Madrid era una fiesta: así vivió la capital el apagón más grave de la historia de España
El objetivo era llegar a un sitio donde se pudiera escribir. Bajando por la Castellana, el sonido de los cláxones se mezclaba con los pitidos de los agentes de policía que intentaban controlar el tráfico en las rotondas más transitadas, como Plaza Casilla o Azca. Cibeles estaría igual, aunque aún faltaba mucho para llegar hasta allá. Las aceras eran un torrente de carne viva que descendía en dirección a la estación de Atocha. A paso ligero, pero sin urgencia. Ayer casi nadie tenía que llegar a ninguna parte, excepto nosotros.

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El obje­ti­vo era lle­gar a un sitio donde se pudiera escribir. Bajan­do por la Castel­lana, el sonido de los cláx­ones se mez­cla­ba con los piti­dos de los agentes de policía que intenta­ban con­tro­lar el trá­fi­co en las roton­das más tran­si­tadas, como Plaza Casil­la o Azca. Cibeles estaría igual, aunque aún falta­ba mucho para lle­gar has­ta allá. Las aceras eran un tor­rente de carne viva que descendía en direc­ción a la estación de Atocha. A paso ligero, pero sin urgen­cia. Ayer casi nadie tenía que lle­gar a ningu­na parte, excep­to nosotros.

El apagón se pro­du­jo sobre las doce y media ‑la hora exac­ta, las 12:33, no sería cono­ci­da por la may­oría has­ta la noche-. La luz se fue en la redac­ción. Se escuchó a alguien decir “esto no nos había pasa­do nun­ca”, pero esta­ban hacien­do ren­o­va­ciones en el piso de aba­jo y todo se explicó con un corte de luz.

Las estaciones de metro, como la de Ciudad Universitaria, tuvieron que ser cerradas | Foto: Pablo Seco
Las esta­ciones de metro, como la de Ciu­dad Uni­ver­si­taria, tuvieron que ser cer­radas | Foto: Pablo Seco

Pero tam­poco había conex­ión a inter­net, ni datos móviles, ni lla­madas. Uno a uno, los redac­tores se fueron lev­an­tan­do de las sil­las y no tardó alguien más en decir la que sería la úni­ca certeza que ten­dríamos durante las próx­i­mas horas: la luz no se había ido en el edi­fi­cio, sino en toda España. 

Todo el mundo en la calle

Lo supi­mos ensegui­da, porque hubo unos instantes en que los men­sajes lle­garon de otras partes del país. El apagón tam­bién afecta­ba a Sevil­la y a Valen­cia y a Sanx­enxo y a Vil­lanue­va de la Caña­da. En pocos min­u­tos todo el mun­do esta­ba en la calle, toda Madrid había sali­do a ver qué esta­ba pasan­do. La may­oría de los semá­foros no fun­ciona­ban, los bares esta­ban empezan­do a sacar las mesas afuera — se llenaron tan rápi­do como se mon­taron- y las entradas al metro se cer­raron con vig­i­lantes de seguri­dad que sabían lo mis­mo que cualquiera. “Está cer­ra­da la línea has­ta nue­vo avi­so”, infor­mó uno de ellos a una pare­ja que se que­ja­ba porque “tenían” que lle­gar a la estación de Chamartín.

Los semáforos de Moncloa, como los de toda la ciudad, permanecieron apagados casi todo el día| Foto: Mario Morón
Los semá­foros de Mon­cloa, como los de toda la ciu­dad, per­manecieron apa­ga­dos casi todo el día| Foto: Mario Morón

Por aquel entonces, la roton­da de Plaza de Castil­la ya era un car­rusel para­do de coches, fur­gone­tas y auto­bus­es. Todavía fun­ciona­ban los auto­bus­es, pero las colas se hicieron tan largas que podían llenar por tres una línea, que ya esta­ba com­ple­ta cuan­do aparecía por la para­da.

En ese momen­to ya se esta­ban oyen­do los primeros rumores y cib­er­ataque se con­vir­tió en la pal­abra del día. Se habla­ba de un fal­lo masi­vo en España, Por­tu­gal y Fran­cia al que no tar­daron en sumarse país­es como Ale­ma­nia o Rumanía. Un cor­re­spon­sal en Esto­col­mo seguía tenien­do inter­net y Norue­ga no forma­ba parte de la UE. Otro redac­tor que se encon­tra­ba en Canarias con­sigu­ió comu­ni­carse con la ofic­i­na de Madrid y dijo que allí no pasa­ba nada. 

