce­nar­ios de la trage­dia y sufrieron las peo­res con­se­cuen­cias. El ter­cero y últi­mo, La memo­ria del andén, reflex­iona sobre el niv­el de con­cien­cia que tienen los jóvenes uni­ver­si­tar­ios, la may­oría de los cuales no habían naci­do aquel 11 de mar­zo, sobre lo que sucedió. Veinte años del 11M: Voces que no olvi­dan tiene el obje­ti­vo de mostrar la real­i­dad. Una real­i­dad que dejó huel­la.

Javier Quiroga, respon­s­able de la Cen­tral de Comu­ni­ca­ciones del SAMUR: “La sociedad españo­la dio una lec­ción de sol­i­dari­dad abso­lu­ta­mente increíble”

Javier Quiroga, respon­s­able de la Cen­tral de Comu­ni­ca­ciones del SAMUR el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en la Base 0 del SAMUR. Foto: Pedro Pas­cual

Javier Quiroga es enfer­mero. Ha sido direc­ti­vo del SAMUR (Ser­vi­cio de Asis­ten­cia Munic­i­pal de Urgen­cia y Rescate) des­de su fun­dación. Jubi­la­do el pasa­do mes de julio, cuen­ta con una expe­ri­en­cia de 33 años en el ser­vi­cio. De hecho, fue uno de sus fun­dadores ya que par­ticipó en la actu­al­ización de lo que antes era el tradi­cional Par­que de Ambu­lan­cias del Ayun­tamien­to. Actual­mente, dirige un pro­gra­ma de for­ma­ción lla­ma­do “Primer respon­di­ente”, dirigi­do a los uni­for­ma­dos, los primeros cuer­pos del ser­vi­cio que lle­gan al lugar de un acci­dente.

El 11 de mar­zo de 2004, Quiroga era respon­s­able de la Cen­tral de Comu­ni­ca­ciones del SAMUR. Nor­mal­mente, iba a tra­ba­jar en moto. En aquel momen­to, la cen­tral del ser­vi­cio esta­ba ubi­ca­da en la plaza de Legazpi, un lugar próx­i­mo a los esce­nar­ios donde tuvieron lugar las explo­siones. “El hecho de estar tan bien local­iza­dos tuvo mucho que ver con el éxi­to del ser­vi­cio de emer­gen­cias en su orga­ni­zación”, afir­ma. De camino a la cen­tral, le sonó tres o cua­tro veces el telé­fono, lo que provocó que comen­zara a pre­ocu­parse. Paró la moto y llamó por telé­fono a la cen­tral. A con­tin­uación, escuchó algo que iba a cam­biar por com­ple­to su día: “Hay un aten­ta­do en Atocha, hay un aten­ta­do ter­ror­ista en Atocha y parece muy grave”.

“Nos dimos cuen­ta de que nos encon­trábamos ante la may­or catástrofe que ha habido en Madrid des­de la Guer­ra Civ­il”

Cuan­do llegó a la ofic­i­na, se encon­tró al per­son­al muy lívi­do y sereno. “¡Son tres aten­ta­dos!”, le gri­taron en cuan­to se dirigió hacia su mesa. Alrede­dor de las 8 de la mañana solo se conocían los focos de Atocha, que fue el primero, de El Pozo y de San­ta Euge­nia. Aún no se sabía nada de la calle Téllez. El SAMUR, coor­di­na­do por Quiroga, repar­tió los recur­sos nece­sar­ios entre las esta­ciones que se sabía que esta­ban afec­tadas. El primer direc­ti­vo del ser­vi­cio del que reci­bieron infor­ma­ción fue Anto­nio Cabezas, des­de El Pozo: “Aquí hay 50 muer­tos”. “En ese momen­to nos dimos cuen­ta de que como el resto de focos estu­vier­an a ese niv­el, nos encon­trábamos ante la may­or catástrofe que ha habido en Madrid des­de la Guer­ra Civ­il”, ase­gu­ra con firmeza. El equipo de comu­ni­cación llamó a todos los hos­pi­tales infor­mán­doles de que iba a lle­gar una gran can­ti­dad de pacientes. “Con­tac­ta­mos con todos los ser­vi­cios de emer­gen­cia para que dejaran de hac­er lo que esta­ban hacien­do y man­daran un ter­cio de sus oper­a­tivos a los prin­ci­pales focos”, recuer­da.

El may­or desafío para Quiroga fue, sin duda, enten­der que se trata­ba de cua­tro esce­nar­ios difer­entes sep­a­ra­dos físi­ca­mente entre sí que había que mane­jar como si fuer­an uno. El hecho de ten­er con­tro­la­do quién esta­ba en cada lugar, dónde sobra­ban recur­sos y, sobre todo, el repar­to de los enfer­mos por los hos­pi­tales fueron grandes retos para la Cen­tral de Comu­ni­ca­ciones.

“El may­or desafío fue enten­der que se trata­ba de cua­tro esce­nar­ios difer­entes sep­a­ra­dos físi­ca­mente entre sí que había que mane­jar como si fuer­an uno”

Según cuen­ta, en el 11M se hizo algo que jamás se había pen­sa­do antes. Aparte de la pura aten­ción san­i­taria a prác­ti­ca­mente 2000 heri­dos, se orga­nizó un esce­nario que mar­có la vida de miles de per­sonas: IFEMA. “En ese gran tana­to­rio se hicieron 200 autop­sias y se tuvo que aten­der a las famil­ias de dece­nas de heri­dos y de los fal­l­e­ci­dos”, lamen­ta. IFEMA se inven­tó en el momen­to, nun­ca se había hecho nada pare­ci­do. “Aho­ra, todo el mun­do entiende que cuan­do ocurre algo de este cal­i­bre, hay que aten­der a las famil­ias, realizar las autop­sias y entre­gar los cadáveres lo antes posi­ble”, insiste. 

