Ganar a ciegas: una familia unida por el eco de un balón
De la rehabilitación para soldados ciegos tras la Segunda Guerra Mundial a la alta competición

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El goal­ball en España

Una can­cha rec­tan­gu­lar de par­qué sin­téti­co. En ella, dos arcos de nueve met­ros de ancho y 1.3 de alto sep­a­ra­dos entre sí por diecio­cho met­ros de largo. Frente a las porterías, tres jugadores por ban­do y, entre ellos, además de un árbi­tro, silen­cio. Mucho silen­cio. De repente, un cas­ca­bel que via­ja den­tro de un balón azul de más de un kilo rompe la cal­ma y la ten­sión es opaca­da por los esfuer­zos de los jugadores para impedir que la pelota lan­za­da con la fuerza de un proyec­til por uno de los jugadores del equipo con­trario entre en la portería.

En ese espa­cio de líneas trazadas en el sue­lo, Celia Gómez, de 28 años, depende exclu­si­va­mente de su oído y de su veloci­dad para arro­jarse en plan­cha sobre la pista y fre­nar los inten­tos de los rivales por ano­tar. Celia sufre una enfer­medad visu­al con­géni­ta que le anuló la fun­cional­i­dad del ojo dere­cho y provo­ca que la visión de su ojo izquier­do sea reduci­da e inestable. Pero esto no es lo que limi­ta su movimien­to a la guía de su oído y a los refle­jos de su cuer­po: para ella y para sus com­pañeros de equipo y sus rivales, el juego tran­scurre total­mente a oscuras bajo unas gafas opacas que tapan sus ojos para igualar la fal­ta de visión de todos los par­tic­i­pantes.

Después de arro­jarse al sue­lo para fre­nar el balón, Celia se lev­an­ta y se lo cede a Raquel Rico, que viste el mis­mo uni­forme: camise­ta negra con bor­des rojos carmesí en el ante­bra­zo. En su dor­sal, el número 4 por deba­jo de su nom­bre en inglés: Rachel. Raquel tiene 50 años y tam­bién sufre una dis­capaci­dad visu­al. En su caso, se tra­ta de un retinoblas­toma bilat­er­al, un tumor en la reti­na de ambos ojos. Su ojo izquier­do, en el que no tiene visión, es una próte­sis y su ojo dere­cho ha ido per­di­en­do vista. Raquel recibe el balón de Celia, exha­la y, en cuestión de segun­dos, hace un trote cor­to y lan­za el balón con la mis­ma fuerza y pre­cisión con la que llegó a su arco.

La difer­en­cia de edad entre Raquel y Celia sería impens­able en cualquier otro deporte. Pero ellas prac­ti­can goal­ball, una dis­ci­plina úni­ca. La his­to­ria de este juego está mar­ca­da por sus difer­en­cias: en vez de ser con­ce­bido como un ejer­ci­cio mera­mente com­pet­i­ti­vo, fue crea­do tras la Segun­da Guer­ra Mundi­al como ter­apia de reha­bil­itación para los sol­da­dos que habían per­di­do la vista. Sin embar­go, hoy es un deporte par­alímpi­co, el úni­co pen­sa­do exclu­si­va­mente para per­sonas cie­gas o con dis­capaci­dad visu­al. Es el caso de Celia y Raquel, quienes, además de ser per­sonas con dis­tin­tos nive­les de ceguera, tam­bién son deportis­tas pro­fe­sion­ales que han rep­re­sen­ta­do a Madrid y a España en dis­tin­tos tor­neos de alta com­peti­ción.

CD Madrid Blind Sports

Des­de que se instaló defin­i­ti­va­mente en Madrid en 2017, tras años de via­jes sem­anales en auto­bús des­de su pueblo en Ávi­la, la vida de Celia se divide sobre todo en dos activi­dades: es vende­do­ra de la ONCE por las mañanas y entre­na goal­ball pro­fe­sion­al­mente por las tardes. En su piso, cer­cano a la zona de Príncipe Pío, donde con­vive con su pare­ja Álvaro Rubio, tam­bién jugador de goal­ball, las tar­eas cotid­i­anas como coci­nar o ir a la com­pra se com­bi­nan con la preparación físi­ca de un deporte que, en la cap­i­tal, ha unido bajo un mis­mo escu­do —el del Madrid Blind Sports— a los equipos mas­culi­no de Madrid Sur y al femeni­no de Tetuán.

