Veinte años del 11M: Voces que no olvidan

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Capí­tu­lo 2: Las voces del andén

En nom­bre de aque­l­las per­sonas a las que el 11M les mar­có su vida para siem­pre

Han pasa­do veinte años. 7.305 días des­de que la sociedad españo­la vivió el may­or aten­ta­do ter­ror­ista de la his­to­ria de Europa. Era el 11 de mar­zo de 2004. En Madrid, alrede­dor de las 7:30 de la mañana explotaron diez bom­bas en cua­tro trenes en las esta­ciones de cer­canías de Atocha, San­ta Euge­nia y El Pozo y en la calle Téllez. No se ha olvi­da­do. Lo que ocur­rió aquel día no se ha deja­do atrás. Este repor­ta­je no tra­ta sobre el 11M, sino sobre los pro­tag­o­nistas del 11M. A través de las voces de quienes vivieron de cer­ca la trage­dia, inten­ta­mos recon­stru­ir lo que pasó des­de difer­entes pun­tos de vista. Veinte años del 11M: Voces que no olvi­dan pre­tende que se escuche a quienes pres­en­cia­ron el hor­ror que vivió una ciu­dad que se vol­có con las víc­ti­mas y reac­cionó inmedi­ata­mente. Cada pal­abra, cada tes­ti­mo­nio, cada real­i­dad, cada gesto… Son relatos que no se olvi­darán nun­ca. Los relatos de las voces del 11M.

Este espe­cial se estruc­tura en tres capí­tu­los. El primero, El corazón del andén, da voz a los pro­fe­sion­ales que vivieron aquel día en un segun­do plano, pero cuyo tra­ba­jo resultó fun­da­men­tal. En el segun­do, Las voces del andén, hablan las víc­ti­mas, los super­vivientes. Son los relatos de quienes esta­ban pre­sentes en los esce­nar­ios de la trage­dia y sufrieron las peo­res con­se­cuen­cias. El ter­cero y últi­mo, La memo­ria del andén, reflex­iona sobre el niv­el de con­scien­cia que tienen los jóvenes uni­ver­si­tar­ios, la may­oría de los cuales no habían naci­do aquel 11 de mar­zo, sobre lo que sucedió. Veinte años del 11M: Voces que no olvi­dan tiene el obje­ti­vo de mostrar la real­i­dad. Una real­i­dad que dejó huel­la.

Atocha (07:37)

Fran­cis­co Mil­lán, veci­no de San­ta Euge­nia que iba en uno de los trenes que explotaron en Atocha: “Mi hija y yo tuvi­mos mucha suerte, fue una cuestión de segun­dos”

Fran­cis­co Mil­lán, veci­no de San­ta Euge­nia que iba en uno de los trenes de Atocha el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en el Mer­ca­do de San­ta Euge­nia | Foto: Pedro Pas­cual

Fran­cis­co Mil­lán vive en el bar­rio de San­ta Euge­nia y es socio de la Aso­ciación de Víc­ti­mas del 11M.  El 11 de mar­zo de 2004 tra­ba­ja­ba en Fuen­car­ral y, como todos los días, cogió el Cer­canías has­ta Atocha. Él insiste en que no se con­sid­era una víc­ti­ma ya que la suerte le acom­pañó aquel jueves. Expli­ca que el trayec­to se ase­me­ja­ba al de cada día de la sem­ana. Des­de la estación de San­ta Euge­nia, donde cogió el tren, no notó nada raro. Pero en cuan­to llegó a Atocha, comen­zó el hor­ror: “De repente, escuché un zumbido y el tren se paró”. Pocos segun­dos después, comen­zó a ver que la gente salía cor­rien­do de los vagones y se asomó a la puer­ta. Pudo obser­var que al final del tren había pasa­do algo grave. “En ese momen­to, muchos pen­samos que ETA había puesto una bom­ba”, afir­ma. 

“Escuché un zumbido y el tren se paró”

Pasaron cin­co o seis min­u­tos y numerosas unidades de policía comen­zaron a bajar las escaleras mecáni­cas de Atocha. Fran­cis­co recuer­da per­fec­ta­mente cómo las fuerzas de seguri­dad y los pro­pios tra­ba­jadores de RENFE pidieron por mega­fonía que todo el mun­do desa­lo­jara la estación. Él cogió el metro con direc­ción a la Plaza de Castil­la, donde le esta­ba esperan­do su com­pañero de tra­ba­jo. Al lle­gar, su ami­go le con­fir­mó que habían explota­do una serie de bom­bas en Atocha, El Pozo y San­ta Euge­nia. En Fuen­car­ral, su lugar de tra­ba­jo, encendieron un tele­vi­sor y entonces fue con­sciente de lo que había ocur­ri­do: el tren en el que se había subido llev­a­ba a bor­do una bom­ba, pero no explotó.

Fran­cis­co llamó a su famil­ia para con­tar­le lo que había suce­di­do: “Me enteré de que mi hija esta­ba en San­ta Euge­nia en el momen­to en el que explotó el tren allí”. Cuan­do se detonó la bom­ba, ella esta­ba subi­en­do las escaleras para coger el Cer­canías. “Tuvi­mos mucha suerte, fue una cuestión de segun­dos”, afir­ma rotun­da­mente.

