El vecino incómodo de la Acrópolis

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Con sus problemas de mendicidad, drogadicción y delincuencia, el barrio de Omonia es el elefante en el salón de Atenas

Los rayos de sol se fil­tran por los agu­jeros del tol­do raí­do de una cafetería. A ras de bal­dosa, descafeina­dos, los vagabun­dos se despier­tan som­no­lien­tos. Las calles vibran con una caco­fonía de gri­tos, insul­tos y dro­ga, muchísi­ma dro­ga. Omo­nia no es un bar­rio cualquiera. Ubi­ca­do en el cen­tro de Ate­nas, con sus destar­ta­l­adas calles bajo los efec­tos de estu­pe­fa­cientes, dista mucho de ser el veci­no ide­al de la Acrópo­lis, emble­ma del civis­mo ate­niense.

“No vayas, y mucho menos de noche”, me advir­tió un taxista entra­do en años, menudo, com­pacto y canoso, mien­tras les ech­a­ba un pul­so a todos los radares de trá­fi­co des­de el aerop­uer­to al bar­rio. Menudo recibimien­to, aunque no le culpo. Si yo fuese el y me encon­trase a un larguiru­cho de veinte años de eras­mus con ganas de hac­er repor­ta­jes, seguro que lo recibiría con la mis­ma incredul­i­dad ‑pero con menos veloci­dad, eso sí-.

Mendi­gos y dro­gode­pen­di­entes en el bar­rio de Omo­nia, Ate­nas I Foto: Mario Morón

Las son­risas se con­ge­lan, las pal­abras lan­guide­cen en mur­mul­los, la frente se ondu­la, la mano bus­ca cobi­jo en sus perte­nen­cias. Da cier­ta ter­nu­ra ver a los tur­is­tas lle­gar a las mal­tre­chas, agri­etadas y grafiteadas calles de Omo­nia. Por esto me costó tan bara­to el hotel en el cen­tro, me imag­i­no que pen­sarán.

En el bar­rio, nadie quiere hablar y los que lo hacen, no hablan inglés. Luego hay un ter­cer grupo: aque­l­los a los que no con­viene pre­gun­tar. Miradas per­di­das, piel amorata­da, rese­ca y ras­tas invol­un­tarias. El decrépi­to esce­nario con­trasta con las manos que alzan orgul­losas, como si del san­to gri­al se tratara, las pipas de Sisa: metan­fe­t­a­m­i­na cristal­iza­da que con­sumen y que les con­sume.

Una madre cam­i­na con su hijo entre la policía y los tox­i­có­manos l Foto: Mario Morón

Sin embar­go, igual por un retor­ci­do sín­drome de Esto­col­mo, has­ta a la deca­den­cia se le aca­ba cogien­do car­iño. Detrás de esas desal­iñadas casas hay per­sonas hon­radas y tra­ba­jado­ras que no se res­ig­nan a exi­s­tir en el lugar que les ha toca­do vivir. En la rui­dosa caco­fonía mul­ti­cul­tur­al tam­bién se dis­tinguen las risas de los obreros en el des­can­so, la car­rera de un niño que apu­ra el tim­bre de clase, la angus­tia de una famil­ia que no lle­ga a fin de mes o los tarareos del hit del ver­a­no griego. Oh Omo­nia, ¿cómo no te voy a quer­er?

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