Aquel día en que, según Quiroga, la sociedad españo­la dio una lec­ción de sol­i­dari­dad increíble, los ser­vi­cios de emer­gen­cias no tuvieron tiem­po para nada más. “Fuera de nue­stro tra­ba­jo, no reparamos en nada, ni siquiera en nues­tras famil­ias”, con­cluye.

Isabel López, médi­co jefe de guardia de SAMUR Pro­tec­ción Civ­il: “Recuer­do el silen­cio de la estación de Atocha”

Isabel López, médi­co jefe de guardia de SAMUR Pro­tec­ción Civ­il el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en la Base 0 del SAMUR. Foto: Isaac Cabanelas

Isabel López tra­ba­jó en la Unidad de Urgen­cias del SAMUR, como todos los días, ese 11 de mar­zo de 2004. “Era mi guardia nor­mal, mi turno nor­mal. Nos íbamos a nues­tra base oper­a­ti­va en Legazpi cuan­do escuchamos que por la emiso­ra se pedía a una unidad que se dirigiera a Atocha, a una explosión sin especi­ficar”.

Como ella, muchos de sus com­pañeros se lev­an­taron pen­san­do que ese sería un día cualquiera. Pero no fue así. Ape­nas amanecía en la ciu­dad de Madrid cuan­do el humo inundó la Estación de Atocha. Allí se desplazó Isabel. “Una explosión sin especi­ficar podría ser cualquier cosa, pero había algo que no era nor­mal. Se percibía por las colum­nas de humo que se veían lle­gan­do a Atocha y por la gente que huía despa­vori­da de la estación. Ya salían heri­dos, la gente no quería estar ahí, quería salir”.

“Ese día la gente llamó muy poco al 112”

La ayu­da no solo llegó por parte de los san­i­tar­ios y cuer­pos de seguri­dad. Los ciu­dadanos de la cap­i­tal no dudaron ni en un segun­do en prestarse a colab­o­rar en todo lo que estu­viera en sus manos. “Baja­ban agua y man­tas a la gente, los taxis­tas traslad­a­ban a los  heri­dos… La ciu­dad estu­vo abso­lu­ta­mente a la altura. Inclu­so nos ayu­daron. Ese día nosotros no pudi­mos hac­er nada más que aten­der a víc­ti­mas del 11M”. Como bien indi­ca Isabel, en la ciu­dad de Madrid, como en cualquier otra, la gente sufre infar­tos, tiene acci­dentes de trá­fi­co o se cae por las escaleras pero “ese día la gente llamó muy poco al 112”.

Está demostra­do que la mente humana en momen­tos así recuer­da situa­ciones, pal­abras, hechos insignif­i­cantes, algo que en cualquier otro día o momen­to no hubiera presta­do aten­ción, pero Isabel, del 11M, solo recuer­da “el silen­cio de la estación de Atocha”. 

“Quizá es cul­pa de la sociedad quer­er silen­ciar algu­nas cosas que no nos gus­tan, nos dan pena o nos gen­er­an miedo”

Veinte años después de aquel día, tiene claro que “todo el mun­do debe de cono­cer la bar­barie, en Madrid y en todo el mun­do porque la mal­dad existe. Quizá es cul­pa de la sociedad quer­er silen­ciar algu­nas cosas que no nos gus­tan, que nos dan pena o que nos gen­er­an miedo. Al final, el ter­ror no deja de arras­trar a la sociedad al miedo”.

Fer­nan­do Turégano, jefe de cirugía de Urgen­cias del Hos­pi­tal Gen­er­al Uni­ver­si­tario Gre­go­rio Marañón: “Si los aten­ta­dos se hubier­an pro­duci­do una hora más tarde, con los quiró­fanos fun­cio­nan­do con las cirugías pro­gra­madas, la situación hubiese sido mucho peor”

Fer­nan­do Turégano, jefe de cirugía de Urgen­cias del Hos­pi­tal Gen­er­al Uni­ver­si­tario Gre­go­rio Marañón el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en la Fac­ul­tad de Cien­cias de la Infor­ma­ción. Foto: Pedro Pas­cual

Fer­nan­do Turégano es jefe de la sec­ción de cirugía de Urgen­cias del Hos­pi­tal Gen­er­al Uni­ver­si­tario Gre­go­rio Marañón. Nació en Mar­rue­cos y su ded­i­cación pro­fe­sion­al hos­pi­ta­lar­ia se ha cen­tra­do may­ori­tari­a­mente en el área de las urgen­cias quirúr­gi­cas y en la aten­ción a los pacientes poli­trauma­ti­za­dos, así como en la docen­cia en la Uni­ver­si­dad Com­plutense de Madrid. Cuen­ta con una exten­sa trayec­to­ria de 46 años en el ámbito de la med­i­c­i­na.

El 11 de mar­zo de 2004 el doc­tor Turégano ocu­pa­ba el mis­mo puesto que en la actu­al­i­dad, por lo que su equipo era uno de los encar­ga­dos de aten­der las urgen­cias en el Gre­go­rio Marañón. Al lle­gar al hos­pi­tal a las ocho de la mañana, un com­pañero le dijo que fuera ráp­i­da­mente a Urgen­cias, que había ocur­ri­do algo muy grave. Durante el trayec­to, ya le había lla­ma­do la aten­ción la can­ti­dad de ambu­lan­cias que se escuch­a­ban. “Una activi­dad inusu­al”, apun­ta. Al prin­ci­pio, no sabían qué era lo que esta­ba ocur­rien­do, la infor­ma­ción era muy escasa. Pero pron­to comen­zaron a lle­gar los primeros pacientes. “Muchos de los afec­ta­dos se desplazaron ellos mis­mos por diver­sos medios al hos­pi­tal, aunque no esta­ban muy graves”, afir­ma. Pasa­do el tiem­po, el esta­do de gravedad de las per­sonas que lle­ga­ban al Gre­go­rio Marañón iba aumen­tan­do. Turégano vivió esos instantes con “inqui­etud, incer­tidum­bre y con una gran sen­sación de caos”.

