Cientos de dispositivos históricos de telecomunicaciones buscan nuevo dueño

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Antonio Rufo lleva toda la vida reparando y coleccionando aparatos electrónicos y quiere encontrar a alguien que continúe su labor

Los favoritos de Anto­nio Rufo (Brunete, 1952) son los video­proyec­tores. Los alma­ce­na en una nave espa­ciosa, jun­to a otros doscien­tos aparatos que recon­struyen la his­to­ria de la tec­nología del siglo XX. Telé­fonos, radios o gramó­fonos, orde­na­dos de for­ma metic­u­losa, des­bor­dan las altas estanterías metáli­cas que rodean la sala. Es el cen­tro cul­tur­al Esteo­Madrid, que él dirige, un espa­cio que aspi­ra a ser más que un museo y bus­ca con­ver­tirse en una acad­e­mia que aporte una for­ma­ción adi­cional a los más jóvenes sobre la inven­ti­va humana que ha trans­for­ma­do el mun­do a través de las tele­co­mu­ni­ca­ciones.

Rufo ha ded­i­ca­do toda su vida a recoger, arreglar y  crear todo tipo de aparatos tec­nológi­cos. Hoy en día está jubi­la­do e invierte su tiem­po en mejo­rar este espa­cio pla­ga­do de tec­nología, así como en la inves­ti­gación y divul­gación históri­ca sobre Brunete a través de su blog: Brunetehistoriayvida.es. Para él, la comu­ni­cación es “la base de todo” y le apa­siona cómo ha evolu­ciona­do des­de hace cien años. En con­se­cuen­cia, la sala Esteo­Madrid está pla­ga­da de fras­es del sociól­o­go cana­di­ense Mar­shall McLuhan: “El medio es el men­saje”, preg­o­nan las múlti­ples pan­tallas.

Des­de que tenía catorce años, Rufo se pasa­ba horas “desar­man­do juguetes y cachar­ros”. Una cos­tum­bre que se pro­longó a lo largo de su vida y que con­solidó cuan­do comen­zó a reparar los viejos tele­vi­sores de blan­co y negro de sus veci­nos en Brunete. No se pudo for­mar en la uni­ver­si­dad, ya que su famil­ia le nece­sita­ba en el pueblo para ayu­dar­les con el tra­ba­jo en el cam­po: “Teníamos tres trac­tores y máquinas agrí­co­las”, recuer­da. A los dieciséis años, ya esta­ba con­ven­ci­do de que quería dedi­carse al “mundil­lo de las repara­ciones”, para el que se forma­ba a través de cor­re­spon­den­cia y revis­tas.

Anto­nio Rufo, vis­to a través de uno de los dis­pos­i­tivos que uti­liza para enseñar a los niños que acu­d­en en las excur­siones esco­lares cómo fun­ciona la captación de ima­gen y trans­misión en vivo | Foto: Pedro Pas­cual

Esta fal­ta de for­ma­ción regla­da no es sinón­i­mo de desin­terés. Rufo mues­tra pro­fun­das inqui­etudes cul­tur­ales y cien­tí­fi­cas, así como una enorme curiosi­dad por los detalles de la his­to­ria que rodea a su pueblo, Brunete, y al resto de munici­p­ios de la comar­ca. A través de la obser­vación, la doc­u­mentación y el tra­ba­jo de cam­po, Rufo doc­u­men­ta la his­to­ria para las futuras gen­era­ciones. En su pági­na web recoge ocho inves­ti­ga­ciones sobre acon­tec­imien­tos históri­cos y cómo afec­taron al pueblo, des­de las desamor­ti­za­ciones a la lle­ga­da del fer­ro­car­ril. Es un tra­ba­jo que con­tinúa expandién­dose.

En estos momen­tos, inves­ti­ga sobre un episo­dio ocur­ri­do en la Guer­ra Civ­il: antes de que Brunete ter­mi­nase cayen­do en el ban­do nacional, los repub­li­canos lle­varon a todas las mujeres y niños de la local­i­dad a Extremadu­ra. Tras recabar tes­ti­mo­nios de los descen­di­entes direc­tos de esas per­sonas, Rufo está recon­struyen­do el rela­to vital de estos emi­gra­dos y víc­ti­mas de la guer­ra. 

No con­tento con eso, tam­bién está escri­bi­en­do un mono­grá­fi­co sobre la “his­to­ria nuclear de España, des­de los años 40 has­ta la actu­al­i­dad”, y ter­mi­nan­do una inves­ti­gación sobre la Ven­ta de San Antón, un establec­imien­to próx­i­mo a Brunete que, según expli­ca Rufo, “exis­tió des­de el 1280 has­ta el primer año de la Guer­ra Civ­il, y esta­ba muy próx­i­ma a donde se encuen­tra aho­ra la Uni­ver­si­dad Cami­lo José Cela, en Vil­lafran­ca”. 

Rufo es tes­ti­go de los avances del sec­tor de las tec­nologías des­de los años 60, cuan­do ded­i­ca­ba su tiem­po a reparar los viejos tele­vi­sores de blan­co y negro de sus veci­nos del pueblo. Tam­bién arregló los primeros tele­vi­sores a col­or que “tuvieron un gran impacto en el sec­tor indus­tri­al de España, aunque fuer­an muy mal­os y tuvier­an una vida útil de, como mucho, tres meses”, recuer­da con cier­ta ironía. 

