Historias y vidas de un excorresponsal

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Daniel Peral narra su experiencia como periodista

Fuera, las luces blan­cas de las nuevas faro­las embel­le­cen la noche de la plaza de Ola­vide, en el cen­tro de Madrid. Den­tro, el naran­ja de las luces cál­i­das ilu­mi­na las lec­turas que él hace en el bar de libros que fre­cuen­ta, un sitio “muy acoge­dor”, describe. Daniel Per­al repasa su vida en el peri­odis­mo entre grandes silen­cios y un con­ver­sar lento y largo, que a veces enfa­ti­za con tacos. Así nar­ra su his­to­ria, con el mis­mo esti­lo con el que sigue escri­bi­en­do todo lo que retiene en la memo­ria: lo apren­di­do de sus lec­turas de niño, de las grandes fig­uras de la his­to­ria, e his­to­rias, que ha vivi­do y cono­ci­do y de los idiomas, gentes y paisajes que ha recor­ri­do durante sus via­jes por Europa, Améri­ca y Ori­ente.

Pre­sume de su alias, el Palesti­no, como le llam­a­ban los com­pañeros con los que tra­ba­jó en Radio Tele­visión Españo­la (RTVE) cuan­do con­sigu­ió abrir la primera cor­re­spon­salía en Jerusalén en 1996. En Palesti­na, en Gaza y en lo que él lla­ma  “el mun­do árabe”, Per­al encuen­tra uno de sus tres hog­a­res nat­u­rales, jun­to con España y Berlín. De Ale­ma­nia conoce el frío de su invier­no y recuer­da la espe­sa niebla que no le deja­ba ver el camino de las autopis­tas cuan­do recor­ría en coche la fron­tera de la parte ori­en­tal. Cono­ció la Repúbli­ca Democráti­ca de Ale­ma­nia y vivió su unifi­cación, además de la de los país­es europeos en el trata­do de Maas­tricht.

Lo que sabe lo reg­is­tra, porque todavía escribe colum­nas, cróni­cas y algunos libros que aún no están ter­mi­na­dos. Lo trans­mite en El Mun­do, en Con­tex­to, en RTVE, cade­na en la que tra­ba­jó has­ta el ERTE de 2007, y tam­bién en cafeterías. Lo expli­ca con detalle y gra­cia a sus lec­tores, ami­gos, cono­ci­dos y a todo el que le pre­gunte. 

¿Cuándo y dónde estudió Periodismo?

Soy de la primera pro­mo­ción de la Fac­ul­tad de Cien­cias de la Infor­ma­ción de la Uni­ver­si­dad Com­plutense de Madrid, cuan­do se abrió en febrero de 1972 en la vie­ja Escuela de Cine, sede de las Escue­las Ofi­ciales de Cin­e­matografía y de Tele­visión. 

Estuve a pun­to de estu­di­ar en la antigua Escuela de Peri­odis­mo, que tenía un exa­m­en de ingre­so que aprob­a­ba un máx­i­mo de trein­ta peri­odis­tas. Entra­ba solo gente con vocación. Se decidió entonces, en 1972, subir el niv­el del estu­dio y con­ver­tir­lo en  car­rera uni­ver­si­taria. Mucha gente de otras car­reras, como Cien­cias Políti­cas o Soci­ología, inclu­so estu­di­antes de Far­ma­cia, se metieron en Peri­odis­mo.

Daniel Peral, RTVE
Daniel Per­al durante su tra­ba­jo como cor­re­spon­sal en Ale­ma­nia | Foto: archi­vo


¿Llegó a ver la construcción de la Facultad? 

Fui a recoger unas notas a la fac­ul­tad nue­va, la que se con­struía. Pero toda mi vida estu­di­antil, dig­amos, la hice en la Escuela de Cine. 

Se formó en el final de la dictadura franquista ¿Cómo era el ambiente universitario?

Esta­ba total­mente poli­ti­za­do. Marx­is­tas, lenin­istas, todos seguían a Mao Zedong, cuya figu­ra lid­er­a­ba el pen­samien­to de Cien­cias Políti­cas y, por tan­to, de la vida uni­ver­si­taria. Había bas­tante bron­ca por esas fechas por las reuniones clan­des­ti­nas que dis­olvía la policía. Era muy gra­cioso. Recuer­do a la lid­ere­sa de la fac­ul­tad de Políti­cas, la llamábamos Cuca la Roja. Pero la ten­sión políti­ca esta­ba en todo el país, no solo en la uni­ver­si­dad. 

¿Cómo era vivir bajo una dictadura?

Ten­go todavía el bor­rador de un tex­to que hice sobre el Madrid de los años sesen­ta, de cuan­do estu­di­a­ba en el Insti­tu­to Car­de­nal Cis­neros. Era una época muy gris: la calle, la ropa, las fachadas y la gente. En España todo era gris. 

