Refugiados en Grecia: la crisis olvidada

CorresponsalesReportajes

Mafias, condiciones cuestionables en los campos de refugiados, devoluciones en caliente o trabas burocráticas interminables. Los problemas no se marcharon con la exposición mediática en 2016

Niños cor­rien­do y saltan­do despre­ocu­pa­dos, jugan­do entre glo­bos, entretenidos con un puzle. Una esce­na típi­ca en cualquier infan­cia. Lo anó­ma­lo es el esce­nario: un aparcamien­to de grav­il­la a esca­sos met­ros del cam­po de refu­gia­dos de Malakasa, una antigua base mil­i­tar a las afueras de Ate­nas que alber­ga a más de un mil­lar de per­sonas. Los adul­tos que jue­gan con ellos no son mon­i­tores de cam­pa­men­to, sino vol­un­tar­ios de una ONG españo­la que opera en Gre­cia, SOS Refu­gia­dos. Des­de luego, no es una infan­cia al uso. 

Amir y su her­mana Mah­sa, de cin­co y nueve años respec­ti­va­mente, son dos niños “nor­males” y, den­tro de todas las difi­cul­tades, “felices”. Esto lo cuen­ta su madre, Sami­ra (el nom­bre, como el de sus hijos, está cam­bi­a­do para preser­var su pri­vaci­dad), una mujer iraní que des­de hace nueve meses vive en el cam­po de Malakasa jun­to a su mari­do e hijos. Sami­ra es de las pocas per­sonas que se atreve a con­tar su his­to­ria. Debido a su situación de vul­ner­a­bil­i­dad y el miedo a posi­bles repre­salias, muchos refu­gia­dos, con una amable son­risa, optan por no hablar.

Dos niños juegan en el aparcamiento a las afueras de Malakasa I Foto: SOS Refugiados
Dos niños jue­gan en el aparcamien­to a las afueras de Malakasa I Foto: SOS Refu­gia­dos

Como otros tan­tos refu­gia­dos, Sami­ra entró en Gre­cia a través de la mafia. Bajo la prome­sa de víveres y un bar­co para once per­sonas, ella y su famil­ia acep­taron el tra­to que les pro­ponían: vender su casa y su coche a cam­bio de un pasaje has­ta el país heleno. La real­i­dad con la que se encon­traron fue bien difer­ente: les dejaron a su suerte en un bote con otras 77 per­sonas. “Estu­vi­mos en el bar­co cua­tro días, sin agua y sin comi­da. Los niños esta­ban muy enfer­mos y vom­i­tan­do”, rela­ta con la mira­da seria.

Al cuar­to día de trav­es­ía, el bote se quedó sin com­bustible, por lo que nave­g­aron a la deri­va has­ta que con­sigu­ieron con­tac­tar con el bar­co que les ter­minó rescatan­do: “Nos respondieron a las seis de la mañana, pero la ayu­da no llegó has­ta las doce de la noche”. Tras var­ios días bajo cus­to­dia en tier­ras grie­gas, las autori­dades los derivaron al cam­po de Malakasa. Al lle­gar, la úni­ca ropa que tenían era la que llev­a­ban pues­ta. Tar­daron más de un mes en con­seguir nuevas pren­das y no fue gra­cias al Gob­ier­no, sino a “unos buenos ami­gos de fuera del cam­po y gru­pos de cari­dad”. 

Aunque su vida no es sen­cil­la, Sami­ra agradece pro­fun­da­mente la hos­pi­tal­i­dad grie­ga e insiste en dejar con­stan­cia de ello: “Podremos ten­er prob­le­mas en la nutri­ción y de ves­ti­men­ta, pero la gente es muy bue­na y nos acep­tó en su país”.

De la guerra en Siria al campo de Malakasa

Youssef, un joven sirio de ape­nas 24 años, se peina coque­ta­mente para la entre­vista mien­tras enseña emo­ciona­do su esce­na favorita de La Casa de Papel, serie de la que se declara fan abso­lu­to. Los ojos le bril­lan de orgul­lo al recor­dar que era el “mejor estu­di­ante” de su escuela y que llegó a ser pre­mi­a­do por el gob­er­nador de su local­i­dad. Cuan­do en 2011 la guer­ra golpeó su ciu­dad natal, Ale­po, se vio oblig­a­do a aban­donar el cole­gio. Tenía diez años y solo pudo estu­di­ar has­ta quin­to de pri­maria. Un día, cuan­do iba a clase, encon­tró su escuela destru­i­da y a uno de sus “ami­gos más queri­dos de la infan­cia” muer­to. “Nada en la vida per­manece con­stante”, comen­ta con res­i­gnación.

Youssef vive en el campo de refugiados de Malakasa l Foto: Mario Morón
Youssef vive en el cam­po de refu­gia­dos de Malakasa l Foto: Mario Morón

Has­ta que decidió aban­donar su patria en 2015, vivió la destruc­ción de su casa, la muerte de su tío a manos de un fran­coti­rador o la explosión de un bar­ril-bom­ba lan­za­do des­de un helicóptero: “Un frag­men­to de metral­la me dio en el hom­bro, la fuerza de la explosión hizo que me gol­peara la cabeza y que me quedase sin conocimien­to”. La hemor­ra­gia cere­bral cau­sa­da por la con­tusión hizo que perdiese la memo­ria durante dos sem­anas.

La necesi­dad de ali­men­tar a sus cin­co hijos obligó a su padre a tra­ba­jar en Turquía y a enviar­les dinero de man­era per­iódi­ca. En 2016, empezó a pen­sar en la reunifi­cación famil­iar. El plan se truncó ines­per­ada­mente cuan­do el abo­ga­do encar­ga­do del trámite les traicionó, lo que supu­so un vara­pa­lo económi­co para la famil­ia: “Nos quedamos en un esta­do de ban­car­ro­ta total”, lamen­ta Youssef.

Al fal­lar­les la entra­da legal, no les quedó otra opción para poder entrar en Turquía que recur­rir a “gente peli­grosa y sin ningún tipo de moral”, es decir, a la mafia. El trayec­to, que hicieron jun­to a otras noven­ta per­sonas en su mis­ma situación, les costó sei­scien­tos euros (cien euros por per­sona) y con­sistía en atrav­es­ar los bosques mon­tañosos que sep­a­ran Siria de Turquía. Después de car­gar a su her­mano de año y medio durante catorce horas sopor­tan­do una inten­sa llu­via, un joven Youssef de quince años llegó, por fin, a Turquía jun­to a su famil­ia. Comen­z­a­ban una nue­va vida.

