LA MIRADA («Lo capital es la mirada —dijo Cartier-Bresson—, una mirada que pese, que interrogue»)
La semana del Orgullo de Madrid está a punto de empezar y, como buen residente del centro, no puedo faltar a la que se ha convertido en la fiesta más grande y divertida de la capital. Ya lo tengo todo: un abanico arcoíris, una cámara fotográfica y hasta un novio. En los días previos al evento paseo por Chueca (cerca de donde vivo) y miro alrededor. Es imposible no darse cuenta de que algo está pasando: banderas por todas partes, pancartas y más gente de lo normal, la mayoría turistas que han venido especialmente para disfrutar de esta semana de diversión.
Mientras reflexiono sobre el significado de la palabra fiesta para un evento como el Orgullo, veo un flyer que alguien ha pegado en una pared con un poco de celo. “Fiesta del orgullo de Coslada”, pone. Cojo la cámara y voy al Cercanías, paso por Entrevías, Vallecas, Vicálvaro y, por fin, llego a Coslada. En la plaza Mayor hay gente, aunque no mucha. Bajo el escenario hay niños y, algo alejados, hombres y mujeres mayores. Todos se divierten, los niños bailan y las señoras… también. Pienso en los niños y en la naturalidad con la que miran a las drag queens y en los ancianos, nacidos en la última dictadura fascista de Europa y ahora símbolos del renacimiento de un país. Yo creía que este tema generaría un conflicto natural entre estas dos generaciones, pero no, en la plaza Mayor de Coslada conviven y bailan juntas. Adriano D´Anna