Hubo muchas otras his­to­rias que no tuvieron el mis­mo desen­lace. Cuen­ta Fran­cis­co que una veci­na suya cogía muchos días el tren con él para ir a tra­ba­jar.
“Ella no tuvo la mis­ma suerte que yo”, lamen­ta. Por des­gra­cia, aquel día, su veci­na se ade­lan­tó y cogió un tren dis­tin­to. Ella esta­ba en el Cer­canías que explotó en la calle Téllez. “La tuvieron que coger con pin­zas”, ase­gu­ra. “Den­tro de lo que cabe, yo fui un afor­tu­na­do. Por des­gra­cia, muchos otros no tuvieron la mis­ma suerte”, con­cluye.

El Pozo (07:38)

Eulo­gio Paz Fer­nán­dez, padre de Daniel Paz Man­jón, víc­ti­ma de los aten­ta­dos del 11M:  “Encendí el orde­nador, vi la trayec­to­ria de los trenes, vi que era la que hacía Daniel para ir a la Uni­ver­si­dad. Le llamé al móvil, no lo cogía”

Eulo­gio Paz, padre de Daniel Paz Man­jón, víc­ti­ma de los aten­ta­dos del 11M, durante la entre­vista en el Mer­ca­do de San­ta Euge­nia | Foto: Pedro Pas­cual

Según la Ley 1/2023, del 5 de abril, de Reconocimien­to, Hom­e­na­je, Memo­ria y Dig­nidad a las Víc­ti­mas del Ter­ror­is­mo. “La memo­ria de las víc­ti­mas del ter­ror­is­mo es el prin­ci­pio bási­co que pre­side la reg­u­lación con­teni­da en la pre­sente ley y supone una garan­tía de que los cántabros no van a olvi­dar a los que perdieron la vida, resul­taron heri­dos físi­ca o psi­cológi­ca­mente o vieron sac­ri­fi­ca­da su lib­er­tad como con­se­cuen­cia del ter­ror­is­mo en cualquiera de sus man­i­festa­ciones”. 

Eulo­gio Paz Fer­nán­dez se pre­sen­ta alu­di­en­do a su “condi­ción de víc­ti­ma” según la Ley de Víc­ti­mas del Esta­do Español. “Soy el padre de Daniel Paz Man­jón, que era estu­di­ante de segun­do cur­so de Cien­cias de la Edu­cación Físi­ca y del Deporte y que fue asesina­do en el tren ata­ca­do en la estación del Pozo”.

Aquel 11 de mar­zo de 2004, Eulo­gio tra­ba­ja­ba cer­ca de la estación de Atocha: “Antes de las ocho de la mañana ya esta­ba en mi puesto de tra­ba­jo. Entonces, sonó el telé­fono de la mesa que tenía al lado, lo cogí y era la mujer de un com­pañero que me pre­gun­tó: ¿Ha lle­ga­do Miguel?, y me comen­tó lo de las explo­siones”. 

“Solo se escuch­a­ban los gri­tos des­gar­radores de las famil­ias a las que les comu­ni­ca­ban que las per­sonas que bus­ca­ban habían fal­l­e­ci­do”

Entre el caos de la ofic­i­na, Eulo­gio decidió revis­ar la trayec­to­ria que hacían los trenes afec­ta­dos. “Encendí el orde­nador, miré la trayec­to­ria de los trenes y vi que era la que hacía Daniel para ir a la Uni­ver­si­dad. Le llamé al móvil, no lo cogía”.

Fue entonces cuan­do comen­zó su búsque­da. “A las diez de la mañana decidí mar­charme y al primer lugar que fui fue al Hos­pi­tal Gre­go­rio Marañón, pero no esta­ba el nom­bre de Daniel. Fui al 12 de Octubre, tam­poco esta­ba. Después fui a la estación de El Pozo, pero no era posi­ble acced­er”. “La noche fue dramáti­ca. Sólo se escuch­a­ban los gri­tos des­gar­radores de las famil­ias a las que les comu­ni­ca­ban que la per­sonas que bus­ca­ban había fal­l­e­ci­do”, ase­gu­ra. 

Pasadas las cua­tro de la tarde acud­ió a IFEMA jun­to a su famil­ia para bus­car más respues­tas. “Nos pre­gun­taron si Daniel tenía algu­na señal que per­mi­tiera iden­ti­fi­car­lo. Les diji­mos que tenía una cica­triz en el bra­zo des­de pequeño. Allí estu­vi­mos toda la madru­ga­da. Por la mañana me fui a casa a ducharme, y pasé tam­bién por casa de mi madre para expli­car­le la situación”.

