El feminismo no se jubila

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Un grupo de octogenarias gana el premio a la Mujer Excelente del Ayuntamiento de Tres Cantos por su proyecto que reivindica la figura de la mujer mayor

“¿No hay un pin­ta­l­abios por aquí?”, pre­gun­ta Beat­riz González mien­tras bus­ca a su alrede­dor con la mira­da. Una de las enfer­meras de la res­i­den­cia se acer­ca con un bril­lo de labios y la ayu­da a aplicárse­lo. A su lado, María Gal­lar­do son­ríe: “Aho­ra sí podemos empezar a char­lar”. Beat­riz y María son res­i­dentes de la res­i­den­cia Ballesol de Tres Can­tos y están vivien­do un ocho de mar­zo difer­ente: ellas y sus com­pañeras han gana­do el pre­mio a la Mujer Exce­lente del Ayun­tamien­to de la local­i­dad madrileña y, en unas horas, irán a recoger­lo. 

Vic­to­ria Neira, con un lazo mora­do en su cha­que­ta, con moti­vo del 8 de mar­zo. | Fotografía: María Alamil­lo

Beat­riz, de ochen­ta y seis años, y María, de ochen­ta y ocho, com­parten pro­tag­o­nis­mo con Vic­to­ria Neira, que hace poco cumplió los cien, Trinidad Rubio y Elisa Gutiér­rez. En real­i­dad, el grupo es más grande: son ocho mujeres, pero no todas podrán salir. Es un viernes 7 de mar­zo frío, el vien­to sopla con fuerza y la llu­via no da tregua. “Íbamos a ir con nue­stros dis­fraces, pero con este día no nos apetecía”, comen­ta Beat­riz. La media de edad ron­da los ochen­ta y cin­co, y algu­nas han preferi­do no expon­erse a un res­fri­a­do.

Contra el edadismo

El reconocimien­to se lo dan por una ini­cia­ti­va que nació casi por casu­al­i­dad. María Redon­do, téc­ni­ca supe­ri­or de ani­mación socio­cul­tur­al, se enteró de que el Ayun­tamien­to con­vo­caría un con­cur­so con moti­vo del 8 de mar­zo y tuvo claro que las mujeres de la res­i­den­cia tenían que par­tic­i­par. Fue entonces cuan­do se le ocur­rió la idea: “Cada una rep­re­sen­taría algo por lo que las mujeres han lucha­do siem­pre”, expli­ca. Surgió entonces un hom­e­na­je a la gen­eración de aque­l­las que desafi­aron las nor­mas en un tiem­po donde pocas opciones esta­ban per­mi­ti­das.

Las res­i­dentes no tar­daron en sumarse. Una se vis­tió de Bar­bie porque, como dice Beat­riz “puede ser lo que ella quiera”, otra de sol­da­do, otra de rock­era, otra de diva y otra apare­ció con pájaros en la cabeza. Se dis­frazaron para mostrar que las mujeres, tam­bién ellas, han esta­do en todas las pro­fe­siones y espa­cios. Cada elec­ción rep­re­senta­ba un men­saje: la lucha por ocu­par espa­cios veta­dos, la reivin­di­cación del dere­cho a la rebeldía, la trans­for­ma­ción de estereoti­pos… 

Las ocho mujeres car­ac­ter­i­zadas. Arri­ba (de izquier­da a derecha): Vic­to­ria Neira, Mª Anto­nia Rue­da, María Gal­lar­do y Trinidad Rubio. Aba­jo (de izquier­da a derecha): Ascen­ción Ter­rón, Elisa Gutiér­rez, Beat­riz González y Rosario Rivas | Mon­ta­je: Infoac­tu­al­i­dad

“A muchas de noso­tras nos dijeron que no podíamos estu­di­ar, que el lugar de la mujer era la casa”, recuer­da Beat­riz. A pesar de esto, ella tra­ba­jó en sas­tr­erías y preparó oposi­ciones para acced­er a Tele­fóni­ca. “No llegué a entrar porque mi novio me dijo que no le gusta­ba la idea y, en aquel tiem­po, a los hom­bres se les hacía caso”, con­fiesa. “Fue el dis­gus­to más grande que le di a mi madre, fue muy difí­cil decir­le que había renun­ci­a­do. A día de hoy, me sigue pesan­do”.

