Un ángel, unas nubes y un volcán sinfónico
La London Symphony Orchestra desata su potencia en el Auditorio Nacional bajo la batuta de Gianandrea Noseda en una noche de tensión, lirismo y precisión milimétrica

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La velada del 19 de febrero en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional tuvo algo de acontecimiento: la London Symphony Orchestra regresaba a Ibermúsica con Gianandrea Noseda al frente y Patricia Kopatchinskaja como solista invitada en un programa tan coherente como exigente con Debussy, Berg y Rachmaninov. Fue un concierto pensado como viaje. De las brumas impresionistas de Nuages al estallido emocional de la Primera sinfonía de Rachmaninov, pasando por el laboratorio expresionista del Concierto para violín de Berg.

La cita se inscribía en la gira española de la London Symphony Orchestra, con paradas en Barcelona, Zaragoza, Valencia y Sevilla, y con Noseda como arquitecto sonoro del proyecto. En Madrid, Ibermúsica reservó al público un programa distinto al de otras ciudades, con el Concierto para violín de Berg y la presencia magnética de Kopatchinskaja, mientras en otras plazas el solista era Seong‑Jin Cho, con Chopin. La sensación, desde el primer vistazo al programa, era de apuesta fuerte: nada de repertorio fácil, sino tres obras que exigen concentración y una orquesta en plenitud.

El concierto se abrió con Nuages y Fêtes, dos de los Nocturnos de Debussy, concebidos como cuadros de atmósfera más que como formas sinfónicas tradicionales. Noseda optó por una lectura de Nuages extrema en el control, cuidando la respiración de las frases y la pureza de las entradas de madera, lo que permitió escuchar con nitidez el vaivén casi estático del motivo principal en las cuerdas. El resultado fue una textura flotante, con un vibrato muy contenido en los violines, que reforzaba la impresión de nubes que se desplazan sin prisa.

El contraste con Fêtes fue inmediato: cambio de carácter, impulso rítmico y brillo orquestal. Aquí Noseda se mostró más expansivo, marcando con claridad los acentos y potenciando el juego de “focos” sonoros: fanfarrias de metal, ráfagas de cuerda en staccato, percusión incisiva. La London Symphony respondió con precisión casi mecánica, pero sin perder el carácter festivo, con un uso muy flexible del rubato que evitó cualquier sensación de rigidez.

El primer gran reto

El Concierto para violín de Berg, dedicado “A la memoria de un ángel”, suponía el primer gran reto de la noche. Patricia Kopatchinskaja, conocida por su aproximación física y teatral al repertorio, construyó una versión que subrayaba la fractura interior de la obra más que su posible lirismo proustiano. Su sonido no buscó la belleza homogénea, sino un espectro de colores cambiante, a veces áspero, a veces filiforme, con un uso expresivo del sul ponticello y del sul tasto para subrayar tensiones armónicas.

La solista jugó con una afinación extremadamente precisa que permitía que las disonancias con la orquesta se percibieran como choques calculados, no como accidentes. Noseda, por su parte, se concentró en dar unidad a una partitura que puede parecer dispersa, manteniendo una clara línea de tensión a través de los cambios de textura y de densidad. Las entradas y salidas del solista estuvieron siempre milimetradas, con una flexibilidad de tempo que daba la sensación de respiración conjunta más que de simple acompañamiento.

Un detalle técnico significativo fue el tratamiento de las dinámicas: muchos pasajes se mantuvieron en un mezzopiano sostenido, lo que permitió reservas de energía para los clímax, especialmente en la sección que incorpora el coral luterano. Aquí la interacción entre el vibrato contenido de la solista y el canto amplio de las cuerdas graves de la orquesta generó uno de los momentos más intensos de la noche. El público pareció percibir esa tensión silenciosa, con una escucha muy concentrada y un silencio casi total entre movimientos.

La segunda parte estuvo dedicada a la Sinfonía nº 1 en re menor, op. 13, de Rachmaninov, obra de juventud de arquitectura cíclica y carácter tormentoso. Noseda, que ya había demostrado en otras ciudades de la gira una afinidad especial con este repertorio, propuso una lectura de enorme energía, subrayando la continuidad de los motivos a través de los cuatro movimientos. Desde el arranque, el tema principal apareció con una mezcla de severidad y tensión que marcó el tono dramático de toda la interpretación.

En el primer movimiento destacó la claridad de los planos sonoros: el tema fugado se escuchó con una definición poco habitual, gracias a un ataque decidido de las cuerdas y a una articulación limpia en las maderas. La orquesta mantuvo un legato firme incluso en los pasajes más densos, evitando el efectismo fácil y preservando la lógica interna de la escritura. El segundo movimiento, con su carácter más irónico y danzable, funcionó como un paréntesis nervioso, en el que Noseda jugó con tempi animados y acentos casi sarcásticos.

Aplausos largos e insistentes

El Andante permitió lucirse a los solistas internos: clarinete y violonchelo dibujaron un diálogo apoyado en un fraseo largo y en dinámicas controladas. Aquí la London Symphony mostró su capacidad para hacer “cantar” la cuerda con un sonido amplio pero nunca pesado, sosteniendo líneas de arco muy largas que daban coherencia al discurso. El movimiento final, en cambio, fue un despliegue de potencia orquestal desbordante, con la sección de metales en plena forma y una percusión siempre integrada, sin caer en el estruendo.

Resultó especialmente interesante el modo en que Noseda manejó las transiciones entre secciones: los cambios de tempo no se percibieron como cortes, sino como dilataciones y contracciones del mismo pulso interno. Esta concepción casi orgánica de la forma reforzó la idea de unidad cíclica, permitiendo que los motivos reaparecieran como recuerdos deformados más que como simples repeticiones.

Los aplausos, largos e insistentes, obligaron a Noseda a volver al podio para ofrecer una propina: la Polonesa de Eugenio Oneguin de Chaikovski, ya utilizada como bis en otras ciudades de la gira. Fue una lectura brillante, con un punto de rudeza en el acento que subrayaba el carácter danzable y teatral de la pieza. La cuerda, nuevamente ampliada, sonó compacta y elástica, mientras los metales coronaban las frases sin tapar al resto.

Al final, la impresión general fue la de una orquesta en estado de gracia, capaz de combinar refinamiento tímbrico y potencia sin perder coherencia estilística. Noseda actuó menos como mero director invitado y más como auténtico arquitecto del programa, hilando los contrastes entre Debussy, Berg y Rachmaninov hasta convertir la noche en un relato continuo de color, tensión y memoria sonora. Para el público madrileño, fue una de esas citas que justifican por sí solas una temporada entera.

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