Al no dispon­er de títu­lo, ni siquiera el títu­lo de pri­maria, encon­trar tra­ba­jo fue una autén­ti­ca odis­ea para Youssef. Después de dos años logró dom­i­nar el tur­co y encon­tró tra­ba­jo como tra­duc­tor per­son­al. Lo había con­segui­do: esta­ba con su famil­ia, con tra­ba­jo estable y con el recuer­do de la guer­ra cada vez más lejano. Lo que parecía un pun­to final para el dra­ma de Youssef resultó no ser­lo porque, como amarga­mente ha apren­di­do, “nada en la vida per­manece con­stante”. 

El auge de los dis­cur­sos anti­n­mi­gración, avi­va­dos por crímenes ais­la­dos cometi­dos por sirios, des­pertó una descon­fi­an­za gen­er­al­iza­da hacia su comu­nidad. El líder del prin­ci­pal par­tido opos­i­tor tur­co, Kemal Kil­iç­daroglu, llegó a afir­mar en cam­paña elec­toral: “Tan pron­to como llegue al poder, los enviaré a todos los sirios a sus casas”. Eso si, “en paz y de for­ma orde­na­da”. “Ten­emos una guer­ra, pero ellos no entien­den el sig­nifi­ca­do de esa pal­abra”, recuer­da Youssef.

“Éramos ata­ca­dos, apuñal­a­dos o acosa­dos por hablar árabe”

“Éramos fre­cuente­mente ata­ca­dos, apuñal­a­dos o acosa­dos sim­ple­mente por hablar árabe y no se hacía jus­ti­cia”, denun­cia Youssef. Cuan­do tenía que recoger a su her­mano pequeño del cole­gio, los dos evita­ban hablar en árabe por miedo a posi­bles ataques. 

La situación para los sirios había empe­o­ra­do, pero todavía no había afec­ta­do de man­era sig­ni­fica­ti­va a Youssef. Has­ta que llegó la noche del 4 de julio de 2024, una noche que cam­biaría para siem­pre su vida. Mien­tras iba al super­me­r­ca­do para com­prar zumo, dos agentes tur­cos le pararon y le pidieron la doc­u­mentación. Youssef disponía de una iden­ti­fi­cación tem­po­ral, pero la cru­el­dad del azar quiso que esa noche dejase la cartera en su casa. Aunque esta­ba de suerte, ¡se sabía su número de memo­ria! Pero, como si de una trage­dia grie­ga se tratase, ni siquiera eso le sirvió para zafar su des­ti­no: “Esta expli­cación gen­eral­mente era sufi­ciente, pero esta vez me detu­vieron y plane­a­ban depor­tarme a Siria”. Y es que los policías pens­a­ban que era tur­co (por su aspec­to y su flu­idez en el idioma) has­ta que les recitó su número de iden­ti­fi­cación: el de los sirios empieza por 99, mien­tras que el de los tur­cos por 125. Incon­fundible para cualquier policía. Iróni­ca­mente, él mis­mo se había delata­do, sel­l­an­do su suerte.

“Fue muy difí­cil irme sin des­pedirme de mis padres”

Los agentes que plane­a­ban depor­tar­le lo lle­varon has­ta la fron­tera. Youssef, con la excusa de ir al baño, con­sigu­ió escaparse. Con­sigu­ió sortear la per­se­cu­ción poli­cial, pero aun así no fue nada sen­cil­lo: “todavía no me creo que con­sigu­iera escapar de la policía”, reconoce. Una lla­ma­da a su padre le con­fir­mó que su iden­ti­fi­cación tem­po­ral había sido can­ce­la­da, por lo que no le quedó otra opción que dejar a su famil­ia, su tra­ba­jo, su nue­va vida en Turquía y empezar de cero en otro país. “Fue muy difí­cil irme sin poder des­pedirme de mis padres, sin besar la mano de mi madre, o sin poder abrazar a mis her­manos”, ase­gu­ra con tris­teza en la mira­da.

5.000 euros o, mejor dicho, todos sus ahor­ros, fue el dinero que le costó lle­gar has­ta Gre­cia a través de los traf­i­cantes de per­sonas. Según comen­ta, solo un mes antes el pasaje rond­a­ba los 3.000 euros, pero debido a la com­pli­ca­da situación de los sirios en Turquía, la deman­da había subido. Los traf­i­cantes le lle­varon en coche evi­tan­do los con­troles de car­retera y tuvieron que andar var­ios días por el bosque has­ta lle­gar a la cos­ta. Este trayec­to lo real­izó jun­to a otras cin­cuen­ta per­sonas, des­de palesti­nos y sirios has­ta ciu­dadanos egip­cios.

La últi­ma parte del via­je con­sistía en nave­g­ar, jun­to a otras trein­ta per­sonas, en un bote has­ta la isla de Rodas. Eran las 5:30 de la madru­ga­da cuan­do el motor se les estropeó en medio del mar. Youssef tuvo la suerte ‑y la des­gra­cia- de enten­der per­fec­ta­mente el tur­co: “Escuché decir al mafioso que si el motor no fun­ciona­ba, nos dejarían allí y se irían. Tenía mucho miedo”. Tras var­ios con­tratiem­pos, tan­to él como sus com­pañeros de bar­co lle­garon a la cos­ta de Rodas el 12 de julio de 2024, donde les “reci­bieron” las autori­dades grie­gas. Tras tres días en prisión y dieciséis horas en bar­co llegó final­mente a la que sería su nue­va vida: el cam­po de refu­gia­dos de Malakasa. 

Vista del campo de refugiados de Malakasa l Foto: Mario Morón
Vista del cam­po de refu­gia­dos de Malakasa l Foto: Mario Morón

En tan solo unas sem­anas pasó de estar con su famil­ia en Turquía, donde tenía un tra­ba­jo estable, a vivir en un con­tene­dor con otros mil refu­gia­dos sin abso­lu­ta­mente nada. Al no ten­er pape­les, Youssef se tiene que con­for­mar con tra­ba­jar de man­era irreg­u­lar en una fábri­ca diez horas por trein­ta euros al día: “Es un mal tra­ba­jo, pero por mi situación no puedo encon­trar otro”. 