Igual que la gente de mi entorno, esta­ba har­to. Sabíamos que fuera era dis­tin­to. Con cua­tro duros que tenía, me fui a Ale­ma­nia, a Holan­da y a Lon­dres y, en autostop, a París. Fue uno de los via­jes más boni­tos que hice, ahí nos encon­tramos con la lib­er­tad. Poder ver a un com­pañero marx­ista que venía de Barcelona con el puño en alto… A vosotros eso os chocará, pero nosotros vivíamos en un país donde todo era gris. Queríamos otro mun­do. 

 ¿También veía gris el futuro de la profesión?

No pen­sábamos en eso. No pen­sábamos en la como­di­dad. No había ese machaqueo, ese golpe­teo sobre condi­ciones. No pen­sábamos que fuera fácil ni difí­cil porque no teníamos tan­tas ambi­ciones económi­cas. Quizás tuviése­mos una esper­an­za ingen­ua.

 Empecé cubrien­do acci­dentes de trá­fi­co. Me provo­ca­ba sudores pen­sar en cómo nar­rar­los

¿Recuerda alguna lección de la universidad?

No, solo recuer­do una cosa de la uni­ver­si­dad: que la obje­tivi­dad es imposi­ble. Para mí, el peri­odis­mo tiene que ver con la prác­ti­ca. Puedes ten­er toda una base de conocimien­tos, pero debes saber apli­car­los a la hora de enfrentarte a los muchos temas que tiene que tratar un peri­odista. El peri­odis­mo es una respon­s­abil­i­dad, un ofi­cio que requiere de instin­to y prác­ti­ca. 

Y usted, ¿cómo empezó en la profesión?

Des­de cero, con una plaza en Radio Nacional. Fui el número uno de una oposi­ción a la que se pre­sen­taron cer­ca de tre­scien­tas per­sonas. No sé qué pasó. 

Empecé con las cober­turas de acci­dentes de trá­fi­co. Me provo­ca­ba sudores pen­sar cómo tenía que tra­ducir el lengua­je téc­ni­co de los partes de la Guardia Civ­il, dar­le col­or a una nota tan ári­da y tan insul­sa que siem­pre habla­ba de lo mis­mo: coches, acci­dentes, cur­vas y heri­dos. En ese caso, la clave esta­ba en encon­trar ele­men­tos que me per­mi­tier­an una nar­ración más lit­er­aria, tam­bién mod­i­f­i­can­do la con­struc­ción gra­mat­i­cal. 

Un año después de empezar a tra­ba­jar en Cáceres, en el ochen­ta y uno, me trasladaron a la primera sec­ción inter­na­cional que se for­mó en Radio Nacional y, a los dos años, empecé con el tema de Palesti­na. 

Y desde ahí comenzó su carrera en el mundo árabe

Sí, tuve esa suerte. Así empecé en el peri­odis­mo inter­na­cional, con mucha pasión, con la cober­tu­ra del Con­se­jo Nacional de Palesti­na, que esta­ba exil­i­a­do en Argelia. Era un tema muy com­pli­ca­do, muy duro, pero fue mi primer con­tac­to con el mun­do árabe. Pude hablar con Yass­er Arafat y con los jefes de todos los gru­pos de la Orga­ni­zación para la Lib­eración de Palesti­na y del Frente Democráti­co por la Lib­eración de Palesti­na.

Ver, para luego sen­tir la emo­ción de con­tar­lo

¿De dónde viene su interés por lo que sucede en el mundo?

Con siete años devor­a­ba los per­iódi­cos que com­pra­ba mi padre cada domin­go. Era una tradi­ción. Así me enter­a­ba de lo que sucedía en el mun­do y soña­ba con ver­lo algún día, cuan­do fuese may­or. Quería ver para luego con­tar. Había leí­do sobre muchos temas y, una vez los pude ver, falta­ba la parte más impor­tante para un peri­odista: con­tar­lo des­de la emo­ción. Ese es el tra­ba­jo. 

Lo aprendí en la cober­tu­ra que hice en 1988 sobre la primera intifa­da. Vi cómo la gente se metía en la mezqui­ta de Al-Aqsa ante los gas­es y los dis­paros de los israelíes. Yo me decía a mí mis­mo: Estoy vien­do esto aquí ¿no? Ver, para luego sen­tir la emo­ción al con­tar­lo. 

¿Cómo cree que debe transmitir las historias un periodista?

Empezar con el back­ground, como en la pren­sa anglosajona, sobre todo del The Guardian. Tienes que enten­der y explicar el porqué de los hechos, qué hay deba­jo de los prob­le­mas como la guer­ra en Gaza. 

Cuan­do yo hacía las cróni­cas en Por­tu­gal quería trans­mi­tir todo, explicar has­ta los tics cul­tur­ales de los diri­gentes. Sue­na banal, pero siem­pre he segui­do el mod­e­lo de Reuters: noti­cia, quote, who said that y, jus­to después, el back­ground. Si lo haces con emo­ción, tra­sciende. Hay que con­vencer al con­tar una his­to­ria. Sobre todo, en inter­na­cional.

