28 de abril: a oscuras, pero bajo la luz del día

Contraplano

En esta sec­ción, el peri­odista vuelve hacia sí la cámara para con­tarnos lo que ve des­de una per­spec­ti­va per­son­al. Esa cámara, que debe enfo­car los hechos y a los pro­tag­o­nistas de la noti­cia, se gira de for­ma excep­cional hacia el peri­odista para que pue­da mostrarnos lo que hay detrás de sus pal­abras, lo que ha exper­i­men­ta­do y lo que ha sen­ti­do mien­tras informa­ba. No es solo un plano opuesto. Es una nar­ración que com­ple­men­ta al rela­to infor­ma­ti­vo. Si en las otras sec­ciones del per­iódi­co se infor­ma obje­ti­va­mente de la actu­al­i­dad, en Con­tra­plano se cuen­ta cómo se viv­en sub­je­ti­va­mente esas cober­turas. 


En un primer momen­to, que se apaguen las luces de la Fac­ul­tad podría expli­carse pen­san­do en la man­i­festación de este 28 de abril. En los pasil­los hay pocos com­pañeros –estarán de huel­ga–, y al ver al equipo de Infoac­tu­al­i­dad com­pro­ban­do el cuadro eléc­tri­co no hay por qué sospechar que la cuestión va más allá de la fac­ul­tad. Sin embar­go, tras esper­ar a la sigu­iente clase –entre tinieblas y lumi­nosi­dad por igual–, la pro­fe­so­ra comu­ni­ca que no fun­ciona el orde­nador y que los alum­nos pueden mar­charse. Bajan­do las escaleras, se habla de que en Ale­ma­nia tam­poco hay luz. Antes de com­pro­bar­lo, la mera teoría ya comien­za a inspi­rar sospe­chas de la mag­ni­tud del apagón.

Escoger el auto­bús y no el metro este 28 de abril ha sido más que una triv­i­al­i­dad. Cuan­do sale o vuelve a Mon­cloa, en el auto­bús da el sol, no como el metro, tan oscuro. Al comien­zo del día, hacia las ocho de la mañana, los pasajeros del G ‑la línea que recorre Ciu­dad Uni­ver­si­taria- pueden dejar espa­cio entre ellos. Sin embar­go, al volver a Mon­cloa des­de la fac­ul­tad, hacia la una del mediodía, entrar en seme­jante lata de sar­di­nas fue una suerte. Sobreen­ten­di­en­do que los tocamien­tos son for­tu­itos y coher­entes por el inex­is­tente espa­cio entre pasajeros, se atis­ba un telé­fono. Alguien parece escribir por… ¿SMS? Y desta­ca que What­sApp no fun­ciona. Es ver­dad, siguen existien­do más man­eras de comu­ni­carse.

Salir pron­to por la A6 en otro auto­bús tiene rec­om­pen­sa para el via­jero, y bajarse para un pequeño trans­bor­do, tam­bién. Pero el obser­vador no sale de su asom­bro porque, por un día, tiene el priv­i­le­gio de estar miran­do a su alrede­dor. En lo que lle­ga su sigu­iente trans­porte, el obser­vador con­tinúa con el libro al que había echa­do mano. Es ver­dad, la pro­duc­tivi­dad no está solo en Doc­u­men­tos de Google. Y el obser­vador, que espera jun­to a otras tres per­sonas en la para­da, alza la vista cuan­do uno de ellos, un hom­bre, habla. De lo que dice, el obser­vador recuer­da: “Bue­na idea, las pier­nas sí que no fal­lan” y “A mí me dan pena quienes están así tiqui–tiqui con el móvil”.

En el sigu­iente trans­porte, la radio envuelve a los pasajeros de la sec­ción delantera. Parece el últi­mo resquicio de la comu­ni­cación, un escape del atur­dimien­to, y es atrayente por eso. El vol­u­men de la radio se baja unas paradas después por la peti­ción de una mujer y su acom­pañante. El monól­o­go de la mujer se deja oír en el auto­bús: le pide por favor al con­duc­tor que baje la músi­ca. Sin perder la edu­cación, pero jus­ti­ficán­dose: “Me está dan­do ansiedad”. La mujer se pre­gun­ta en voz alta cómo coci­naría su madre y qué com­ería su hija, y cómo se comu­ni­caría con ella. Es ver­dad, la vit­ro­cerámi­ca fun­ciona con elec­t­ri­ci­dad. La elec­t­ri­ci­dad es más que las comu­ni­ca­ciones y los corre­os de la uni­ver­si­dad.

Al fin, el obser­vador baja en su para­da y, de casu­al­i­dad, encuen­tra a unas ami­gas, ya lejos por fin de la ciu­dad y de su movimien­to. A pesar de la fal­ta de luz eléc­tri­ca, la luz solar, la qui­etud y el aper­i­ti­vo en la plaza inspi­ran ale­gría por la desconex­ión. El obser­vador se ale­gra de su visión y de su suerte de haber lle­ga­do sin prob­le­mas. Le dicen que no hay pan, pero hay pacien­cia, cal­ma y com­pañía.

En la puer­ta de su casa, el obser­vador escucha a una mujer algo may­or atribuyen­do cul­pas con cier­ta deses­per­an­za. Al entrar a su casa, des­cubre solu­ciones para sus dudas: un hornil­lo portátil y un tran­sis­tor a pilas. Bajo el sol de la tarde, pien­sa en los rumores, pero escucha los lla­mamien­tos a la cal­ma de los locu­tores de la radio y les dice, eval­u­an­do la situación: “Gra­cias por hac­er bien vue­stro tra­ba­jo”.

Este 28 de abril, todo el mun­do esta­ba hablan­do de lo mis­mo y no hacía fal­ta expli­carse. Algunos con más sor­na que miedo y otros con más des­dén que con­fi­an­za, pero todos estu­vieron jun­tos en algo durante unas horas.

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