Pese a su pre­caria situación, afir­ma con grat­i­tud que en Gre­cia ha lle­ga­do a encon­trar a “musul­manes sin Islam”, refir­ién­dose a las vol­un­tarias españo­las de SOS Refu­gia­dos. El, que es musul­mán, ase­gu­ra que en su religión es esen­cial “ser bue­na per­sona y amable con la gente”, por lo que su afir­ma­ción va mucho más allá de un sim­ple cumpli­do.

Hoy afronta la vida que le ha toca­do con esto­icis­mo y deter­mi­nación: “Soy el hijo may­or; antes me sac­ri­fiqué mucho porque no pude estu­di­ar y ayud­a­ba a mi padre tra­ba­jan­do, y me sac­ri­fi­caré aho­ra y el resto de mi vida por mis her­manos, por mi padre y por mi madre”. A su cor­ta edad, este joven apa­sion­a­do por el ani­me, La Casa de Papel y Cris­tiano Ronal­do ha pasa­do por expe­ri­en­cias que equiv­alen a varias vidas.

La famosa entrevista

Den­tro de unos días se cumplirán nueve meses des­de que Sami­ra y Youssef ingre­saron en el cam­po de Malakasa y el futuro de ambos es incier­to. Todo depende de la famosa entre­vista, un inter­roga­to­rio en el que ten­drán que argu­men­tar frente a un fun­cionario si su situación es lo sufi­cien­te­mente críti­ca como para mere­cer el esta­tus de refu­gia­do. Es, prác­ti­ca­mente, la úni­ca opor­tu­nidad que tienen los solic­i­tantes de asi­lo de reg­u­larizar su situación. Nor­mal­mente tienen que esper­ar meses, inclu­so años. No solo eso, sino que cuan­do se acer­ca la ansi­a­da fecha es común que la pospon­gan var­ios meses, escud­án­dose en que “no hay tra­duc­tores disponibles”. Según el Min­is­te­rio de Migra­ciones y Asi­lo, el número de solic­i­tudes de asi­lo pen­di­entes aumen­tó casi un 50% en 2023 respec­to a 2022. 

Un refugiado dentro del campo de refugiados de Malakasa l Foto: Mario Morón
Un refu­gia­do den­tro del cam­po de refu­gia­dos de Malakasa l Foto: Mario Morón

El caso de Youssef es par­tic­u­lar­mente deses­per­ante: su entre­vista esta­ba ini­cial­mente pro­gra­ma­da para el 20 de diciem­bre de 2024, pero se la han pospuesto al 8 de octubre de 2025. El ori­gen de este retra­so, aparte de la fal­ta gen­er­al­iza­da de tra­duc­tores, está en que el Gob­ier­no griego ya no con­sid­era Siria un “lugar peli­groso” tras la caí­da del rég­i­men de Bashar al-Ásad. Sus posi­bil­i­dades de pasar la entre­vista y con­seguir pape­les se reducen drás­ti­ca­mente debido a la nue­va cat­e­goría en la que entra su país. Como muchos otros sirios, de momen­to, no con­tem­pla volver: el nue­vo Gob­ier­no no le inspi­ra demasi­a­da con­fi­an­za y está a la espera “de lo que pue­da pasar”.

En los últi­mos años se han endure­ci­do de man­era gen­er­al los req­ui­si­tos para pasar la entre­vista. “Es casi como sacarse unas oposi­ciones”, cuen­ta Eva, vol­un­taria de SOS Refu­gia­dos. Si tienes la “suerte” de que tu país esté en guer­ra, como es el caso de Afgan­istán o, has­ta hace muy poco, Siria, hay muchas más posi­bil­i­dades de pasar­la. En cam­bio, a quienes lle­gan de país­es como Egip­to, Pak­istán o Bangladesh en bus­ca de una mejor vida, el Gob­ier­no griego les negará el asi­lo, pues con­sid­era que sus país­es son seguros. Según datos del Min­is­te­rio de Migra­ciones y Asi­lo de 2023, país­es como Palesti­na, Yemen o Ucra­nia tienen, respec­ti­va­mente, una ratio del 99%, del 98% y del 93% a la hora de con­seguir el esta­tus de pro­tec­ción en la primera entre­vista. Por el con­trario, país­es como Egip­to o Pak­istán tienen una ratio menor del 2%. Aunque las difer­en­cias son abis­males, exis­ten cier­tas excep­ciones enten­di­das de alto ries­go como ser cris­tiano en Irán o tran­sex­u­al en Pak­istán.

La inmen­sa may­oría se que­da de man­era ile­gal en Gre­cia

Si rec­haz­an su solic­i­tud, el panora­ma es des­o­lador: no pueden tra­ba­jar de man­era legal, no tienen acce­so a sanidad más allá de urgen­cias y, en caso de prob­le­mas de dro­gode­pen­den­cia, tam­poco es posi­ble acced­er a pro­gra­mas de reha­bil­itación. Todo lo que reciben es una noti­fi­cación para aban­donar el país en menos de trein­ta días, algo que casi ningún refu­gia­do aca­ta: la inmen­sa may­oría se quedan de man­era ile­gal en Gre­cia. “Tienen sueños, se arries­gan mucho para lle­gar aquí, gas­tan mucho dinero, venden sus casas, ¿cómo van a quer­er regre­sar?”, se pre­gun­ta George Tsouros, tra­ba­jador social de la ONG grie­ga Sol­i­dar­i­ty Now.

Los que no super­an la entre­vista (en torno al 23.3%, según datos del Min­is­te­rio de Migra­ciones y Asi­lo en 2023) se ven atra­pa­dos en una especie de lim­bo: si la policía les para, les pueden encar­ce­lar en los deten­tion cen­ters, unas pri­siones dis­eñadas para los “solic­i­tantes de asi­lo” cuyo úni­co deli­to sea estar indoc­u­men­ta­dos y ten­er una orden de expul­sión. “Algunos han lle­ga­do a estar encar­ce­la­da diecio­cho meses”, comen­ta Tsouros. Una vez lib­er­a­dos, vuel­ven a verse en la calle sin pape­les, pre­gun­tán­dose cuán­do les volverán a deten­er: “Sue­na un poco loco, pero hay mucha gente en este lim­bo”, afir­ma. Según datos del Asy­lum Infor­ma­tion Data­base, las per­sonas detenidas en estos cen­tros en 2023 eran 19.003, de las cuales 504 eran menores no acom­paña­dos.