“Once días después volví a tra­ba­jar. O te quedas en la cama miran­do al techo o te lev­an­tas y cam­i­nas”

Un día que parecía que nun­ca acabaría llegó a su fin horas más tarde. “Volví por la mañana y la policía cien­tí­fi­ca nos dijo que el cuer­po de mi hijo esta­ba más o menos local­iza­do pero que tenían que hac­er­nos a su madre Pilar y a mí las prue­bas de ADN para ver­i­ficar. A las doce del mediodía nos man­daron a casa y nos dijeron que ya nos avis­arían”. Cin­co días después, Eulo­gio y su famil­ia reci­bieron la lla­ma­da. “Recogi­mos el cuer­po y fuimos a un tana­to­rio para velar­lo”, recuer­da. Para ellos fue muy com­pli­ca­do: “Once días después volví a tra­ba­jar. O te quedas en la cama miran­do al techo o te lev­an­tas y cam­i­nas”, lamen­ta.

“Los veci­nos de El Pozo fueron cor­rien­do a la estación. Arran­ca­ban los ban­cos para pon­er allí a la gente que saca­ban de los vagones”

“Las Flo­re­cil­las” en una de sus reuniones de los miér­coles por la mañana en el cen­tro cívi­co de El Pozo | Foto: Pedro Pas­cual

“Las Flo­re­cil­las” es una aso­ciación de veci­nas del bar­rio de El Pozo que se reú­nen todos los miér­coles por la mañana para desayu­nar y com­par­tir un rato jun­tas mien­tras orga­ni­zan dis­tin­tas activi­dades para el bar­rio. La mañana del 11 de mar­zo de 2004, su bar­rio fue el más afec­ta­do por el aten­ta­do, dejan­do un total de 68 víc­ti­mas mor­tales. 

María José solía coger el tren sobre las 7:30 para ir al tra­ba­jo, pero ese día esta­ba de vaca­ciones. Des­de la ven­tana de su casa vio humo prove­niente del bar­rio de San­ta Euge­nia, pero pen­só que era un incen­dio. A los pocos segun­dos, sonó una fuerte explosión y luego otra que, según rela­ta, “parecía que lev­anta­ban la casa”.

María José durante la entre­vista en el cen­tro cívi­co de El Pozo | Foto: Pedro Pas­cual

Ella no dudó y fue direc­ta­mente a la estación para ayu­dar en lo que pudiera, como mucha gente del bar­rio. “Al lle­gar, lo que vi fue tan espan­toso que fui inca­paz de entrar. En el sue­lo había de todo”.

Catali­na siem­pre ha vivi­do en El Pozo. Ya esta­ba tra­ba­jan­do en el paseo de Reco­le­tos cuan­do se enteró de lo que había ocur­ri­do. No para­ba de recibir lla­madas, entre ellas la de su jefe, indi­can­do que se fuera a casa. Decidió volver, pero el camino se hizo inter­minable. Madrid esta­ba blinda­da. Catali­na sin­tió que esta­ba dan­do la vuelta al mun­do para volver a su casa en taxi: “Viví una odis­ea para lle­gar a mi casa”, recuer­da. Allí la esper­a­ban sus ocho hijos y todos sus nietos.

Catali­na durante la entre­vista en el cen­tro cívi­co de El Pozo | Foto: Pedro Pas­cual

“Aquel día fue hor­ro­roso para todas las que vivi­mos en el bar­rio. No hay pal­abras para describir lo que se vivió”

Araceli, jun­to a su hija y su nieta, había deci­di­do coger esa mañana el cer­canías para ir a Par­la. Nor­mal­mente iban en auto­bús, pero ese día no les apetecía ten­er que cer­rar el car­ri­to de la niña. Araceli sacó a pasear al per­ro mien­tras su hija vestía al bebé y fue entonces cuan­do se escucharon las dos det­ona­ciones. Al momen­to, vio cómo la gente cor­ría. “No sabía lo que era, pero hubo otra explosión y pen­sé que algo pasa­ba. La gente cor­ría y yo fui cor­rien­do tam­bién a avis­ar a mi hija para que no se moviese de casa”.

En el cen­tro, Araceli durante la entre­vista en el cen­tro cívi­co de El Pozo | Foto: Pedro Pas­cual.

Al mari­do de Elvi­ra le salvó un des­cui­do. Min­u­tos antes de las explo­siones, él había regre­sa­do a casa porque se había deja­do olvi­da­do el abono trans­porte. Ya iba camino de vuelta a la estación cuan­do sonaron los dos estal­li­dos. Elvi­ra sal­ió de casa cor­rien­do en bus­ca de su mari­do y se encon­tró un panora­ma des­o­lador: “Allí llovían cosas que no gusta­ba ver­las. Venían coches con­tin­u­a­mente, esta­ba todo revuel­to. Ese día se pasó muy, muy mal”.

En el cen­tro, Elvi­ra durante la entre­vista en el cen­tro cívi­co de El Pozo | Foto: Pedro Pas­cual

Ese día no se les bor­rará nun­ca de la memo­ria. A algunos veci­nos les costó volver a coger el cer­canías, como a Catali­na, que ase­gu­ra que estu­vo más de mes y medio sin coger el tren, o como a María José, que recuer­da el mal momen­to que pasó cuan­do el tren en el que iba se quedó para­do: “Me acuer­do que una vez se paró el tren en el que iba y nos dijeron que era porque había tenido un prob­le­ma… Me ahoga­ba porque el tren estu­vo cer­ca de veinte min­u­tos para­do, habían pasa­do dos meses del 11M”.