“Aquel día recibi­mos 200 pacientes en un par de horas”

“Nos enfren­tábamos a lesiones por explosión que no veíamos todos los días”, cuen­ta. El equipo de urgen­cias del Gre­go­rio Marañón tuvo que orga­ni­zar en las entradas del hos­pi­tal el flu­jo de pacientes que iban reci­bi­en­do. “Aquel día recibi­mos 200 pacientes en un par de horas”. Según recuer­da Turégano, la inmen­sa may­oría no esta­ban graves, pero hubo 29 que lle­garon a la vez del segun­do foco de Atocha que lle­garon muy críti­cos, con un com­pro­miso vital inmedi­a­to. “Nun­ca nos habíamos enfrenta­do a un inci­dente con múlti­ples víc­ti­mas”, ase­gu­ra.

El doc­tor Turégano desta­ca que la con­tribu­ción de todo el per­son­al del hos­pi­tal fue total­mente altru­ista y desin­tere­sa­da. Aquel día hubo algo clave que per­mi­tió mane­jar la situación lo mejor posi­ble: “Los aten­ta­dos ocur­rieron a una hora en la que los equipos de guardia salientes aún esta­ban en el hos­pi­tal y los que entra­ban esta­ban lle­gan­do. Eso per­mi­tió que hubiera muchos recur­sos humanos disponibles para aten­der al número impor­tante de víc­ti­mas que recibi­mos”. El Gre­go­rio Marañón puso más de veinte quiró­fanos a dis­posi­ción de los médi­cos que iban a oper­ar a víc­ti­mas del aten­ta­do ter­ror­ista. Eso tran­quil­izó al equipo de urgen­cias, que pudo con­tar con medios sufi­cientes para hac­er su tra­ba­jo. “Si los aten­ta­dos se hubier­an pro­duci­do una hora más tarde, con los quiró­fanos fun­cio­nan­do con las cirugías pro­gra­madas, la situación hubiese sido mucho peor”, afir­ma sin ningu­na duda. 

El 11 de mar­zo se tuvieron que tratar heri­das y lesiones que los médi­cos españoles no esta­ban acos­tum­bra­dos a ver en su día a día: la blast injury: “Blast quiere decir explosión. Una cosa car­ac­terís­ti­ca de las lesiones por bom­ba, fuera del ambi­ente mil­i­tar, es que los pacientes no tienen sig­nos exter­nos, pero pueden ten­er un blast pul­monar o lesiones intesti­nales”, expli­ca. Las lesiones por explosión afectan prin­ci­pal­mente a cavi­dades y órganos del cuer­po que tienen gas como, por ejem­p­lo, el pul­món. “Tam­bién es muy típi­ca la per­foración del tím­pano lat­er­al”, añade.

“Las lesiones por explosión afectan prin­ci­pal­mente a cavi­dades y órganos del cuer­po que tienen gas”

En las urgen­cias, cuan­do lle­ga­ban los pacientes, mien­tras se llev­a­ba a cabo el tri­a­je, al doc­tor le llamó la aten­ción cómo inter­ac­tu­a­ban los pacientes a los que las explo­siones habían deja­do sor­dos con los enfer­meros y los médi­cos: “Tenían per­fora­ciones bilat­erales de tím­pano y, como no oían abso­lu­ta­mente nada, las enfer­mas les escribían en pape­les las pre­gun­tas que les querían hac­er”. Los espe­cial­is­tas que más tra­ba­jo tuvieron aquel día, según Turégano, fueron los ciru­janos ortopédi­cos, los trau­matól­o­gos, los plás­ti­cos y los max­ilo­fa­ciales.

“Durante los años pos­te­ri­ores nos recla­maron para asi­s­tir a numerosas reuniones a niv­el inter­na­cional y a con­gre­sos. En muchos país­es europeos y, sobre todo, en Esta­dos Unidos, existía mucho miedo a que ocur­ri­era algo pare­ci­do a lo que pasó en Madrid”, cuen­ta Turégano. Sus vis­i­tas por el mun­do infor­man­do sobre cómo respondió el sis­tema san­i­tario español al aten­ta­do ter­ror­ista le llevó a lugares como Boston, San Diego o Wash­ing­ton. “Había mucha igno­ran­cia y ganas de saber, el mun­do quería estar prepara­do”.

María de las Mer­cedes Sanz, inte­ri­na adjun­ta del ser­vi­cio de cirugía gen­er­al del apara­to diges­ti­vo del Hos­pi­tal Gre­go­rio Marañón: “Ver el sol al salir del hos­pi­tal me demostró que la vida seguía”

María de las Mer­cedes Sanz, inte­ri­na adjun­ta del ser­vi­cio de cirugía gen­er­al del apara­to diges­ti­vo del Hos­pi­tal Gre­go­rio Marañón el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en la Fac­ul­tad de Cien­cias de la Infor­ma­ción. Foto: Isaac Cabanelas

María de las Mer­cedes Sanz, hoy jubi­la­da, fue jefa de sec­ción del ser­vi­cio de cirugía gen­er­al del apara­to diges­ti­vo del Hos­pi­tal Gre­go­rio Marañón y docente de la Uni­ver­si­dad Com­plutense de Madrid. Como inves­ti­gado­ra, dedicó parte de su pro­duc­ción a la blast injury, un tipo de lesión provo­ca­da por las ondas expan­si­vas de las bom­bas. El 11 de mar­zo de 2004 tra­ba­ja­ba como inte­ri­na en el mis­mo ser­vi­cio de cirugía. 