La estación de metro de Plaza Castilla durante el apagón | Foto: Pedro Pascual
La estación de metro de Plaza Castil­la durante el apagón | Foto: Pedro Pas­cual

No había un gen­er­ador en el edi­fi­cio, ni for­ma de conec­tarse a inter­net. La impo­ten­cia se empez­a­ba a trans­for­mar en un esto­ico con­formis­mo y algunos empezaron a con­gre­garse en ter­tu­lias impro­visadas al puro esti­lo de un pro­gra­ma mati­nal. Se tardó unos min­u­tos en saber que algunos com­pañeros, los que esta­ban tra­ba­jan­do en edi­fi­cios de la admin­is­tración, seguían conec­ta­dos gra­cias a los gen­er­adores de cor­ri­ente y se empezó a man­dar a peri­odis­tas, portátil en mano, para que les dejasen escribir en algún lugar. 

Tam­poco se sabía nada por el momen­to, solo lo que se veía, y la idea era bajar la Castel­lana en direc­ción a Cibeles para lle­gar al Sena­do, subi­en­do por Gran Vía. En el camino, se pre­gunt­a­ba a todo el que se podía. En el primer local en el camino se infor­mó de que se podía pagar con tar­je­ta mien­tras tuviesen batería los datá­fonos. Más tarde se supo que los ban­cos esta­ban cer­ra­dos y los cajeros sin luz: no se podía sacar dinero has­ta que volviese la energía. 

La radio

Las radios, úni­ca for­ma de enter­arse sobre lo que esta­ba pasan­do, se habían ago­ta­do en las tien­das y grandes gru­pos de per­sonas se reunían alrede­dor de los coches para saber algo. Los locu­tores parecían saber poco más que una per­sona de a pie, pero era una for­ma de estar conec­ta­do a algo. Jun­to con el motor de com­bustión, la radio era lo úni­co que nos difer­en­cia­ba de las gentes de épocas pasadas. A excep­ción, quizá, de cómo se esta­ba ges­tio­nan­do.

Clientes de un bar escuchan las noticias en la radio | Foto: Pedro Pascual
Clientes de un bar escuchan las noti­cias en la radio | Foto: Pedro Pas­cual

No hizo fal­ta bajar toda la calle. En la sala de pren­sa del Tri­bunal Supre­mo había inter­net y enchufes de sobra para car­gar los móviles, aunque no demasi­a­do movimien­to. A eso de las cin­co de la tarde, Sánchez com­pare­ció en la Mon­cloa para decir que no se sabían las causas del apagón, ni cuán­to se tar­daría en volver a conec­tar la luz. Alguien habló de com­prar velas en un momen­to en el que los datá­fonos ya deberían de ten­er poca batería. Pero las noti­cias salieron y no hubo apagón infor­ma­ti­vo en España, así que solo qued­a­ba volver a casa y pen­sar en el día sigu­iente. Los gen­er­adores tam­bién tenían que estar en las últi­mas a esa hora de la tarde.

El camino de vuelta a casa fue esclare­ce­dor. La real­i­dad de peri­odis­tas y policías era difer­ente a la del resto. Madrid había esta­do de fies­ta. Las ter­razas de los bares tenían aún más sil­las que por la mañana y todo aquel local que no esta­ba cer­ra­do tenía cola. Porque este lunes tam­bién fue un día de colas y cada tien­da abier­ta era una atrac­ción en un impro­visa­do par­que temáti­co madrileño. En vez de irse a casa, muchos habían deci­di­do pasar el día en la calle, como si un lunes pudiera ser un nue­vo domin­go. Otros que seguían en su puesto de tra­ba­jo eran los depen­di­entes que no habían podi­do cer­rar sus tien­das porque las per­sianas eran elec­tróni­cas; se habían atrincher­a­do en la puer­ta, sen­ta­dos en pufs y sil­las de dec­o­ración, para evi­tar que entrase la tur­ba. Sol esta­ba lleno, como siem­pre. Lo úni­co difer­ente era que el “cen­tro de España”, el pun­to cero de las car­reteras del país, por primera vez, no tenía un zap­a­to enci­ma por las val­las que cerra­ban la Real Casa de Corre­os.

Podéis ver el resto de imá­genes en la galería de fotos: 

Los supermercados sufrieron colapso por el apagón | Foto: Pedro Pascual
Los super­me­r­ca­dos sufrieron colap­so por el apagón | Foto: Pedro Pas­cual
Algunos pasajeros esperan en la entrada de la estación de metro de Sol | Foto: Pedro Pascual
Algunos pasajeros esper­an en la entra­da de la estación de metro de Sol | Foto: Pedro Pas­cual
El tráfico sufrió fuertes retenciones por la falta de los semáforos | Foto: Pedro Pascual
El trá­fi­co sufrió fuertes reten­ciones por la fal­ta de los semá­foros | Foto: Pedro Pas­cual

Fotografía de por­ta­da: Estación de bus­es de Plaza de Castil­la sat­u­ra­da de pasajeros durante el apagón | Foto: Pedro Pas­cual

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