Para esqui­var los deten­tion cen­ters, muchos solic­i­tantes de asi­lo, piden una nue­va entre­vista, a sabi­en­das de que no con­seguirán pasar­la. Esta peti­ción les pro­por­ciona un doc­u­men­to que pueden enseñar a la policía y, como cuen­ta Tsouros, “si están de buen humor, igual no les lle­van al deten­tion cen­ter”. Cada nue­va cita, una vez lle­van tres apela­ciones rec­haz­adas, cues­ta cien euros.

Squats: edi­fi­cios aban­don­a­dos u oku­pa­dos auto­ges­tion­a­dos

Durante un tiem­po, una opción para aque­l­los refu­gia­dos “ile­gales” eran los squats: edi­fi­cios aban­don­a­dos u oku­pa­dos auto­ges­tion­a­dos por ciu­dadanos grie­gos, colec­tivos o movimien­tos sociales, una alter­na­ti­va a la men­di­ci­dad a la que muchos se veían abo­ca­dos. La may­or parte de estos edi­fi­cios se encon­tra­ban en el bar­rio anar­quista por exce­len­cia de Ate­nas, Exarchia. En la actu­al­i­dad, ya no que­da prác­ti­ca­mente ningún squat en acti­vo:  las con­stantes redadas de la policía cumpli­eron su cometi­do. Según cuen­ta Tas­sos Sme­topou­los, de la ONG grie­ga con­tra la dro­ga y la men­di­ci­dad Steps, lo primero que hizo el gob­ier­no de Kyr­i­akos Mit­so­takis fue cer­rar­los todos.

El mod­e­lo griego es defi­ciente, ya que no con­sigue expul­sar a los refu­gia­dos, pero tam­poco les per­mite inte­grarse, con­denán­do­los poco más que al ostracis­mo. Tri­ana, vol­un­taria de SOS Refu­gia­dos, con­sid­era que este tipo de políti­cas “no son útiles ni siquiera para sus propósi­tos de descon­ges­tionar el país, pero sí lo son para seguir macha­can­do psi­cológi­ca­mente a la población migrante”. 

Grafiti en el muro del campo de refugiados de Ritsona, Atenas I Foto Mario Morón
Grafi­ti en el muro del cam­po de refu­gia­dos de Rit­sona, Ate­nas I Foto Mario Morón

Pese a la dinámi­ca gen­er­al, hace unos meses se aprobó una nue­va ley que ayu­da a los solic­i­tantes de asi­lo a reg­u­larizar su situación: “Si alguien lle­va tres años en Gre­cia, con­ser­va el pas­aporte de su país de ori­gen y hay un empre­sario que quiere con­tratar­lo, puede pedir doc­u­men­tos legales”, expli­ca Tsouros. Una chis­pa de esper­an­za para aque­l­los refu­gia­dos que desean inte­grarse y recon­stru­ir su vida.

La vida en los campos

Los retra­sos en las entre­vis­tas oblig­an a los refu­gia­dos a pasar mucho más tiem­po en los con­tene­dores de los cam­pos del que les cor­re­spon­dería. Meses de frus­tración, incer­tidum­bre y malestar. Ese malestar se refle­ja en la salud de los más pequeños: “Ten­emos muchísi­mos men­sajes de famil­ias que nos dicen que des­de que han lle­ga­do al cam­po la salud de sus hijos va a peor; lo ves en la energía de los niños o en los dientes, que se les oscure­cen por fal­ta de vit­a­m­i­nas”, expli­ca Eva.

A la fal­ta de tra­duc­tores se suman las denun­cias sobre la comi­da, con­sid­er­a­da “escasa y de mala cal­i­dad” por los refu­gia­dos y las ONG. Todos los días a las doce de la mañana, se reparten tres paque­tes de comi­da, cada uno del tamaño de una mano, que cada refu­gia­do ten­drá que ges­tionar como pue­da has­ta que hagan otra entre­ga vein­tic­u­a­tro horas después. Unos packs que, para muchos refu­gia­dos, son insu­fi­cientes. Tri­ana ase­gu­ra haber vis­to muchas veces comi­da cad­u­ca­da, sin descon­ge­lar o que con­tenía cer­do, tenien­do en cuen­ta que “el 75% de la gente den­tro de los cam­pos son musul­manes”. Según el informe real­iza­do en 2023 por la Red SOS Refu­gia­dos Europa, más de la mitad de los refu­gia­dos que viv­en en los cam­pos de Malakasa y Rit­sona no reciben ali­men­tos fres­cos a diario.

Los paquetes de comida que reciben en Malakasa l Foto: SOS Refugiados
Los paque­tes de comi­da que reciben en Malakasa l Foto: SOS Refu­gia­dos

Por eso es fun­da­men­tal la ayu­da de la orga­ni­zación en la que ella tra­ba­ja, SOS Refu­gia­dos, la cual pro­por­ciona comi­da sem­anal­mente a unas 4.000 per­sonas, tan­to en el cam­po de Malakasa como en el de Rit­sona. “Nece­si­tan una alter­na­ti­va cuan­do lo que les entre­gan no está en bue­nas condi­ciones”, sostiene Tri­ana. No solo apor­tan más calorías a su ali­mentación, sino que tam­bién les dan una opor­tu­nidad “de coci­nar como les gus­ta, en base a su cul­tura, o cuan­do les dé la gana”. No solo dis­tribuyen comi­da, sino tam­bién pañales, com­pre­sas y has­ta juguetes para los más pequeños.