Esa mañana, Sanz esta­ba de guardia. Le cam­biaron el turno el día ante­ri­or porque hubo un par­tido de fút­bol. Había tra­ba­ja­do por la noche y, a las ocho de la mañana, esper­a­ba para dar el rele­vo a sus com­pañeros del sigu­iente turno. Cuan­do lla­maron dicien­do que había habido una explosión, bajó ensegui­da a la zona de Urgen­cias y ese fue el úni­co desplaza­mien­to que la ciru­jana hizo el 11 de mar­zo de 2004. “A los dos min­u­tos de bajar vi que el hos­pi­tal se llen­a­ba de pacientes por lo que no pude ni lla­mar a mi famil­ia por telé­fono, no se podía hac­er otra cosa que no fuese ayu­dar a todo el mun­do”. El equipo comen­zó a tra­ba­jar sin saber qué había pasa­do y cuáles eran las dimen­siones, pero la mag­ni­tud de las lesiones y la avalan­cha de pacientes les hizo com­pren­der que se trata­ba de algo muy grave. Todo el hos­pi­tal se mov­i­lizó para aten­der de man­era simultánea a la may­or can­ti­dad de pacientes posi­ble: “El cuar­to de shock del Gre­go­rio Marañón tiene cabi­da para tres o cua­tro pacientes, hubo que aten­der en lugares que no esta­ban des­ti­na­dos para pacientes tan graves como los que recibi­mos ese día”, expli­ca, ase­gu­ran­do que la orga­ni­zación fue la clave del éxi­to de la aten­ción hos­pi­ta­lar­ia en un momen­to de sat­u­ración como aquel.

“Fue una situación que no conocíamos, el desafío esta­ba en todas partes”

La iden­ti­fi­cación y, espe­cial­mente, la clasi­fi­cación de los pacientes supu­so uno de los may­ores retos a niv­el pro­fe­sion­al: “Nos enfrenta­mos a una situación que no conocíamos, el desafío esta­ba en todas partes”, recuer­da. Fue una mañana dura en todos los sen­ti­dos, pero todo el per­son­al del hos­pi­tal dio lo mejor de sí mis­mo para sobrell­e­var la situación de la mejor man­era posi­ble. Eso fue muy impor­tante. Sanz no olvi­da el 11M: “Cuan­do salí por la tarde, había sol. Ver el sol al salir del hos­pi­tal me demostró que la vida seguía. No encuen­tro la pal­abra que describe cómo se con­tinúa después del hor­ror, pero sales a la calle, ves el sol, y sigues”.

“No pude ni lla­mar a mi famil­ia por telé­fono”

Llegó a casa de for­ma automáti­ca. Lo primero que hizo fue coger las llaves del coche e ir has­ta Casa de Cam­po. Cuen­ta que fue a ver un par­tido que enfrenta­ba a la selec­ción españo­la con­tra la pak­istaní: “Me impre­sionó enorme­mente el silen­cio que hubo en el par­tido”, recuer­da. Según ella, el men­saje que el 11M le mandó a la sociedad españo­la fue muy claro: “La gente es capaz de sacar lo mejor de sí mis­ma”.

Damián Gar­cía Olmo, ciru­jano del Hos­pi­tal de La Paz: “Las his­to­rias clíni­cas esta­ban escritas con rotu­ladores en la piel”

Damián Gar­cía Olmo, ciru­jano del Hos­pi­tal de La Paz el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en la Fun­dación Jiménez Díaz. Foto: Pedro Pas­cual

El doc­tor Gar­cía es uno de los pio­neros en el uso clíni­co de célu­las madre para tratar pro­ce­sos quirúr­gi­cos. Mur­ciano de nacimien­to, actual­mente es jefe de cirugía y direc­tor de la Unidad de Ter­apia Celu­lar del Insti­tu­to de Inves­ti­gación San­i­taria en la Fun­dación Jiménez Díaz de Madrid. Tam­bién ejerce la docen­cia ya que es cat­e­dráti­co de Cirugía de la Uni­ver­si­dad Autóno­ma de Madrid.

El 11 de mar­zo de 2004 esta­ba de guardia en el Hos­pi­tal Uni­ver­si­tario La Paz. Gar­cía se des­pertó a las 6:30 de la mañana. Esta­ba desayu­nan­do y comen­zó a escuchar la radio. Algo no iba bien. “Tuve la intu­ición de que lo que esta­ba pasan­do era algo muy impor­tante y salí cor­rien­do, cogí el metro y me plan­té en el hos­pi­tal”. Ese día, además, no esta­ba solo. Dos estu­di­antes de med­i­c­i­na le acom­pañaron en su guardia ya que, aparte de ciru­jano, Gar­cía era pro­fe­sor de la Uni­ver­si­dad Autóno­ma de Madrid. En cuan­to se dieron cuen­ta de las dimen­siones del prob­le­ma, se prepararon para recibir a los pacientes. “Todos habíamos leí­do lo que había pasa­do el 11 de sep­tiem­bre de 2001 en Esta­dos Unidos. En aquel esce­nario, hubo muchos muer­tos y muy pocos heri­dos. Nosotros teníamos la impre­sión de que en este caso iba a ser dis­tin­to, los heri­dos iban a super­ar enorme­mente a los muer­tos. El sis­tema san­i­tario lo tenía muy com­pli­ca­do para mane­jar la situación”, ase­gu­ra.