La may­or parte del equipo prac­ti­ca goal­ball des­de el cole­gio. Coin­ci­den en que se tra­ta de un deporte “difer­ente a cualquier otro”, en el que la man­era de ori­en­tarse y comu­ni­carse cam­bia cuan­do el antifaz iguala a todos en el cam­po y la relación con el equipo se hace a cie­gas. Raquel fue exper­i­men­tan­do esa sen­sación des­de pequeña jun­to a otros estu­di­antes en los campe­onatos interesco­lares entre los cin­co Cen­tros de Recur­sos Educa­tivos (CRE) ONCE. Hoy difunde el goal­ball entre esco­lares como parte del Pro­gra­ma Deporte Inclu­si­vo en la Escuela (DIE) y jue­ga jun­to a Celia en el Club Deporti­vo Madrid Blind Sports.

Es una tarde del pasa­do mes de mayo. Los jugadores se encuen­tran en el Cen­tro de Recur­sos Educa­tivos (CRE) de Morata­laz, un com­ple­jo que aúna insta­la­ciones y recur­sos para el desem­peño deporti­vo y educa­ti­vo de las per­sonas con dis­capaci­dad visu­al o sor­do­ceguera. Aunque sus ojos están total­mente cubier­tos, sus movimien­tos a lo largo de la línea que sep­a­ra la mal­la de los postes fluyen con nat­u­ral­i­dad hacia el balón.

Galería 1: Tor­neo de goal­ball mas­culi­no en el CRE Morata­laz | Adri­ano D’An­na

Mod­e­lo de las más­caras usadas en el goal­ball

El goal­ball se prac­ti­ca a niv­el inter­na­cional, pero cada nación tiene sus difer­en­cias. La brasileña Beat­riz Matías Do Bon­fim Mota, entre­nado­ra del Madrid Blind Sports, cuen­ta que en Brasil hay numerosos equipos inde­pen­di­entes, mien­tras que en España son muchos menos y todos pertenecen a la ONCE. Además, la amplia leg­is­lación para per­sonas con dis­capaci­dades, la gran impli­cación del Comité Par­alímpi­co Brasileño y la pro­gra­mación de deportes adap­ta­dos en la tele­visión en abier­to son fac­tores que favore­cen que jue­gos como este se den a cono­cer en su país. Uno de los jugadores que entre­na Beat­riz, João Miguel Las Neves de Sousa, comen­ta que en Por­tu­gal “tiene que haber un may­or esfuer­zo de los par­tic­u­lares” y que exis­ten más patroci­nadores ajenos a enti­dades públi­cas.

Somos más que entre­nadores y deportis­tas, somos más como una famil­ia”

Beat­riz ha adquiri­do expe­ri­en­cia entre­nan­do tam­bién a fut­bolis­tas y nadadores y se ha ido curtien­do para saber moti­var a sus deportis­tas. Si bien la gen­er­al­i­dad le indi­ca que sea más ser­e­na con las mujeres y más firme con los hom­bres, sabe que su deber en la prác­ti­ca es per­son­alizar el tra­to porque “cada uno tiene su carác­ter y su ego”. En goal­ball se entre­na la autonomía, se hace una mez­cla de ejer­ci­cio aeróbi­co y anaeróbi­co y se for­t­ale­cen mucho los mús­cu­los de las pier­nas y los bra­zos. Al pasar tan­to tiem­po real­izan­do tal can­ti­dad de tra­ba­jo en com­pañía, deportis­tas y entre­nadores van cono­cién­dose y van surgien­do afinidades. En el caso del Madrid Blind Sports, dice Beat­riz: “Somos más que entre­nadores y deportis­tas, somos como una famil­ia”.