Reparto de comida en la sede de SOS Refugiados en Atenas I Foto: SOS Refugiados
Repar­to de comi­da en la sede de SOS Refu­gia­dos en Ate­nas I Foto: SOS Refu­gia­dos

Des­de SOS Refu­gia­dos tam­bién sum­in­is­tran comi­da a aque­l­los refu­gia­dos que tienen aproba­da su solic­i­tud de asi­lo pero que están a la espera de que les entreguen sus doc­u­men­tos. Durante este pro­ce­so, con­ser­van el dere­cho a estar en los cam­pos de refu­gia­dos, pero no a dispon­er de sus ser­vi­cios. En otras pal­abras, no tienen acce­so ni a la comi­da, ni a la sanidad en un peri­o­do que puede durar de dos a cua­tro sem­anas. “Hay un vacío legal en el que estas per­sonas no están reci­bi­en­do ningu­na aten­ción”, afir­ma Tri­ana. 

La entrada del campo de refugiados de Ritsona I Foto: Mario Morón
La entra­da del cam­po de refu­gia­dos de Rit­sona I Foto: Mario Morón

Aban­donar el cam­po en bus­ca de comi­da sin ten­er todavía los pape­les es una alter­na­ti­va peli­grosa: “Si te para la policía, no tienes nada que enseñar­les. Se encuen­tran en un lim­bo legal super­vul­ner­a­ble y super­peli­groso”, con­cluye Tri­ana, que ya ha ele­va­do la que­ja a la Comisión Euro­pea.

Seguridad y alimentación, en manos privadas

“Lo que quieren es lavarse las manos”. Este es el moti­vo que encuen­tra Eva detrás de que el Gob­ier­no delegue la seguri­dad y la ali­mentación en empre­sas pri­vadas a través de sub­con­tratas. La seguri­dad pri­va­da es la encar­ga­da de que resulte imposi­ble acced­er al cam­po de Malakasa, ya sea para doc­u­men­tar lo que ocurre den­tro o para que una ONG pue­da pro­por­cionar ayu­da. Según cuen­ta Tri­ana, la pro­hibi­ción a las ONG se puso en mar­cha en febrero de 2023. Solo unas pocas, como la Orga­ni­zación Inter­na­cional para las Migra­ciones (OIM) o el Alto Comi­sion­a­do de las Naciones Unidas para los Refu­gia­dos (ACNUR), con­siguen los per­misos nece­sar­ios para oper­ar den­tro, mien­tras que la gran may­oría se ven oblig­adas a ayu­dar des­de fuera. Tri­ana lle­va más de dos años solic­i­tan­do este per­miso todas las sem­anas. A día de hoy, sigue sin con­seguir­lo. Con­sid­era que las pro­hibi­ciones tienen como obje­ti­vo “ que no puedas denun­ciar las condi­ciones en las que se encuen­tran los refu­gia­dos”. 

Un vol­un­tario de una ONG grie­ga que estu­vo tra­ba­jan­do en el cam­po de Malakasa (ha preferi­do man­ten­er su anon­i­ma­to por “miedo a que puedan meter en una lista negra” a su orga­ni­zación) con­sid­era que estas medi­das “tienen como obje­ti­vo restringir la capaci­dad, el acce­so y los recur­sos de las ONG para poder brindar un apoyo sig­ni­fica­ti­vo”. Según él, la pres­en­cia de las ONG, “desle­git­i­ma al Gob­ier­no al asumir fun­ciones que este debería hac­er”, moti­vo por el cual no las quieren allí.

Doc­u­men­tar lo que ocurre en los cam­pos de refu­gia­dos tam­bién es todo un reto. Ni siquiera des­de fuera se puede. Tras hac­er unas fotos, la seguri­dad del cam­po no tardó ni quince min­u­tos en venir a por mí. De no haber sido por la ayu­da de una ONG que tenía la fur­gone­ta cer­ca, me habrían lle­va­do a comis­aría. Si te pil­lan, según cuen­tan las ONG, te puedes enfrentar a un deli­to de espi­ona­je al encon­trarse el cam­po en una antigua base mil­i­tar, tip­i­fi­ca­do con has­ta veinte años de cár­cel. Aunque lo más habit­u­al sería que te req­ui­sen el equipo fotográ­fi­co y que te oblig­uen a bor­rar las fotos.

“La gente teme decir algo incor­rec­to y que ten­ga reper­cu­siones”

Este imped­i­men­to no se apli­ca solo a los peri­odis­tas. “No nos dejan entrar a los cam­pos, no podemos acer­carnos siquiera, tú lo has vis­to, a tres met­ros de los cam­pos no podemos sacar fotos ‑dice Eva-. Casi no podemos hablar con la gente porque tienen miedo de decir algo incor­rec­to y que luego ten­ga reper­cu­siones den­tro del cam­po”. La fal­ta de fis­cal­ización per­mite a los gestores “hac­er lo que quier­an” en los cam­pos. Eva denun­cia “que no hay acce­so a poder dar voz e ima­gen” y afir­ma que “las condi­ciones han empe­o­ra­do bas­tante, porque los cam­pos son cada vez más her­méti­cos”. 

La sanidad, al con­trario que el resto de ser­vi­cios, depende exclu­si­va­mente del Gob­ier­no y tam­poco está exen­ta de que­jas: “Es muy pre­caria”, afir­ma Tri­ana. En el cam­po de Malakasa hay dos doc­tores para nove­cien­tas per­sonas.

Una infancia entre contenedores y vallas

Hay niños para los que el cam­po de refu­gia­dos se con­vierte en su hog­ar, niños que nacen en Malakasa y tras cin­co años siguen vivien­do ahí. Esto es lo que más le impactó a Savvopoulou Foti­ni, tra­ba­jado­ra de la ONG Kethea Mosa­ic, que estu­vo has­ta 2021 tra­ba­jan­do en cam­pos de refu­gia­dos: “A veces pien­so en esos niños y en que el úni­co entorno que han vis­to es el cam­po. Es muy triste”. 

Cuarenta kilómet­ros del cen­tro de Ate­nas es una dis­tan­cia más que sufi­ciente para ais­lar a los refu­gia­dos y difi­cul­tar su inte­gración. Con­seguir un tra­ba­jo estable o lle­var a los niños al cole­gio se con­vierte en un ver­dadero reto para las famil­ias de Malakasa. Según datos del informe pub­li­ca­do en 2023 por Red SOS Refu­gia­dos Europa, tan solo la mitad de los menores que viv­en en Malakasa y Rit­sona están esco­lar­iza­dos. Tsouros, con­sid­era que el ais­lamien­to que pro­ducen los cam­pos es el may­or prob­le­ma al que se enfrentan los refu­gia­dos.