“Tuve la intu­ición de que lo que esta­ba pasan­do era algo muy impor­tante y salí cor­rien­do, cogí el metro y me plan­té en el hos­pi­tal”

Una de las cosas que más le llamó la aten­ción al doc­tor Gar­cía fue que el hos­pi­tal con­ta­ba con un Plan de Catástro­fes. “Cuan­do bajé a la puer­ta de urgen­cias, vi que ya esta­ba todo orga­ni­za­do. Yo venía de una ciu­dad pequeña y no sabía de la exis­ten­cia de ese tipo de plan­i­fi­cación pre­via”. Los médi­cos del Hos­pi­tal de La Paz no para­ban de recibir noti­cias de lo que esta­ba pasan­do en el Gre­go­rio Marañón y en el 12 de Octubre. Un com­pañero del primer hos­pi­tal le llamó y le infor­mó de lo pre­vis­i­ble: “No damos abas­to, os vamos a empezar a man­dar enfer­mos”.

Hacia las nueve de la mañana, el ciru­jano se per­cató de un detalle impor­tante. “El paseo de la Castel­lana esta­ba vacío. Me asoma­ba des­de La Paz y veía una calle que siem­pre desta­ca por estar reple­ta de gente sin un alma. Ese silen­cio lo rompieron todas las ambu­lan­cias que sub­ían la calle”. El sonido de las sire­nas de las ambu­lan­cias indi­ca­ba que los enfer­mos esta­ban lle­gan­do. Gar­cía y el resto de los médi­cos comen­zaron a recibir­los. “Recuer­do muy bien que todos vinieron esta­bi­liza­dos y con­tro­la­dos. Mis com­pañeros de pro­fe­sión habían hecho un tra­ba­jo mag­ní­fi­co”, afir­ma rotun­da­mente. “Las his­to­rias clíni­cas esta­ban escritas con rotu­ladores en la piel de los pacientes. Una infor­ma­ción increíble. Ensegui­da iden­ti­fi­camos que había cin­co de mi área, por lo que ya nos pudi­mos con­cen­trar en ellos”.

Damián Gar­cía Olmo, ciru­jano del Hos­pi­tal de La Paz el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en la Fun­dación Jiménez Díaz. Foto: Pedro Pas­cual

El ante­quiró­fano esta­ba muy cer­ca del quiró­fano y había un tele­vi­sor encen­di­do que esta­ba con­stan­te­mente dan­do noti­cias. Gar­cía mandó apa­gar­la. Todos los médi­cos esta­ban en “un esta­do de irritación ter­ri­ble” pre­gun­tán­dose con­stan­te­mente una cosa: ¿quién había hecho eso? “Los que ten­emos expe­ri­en­cia en poli­trau­ma esta­mos acos­tum­bra­dos a ver un acci­dente lab­o­ral o de coche, pero ver a gente joven con aque­l­las lesiones fue real­mente impre­sio­n­ante”. El blast injury, un tipo de lesión provo­ca­da por una onda expan­si­va, no se explic­a­ba en las fac­ul­tades de Med­i­c­i­na y el 11M hizo que comen­zara a for­mar parte de las guías docentes de muchas uni­ver­si­dades españo­las. “Puede suced­er que exis­tan muy pocas lesiones por fuera, pero que por den­tro haya un gran destro­zo incom­pat­i­ble con la vida”.

Damián recuer­da per­fec­ta­mente una operación que tuvo que lle­var a cabo. Se trata­ba de una mujer embaraza­da a tér­mi­no. Cuan­do sac­aron al niño, esta­ba com­ple­ta­mente for­ma­do, pero había muer­to. “Ver eso provocó que nos costara volver a con­cen­trarnos y seguir tra­ba­jan­do. Ver que las lesiones que tenía la joven eran irrepara­bles… El may­or reto que tuvi­mos fue psi­cológi­co. Teníamos que hac­er nue­stro tra­ba­jo inten­tan­do ser lo más pro­fe­sion­ales posi­ble”.

Aparte de las expe­ri­en­cias traumáti­cas, tam­bién for­maron parte de ese día expe­ri­en­cias extra­or­di­nar­ias. El equipo del doc­tor Gar­cía operó a cin­co enfer­mos en muy poco tiem­po. Al ter­mi­nar una operación y pasar al sigu­iente quiró­fano, el ciru­jano vio a una paciente que los médi­cos esta­ban inten­tan­do dormir. “La pobre esta­ba llo­ran­do, tenía el bazo roto. Todo iba a salir bien, pero ella esta­ba deses­per­a­da. Su hija de cin­co años, a la que llev­a­ba de la mano en la estación, no esta­ba. No para­ba de decir su nom­bre. Si esta­ba en el hos­pi­tal no lo íbamos a saber. Los pacientes se iden­ti­fi­ca­ban como “descono­ci­do 36 o descono­ci­do 25”. Le ped­i­mos que nos con­tara cosas sobre ella. Final­mente la dur­mieron y empezamos a oper­ar”, recuer­da jus­to al salir de la operación, Gar­cía vio en el tele­vi­sor de la sala con­tigua al quiró­fano las imá­genes de una mujer con una niña. Era ella. En ese momen­to, llamó a la policía y la tra­jeron. Los médi­cos esper­aron a que la madre se des­per­tara y, en cuan­to lo hizo, se lo dijeron: “Está viva”.

