Cristales rotos y lirios del valle al canto de ‘Liberté, Égalité, Fraternité’
París, como todos los años, acoge al leviatán del 1 de mayo. Lo que mueve a esta criatura puede variar, pero no su ritual de violencia
Cuando llega el 1 de mayo, París se convierte en una cazuela de barro donde caben alimentos de todo tipo: una horda de fotoperiodistas ansiosos por tomar “la foto”, antidisturbios con aires de grandeza y manifestantes con ganas de desestresarse. Todo esto aderezado con un contundente -y mayoritario- rebozado: una masa gris de trabajadores, simpatizantes, curiosos, activistas y varios reivindicadores natos.
Se cuentan en miles las personas que acuden a la convocatoria de las dos de la tarde en la Place d’Italie, en pleno centro de París. Según la CGT, son más de 100.000 los asistentes. Según el Gobierno, son unas 30.000. Entre bandas musicales y proclamas anticapitalistas, mujeres sin depilar y hombres ebrios homenajeando a Pepe Botella, comienza oficialmente la ‘Fiesta del Trabajador’.
Los que no se refugian en los refrescos y la comida asada sienten el sofocante – y sorprendente – calor de mayo. Tras una hora de espera, la somnolienta masa comienza a despertarse para dirigirse al bulevar del Hospital. El leviatán parisino, ruidoso y protestón, está encabezado por la coalición intersindical responsable de su existencia: la Confederación General del Trabajador (CGT), Fuerza Abierta (FO), la Federación Sindical Abierta (FSU), el sindicato Solidaries y el partido de la Francia Insumisa.

Es una fiesta que no entiende de edades. Hay hueco para veteranos a los que les faltó poco para conocer a Napoleón y para jóvenes recién salidos de primaria. Es el caso de Crissé, una estudiante de tan solo 16 años e hija de un líder sindical. Pertenece al Lutte Ouverte -Lucha Obrera-, una organización que se define como “revolucionaria y trotskista”, y que en el día del trabajador difunde sus ideas con pancartas, discursos y su propio periódico, Lutte de Classes.
Junto con sus amigas, intenta derribar el capitalismo gritando y repartiendo folletos de su organización. Están emocionadas, incluso nerviosas, por “seguir la batalla de los trabajadores que se reunieron en el 68 para luchar por los derechos laborales”, tal y como explica una de sus amigas, que vive desde pequeña en uno de los barrios obreros parisinos. “Es un día importante”, concluye tajante Crissé, que vuelve a las fauces del leviatán para no alejarse del resto de compañeros de Lutte Ouverte. En el 1 de mayo convergen muchas luchas: contra el racismo, el auge de la extrema derecha y el capitalismo, más allá de las habituales consignas por la justicia social y los derechos de los trabajadores.
Tambores por Cissé
Al coloso se le suma un ruidoso apéndice. Son los tambores de los manifestantes que llevan protestando desde hace una hora, en un punto distinto de París, por un motivo distinto: el asesinato de Aboubakar Cissé. Doce puñaladas acabaron con la vida de un joven maliense de 21 en una mezquita en Grand-Combe y toda una ciudad se levantó para denunciarlo.


Este asesinato, a manos de un francés de origen bosnio de la misma edad que la víctima, no hace más que reforzar la preocupación de los manifestantes por la islamofobia, uno de los puntos capitales de este 1 de mayo: “Lo ocurrido refleja el espíritu de la sociedad francesa y también de las instituciones que hoy en día están dirigidas por ministros o corrientes de extrema derecha”, señala Carlos Martens Bilongo, diputado de la Asamble Nacional por La Francia Insumisa
Violencia, tradición del mayo francés
Mucho antes de comenzar la ruta, manifestantes, periodistas, policías y vecinos parisinos están a la espera de lo mismo. Con capuchas, pasamontañas y los ojos cubiertos con gafas, los black blocs se cuelan sin dificultad en la vanguardia de la marcha o, como ellos lo llaman, “la cortège de la de tete”.
Es en ese instante, y en mitad del boulevard del Hospital, cuando la protesta se convierte en un disturbio contra la policía. De semilla a árbol, inexorable, inevitable y profundamente previsible. Aunque no tengan una estructura definida ni hagan convocatorias oficiales en las redes sociales, los black blocs se presentan siempre con la misma estrategia de violencia, de vandalismo y de ataques a la prensa. “Si grabas a un bloc, estás acabado”, gritan en más de una ocasión a unos periodistas, al tiempo que tratan de romper o dañar sus equipos fotográficos.