Este ser­vi­cio de reparación le llevó a encon­trarse con miles de aparatos rela­ciona­dos con las tele­co­mu­ni­ca­ciones a lo largo de los años. Sus dueños se deshacían de ellos, porque “para alguien sin este interés no eran valiosos”, expli­ca. Pero él los fue acu­mu­lan­do, en lo que aho­ra se ha con­ver­tido en una mues­tra amplísi­ma de tec­nologías des­fasadas.

Los video­proyec­tores, una opor­tu­nidad de nego­cio

“En la sala Esteo no está todo lo que ten­go, solo una selec­ción, pero he tenido mucha suerte de poder con­tar con estos almacenes, que eran de mi famil­ia, para poder guardar­lo todo durante tan­tísi­mos años”, reconoce. Guar­da con espe­cial car­iño los grandes video­proyec­tores que alma­ce­na des­de los años 80, cuan­do fundó una jun­to a los com­pañeros de tra­ba­jo que cono­ció cuan­do llegó a Madrid. Aprovechó un nicho descono­ci­do en el que “no había muchas empre­sas en España que ofrecier­an este ser­vi­cio a prin­ci­p­ios de los 80”, ase­gu­ra. “Esa tec­nología esta­ba vivien­do un boom y todos los cen­tros ofi­ciales y escue­las esta­ban susti­tuyen­do las dia­pos­i­ti­vas y trans­paren­cias por el vídeo, entonces había que adap­tar la sal­i­da de los orde­nadores o de los mon­i­tores al video­proyec­tor”, expli­ca. 

 Anto­nio Rufo fundó dos empre­sas y man­tu­vo a su car­go a cin­cuen­ta tra­ba­jadores a lo largo de una car­rera empre­sar­i­al mar­ca­da por un lema: “Es la indus­tria la que for­ma a los téc­ni­cos”. Porque para él, la empre­sa jue­ga un papel cru­cial en la for­ma­ción, ya que es esta la primera en ten­er acce­so a tec­nologías pun­teras, y para su desem­peño nece­si­ta enseñar a los tra­ba­jadores en el uso diario de las her­ramien­tas. Además, ase­gu­ra que en los tra­ba­jos que ha real­iza­do siem­pre ha man­tenido una acti­tud pos­i­ti­va, porque se ha pre­ocu­pa­do de enfo­car sus afi­ciones en labores que le per­mi­tiesen vivir y encon­trar sat­is­fac­ción en la jor­na­da lab­o­ral.

Rufo en la entra­da de la sala Esteo­Madrid, en Brunete | Foto: Pedro Pas­cual

De la colec­ción de obje­tos que guar­da con orgul­lo, reser­va una de sus estanterías prin­ci­pales a los artilu­gios más antigu­os, orde­na­dos de man­era cronológ­i­ca para reg­is­trar las dis­tin­tas eta­pas de las tele­co­mu­ni­ca­ciones. 

Todo comien­za con el que Rufo cree que es el obje­to más prim­i­ti­vo de la sala Esteo: un gramó­fono de la mar­ca británi­ca Dec­ca Style Junior fab­ri­ca­do en mar­zo de 1930. Los gramó­fonos tuvieron un uso muy pop­u­lar en los hog­a­res españoles durante la II Repúbli­ca españo­la debido a su sen­cil­lo fun­cionamien­to: un maletín cuyo inte­ri­or alber­ga un por­tadis­cos, un pla­to gira­to­rio, un freno, una cor­ne­ta y una agu­ja. Con cuida­do, Rufo gira la manivela que le da cuer­da al tocadis­cos y la cor­ne­ta le trans­porta a su infan­cia con el car­ras­poso sonido de una ópera de Andrea Che­nier graba­da en el vini­lo. Mien­tras, recuer­da escuchar músi­ca de niño en el viejo gramó­fono que tenía su abuela en la casa del pueblo, muy pare­ci­do al mod­e­lo británi­co que exhibe en la sala.

Télex encrip­ta­do de 1940, fab­ri­ca­do en Ale­ma­nia por Stan­dar Lorenz, en la sala museo de Anto­nio Rufo | Foto: Pedro Pas­cual

Otro de estos tesoros es uno de los télex encrip­ta­dos que se crearon para enviar men­sajes durante la época inmedi­ata­mente pos­te­ri­or a la Segun­da Guer­ra Mundi­al (1945–1950) y que se dis­eña­ban sigu­ien­do el mod­e­lo de la máquina Enig­ma uti­liza­da por los nazis durante el con­flic­to béli­co. Es algo “úni­co” que le regaló un viejo ami­go, dice Rufo, y cree que solo se con­ser­van otros dos iguales en el mun­do, uno en Ale­ma­nia y otro en la ciu­dad israelí de Tel Aviv.

Esta ingente colec­ción de sis­temas de tele­co­mu­ni­ca­ciones bus­ca nue­vo dueño. “La daría gratis. Pero con la condi­ción de que no se vaya a la basura”. Rufo lle­va años con­tac­tan­do con difer­entes admin­is­tra­ciones y empre­sas para ver si algu­na quiere crear un museo con las piezas. Ante la fal­ta de interés, ha con­tem­pla­do legar su colec­ción a algún com­pañero que com­par­ta sus mis­mas inqui­etudes y que con­tinúe con la labor de enseñar y con­ser­var estos peda­zos de la his­to­ria, para “que no se que­den en el olvi­do”.

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