“El may­or reto que tuvi­mos fue psi­cológi­co. Teníamos que hac­er nue­stro tra­ba­jo inten­tan­do ser lo más pro­fe­sion­ales posi­ble”

Lo que más impre­sion­a­ba, según Gar­cía, era ver que todos los taxis tra­ba­ja­ban sin cobrar, ver cómo la gente bus­ca­ba a sus famil­iares desa­pare­ci­dos y, sobre todo, ver que todas las carteras, ropa y bol­sos habían vola­do o desa­pare­ci­do. “No diría que el 11M mar­có mi car­rera, pero sí que dejó una huel­la pro­fun­da que no puedes olvi­dar. Las lesiones que vimos eran intol­er­a­bles y la gente era tan joven, que ver­dadera­mente fue impre­sio­n­ante”, final­iza Gar­cía.

Maite Cun­chil­los, jefa de pren­sa del Gabi­nete de Comu­ni­cación de la Audi­en­cia Nacional: “Fue una invasión de 300 peri­odis­tas de todas partes del mun­do que querían saber por qué”

Maite Cun­chil­los, jefa de pren­sa del Gabi­nete de Comu­ni­cación de la Audi­en­cia Nacional, durante la entre­vista. Foto: Pedro Pas­cual

Maite Cun­chil­los, peri­odista de tri­bunales, es la jefa de pren­sa del Gabi­nete de Comu­ni­cación de la Audi­en­cia Nacional y la prin­ci­pal coor­di­nado­ra de comu­ni­cación del Tri­bunal Supre­mo. En sus 30 años de car­rera pro­fe­sion­al en el ámbito de la jus­ti­cia se ha enfrenta­do a la orga­ni­zación de pren­sa en numerosos juicios como el del caso Gür­tel, los rela­ciona­dos con el ter­ror­is­mo de ETA o el del Procés.

El 11 de mar­zo de 2004 se estren­a­ba como jefa de pren­sa del Gabi­nete de Comu­ni­cación de la Audi­en­cia Nacional. El Con­se­jo Gen­er­al del Poder Judi­cial había deci­di­do, hacía poco tiem­po, que la Audi­en­cia Nacional nece­sita­ba una figu­ra como ella para la gestión y la inter­me­diación con los medios de comu­ni­cación que diari­a­mente tra­ba­ja­ban allí. El día del aten­ta­do, la Ofic­i­na de Comu­ni­cación llev­a­ba solo diez días fun­cio­nan­do: “Yo pre­tendía ten­er un ater­riza­je tran­qui­lo, pero esa mañana se truncó cualquier plan de comu­ni­cación que pudiera haber pen­sa­do para el gabi­nete”.

“El Gabi­nete de Comu­ni­cación de la Audi­en­cia Nacional llev­a­ba solo diez días fun­cio­nan­do”

Veinte años después, Cun­chil­los aún recuer­da ese día. A las ocho de la mañana sal­ió de casa para ir a tra­ba­jar. Escuch­a­ba la radio. Observ­a­ba su alrede­dor al parar en los semá­foros. Madrid esta­ba en silen­cio. Al lle­gar, la situación en la que se encon­tra­ba la Audi­en­cia Nacional era caóti­ca. Según cuen­ta, el tra­ba­jo ruti­nario de la Audi­en­cia Nacional se car­ac­ter­i­za por no ten­er agen­da, aunque sí algu­nas pre­vi­siones de lo que está por ocur­rir, pero el 11 de mar­zo sobrepasó cualquier expec­ta­ti­va. “El juez que esta­ba de guardia asum­ió la inves­ti­gación y lo primero que hizo fue ir al lugar de los hechos. Los fun­cionar­ios del juz­ga­do tam­bién fueron con él, acom­paña­dos de la plan­til­la de médi­cos forens­es de la Audi­en­cia Nacional. Todos se dejaron la piel por tra­ba­jar de sol a sol, se hacía de noche en los despa­chos y en el juz­ga­do”, recuer­da. Ella acaba­ba de lle­gar y todavía no tenía despa­cho ni telé­fono. “Me encon­tré con lo que fue una invasión de 300 peri­odis­tas de todas partes del mun­do que querían saber por qué”, dice Cun­chil­los.

“Todos se dejaron la piel por tra­ba­jar de sol a sol, se hacía de noche en los despa­chos y en el juz­ga­do”

Cuan­do hace bal­ance de lo que supu­so pro­fe­sion­al­mente para ella el 11 de mar­zo de 2004, ase­gu­ra que resultó ser una lec­ción cru­cial: “A veinte años vista, creo que, den­tro de lo trági­co, fue el mejor estreno que pudi­mos ten­er. Una situación de cri­sis te enseña muchísi­mo”.  En los momen­tos pos­te­ri­ores a los aten­ta­dos, como respon­s­able de pren­sa, no podía hac­er mucho: “Era frus­trante no poder respon­der a todas las pre­gun­tas que se hacían los peri­odis­tas porque se había acor­da­do el secre­to de sumario para lle­var a buen puer­to la inves­ti­gación”. Con el secre­to de sumario, la infor­ma­ción que podían ofre­cer era muy lim­i­ta­da, pero sí pudieron con­fir­mar la nacional­i­dad, aunque no las iden­ti­dades, de los primeros detenidos: “Con­forme fueron declaran­do ante el juz­ga­do, se iba comu­ni­can­do la situación en la que qued­a­ban. Esa fue la infor­ma­ción de mín­i­mos que se pudo dar”, afir­ma.