El muro que separa al campo de refugiados de Ritsona del exterior I Foto: Mario Morón
El muro que sep­a­ra al cam­po de refu­gia­dos de Rit­sona del exte­ri­or I Foto: Mario Morón

Los hijos de Sami­ra son dos de los cien­tos de niños que viv­en en los con­tene­dores de Malakasa. Pero, pese a todas las difi­cul­tades, pertenecen al grupo afor­tu­na­do: muchos de los menores que lle­gan a Gre­cia lo hacen sin el amparo de su famil­ia. Según datos del informe de 2023 de Red SOS Refu­gia­dos Europa, en Gre­cia hay 40.000 niños refu­gia­dos y migrantes, de los cuales 3.854 no están acom­paña­dos.

Los menores no acom­paña­dos gozan de una pro­tec­ción espe­cial. En el mejor esce­nario posi­ble, pasan solo un par de sem­anas en los cam­pos, tiem­po nece­sario para que les hagan el reg­istro. Una vez pasa­do este pla­zo, los reubi­can en refu­gios gra­tu­itos en la ciu­dad. Aunque, según el sec­re­tario de Per­sonas Vul­ner­a­bles y Pro­tec­ción Insti­tu­cional del Min­is­te­rio de Migra­ciones y Asi­lo, Her­a­cles Moskoff, estos cen­tros están sat­u­ra­dos: “Hay 2.000 plazas para 3.000 o 4.000 menores intere­sa­dos”. Des­de el Min­is­te­rio, quieren incluir quinien­tas plazas más, pero recono­cen que no es algo sen­cil­lo. “Es muy caro, el coste por niño al día es de ochen­ta euros”, comen­ta Moskoff.

Se pro­du­jo una agre­sión sex­u­al hace unos meses en Malakasa

La con­gestión de los refu­gios les obliga quedarse has­ta cua­tro meses den­tro de los cam­pos en las safe areas, zonas teóri­ca­mente seguras reser­vadas para los menores, pero que no están dis­eñadas para largas estancias. Tri­ana denun­cia que los menores en las safes areas “no están pro­te­gi­dos de ningu­na man­era, ya que todo el cam­po tiene acce­so a ellos”. Está situación tomó un per­ver­so cariz cuan­do nos enter­amos de la agre­sión sex­u­al con­tra un menor que se pro­du­jo hace unos meses en Malakasa. Moskoff con­sid­era que la respon­s­abil­i­dad recae sobre su Min­is­te­rio, ya que no deberían per­mi­tir que algo así sucediese. “Hemos hecho mejo­ras en las safe areas, como val­las y más turnos de noche”, ase­gu­ra.

El aumen­to de la pre­sión en los cam­pos, tan­to en el número de menores no acom­paña­dos como en el resto de los refu­gia­dos, no solo se debe a que las lle­gadas totales hayan aumen­ta­do, sino al nue­vo pacto migra­to­rio europeo que entró en vig­or en el ver­a­no de 2024. El acuer­do endurece las condi­ciones para migrar, obligan­do a entrar por vías ile­gales a per­sonas que en cir­cun­stan­cias nor­males no se verían forzadas a ello. Este es el caso de los egip­cios: “Antes podían lle­gar a Gre­cia con una visa de tra­ba­jo, de estu­dios o de tur­is­mo; luego se qued­a­ban aquí de man­era irreg­u­lar, pero lle­ga­ban a través de vías seguras. Esto ya no está pasan­do”, sen­ten­cia Tri­ana. Según cuen­ta, han quita­do a Egip­to del lis­ta­do de país­es que pueden acced­er a este tipo de visa­dos, lo que provo­ca que “todas las per­sonas que emi­gran des­de Egip­to se ven forzadas a uti­lizar vías irreg­u­lares”, lo cual incre­men­ta el número de lle­gadas a los cam­pos. 

“Al cumplir los 18, muchos dejan de recibir ayu­das y se quedan en la calle”

El gob­ier­no griego con­sid­era a Egip­to un país seguro, por lo que casi ningún refu­gia­do que proven­ga de ese país con­seguirá reg­u­larizar su situación. La excep­ción son aque­l­los menores que, atien­den de man­era reg­u­lar a clase durante tres años y apren­den griego, pueden con­seguir un per­miso de res­i­den­cia váli­do por diez años. En cam­bio, los que aca­ban de cumplir diecio­cho años, se quedan desam­para­dos. Moskoff dice que des­de su sec­re­taría apues­tan por una “tran­si­ción suave a la adul­tez”, aunque la real­i­dad no siem­pre acom­paña: “Muchos de ellos, cuan­do cumplen los diecio­cho, están fuera del sis­tema de pro­tec­ción, dejan de recibir ayu­das y se quedan en la calle”, comen­ta Sme­topou­los.

Los cam­pos, con el haci­namien­to de per­sonas en con­tene­dores y la mez­cla de cul­turas en su inte­ri­or, supo­nen un cal­do de cul­ti­vo per­fec­to para las peleas: “Estás vivien­do en un con­tene­dor con otras quince per­sonas, uno es de Soma­lia, otro de Pak­istán, otro de Egip­to, otro de Afgan­istán. Eso crea ten­siones que explotan en algún momen­to”, comen­ta Tri­ana. El Gob­ier­no inten­ta clasi­ficar a los refu­gia­dos por país, religión o cul­tura para evi­tar roces, pero debido a la con­gestión en los cam­pos, esto no siem­pre es posi­ble. “No todo el mun­do, por ser refu­gia­do, es una bel­lísi­ma per­sona. Tam­bién hay car­ac­teres, hay agre­sivi­dades. Igual que las hay entre nosotros, las hay entre ellos”, sub­raya Tri­ana.