Gabriel Tor­res pro­cede de Venezuela y tam­bién desta­ca el buen ambi­ente que existe y lo “recep­tivos” que han sido con él y con su man­era de jugar. “Aquí tienen todo un cen­tro ded­i­ca­do a per­sonas con dis­capaci­dad visu­al, pero en Lati­noaméri­ca muchas veces teníamos que inven­tarnos las condi­ciones para prac­ticar el deporte”, expli­ca, alu­di­en­do a la ausen­cia de can­chas mar­cadas o de porterías.

La evolución del juego: de Barcelona 92 al desafío futuro

El paso del tiem­po ha ido mod­i­f­i­can­do tam­bién las reglas del juego, aunque no con grandes cam­bios. Jorge San­ton­ja, del equipo de Madrid Sur, debutó con 16 años en el primer Campe­ona­to de España de goal­ball en 1991. Des­de entonces, ase­gu­ra, aunque “sigue sien­do el mis­mo deporte”, el balón es más ligero y las nor­mas lo han vuel­to más ágil y dinámi­co.

Aquel año en el que Jorge com­pi­tió, su com­pañera Sonia López había sido con­vo­ca­da por primera vez para la selec­ción españo­la femeni­na, en la que jugó jun­to a Raquel. Sonia estu­vo tam­bién en los Jue­gos Par­alímpi­cos en 1992 y dejó de com­pe­tir has­ta 2012 para cri­ar a sus dos hijos cuan­do eran pequeños. Raquel se des­pidió de sus com­pañeras de la selec­ción este año, tras el Tor­neo Inter­na­cional de Goal­ball de Trakai en mar­zo. De ese campe­ona­to en Litu­a­nia se tra­jeron el oro, aunque Raquel lo con­sid­era “extrao­fi­cial”, al ser una com­peti­ción amis­tosa. Hoy son Celia y Car­men Benítez las que jue­gan tan­to en el Madrid Blind Sports como en la selec­ción españo­la.

Pero la memo­ria del goal­ball en España tiene nom­bres pro­pios que van más allá de los pro­tag­o­nistas en la can­cha y prob­a­ble­mente no haya uno más pro­tagóni­co que el de Paco Mon­re­al. Vesti­do con una camise­ta negra ador­na­da solo por la pal­abra Staff, Paco suele entrar a las can­chas en las pausas para asi­s­tir con la orga­ni­zación de los par­tidos con sus tiem­pos reglamen­tar­ios, pausas para des­cansar o char­las estratég­i­cas. Tam­bién recibe a los espec­ta­dores, atiende a los jugadores que están fuera de la can­cha y a los equipos que van lle­gan­do e inclu­so habla con los árbi­tros y con los jue­ces de mesa.

Mon­re­al es un pio­nero del goal­ball en España. Cri­a­do en un entorno estrechamente lig­a­do a la dis­capaci­dad visu­al ‑su padre fue pro­fe­sor de Edu­cación Físi­ca durante más de tres décadas en el Cole­gio de la ONCE de Madrid‑, asum­ió en 1990 el reto de preparar a los primeros equipos madrileños de cara a la cita históri­ca de Barcelona 92, una época en la que el goal­ball aún no se juga­ba a niv­el com­pet­i­ti­vo en el país.

Galería 2: Entre­namien­to de Madrid Blind Sports en el CRE de Morata­laz | Emil Oso­rio Llanos

Balón típi­co del goal­ball

Habi­en­do vivi­do la expe­ri­en­cia de unos Jue­gos Par­alímpi­cos des­de el ban­quil­lo, Mon­re­al anal­iza el esta­do actu­al del deporte: “Aho­ra mis­mo en España el goal­ball goza de bue­na salud, pero todavía podría ser mejor”, ase­gu­ra, y desta­ca que, aunque cuen­ta con lig­as mas­culi­nas y femeni­nas divi­di­das por cat­e­gorías en toda la geografía nacional, el rele­vo gen­era­cional sigue sien­do el gran obje­ti­vo.