Otros veci­nos, ante el hor­ror de lo que habían vis­to, quedaron afec­ta­dos psi­cológi­ca­mente. De ahí que des­de “Las Flo­re­cil­las” se pida ayu­da psi­cológ­i­ca para los afec­ta­dos. “Del Gob­ier­no ven­drán a pres­en­ciar y a hac­erse fotos, que a lo mejor ni la may­oría de ellos vienen porque aquí, en el bar­rio, se les abuchea. Pero eso no da solu­ciones a la gente que se ha queda­do mal, que no puede andar, que tiene que pagar un fisioter­apeu­ta, que tiene que pagar psicól­o­gos. ¿Por qué tienen que pagar por fisioter­apia o por psi­cología? ¡Si no tienen cul­pa de lo que ha pasa­do!”, protes­ta María José.

“Una vez se paró el tren en el que iba y nos dijeron que era porque había un prob­le­ma… Me ahoga­ba. Habían pasa­do dos meses del 11M”

Pero si algo desta­can de ese día es la gen­erosi­dad de todo el bar­rio ante lo ocur­ri­do. Jus­to en la mis­ma esquina donde está la estación hay dos bares. Catali­na expli­ca que allí es donde mucha gente, antes de ir tra­ba­jar, para a tomar café. Esa mañana, en esos bares, no quedó nadie. “Todos fueron cor­rien­do a la estación, todos. Arran­car­on los ban­cos para pon­er sobre ellos a la gente que iban sacan­do de los vagones. Este bar­rio ha sido siem­pre muy sol­i­dario con todo el mun­do, pero aquel día, no hubo una per­sona que no ayu­dase”.

San­ta Euge­nia (07:38)

Marisa Gar­cía, pres­i­den­ta de la Aso­ciación de Veci­nos de La Col­me­na en 2004: “La gente de Hiper­cor de Barcelona vino a vis­i­tarnos y a ofre­cer­nos sus abo­ga­dos”

Marisa Gar­cía, pres­i­den­ta de la Aso­ciación de veci­nos de la Col­me­na en 2004, durante la entre­vista en el Mer­ca­do de San­ta Euge­nia | Foto: Pedro Pas­cual

“Aso­ciación de veci­nos, con más de 30 años de his­to­ria. Luchan­do por los intere­ses de los veci­nos, sin afinidad políti­ca”. Así se definen en su pági­na web los veci­nos de San­ta Euge­nia. 

Como Marisa, muchas per­sonas tuvieron la suerte de no ser afec­tadas por la trage­dia, pero eso no fue moti­vo para no brindar toda la ayu­da nece­saria. “Yo, afor­tu­nada­mente, esta­ba en mi casa y mi famil­ia tam­bién. La úni­ca que salía pron­to era mi cuña­da, que tam­bién vive aquí. Pero, como sale tan pron­to, cuan­do llegó a Hacien­da, en Plaza Castil­la, el guardia civ­il de la puer­ta le dijo, María, vuél­vete, porque en tu bar­rio ha estal­la­do un tren”, indi­ca Marisa.

“No sé cómo pasamos ni el día, ni la noche, ni los tres días sigu­ientes”

El desconcier­to y la angus­tia no supusieron obstácu­lo para aque­l­los que, en ese día fatídi­co, dejaron a un lado sus propias emo­ciones para brindar ayu­da a quienes la nece­sita­ban. “Después de eso, no recuer­do cómo pasamos el día, la noche, ni los tres días sigu­ientes”. Una vez con­scientes de la mag­ni­tud del suce­so, se acti­varon des­de “La Col­me­na”: “Nos dirigi­mos a la aso­ciación, la gente comen­zó a lle­gar, otros llam­a­ban por telé­fono, ya que la fal­ta de infor­ma­ción era un tema cru­cial”.

En momen­tos como esos, las dudas sobre la efi­ca­cia de tu ayu­da, o si podrías hac­er más, no cesan. “Creo que hici­mos lo cor­rec­to, que era pro­por­cionar apoyo a las per­sonas para encon­trar, no solu­ciones per­fec­tas, ya que en este mun­do no exis­ten, sino ayu­da”. Hubo momen­tos de ago­b­io en los que la Aso­ciación tuvo que enfrentarse a situa­ciones inimag­in­ables: “La noti­cia se extendió y mucha gente del Corre­dor del Henares llegó aquí sin pre­gun­tar ni cómo ni de dónde venían”.