En torno a las cuatro de la tarde, las nubes cubren los últimos rayos de sol. La avanzadilla cruza el río Sena por el puente de Austerlitz y a la comitiva se une el movimiento de los chalecos amarillos, conocidos por emplear las mismas estrategias de violencia que los black blocs.
La marcha llega a la avenida Daumesnil, en la intersección con la avenida Ledru Rollin. Todo parece detenerse. Los agentes antidisturbios forman una posición de combate. Su quietud se quebranta cuando los manifestantes se acercan demasiado para increparles, y cuando lanzan petardos a su zona defensiva.
Entre el caos y la calma, hay manifestantes que discuten entre sí. Algunos pregonan discursos y manifiestos, se quedan frente a la policía con sus hijos en brazos, o posan frente a las cámaras. Tras media hora, comienzan a agruparse de nuevo para avanzar por el bulevar Diderot hacia la plaza de la Nación, donde todo debería acabar.

Los fotógrafos se ponen los cascos y, si no se las ha requisado la policía, las máscaras de gas. Observan y oyen como los black blocs parten ladrillos o reciclan botellas de los contenedores para lanzarlos. Rompen los cristales de los bancos, de las inmobiliarias y las marquesinas de los autobuses. La policía se mantiene al margen hasta que la manifestación roza el final. Saben que un enfrentamiento en según qué punto les puede salir muy caro.
Aunque al día siguiente los titulares de la prensa tachen esos actos de ‘incidentes’, la violencia está prevista. “Ya es tradición”, dice con orgullo Dominique, que, desde que tiene 18 años, asiste a la protesta del 1 de mayo.
Algunos periodistas, los más temerarios, y algunos manifestantes, los más rabiosos, no están satisfechos con la dosis de violencia vivida. Muchos son los que añoraban tensas jornadas como la de 2023, por la subida de la edad de jubilación y en el que se detuvo a 288 personas. “Para ser París, son pocas detenciones”, rechista uno de los fotoperiodistas mientras mira en el televisor de un bar que se han registrado 52 detenciones, según datos del Ministerio del Interior.
Guns and Roses
Cristales rotos de marquesinas y comercios, la plaza de la Nación en plena celebración y lirios del valle – conocidos como muguet– desperdigados por el suelo. Eso -entre otras tantas cosas- es lo que queda tras un 1 de mayo en las calles y avenidas de la capital francesa. “Simbolizan el día del trabajador”, expresa Jaume sobre esta curiosa flor blanca con forma de campanilla, vinculada desde hace siglos a la primavera francesa y a la buena fortuna . Él, junto a otros dos camaradas de las juventudes comunistas, las reparten -por el módico precio, eso sí, de dos euros- como símbolo de la lucha obrera.

La tradición de repartir lirios del valle por el día del trabajador en Francia se remonta a 1941 en el régimen de Vichy, cuando el general Phillippe Pétain quiso reemplazar la rosa roja, símbolo de la izquierda y de los trabajadores, por una flor de color más neutral para así rebajar su carga política.
Dentro de un año la plaza de Italia se volverá a convertir en una floristería improvisada, mientras que París, siguiendo también su particular tradición, se encenderá de nuevo, por el alma de las protestas: Liberté, Égalité, Fraternité.
Fotografía de portada por Pablo R. Seco
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