Trabajó como corresponsal en Jerusalén en 1996, ¿fue el primero de RTVE?

Con el ini­cio del gob­ier­no de Aznar hubo un cam­bio en la políti­ca de la tele­visión y se decidió abrir la cor­re­spon­salía en Jerusalén. Uno de los jefes conocía mi trayec­to­ria en medio ori­ente y dijo: “Coño, la cor­re­spon­salía, para Dani, el Palesti­no”. 

Yo llev­a­ba tra­ba­jan­do en Ale­ma­nia para RTVE seis años y no aguanta­ba más. En junio hay una niebla de la hos­tia. Entonces me lo ofrecieron y dije que sí. Y así fui el primero en abrir la cor­re­spon­salía. Llegué a casa para decírse­lo a mi mujer. Una bron­ca enorme. Con la famil­ia, todo es más com­pli­ca­do. 

¿Cómo trabajaba?

Jerusalén es un país muy com­ple­jo. Para com­pren­der­lo, usé un úni­co libro: la Bib­lia. Arran­qué la cor­re­spon­salía solo. Lo primero que hice fue acred­i­tarme, con­seguir con­tac­tos e infor­marme para hac­er las cober­turas sobre los actos políti­cos, las ruedas de pren­sa de Netanyahu y, sobre todo, para cubrir la bron­ca. 

He esta­do en zonas mil­i­ta­rizadas al bor­de de la fran­ja de Gaza ame­nazadas por los dis­paros de los snipers. En esos momen­tos, la quími­ca de mi cere­bro me cam­bi­a­ba, y la emo­ción me super­a­ba. Eso me hacía entrar en las zonas mil­itares. Sen­tía mucha emo­ción, mucha adren­a­li­na. Me devor­a­ba por den­tro. No comía ni dor­mía. Pero luego, cuan­do hacía un buen tra­ba­jo, una cosa boni­ta, sen­tía una gran sat­is­fac­ción.

Daniel Peral, corresponsal de RTVE
Daniel Per­al en Berlín | Foto: cedi­da

Su primer trabajo como corresponsal en RTVE fue en Alemania, ¿por qué ese país?

Cuan­do via­jé por primera vez a Ale­ma­nia, en 1971, me di cuen­ta de que los letreros no esta­ban en inglés. No me enter­a­ba de nada, así que decidí estu­di­ar su idioma por mi cuen­ta. 

Admira­ba sus autopis­tas de tres car­riles cuan­do me iba con el coche a Pots­dam o a Bran­den­bur­go. Me quedé mar­avil­la­do del poderío de Baden-Würt­tem­berg. Luego regresa­ba a mi hog­ar, a Berlín. Esta­ba con­ven­ci­do de mi obje­ti­vo: quería ser alemán. O, al menos, ser cor­re­spon­sal. Y entonces, joder, lo con­seguí.

¿Vio la caída del muro de Berlín?

Me des­ti­naron a Ale­ma­nia en 1990. El muro había caí­do en noviem­bre del 89. Cubrí todo el pro­ce­so de la reunifi­cación.

Cuan­do llegué, jun­to con el equipo de cámaras, estu­vi­mos un mes entero tra­ba­jan­do de ocho de la mañana a diez de la noche. Fuimos a Leipzig, a Erfurt, recor­ri­mos en coche todo el este de la Repúbli­ca Democráti­ca Ale­m­ana. No teníamos horario. La unifi­cación ale­m­ana sucede una vez en la vida. 

¿Cómo fue su salida de RTVE?

Esta­ba a pun­to de jubi­larme, hacien­do un repor­ta­je en Lis­boa sobre la desapari­ción de Madeleine McCann que me había lle­va­do tres meses de tra­ba­jo. Con todo el mate­r­i­al me puse a escribir a lo bes­tia, vom­i­tan­do toda la infor­ma­ción y el min­u­ta­je. Al día sigu­iente me lla­ma el jefe. Me acaba­ban de cesar. Querían reju­venecer la sec­ción de inter­na­cional. Políti­ca, supon­go. 

Tras var­ios cafés, la grabado­ra se apa­ga y la entre­vista ter­mi­na. Pero Daniel sigue hablan­do. Lo hace mien­tras regre­sa al frío de la noche ilu­mi­na­da de la plaza de Ola­vide del que tra­ta de pro­te­gerse con el ele­gante som­brero que recoge del perchero jun­to con su abri­go y bufan­da. 

Trans­mite lo que la grabado­ra no reg­istró. Opina, repasa las anéc­do­tas y ofrece detalles de la gente que le rodeó en su ofi­cio. Sus pobladas cejas se arquean y, entre son­risas y miradas de picardía, advierte: “Todo esto es off the record”. 


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