“La gente de Hiper­cor, de Barcelona, vino a vis­i­tarnos, a ofre­cer­nos sus abo­ga­dos”

No sólo reci­bieron ayu­da por parte de la ciu­dad de Madrid. Des­de Barcelona, aque­l­las per­sonas víc­ti­mas del aten­ta­do a Hiper­cor, no dudaron en prestar su ayu­da y conocimien­to a la Aso­ciación. “La gente de Hiper­cor, de Barcelona, vino a vis­i­tarnos, a ofre­cer­nos sus abo­ga­dos”. Al pasar los días, y vien­do cómo aque­l­lo iba cre­cien­do debido a la mag­ni­tud de per­sonas afec­tadas, deci­dieron dar un paso más. “La ver­dad es que la gente respondió exager­ada­mente, lo que pasa es que era tan grave que por mucho que echas­es al saco nun­ca parecía medio lleno. Cuan­do ya vimos que aque­l­lo iba toman­do for­ma, fuimos un día con una socia nues­tra de la aso­ciación ‚que esta­ba afec­ta­da, y dimos de alta la aso­ciación”.

Calle Téllez (07:39)

Manuel Martínez, veci­no de San­ta Euge­nia que iba en el tren que explotó en la calle Téllez: “El daño que pro­duce un acon­tec­imien­to así, con el tiem­po, se agran­da enorme­mente”

Manuel Martínez, veci­no de San­ta Euge­nia y tes­ti­go de la explosión que tuvo lugar en la calle Téllez el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en el Mer­ca­do de San­ta Euge­nia | Foto: Pedro Pas­cual

Manuel Martínez vive en San­ta Euge­nia y es pres­i­dente de la Aso­ciación de Veci­nos “La Col­me­na”. El 11 de mar­zo de 2004 vivía en Entrevías. En aquel momen­to era téc­ni­co de seguri­dad indus­tri­al, tra­ba­jo que le oblig­a­ba a via­jar a menudo a Aus­tralia. Aquel día se iba a subir en el primer tren que pasó por la estación, pero la gran can­ti­dad de gente que había hizo que cogiera el sigu­iente. Todo tran­scur­ría con nor­mal­i­dad has­ta que el tren se paró en la calle Téllez. “Vi un humo blan­co y una especie de estrel­las”, recuer­da Manuel per­fec­ta­mente. Instantes después, la gente empezó a gri­tar que había explota­do una bom­ba. Fueron cua­tro det­ona­ciones que causaron la muerte de 63 per­sonas y mar­caron “un antes y un después” en el bar­rio.

Manuel recuer­da que en la calle Téllez, en una case­ta próx­i­ma, había una mujer lati­noamer­i­cana con una niña en bra­zos que esta­ba llo­ran­do. Tam­bién pudo obser­var a cien­tos de per­sonas aplas­tadas. “Antes de echar a cor­rer vi que un vagón esta­ba reven­ta­do y que la explosión había sido de den­tro a fuera”, expli­ca. Razona que lo pen­só debido a que todos los cristales rotos esta­ban en el sue­lo de las vías, no den­tro del tren. “Varias per­sonas esta­ban ennegre­ci­das y medio desnudas”. Manuel vio a un hom­bre san­gran­do y le advir­tió que se aprox­i­mara cuan­to antes a la estación para que le atendier­an, pero le con­testó: “No, tam­bién han puesto una bom­ba en la estación”.

“Vi a varias per­sonas ennegre­ci­das y medio desnudas”

Manuel se desplazó en auto­bús hacia su tra­ba­jo. “Esta­ba muy nervioso, pero me tran­quil­izó el hecho de poder hablar con mi famil­ia”, afir­ma. Llegó al despa­cho y con­tac­tó con la sede de su empre­sa, ubi­ca­da en Aus­tralia. En aquel momen­to ya le con­fir­maron quiénes habían sido. Para él, recor­dar­lo es muy com­pli­ca­do. “¡Fue un acon­tec­imien­to incon­ce­bible!”, excla­ma. 

Hay una esce­na que no es capaz de olvi­dar: “El señor Martínez-Pujalte, con risas, des­pre­ció en el Par­la­men­to a los que podíamos haber caí­do allí”. Fue un golpe muy duro para el téc­ni­co de seguri­dad indus­tri­al aunque ase­gu­ra que “el daño que pro­duce un acon­tec­imien­to así puede no ser muy fuerte al prin­ci­pio pero, con el tiem­po, se agran­da enorme­mente”. La sociedad españo­la, según ase­gu­ra, respondió de man­era bril­lante y no inte­ri­or­izó ningún tipo de islam­o­fo­bia. “A los que trataron de jugar con las víc­ti­mas son a quienes se les debería pon­er mala cara”, afir­ma.

Fuera del andén

Xabier San Martín, teclista de La Ore­ja de Van Gogh: “La his­to­ria que hay detrás de la can­ción fue obra mía, aunque hubiese sido muy boni­to que estu­viera basa­da en un tes­ti­mo­nio real”

Xabier San Martín, teclista de La Ore­ja de Van Gogh el 11 de mar­zo de 2004, en su estu­dio ubi­ca­do en San Sebastián | Foto: Cedi­da por Xabier San Martín

Xabier San Martín es com­pos­i­tor y teclista del céle­bre grupo español La Ore­ja De Van Gogh. Aquel jueves 11 de mar­zo de 2004 se encon­tra­ba de vaca­ciones con su novia en Por­tu­gal, antes de comen­zar una gira. Un tra­ba­jador del hotel en el que se alo­ja­ban les infor­mó de lo que esta­ba ocur­rien­do en Madrid. En ese momen­to, encendieron el tele­vi­sor y obser­varon a través de la pan­talla el espan­to y el hor­ror de lo ocur­ri­do. Todo eso le llevó a, en una tarde, com­pon­er una de las can­ciones que se ha con­ver­tido en un hom­e­na­je a todas las víc­ti­mas de aquel ter­ri­ble día. “Lo que ocur­rió el 11M merecía estar refle­ja­do en una can­ción”, ase­gu­ra. 