“A veinte años vista, creo que, den­tro de lo trági­co, fue el mejor estreno que pudi­mos ten­er. Una situación de cri­sis te enseña muchísi­mo”

El día que mar­có un antes y un después para la sociedad españo­la ofre­ció, según Cun­chil­los, un doble men­saje de vul­ner­a­bil­i­dad y sol­i­dari­dad. Vul­ner­a­bil­i­dad porque era la primera vez que se vivía un aten­ta­do yihadista en España. Sol­i­dari­dad porque “se des­pertó entre la gente una cade­na sol­i­daria, todo el mun­do se iden­ti­fi­ca­ba con los ver­daderos afec­ta­dos, con las víc­ti­mas y sus famil­ias”, ase­gu­ra. Dos décadas después, el paso del tiem­po ha sig­nifi­ca­do, de nue­vo, algo dual: “Hoy no se vive con miedo. La sociedad españo­la sabe pasar pági­na y sabe ser feliz, pero, des­gra­ci­ada­mente, el ter­ror­is­mo yihadista sigue existien­do, otros país­es de Europa lo han sufri­do después de nosotros. Ten­emos que saber a lo que nos podemos enfrentar en un futuro”. 

Julio Muley, coor­di­nador del área de Tri­bunales de Infor­ma­tivos Telecin­co: “Sobre las ocho de la tarde nos con­fir­maron lo que ya nos temíamos, que no había sido ETA”

Julio Muley, coor­di­nador del área de Tri­bunales de Infor­ma­tivos Telecin­co el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en la Audi­en­cia Nacional. Foto: Pedro Pas­cual

Julio Muley es el coor­di­nador del área de Tri­bunales en la sec­ción de Nacional de Infor­ma­tivos Telecin­co. Des­de que comen­zó a tra­ba­jar en tele­visión, allá por los años noven­ta, ha cubier­to des­de el caso Gür­tel has­ta el de Urdan­garín, pasan­do por el pro­pio juicio del 11M. Pre­cisa­mente la cober­tu­ra de estos aten­ta­dos que mar­caron su car­rera le val­ió ser galar­don­a­do con la Orden al Méri­to Poli­cial en 2014.

El 11 de mar­zo de 2004, Muley era, como en la actu­al­i­dad, el coor­di­nador del área de Tri­bunales de Infor­ma­tivos Telecin­co. Por la mañana, cuan­do esta­ba salien­do de la ducha, vio a su mujer llo­ran­do frente al tele­vi­sor. “No sabía lo que esta­ba pasan­do. Me quedé de piedra”, ase­gu­ra. Se acer­có a ella y pudo obser­var que algo había ocur­ri­do en Atocha. Los pre­sen­ta­dores de los infor­ma­tivos comu­ni­ca­ban con­stan­te­mente las cifras de los fal­l­e­ci­dos y no para­ban de aumen­tar. “Al min­u­to me sonó el telé­fono y salí cor­rien­do para Telecin­co”.

“Algunos mintieron delib­er­ada­mente”

Muley recuer­da que los días pos­te­ri­ores al aten­ta­do se los pasó encer­ra­do en la redac­ción. Su com­pañero que se encar­ga­ba de los temas de Inte­ri­or y él se habían divi­di­do el tra­ba­jo de inves­ti­gación. Hicieron innu­mer­ables lla­madas a todos los con­tac­tos que tenían: fis­calía, policía… Has­ta que con­tac­tó con un fis­cal que en el momen­to de recibir su lla­ma­da se encon­tra­ba en la estación de Atocha, al lado de los cadáveres y le trans­mi­tió clara­mente lo que le acaba­ban de decir los Tédax (Téc­ni­cos Espe­cial­is­tas en Desac­ti­vación de Arte­fac­tos Explo­sivos): “El mate­r­i­al uti­liza­do en las bom­bas es Tita­dine, los explo­sivos que uti­liza ETA”. “Cuan­do alguien así te dice esto, con­fir­mas que ha sido ETA. Y más cuan­do, a con­tin­uación, recibi­mos lla­madas del gabi­nete de pren­sa del Min­is­te­rio de Inte­ri­or ase­gurán­donos al cien por cien lo que nos había comu­ni­ca­do el fis­cal”.

Esa mis­ma tarde, a las tres, Infor­ma­tivos Telecin­co afir­mó que la respon­s­able del aten­ta­do había sido la orga­ni­zación terrorista​ vas­ca. Tran­scur­ri­das las horas, Muley habló con un policía que le dijo que había algo que no cuadra­ba. “Sobre las ocho de la tarde nos con­fir­maron lo que ya nos temíamos: no había sido ETA”, recuer­da. En ese mis­mo instante, la cade­na decidió comu­nicar la infor­ma­ción que le había lle­ga­do. Según Muley, aque­l­lo fue como ir en direc­ción con­traria. Ese mis­mo sába­do, le infor­maron de que se iban a pro­ducir una serie de deten­ciones. Tras insi­s­tir para que le facil­i­taran la iden­ti­fi­cación de los detenidos, se lo con­fe­saron: “Me parece que son de nacional­i­dad india y mar­ro­quí”.

“El 11M le mandó un men­saje caóti­co a la clase políti­ca y a los medios de comu­ni­cación”

Los medios de comu­ni­cación, según el peri­odista, tienen que ser muy críti­cos con su tra­ba­jo y aver­gon­zarse de sus errores. “En aquel momen­to, algunos mintieron delib­er­ada­mente. Los que querían que el PP sigu­iera gob­er­nan­do inven­taron teorías para evi­tar que el PSOE ganara las elec­ciones y los que querían que el PSOE gob­ernara, exager­aron las noti­cias que se inclin­a­ban hacia la tesis del islamis­mo”, expli­ca.