Para el téc­ni­co, el futuro está garan­ti­za­do porque es una activi­dad que “aca­ba engan­chan­do”, aunque reconoce que las may­ores tra­bas de este deporte no son deporti­vas, sino logís­ti­cas. Al ser un juego que requiere un ais­lamien­to acús­ti­co total, la con­viven­cia con otras activi­dades es casi imposi­ble. “Nece­si­tas una insta­lación exclu­si­va y un mate­r­i­al adap­ta­do, como las porterías, que no se encuen­tran habit­ual­mente en un polide­porti­vo y que tienes que mon­tar y desmon­tar cada vez; eso difi­cul­ta un poco el día a día”, expli­ca.

Uno de los tor­neos más recientes tuvo lugar en el CRE de Morata­laz a comien­zos de mayo y enfren­tó a equipos de toda España. El silen­cio solo lo rompía el balón con sus cas­ca­beles, sus estru­en­dos o su desliza­mien­to sobre la pista. Cada vez que se ponía en juego toda la estancia se calla­ba tras el repeti­do “¡Silen­cio, por favor!”, segui­do de un piti­do y de “¡Play!”. Cuan­do qued­a­ban poco más de tres min­u­tos para remon­tar con­tra Aragón, des­de el equipo mas­culi­no del Madrid Blind Sports se escuchó: “Pase lo que pase, estoy muy orgul­loso”. Los chicos pasaron de ir per­di­en­do 3–4 a empatar 5–5. En ningún momen­to se escucharon pal­abras de desán­i­mo o abucheos y el encuen­tro final­izó con abra­zos.

Nive­les de visión

En 2016, Celia esta­ba en la selec­ción femeni­na, preparán­dose para el Campe­ona­to de Europa de Goal­ball “B”, pero nun­ca llegó a jugar ahí. Iba a ser su primera vez en una com­peti­ción inter­na­cional ofi­cial, por lo que debían clasi­ficar su vista para situ­ar­la en una de las cat­e­gorías definidas por la Aso­ciación Inter­na­cional de Deportes para Cie­gos (IBSA). “Hay B1, B2 y B3: B1 es ciego total, B2 es que tiene un resto fun­cional y B3 es que tiene un resto fun­cional un poquito más avan­za­do”, expli­ca. Estu­vo cer­ca de ser con­sid­er­a­da B3, pero la ubi­caron en B4, de man­era que era “no eleg­i­ble”. Fue tras oper­arse y ten­er varias bajadas de visión cuan­do Celia pudo pre­sen­tar la doc­u­mentación nece­saria para reclasi­fi­carse como B3 y com­pe­tir en el campe­ona­to de 2025.

Pase lo que pase, estoy muy orgul­loso”

En el Madrid Blind Sports los casos más fre­cuentes no son de ceguera abso­lu­ta, sino que cada miem­bro del equipo tiene su pro­pio niv­el de visión. La may­oría con­ser­va un resto visu­al y durante los entre­namien­tos o par­tidos no hay bas­tones ni per­ros guía, tam­poco mien­tras se desplazan por el edi­fi­cio. Uti­lizan el ascen­sor y van de una estancia a otra de man­era autóno­ma.

Inclu­so Jorge, el úni­co clasi­fi­ca­do como B1 en el Madrid Blind Sports, se desplaza por su cuen­ta, si bien a veces sus com­pañeras lo acom­pañan y le recomien­dan que eche mano de un bastón. Para él, que perdió la vista durante su ado­les­cen­cia, pon­erse el antifaz “cam­bia poco el con­tex­to”. A sus 50 años, lo que sí ve difer­ente es la sociedad, pues la edu­cación, ase­gu­ra, se ha vuel­to más inclu­si­va: “Los chavales no ven un hánd­i­cap en que nosotros prac­tique­mos goal­ball o cualquier otro deporte”.