“Es la can­ción que más tiem­po me ha costa­do pub­licar. Me daba miedo que me acusaran de friv­o­l­i­dad”

Aunque algunos creen que está basa­da en el diario de una joven que perdió la vida ese día, no es así. San Martín cuen­ta que quiso cen­trarse en las viven­cias de la gente y dar­les un enfoque emo­cional: “La his­to­ria de la can­ción fue obra mía, aunque hubiese sido muy boni­to que estu­viera basa­da en un tes­ti­mo­nio real”.

El pro­ce­so de com­posi­ción, recuer­da, fue muy com­pli­ca­do debido al espan­to y el dolor que se esta­ban vivien­do. El com­pos­i­tor no se decidió a pub­licar la can­ción has­ta cua­tro años después de la trage­dia por miedo a meterse donde no le llam­a­ban y por respeto a las víc­ti­mas. “Es la can­ción que más tiem­po me ha costa­do pub­licar. Me daba miedo que me acusaran de friv­o­l­i­dad ante un hecho así”, ase­gu­ra.  

A pesar de todo ello, antes de que Jueves saliera a la luz, se la hicieron lle­gar a varias aso­cia­ciones de víc­ti­mas y tuvo una gran acogi­da por su parte. Mucha gente se sin­tió muy arropa­da por la his­to­ria que narra­ba la can­ción: “Nos dijeron que había sido como un rega­lo”. Todo el dinero que se gen­eró fue des­ti­na­do a las aso­cia­ciones. 

Xabier San Martín ase­gu­ra que, por todo lo que hay detrás,  es una de las piezas más emo­ti­vas que ha escrito a lo largo de su car­rera. Como se ha vuel­to a com­pro­bar estos días y se puede ver en los concier­tos, la emo­ción que provo­ca en quienes la escuchan es enorme. “Cuan­do sue­na Jueves, se hace magia”, afir­ma.

“La can­ción, en cuan­to se pub­licó, pasó a ser de la gente”

“El recibimien­to por parte del públi­co fue increíble”, ase­gu­ra San Martín, que reconoce que nun­ca esper­aron una acogi­da así. Su úni­co obje­ti­vo era rendir hom­e­na­je a todas aque­l­las per­sonas que, de una man­era u otra, se vieron afec­tadas por el hor­ror y la bar­barie del ter­ror­is­mo.

Víc­tor Sampe­dro, cat­e­dráti­co de Comu­ni­cación Políti­ca en la Uni­ver­si­dad Rey Juan Car­los: “Tras el 11M se insta­la la men­ti­ra

Víc­tor Sampe­dro, autor del libro Voces del 11M. Foto: Pedro Pas­cual

El pro­fe­sor Víc­tor Sampe­dro Blan­co es una figu­ra desta­ca­da en el cam­po de la Comu­ni­cación Políti­ca. Cat­e­dráti­co en la Uni­ver­si­dad Rey Juan Car­los, ha tra­ba­ja­do el tema del 11M durante estas dos últi­mas décadas. El primer libro que coordinó se tit­u­la 13‑M, Mul­ti­tudes Online. Veinte años más tarde aca­ba de pub­licar el libro de tes­ti­mo­nios Voces del 11M, víc­ti­mas de la men­ti­ra.

El 11 de mar­zo de 2004, el pro­fe­sor Sampe­dro vivía en Lava­piés y recuer­da la con­mo­ción que se vivió en el bar­rio: “Horas más tarde des­cubríamos que algunos de los veci­nos habían par­tic­i­pa­do en aque­l­los aten­ta­dos”. Sampe­dro fue partícipe de las con­vo­ca­to­rias de las man­i­festa­ciones que se pro­du­jeron los días pos­te­ri­ores: “Yo forma­ba parte de una serie de redes de auto comu­ni­cación de masas que se habían ido for­man­do en repu­dio a la manip­u­lación infor­ma­ti­va del Gob­ier­no de may­oría abso­lu­ta de José María Aznar. Par­ticipé, como un nodo más, de esa red dis­tribui­da. Aque­l­las man­i­festa­ciones fueron el resul­ta­do de una auto­con­vo­ca­to­ria de un teji­do social, unas redes pre­vias de un teji­do mov­i­liza­do que ejer­cía como lo que tiene que ejercer la sociedad civ­il, de con­trapoder”.