Esa sen­sación de opor­tu­nidades negadas es común entre ellas. María quería ser arqui­tec­ta, pero ni siquiera se lo plantearon en casa: “A mi her­mano, en cam­bio, le dieron todas las facil­i­dades para estu­di­ar”. Trinidad cre­ció en un Madrid donde la escuela era para los chicos, y, aunque ella pudo estu­di­ar, recuer­da jun­to a Elisa que no había muchas opciones: “Las dos estu­di­amos Mag­is­te­rio, porque, jun­to a Enfer­mería, era lo úni­co que podíamos estu­di­ar las mujeres”. Vic­to­ria recuer­da cómo su padre le pro­hibió tra­ba­jar fuera de casa. “Nos dijeron que eso era lo nor­mal”, lamen­ta.

Beat­riz González y Vic­to­ria Neira durante la entre­vista en la res­i­den­cia Ballesol Tres Can­tos. | Fotografía: María Alamil­lo

El edadis­mo tam­bién está en el cen­tro de su men­saje. “Parece que, cuan­do eres may­or, ya no cuen­tas”, comen­ta Vic­to­ria, que con cien años con­ser­va una memo­ria envidi­a­ble y un humor afi­la­do. Pero ellas siguen aquí, con voz propia, reivin­di­can­do que la lucha no ter­mi­na con la edad. “Voso­tras tenéis aho­ra muchas opor­tu­nidades. ¡Aprovechad­las!”, acon­se­ja Beat­riz.

Las que vinieron antes

Toda his­to­ria, y esta tam­bién, esconde un lati­do, un esfuer­zo que la impul­sa. “No pen­samos que esto ten­dría esta reper­cusión. La idea era que cada una rep­re­sen­tara algo por lo que se ha esta­do luchan­do siem­pre y que fuese una cosa para ellas”, con­fiesa María Redon­do.

María Redon­do. téc­ni­ca supe­ri­or de ani­mación socio­cul­tur­al, y Sonia Fer­nán­dez, direc­to­ra de la res­i­den­cia Ballesol Tres Can­tos. | Fotografía: María Alamil­lo

La ini­cia­ti­va ha devuel­to la ilusión a ocho mujeres que, como ase­gu­ra Redon­do, “ya eran mujeres empoder­adas de antes, aunque el proyec­to las ha empoder­a­do todavía más”. Pertenecen a una gen­eración que libró batal­las silen­ciosas con­tra lo impuesto, que desafió nor­mas que parecían inamovi­bles: ten­er voz y voto, ele­gir su edu­cación, decidir con quién com­par­tir ‑o no- sus vidas. Se pre­sen­taron al con­cur­so bajo un nom­bre que es en sí mis­mo un hom­e­na­je: Las que vinieron antes.

Hay un ambi­ente de orgul­lo en el cen­tro: “Todas las tra­ba­jado­ras nos hemos vis­to refle­jadas en ellas. Las res­i­dentes, las tra­ba­jado­ras… Todas somos mujeres y nos apoy­amos mucho”, dice la direc­to­ra de la res­i­den­cia, Sonia Fer­nán­dez. Esta soror­i­dad inter­gen­era­cional es la que ha hecho que la ini­cia­ti­va tra­scien­da. Las com­pañeras, mien­tras tan­to, inter­cam­bian bro­mas y recuer­dos entre ellas, pero tam­bién lan­zan men­sajes direc­tos a las nuevas gen­era­ciones: “Que las jóvenes no den por hecho lo que tienen. Hubo que pelear­lo mucho”.

La edad no es un límite para com­pren­der la lucha. Al con­trario, estas mujeres demues­tran que la igual­dad no es una meta, sino un camino que se tran­si­ta cada día. Para ellas, el 8M no es solo una fecha en el cal­en­dario. Cuan­do ter­mine la entre­vista, las cin­co del grupo que podrán acud­ir se prepararán para la gala. El pre­mio es un reconocimien­to, pero saben que lo impor­tante es el men­saje: “Que se nos vea. Que no se olvide lo que costó y que se man­ten­ga”.

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