Debido a unas cataratas con­géni­tas, Sonia nació con un niv­el de visión que la ha ubi­ca­do en B2. Mien­tras su ojo izquier­do no ve nada, su ojo dere­cho le per­mite “defend­er­se”. En el caso de Car­men, su diag­nós­ti­co no llegó has­ta los 18 años y la clasi­ficó como B3. Actual­mente tiene 27, por lo que tiene más pre­sente el cam­bio, pero tras pro­bar el goal­ball “por casu­al­i­dad” se llevó una sor­pre­sa gra­ta cuan­do vio que “podía jugar y hac­er cosas sin necesi­dad de los ojos”. Por su parte, tan­to Álvaro como Gabriel uti­lizan gafas, pues sus condi­ciones per­miten mejo­rar su visión reduci­da con ellas y evi­tar que lo vean “todo bor­roso”.

En el Madrid Blind Sports desta­can que prac­ticar goal­ball les ha traí­do ben­efi­cios físi­cos y les ha mejo­ra­do habil­i­dades como la ori­entación, la agili­dad o la esta­bil­i­dad. A Álvaro le ha ayu­da­do tam­bién emo­cional­mente: “Al ten­er que estar tan con­cen­tra­do en algo tan especí­fi­co, lo demás se te olvi­da”, dice. En el caso de Car­men, que pro­cedía de la nat­ación, un deporte indi­vid­ual, el com­pe­tir en equipo le per­mi­tió ampli­ar su enfoque y su flex­i­bil­i­dad.

Aunque Celia tam­bién obser­va que cada vez son menos los jóvenes que prac­ti­can goal­ball, pues hay menos menores en los CRE de la ONCE y eso difi­cul­ta que el alum­na­do de cen­tros ordi­nar­ios lo conoz­ca, Raquel desta­ca que los avances cien­tí­fi­cos han reduci­do las dis­capaci­dades visuales. Se han ampli­a­do las her­ramien­tas disponibles. Si bien la vista de su com­pañera Sil­via fue degen­erán­dose de un 10% a un 1%, ubicán­dola “rozan­do más B1 que B2”, ella mis­ma uti­liza con fre­cuen­cia las gafas Ray-Ban Meta que le describen qué está vien­do. Otras tec­nologías para per­sonas con prob­le­mas de visión son el VoiceOver, que lee el con­tenido de la pan­talla, y las vit­ro­cerámi­cas de alto con­traste y que pueden encen­der fogones solo con la voz.

“Gra­cias a dios, con la inteligen­cia arti­fi­cial aho­ra está habi­en­do muchos avances”, comen­ta Sil­via.  Aun así, tan­to para los jugadores como para el cuer­po téc­ni­co, el val­or del goal­ball  va mucho más allá de acen­tu­ar habil­i­dades como la ori­entación o la coor­di­nación. Paco Mon­re­al lo tiene claro: “Lógi­ca­mente, las ayu­das tec­nológ­i­cas van a hac­er que el día a día sea más fácil, pero el aspec­to social de desar­rol­lar un deporte  en equipo no lo reem­plazará ningún avance tec­nológi­co”.

La conex­ión y la cama­radería den­tro del equipo no solo se dejan ver en las inter­ac­ciones del Madrid Blind Sports que hacen más agrad­able el ambi­ente, sino que tam­bién ofre­cen ben­efi­cios den­tro de la can­cha. El sen­timien­to de unión se mues­tra con los fre­cuentes áni­mos que se escuchan mien­tras jue­gan, además de los abra­zos que se dan con los rivales una vez el sil­ba­to da fin a los par­tidos. Álvaro opina que este deporte exige mucho tra­ba­jo en equipo y mucha con­fi­an­za en el resto de los inte­grantes, pues es nece­sario saber dónde están aun a cie­gas. No solo para hac­er bue­nas jugadas, sino porque “no puedes hac­er un tra­ba­jo indi­vid­ual porque puede haber acci­dentes”. O, como dice Raquel al resumir el espíritu del goal­ball: “Los errores o los acier­tos son de todos”.


Vídeo Goal­ball — Madrid Blind Sports | Ima­gen: Emil Oso­rio Llanos | Edi­ción: Clau­dia González Roldán

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