Voces del 11M, víc­ti­mas de la men­ti­ra fue pub­li­ca­do en febrero de este mis­mo año, y los ben­efi­cios irán des­ti­na­dos a las aso­cia­ciones de víc­ti­mas y afec­ta­dos por el 11M. Víc­tor Sampe­dro decidió embar­carse en la creación de este libro para mostrar a sus alum­nos de peri­odis­mo (lle­va dan­do clase más de 25 años), que “es posi­ble parar la espi­ral del men­ti­ras en la que vivi­mos, que es posi­ble hac­er­lo si uno recurre a aque­l­las voces cuya ver­dad tiene el val­or del pre­cio que pagaron por sosten­er­la. En este libro hay policías, peri­odis­tas, víc­ti­mas de dere­chas, de izquier­das, nacional­is­tas españoles, nacional­is­tas per­iféri­cos, gente de dis­tin­tas edades, mil­i­tan­cias, cre­dos…”

“Las men­ti­ras y los dis­cur­sos de odio desem­bo­can en una revic­tim­ización con­stante de los afec­ta­dos. Esto supone la imposi­bil­i­dad de cer­rar un due­lo”

Para Sampe­dro, tras el 11M se insta­lan en España la men­ti­ra y los dis­cur­sos de odio. Lo que entonces se insta­la es la men­ti­ra, la men­ti­ra como for­ma nor­mal de hablar en públi­co, como mon­e­da cor­ri­ente, y se insta­la un dis­cur­so de odio que nos ha lle­va­do a la polar­ización, a la frag­mentación. “Es el peor bulo del que se ten­ga conocimien­to en el mun­do occi­den­tal. Esto desem­bo­ca una revic­tim­ización con­stante de los afec­ta­dos que supone la imposi­bil­i­dad de cer­rar un due­lo y de des­cansar en paz”.

La razón por la que Sampe­dro habla de dis­cur­sos de odio es porque dos días después del 11M, el policía nacional Vale­ri­ano de la Peña y su hijo de 19 años Miguel de la Peña asesinaron a Ángel Berrue­ta de una puñal­a­da y cua­tro dis­paros por negarse a pon­er en su panadería un car­tel en el que se atribuía a ETA la autoría de los aten­ta­dos yihadis­tas: “Berrue­ta nece­sita­ba que el establec­imien­to sigu­iera abier­to para dar de com­er a su famil­ia. Des­de entonces hay deli­tos de odio con­stantes con­tra la gente que negó que ETA pudiera haber par­tic­i­pa­do,  porque no hay ni una sola prue­ba, ni una sola fuente que afirme de man­era con­trasta­da y ver­i­fi­ca­da que ETA pudiera estar allí”.

“Si los con­spir­a­noicos se hubier­an sali­do con la suya, no habría habido cul­pa­bles del peor acto de ter­ror­is­mo cometi­do en Europa”

Según afir­ma: “La ver­dad se sabe des­de el momen­to cero. Todo el mun­do sabía que había sido Al Qae­da excep­to España. Creo que este país olvi­da demasi­a­do pron­to, pasa pági­na ensegui­da y deja atrás a los mejores, a la gente que ha defen­di­do el Esta­do de dere­cho. Si los con­spir­a­noicos se hubier­an sali­do con la suya, no habría habido cul­pa­bles del peor acto de ter­ror­is­mo, el más letal cometi­do en Europa. Habrían queda­do impunes”.

María Paz Vega, psicólo­ga clíni­ca: “Mucha gente dice que el tiem­po lo cura todo, pero eso no es ver­dad”

María Paz Vega, direc­to­ra de la Clíni­ca Uni­ver­si­taria de Psi­cología de la UCM el 11 de mar­zo de 2004, durante la entre­vista en la Fun­dación Com­plutense | Foto: Pedro Pas­cual

María Paz Vega es la direc­to­ra de la Fun­dación Com­plutense. Con una amplia trayec­to­ria pro­fe­sion­al de más de 34 años, es cat­e­dráti­ca de Psi­cología Clíni­ca y dirige el Grupo Inter­na­cional sobre Ter­ror­is­mo y Con­struc­ción de la Paz (Task Force on Ter­ror­ism and Peace Build­ing) de la Inter­na­tion­al Asso­ci­a­tion of Applied Psy­chol­o­gy (IAAP). 

El 11 de mar­zo de 2004, Vega era direc­to­ra de la Clíni­ca Uni­ver­si­taria de Psi­cología de la Uni­ver­si­dad Com­plutense de Madrid. “Aquel día había huel­ga en la uni­ver­si­dad”, recuer­da. Cuan­do esta­ba en casa, alrede­dor de las 7:45 de la mañana, escuchó la noti­cia en la radio y pen­só que una clíni­ca como la que lid­er­a­ba debía hac­er algo por ayu­dar. Llamó al resto de pro­fe­sion­ales que forma­ban parte del ser­vi­cio de aten­ción psi­cológ­i­ca de la uni­ver­si­dad y se dirigieron a su sede, ubi­ca­da, en aquel entonces, al lado de la Fac­ul­tad de Psi­cología.