Pancarta en una manifestación contra la violencia en el campo de refugiados de Malakasa I Foto: SOS Refugiados
Pan­car­ta en una man­i­festación con­tra la vio­len­cia en el cam­po de refu­gia­dos de Malakasa I Foto: SOS Refu­gia­dos
Un hombre muestra sus heridas en una protesta contra la violencia en el campo de refugiados de Malakasa I Foto: SOS Refugiados
Un hom­bre mues­tra sus heri­das en una protes­ta con­tra la vio­len­cia en el cam­po de refu­gia­dos de Malakasa I Foto: SOS Refu­gia­dos

Devoluciones en caliente

En las ofic­i­nas del Min­is­te­rio griego de Migra­ciones y Asi­lo, el sec­re­tario gen­er­al de la Sec­re­taria de Per­sonas Vul­ner­a­bles y Pro­tec­ción Insti­tu­cional, Her­a­cles Moskoff, fija las líneas rojas de la con­ver­sación. Se escu­da en que cier­tos temas “no son de su com­pe­ten­cia”, sino de la Sec­re­taría Gen­er­al de Políti­cas Migra­to­rias den­tro de su mis­mo min­is­te­rio, que ape­nas da entre­vis­tas.

El secretario de Personas Vulnerables y Protección Institucional del Ministerio de Migraciones y Asilo I Foto: Mario Morón
El sec­re­tario de Per­sonas Vul­ner­a­bles y Pro­tec­ción Insti­tu­cional del Min­is­te­rio de Migra­ciones y Asi­lo I Foto: Mario Morón

Entre esos temas más peliagu­dos están las restric­ciones a peri­odis­tas y ONG, las condi­ciones en los cam­pos y los push­backs o, en español, devolu­ciones en caliente: expul­siones ile­gales e inmedi­atas a los migrantes y refu­gia­dos en las fron­teras, sin per­mi­tir­les solic­i­tar asi­lo o acced­er a pro­ced­imien­tos legales. Estas prác­ti­cas son siem­pre obje­to de con­tro­ver­sia y han moti­va­do varias denun­cias por parte de orga­ni­za­ciones inter­na­cionales como la Corte Euro­pea de Dere­chos Humanos, Fron­tex, Médi­cos sin Fron­teras o Amnistía Inter­na­cional. Muchas de estas opera­ciones lle­vadas a cabo por la guardia costera grie­ga han provo­ca­do la muerte de migrantes; los tes­ti­mo­nios de los super­vivientes sue­len hablar de aban­donos en mitad del mar. En enero de este año, el Tri­bunal Europeo de Dere­chos Humanos con­denó, por primera vez, al esta­do griego por los push­backs.

Pasaportes falsos como alternativa

En el cen­tro de Ate­nas, la calle Acharnon, es cono­ci­da por cualquier per­sona que quiera con­seguir doc­u­mentación fal­sa para migrar ile­gal­mente des­de Gre­cia y pro­bar suerte cruzan­do a otro país. No son pocos los que quieren hac­er­lo. La may­or parte de los refu­gia­dos no tienen a Gre­cia como su meta final, pero se ven atra­pa­dos en el país heleno al inten­tar entrar en Italia, Inglater­ra, País­es Bajos o Ale­ma­nia, el des­ti­no predilec­to. “Muchos de los que viv­en en los cam­pos de refu­gia­dos están tan deses­per­a­dos por ten­er una entre­vista que recur­ren a un pas­aporte fal­so”, cuen­ta Tri­ana, que desacon­se­ja pre­gun­tar en esa zona para con­seguir infor­ma­ción: “Si quieres que te den un tiro, sí, porque en esa calle te lo pueden dar muy fácil. Hay muchísi­mas armas ahí”.

Manifestación contra el racismo institucional policial cerca de la calle Acharnon (Atenas) I Foto: Mario Morón
Man­i­festación con­tra el racis­mo insti­tu­cional poli­cial cer­ca de la calle Acharnon (Ate­nas) I Foto: Mario Morón

Exis­ten grandes difer­en­cias de pre­cio entre pas­aportes de dis­tin­tas nacional­i­dades debido a la com­ple­ji­dad de su fab­ri­cación. El más bara­to es el iraquí, que tan “solo” cues­ta quinien­tos euros, mien­tras que el más caro, el sirio, ron­da los 3.000. La mafia muchas veces usa a los pro­pios refu­gia­dos para pro­mo­cionar su pro­duc­to. “Todo el mun­do conoce esto”, ase­gu­ra Foti­ni.

Muchos se ven abo­ca­dos a la pros­ti­tu­ción o al trá­fi­co de dro­gas para pagar un pas­aporte fal­so


Al no poder tra­ba­jar de man­era legal debido a la fal­ta de pape­les, muchos se ven oblig­a­dos a dedi­carse a la pros­ti­tu­ción o al trá­fi­co de dro­gas para poder pagar un pas­aporte fal­so. Tra­ba­jos donde la mafia cobra un per­ver­so pro­tag­o­nis­mo: “En el momen­to en el que creas una restric­ción, creas al mis­mo tiem­po una opor­tu­nidad para que la mafia gane dinero”, comen­ta Sme­topou­los.

“El no ten­er nada, suma­do a la deses­peración, hace que algunos de los refu­gia­dos se metan en activi­dades ile­gales”, argu­men­ta Foti­ni. Esto supone la excusa per­fec­ta para quienes sostienen que todos los refu­gia­dos son mal­os, de la que se ali­men­tan gru­pos como Amanecer Dora­do, un par­tido de corte ultra­na­cional­ista que fue declar­a­do orga­ni­zación crim­i­nal e ile­gal­iza­do en 2020. Según cuen­ta Foti­ni, en el pasa­do real­iz­a­ban ataques con­tra la comu­nidad refu­gia­da, pero hoy en día han desa­pare­ci­do casi por com­ple­to.

Manifestación contra la violencia policial racista en Atenas I Foto: Mario Morón
Man­i­festación con­tra la vio­len­cia poli­cial racista en Ate­nas I Foto: Mario Morón

Por su parte, Moskoff con­sid­era que la cri­sis de los refu­gia­dos “a niv­el políti­co y peri­odís­ti­co, se tra­ta más como una ame­naza y un peli­gro que como una opor­tu­nidad o algo fácil de mane­jar”. En un país de diez mil­lones y medio de habi­tantes como es Gre­cia, el número de refu­gia­dos no lle­ga a las 200.000 per­sonas, según datos de ACNUR. 