Muley ase­gu­ra que el 11M le mandó un men­saje caóti­co a la clase políti­ca y a los medios de comu­ni­cación. “Lo que ocur­rió fue un ejem­p­lo del niv­el al que se puede lle­gar cuan­do mientes para favore­cer tu pos­tu­ra. Sin embar­go, tam­bién dejó un men­saje de sol­i­dari­dad porque aquel día todo el mun­do se vol­có en ayu­dar. Por des­gra­cia, esa sol­i­dari­dad duró muy poco y acabó cad­u­can­do. Como sucede tan­tas veces, parecía que íbamos a salir mejores del 11M, pero no fue así. Yo creo que nun­ca sal­imos mejores de nada”, se lamen­ta.

Miguel Ángel de la Cruz, peri­odista de Tri­bunales de Ante­na 3 Noti­cias: “Tuvi­mos que ir desmintien­do una a una todas las men­ti­ras que iba con­tan­do el Gob­ier­no”

Miguel Ángel de la Cruz, encar­ga­do de la sec­ción de Tri­bunales de Ante­na 3 Noti­cias el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en la Audi­en­cia Nacional. Foto: Pedro Pas­cual

Miguel Ángel de la Cruz es el pres­i­dente de la Aso­ciación de Peri­odis­tas de Defen­sa. Ya jubi­la­do, en los 35 años de su car­rera como peri­odista vivió acon­tec­imien­tos como el asesina­to y secue­stro de Miguel Ángel Blan­co, el secue­stro de Orte­ga Lara y la Operación Néco­ra. De su labor en el área de Tri­bunales, desta­ca lo nece­sario que es ten­er mucha habil­i­dad para saber ganarse las fuentes.

El 11 de mar­zo de 2004 era el encar­ga­do de la sec­ción de Tri­bunales de Ante­na 3 Noti­cias. De la Cruz recuer­da cómo se lev­an­tó esa mañana: “Me des­perté, puse la radio y empecé a escuchar cosas muy fuertes”. Se vis­tió y, direc­ta­mente, sin decir­le nada a nadie, se dirigió a Atocha. Por el camino llamó a su jefe y le comen­tó que la situación “olía muy mal” y que parecía muy grave. Según cuen­ta, en ese momen­to había muy poca infor­ma­ción, los trenes habían estal­la­do en las tres esta­ciones y la policía había acor­don­a­do la zona. “Se veían per­sonas sin rum­bo, gente heri­da, mucha policía. He vivi­do muchos aten­ta­dos, pero aque­l­lo lo sobrepasa­ba todo”, afir­ma. 

Los días pos­te­ri­ores, peri­odís­ti­ca­mente hablan­do, tam­bién fueron com­pli­ca­dos. “Tuvi­mos que ir desmintien­do una a una todas las men­ti­ras que iba con­tan­do el Gob­ier­no”, ase­gu­ra De la Cruz. Ante­na 3 tenía una línea edi­to­r­i­al y admitía el rela­to que no se para­ba de escuchar: los aten­ta­dos los había cau­sa­do ETA. “¡Eso era men­ti­ra!”, excla­ma y hace hin­capié en que todos los medios de comu­ni­cación reci­bieron lla­madas del entorno del Gob­ier­no para con­vencer­los de que la respon­s­able era la orga­ni­zación ter­ror­ista vas­ca.

“Per­sonas sin rum­bo, heri­dos, mucha policía. He vivi­do muchos aten­ta­dos, pero aque­l­lo lo sobrepasa­ba todo”

De la Cruz, el 11 de mar­zo, se dedicó a con­tar todo lo que esta­ba pasan­do. “Ese día hici­mos un repor­ter­is­mo sim­i­lar al de guer­ra”, afir­ma con­tun­den­te­mente. Él estu­vo en Atocha, en las inmedia­ciones de la calle Menén­dez Pelayo. Allí, su equipo colocó una cámara en la ter­raza de un edi­fi­cio al que les dejaron entrar para poder grabar uno de los trenes que estal­ló al entrar en Atocha. “Los vagones esta­ban reven­ta­dos, se podía ver cómo saca­ban los cadáveres y ponían uno al lado del otro en la acera”, recuer­da, e insiste en que aque­l­lo era como un esce­nario de guer­ra: “Los peri­odis­tas estábamos infor­man­do como si estu­viéramos en Viet­nam”.

Según recuer­da De la Cruz, hubo medios de comu­ni­cación que fueron sum­isos al Gob­ier­no y hubo otros que con­taron la ver­dad. El men­saje de los ter­ror­is­tas al país fue claro, ase­gu­ra: “Vosotros habéis apoy­a­do la invasión de Irak y la reunión de las Azores, estas son las con­se­cuen­cias”. De todas for­mas, aplaude la con­testación de la sociedad españo­la: “Si vosotros nos ame­nazáis con esto, nosotros respon­demos con la inves­ti­gación poli­cial, con la ley y con la jus­ti­cia, vamos a ir a por vosotros, os vamos a localizar, os vamos a encar­ce­lar, os vamos a juz­gar y vais a ir a la cár­cel veinte años”, expli­ca.

“Existe una leve desconex­ión de la juven­tud con la his­to­ria reciente de España”

De la Cruz con­sid­era que, hoy en día, todavía hay per­sonas que no quieren cono­cer lo que sucedió el 11 de mar­zo porque quieren seguir pen­san­do en que el cul­pa­ble de aque­l­lo fue ETA. Por otro lado, expli­ca que si hay jóvenes que no saben qué pasó es porque “existe una leve desconex­ión de la juven­tud con la his­to­ria reciente de España”, final­iza.

Ilus­tración: Juan Romo

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2 comentarios en «Veinte años del 11M: Voces que no olvidan»

  • Me ha encan­ta­do la gran del­i­cadeza y como han enfo­ca­do el artícu­lo.
    Os ani­mo a que sigan con esa visión y hon­esti­dad que le dan al

    Con esta acti­tud y apti­tud, les deseo lo mejor

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