“Aquel día había huel­ga en la uni­ver­si­dad”

Una res­i­dente de la clíni­ca que vivía en la calle Téllez mon­tó un dis­pos­i­ti­vo impro­visa­do de aten­ción psi­cológ­i­ca: “Puso a dis­posi­ción de las per­sonas afec­tadas su propia casa”, cuen­ta Vega. El resto de los psicól­o­gos, una vez reunidos en la clíni­ca, lla­maron al Cole­gio Ofi­cial de la Psi­cología de Madrid para colab­o­rar con ellos. “La may­oría fue a IFEMA y a los hote­les donde esta­ban las víc­ti­mas”, recuer­da. 

Mucha gente se pre­sen­tó como vol­un­taria para ayu­dar a aten­der psi­cológi­ca­mente a los afec­ta­dos en las esta­ciones de tren afec­tadas por las explo­siones y en IFEMA. “¡No era gente prepara­da, eran alum­nos!”, excla­ma. Vega reconoce que su inten­ción fue mar­avil­losa pero tam­bién con­fiesa que no esta­ban prepara­dos para lo que vivieron: “Hubo per­sonas que tuvieron que recibir ayu­da para poder super­ar aquel día y volver a la nor­mal­i­dad”.

En colab­o­ración con el Cole­gio Ofi­cial de la Psi­cología de Madrid pub­li­caron en Inter­net la Guía de Autoayu­da Psi­cológ­i­ca tras los Aten­ta­dos del 11M, que recibió más de 130.000 vis­i­tas en los días pos­te­ri­ores al aten­ta­do ter­ror­ista. “Queríamos ayu­dar. En estos casos es muy impor­tante la inmedi­atez y que la guía llegue cuan­to antes a la gente”, ase­gu­ra.

Su obje­ti­vo era que la gente supiera cómo apo­yarse entre sí. “A veces parece que es fácil apo­yar a los demás, pero no es así. Nadie nos ha enseña­do a apo­yar a los demás”, se lamen­ta la psicólo­ga. Actual­mente, señala, exis­ten pro­gra­mas de resilien­cia que pro­te­gen a la población para que un golpe como el del 11 de mar­zo les afecte menos. “En situa­ciones así, todo el mun­do quiere ayu­dar y hay que dar­les las her­ramien­tas ade­cuadas”, insiste.

“Los días pos­te­ri­ores a lo ocur­ri­do nadie leía en el metro”

Vega recuer­da que muchos estu­di­antes de la Uni­ver­si­dad Com­plutense eran famil­iares o cono­ci­dos de algu­nas de las víc­ti­mas y cuen­ta que existía cier­to páni­co y ter­ror social, con­se­cuen­cias habit­uales de los aten­ta­dos ter­ror­is­tas. Algo que le llamó mucho la aten­ción fue cómo afec­tó el 11M a las cos­tum­bres de los madrileños: “Los días pos­te­ri­ores a lo ocur­ri­do nadie leía en el metro”. Todo el mun­do esta­ba en un esta­do de aler­ta con­stante. Nadie se podía dejar nada olvi­da­do en el metro o en el tren. “Si dejabas una mochi­la o una bol­sa en cualquier sitio, te abor­d­a­ban ráp­i­da­mente tres o cua­tro per­sonas. La gente esta­ba asus­ta­da”, afir­ma. 

Mucha gente se pre­sen­tó como vol­un­taria para ayu­dar a aten­der psi­cológi­ca­mente a los afec­ta­dos en las esta­ciones de tren afec­tadas por las explo­siones y en IFEMA. “¡No era gente prepara­da, eran alum­nos!”, excla­ma. Vega reconoce que su inten­ción fue mar­avil­losa pero tam­bién con­fiesa que no esta­ban prepara­dos para lo que vivieron: “Hubo per­sonas que tuvieron que recibir ayu­da para poder super­ar aquel día y volver a la nor­mal­i­dad”.

“Un 34% de víc­ti­mas padecieron estrés pos­traumáti­co después de 6 a 10 años de los aten­ta­dos”

El grupo de inves­ti­gación de la Uni­ver­si­dad Com­plutense en víc­ti­mas del ter­ror­is­mo que lid­era Vega aca­ba de pub­licar, con moti­vo del vigési­mo aniver­sario del 11M, un estu­dio que expli­ca cuáles fueron las prin­ci­pales con­se­cuen­cias psi­cológ­i­cas que se pro­du­jeron en las víc­ti­mas. “El tiem­po no lo cura todo. Nos hemos encon­tra­do con que existe un 34% de víc­ti­mas que padecieron estrés pos­traumáti­co después de 6 a 10 años de los aten­ta­dos, un 22% con depre­sión y un 26% que sufren trastornos que, por ejem­p­lo, están rela­ciona­dos con la fobia a los trenes y a los medios de trans­porte”, expli­ca. Vega insiste en que los tratamien­tos psi­cológi­cos que exis­ten hoy en día son efi­caces para que la may­oría de las víc­ti­mas se recu­peren y para que lo hagan en un tiem­po razon­able. Y solo pide una cosa: “Que nadie se con­forme con seguir mal tan­tos años después, existe solu­ción”.

Ilus­tración: Juan Romo

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