Según las estadís­ti­cas de otros país­es europeos, como España o Italia, los extran­jeros come­ten en pro­por­ción más crímenes que los nacionales. En Gre­cia, donde no hay datos ofi­ciales sobre el crimen des­glosa­dos por nacional­i­dad, tam­bién com­parten esta per­cep­ción.

Pese a esta escasez de infor­ma­ción, des­de las ONG apun­tan a la pobreza, a la men­di­ci­dad y a la mar­gin­al­i­dad como las respon­s­ables de esta may­or pro­por­ción en el crimen. Los refu­gia­dos son líderes de todas estas vari­ables, de estos fac­tores de ries­go. “Si no estás inte­gra­do, la crim­i­nal­i­dad apare­cerá. Aquí está claro que no hace­mos una bue­na inte­gración”, señala tajante Foti­ni. Según ella, la ubi­cación de los cam­pos, tan ale­ja­da de la ciu­dad, es una man­era “de dejar­los fuera de la sociedad” y hac­er que vivan en gue­tos. Que no quier­an quedarse en el país heleno de for­ma per­ma­nente, sino que lo con­sid­eren un “país de trán­si­to”, la difi­cul­tad del idioma griego o la fal­ta de pro­gra­mas que les ayu­den son fac­tores que com­pli­can su inte­gración. Tsouros sostiene que “la mitad de la respon­s­abil­i­dad es de los refu­gia­dos, mien­tras que la otra mitad es de Gre­cia”.

Eva cree que no hay que gen­er­alizar, pero que las “estadís­ti­cas no pueden obviarse”. Tras más de cin­co meses tra­ba­jan­do en los cam­pos de Malakasa y de Rit­sona ha nota­do acti­tudes y gestos que no le han gus­ta­do rela­ciona­dos con ser mujer: “Notas cosas que quizás tú en tu cul­tura no acep­tas, cosas que me he tenido que tra­gar. En España reac­cionaría y no lo acep­taría. Aquí lo acep­to y sigo con mi día”. Con­sid­era que no hay que igno­rar los datos aunque esto sea políti­ca­mente incor­rec­to. “El hecho de que seas hom­bre, de qué cul­tura ven­gas, qué religión ten­gas o qué edad ten­gas, impor­ta. Hay que ten­er en cuen­ta abso­lu­ta­mente todo”, afir­ma.

Refugiados en Grecia, toda una incógnita

La coyun­tu­ra económi­ca del país heleno no hace fácil la recep­ción de refu­gia­dos: “La situación en Gre­cia es muy difí­cil, el gob­ier­no no les ayu­da y hay muchos refu­gia­dos. Toda esta situación vuelve a la gente más racista”, sostiene Tsouros. Tras más de una déca­da des­de la cri­sis económi­ca de 2008, sus secue­las se siguen notan­do y los grie­gos todavía no se han recu­per­a­do del todo. En este con­tex­to muchos se pre­gun­tan si son capaces de ayu­dar o, inclu­so de ser­lo, si deberían hac­er­lo. “No es que la gente ten­ga fal­ta de empatía, sino que están cansa­dos”, sostiene Sme­topou­los.

Según con­fir­man dis­tin­tas ONG, la may­or parte del dinero que se gas­ta en los refu­gia­dos no viene del esta­do griego, sino de la Unión Euro­pea. Foti­ni señala que el prob­le­ma, no es tan­to económi­co, sino de coor­di­nación y buro­c­ra­cia. Por su parte, Tsouros cree que el dinero que el país­recibe “no se gas­ta de man­era ade­cua­da para que la gente se inte­gre”. Des­de su pun­to de vista, la políti­ca del Gob­ier­no está enfo­ca­da en “que los refu­gia­dos no quier­an venir a Gre­cia”.

Una familia regresa al campo de Malakasa I Foto: Mario Morón
Una famil­ia regre­sa al cam­po de Malakasa I Foto: Mario Morón

Mafias estafado­ras, condi­ciones cues­tion­ables en los cam­pos, devolu­ciones en caliente o tra­bas buro­cráti­cas inter­minables: los prob­le­mas no se mar­charon con la exposi­ción mediáti­ca en 2016. Como señala Tri­ana, jun­to a esta exposi­ción se marchó tam­bién la finan­ciación: “En 2015 y en 2016 caía el dinero de los árboles a las ONG, aho­ra quedamos cua­tro con­tadas”. La con­se­cuen­cia direc­ta es, según ella, que “se vul­ner­an dere­chos al no haber pre­sión ni pres­en­cia inter­na­cional que los pue­da denun­ciar”. 

No se puede saber si mejo­rarán las condi­ciones de los cam­pos, si se acor­tará la espera para las entre­vis­tas o si se pon­drá fin a los deten­tion cen­ters. Tam­poco si Sami­ra podrá asen­tarse en Gre­cia con sus dos hijos o si Youssef volverá a reen­con­trarse con su famil­ia. Solo una cosa parece clara: cuan­tos menos ojos haya, may­ores serán las vul­nera­ciones de dere­chos.

Autores

2 comentarios en «Refugiados en Grecia: la crisis olvidada»

  • Muy intere­sante, muy bien escrito. Crudo y direc­to, no se deja ningún detalle tratan­do un tema obvi­a­do y rel­e­vante. Muchas gra­cias.

    Respuesta
  • Mario, es un repor­ta­je buenisi­mo, bien doc­u­men­ta­do ‚tocan­do cada punto,desde la absolu­ra objerividad,sin caer en el buenis­mo de un gran problema,rodeado de buro­c­ra­cia e intere­ses que con­vierte a los refu­gia­dos en poten­ciales delin­cuentes por la fal­ta de sal­i­das que por otra parte son pocas y muy difi­ciles de artic­u­lar. Creo que lanuni­ca solu­cion esta en el ori­gen, si antes de salir cono­ciesen la real­i­dad a la que se van a enfrentar y que estadis­ti­ca­mente es imposi­ble alcan­zar las expec­ta­ti­vas, muchos lo pen­sar­i­an , muchos val­o­rar­i­an su situa­cion y no se jugar­i­an su vida a la lote­ria. Otra situa­cion son los aut­en­ti­cos refu­gia­dos que entre el fuego y la sarten, saltan a la sarten como una pata­da hacia ade­lante en pura super­viven­cia.

    Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Plugin the Cookies para Wordpress por Real Cookie Banner