Una crónica en clave de violín

ContraplanoEs noticiaSer complutense

En el concierto de la Orquesta Sinfónica de la UCM, dirigida por José Sanchís en el Festival COMA

La labor de un peri­odista es nar­rar los hechos y no apare­cer en las his­to­rias que cuen­ta. Pero aque­l­la tarde de noviem­bre, sen­ta­da con mi instru­men­to jun­to a mi com­pañera de atril bajo la luz incli­na­da del Anfiteatro Ramón y Cajal de la Fac­ul­tad de Med­i­c­i­na de la UCM era imposi­ble no sen­tir que esa nar­ración tam­bién nacía de mis manos. Éramos músi­cos, sí, pero tam­bién tes­ti­gos priv­i­le­gia­dos del comien­zo del Fes­ti­val COMA 2025.

Estar en la últi­ma fila de los vio­lines primeros tiene una ven­ta­ja: per­mite obser­var­lo todo. Una per­spec­ti­va ide­al para quien inten­ta apren­der a mirar. El mur­mul­lo del públi­co crecía mien­tras la sala se llen­a­ba, y cuan­do entró la con­certi­no, los aplau­sos surgieron pre­cisos y breves. Fin­gi­mos igno­rar­los, pero siem­pre nos alcan­zan. Después entró el direc­tor, José Sanchís, recibido con un aplau­so algo más largo. Sen­tí esa mez­cla famil­iar de nervios y grat­i­tud que aparece jus­to antes de tocar, esa sen­sación de que el públi­co ya con­fía en ti inclu­so antes de oírte.

El direc­tor lev­an­tó la batu­ta y el silen­cio descendió.

La primera obra, Esbo­zos y pres­en­cias, op. 38 de Jorge de Car­los, desplegó esa cual­i­dad sus­pendi­da que suele ten­er la músi­ca con­tem­poránea. Des­de mi atril, la pieza parecía avan­zar y reti­rarse a la vez: acordes que insinu­a­ban una direc­ción y otros silen­cios que la des­dibu­ja­ban. Refle­jos del ayer, de Miguel Martín, con­tin­uó en esa línea, como una con­ver­sación frag­men­ta­da. Aunque no soy espe­cial­mente afi­ciona­da a este reper­to­rio, reconoz­co que el desconcier­to tam­bién tiene su atrac­ti­vo. Al ter­mi­nar, costa­ba saber si real­mente había ter­mi­na­do. Ese silen­cio den­so en el que el públi­co duda es ya parte del rito: manos a medio lev­an­tar, miradas inter­ro­gantes. Final­mente, alguien aplaudió cuan­do Sanchís bajó la batu­ta. Y los demás lo sigu­ieron.

En la segun­da parte, el ambi­ente cam­bió por com­ple­to. Entró el cel­lista Álvaro Lozano, estu­di­ante de la Escuela Supe­ri­or Reina Sofía y ganador del Inter­centros Meló­mano 2024. Su pres­en­cia aportó una cal­ma casi físi­ca. Las Varia­ciones Rococó de Tchaikovsky fueron un regre­so a la melodía, a lo recono­ci­ble. Cuan­do sonó el tema prin­ci­pal, me encon­tré pas­ma­da. Sacudí la cabeza para no perder mi entra­da en el com­pás 36 y vi que mis com­pañeros com­partían esa mis­ma expre­sión de admiración sin­cera.

El final fue recibido con un aplau­so inmedi­a­to. Pero aún qued­a­ba la propina: la Sach­er Vari­a­tion de Lutosławs­ki. Su ini­cio seco y abrup­to provocó que una mujer en la fila 7 lev­an­tara las manos para aplaudir, creyen­do que la obra era solo esa nota. No la culpo. A muchos nos ocurre. Luego bajó los bra­zos, aver­gon­za­da, mien­tras Álvaro con­tinu­a­ba con abso­lu­ta con­cen­tración.

Fuera del escenario 

Ten­go un defec­to con el que aún debo lidiar: la timidez. Nada con­ve­niente para un peri­odista. Por eso, al ter­mi­nar el concier­to, mi primer impul­so fue guardar el vio­lín y mar­charme. Pero mis com­pañeras de peri­odis­mo no me lo per­mi­tieron. Me vieron dudar, vieron cómo mira­ba a Álvaro Lozano sin atreverme a acer­carme y, sin muchas con­tem­pla­ciones, me empu­jaron —lit­eral­mente— hacia él.

Él son­rió. Me respondió con ama­bil­i­dad a todas las pre­gun­tas: sobre el concier­to, su variación favorita (la sex­ta), sus com­pos­i­tores predilec­tos. Y yo, con las manos aún algo tem­blorosas, me di cuen­ta de que esta­ba entre­vi­s­tan­do “de ver­dad”, y que nada ter­ri­ble ocur­ría.

Después hablé con José Sanchís. Con­serv­a­ba una serenidad admirable tras diri­gir todo el pro­gra­ma. Entre sus respues­tas, dejó una reflex­ión que aún me acom­paña:

—Antes que la músi­ca, está la humanidad. Al final, recor­damos a las per­sonas más que a las obras. Primero per­sonas y luego músi­cos.

Quizá porque llev­a­ba toda la tarde tocan­do y obser­van­do, sus pal­abras me hicieron pen­sar que las his­to­rias no las con­struyen solo las notas, sino quienes las sostienen. Y que ser peri­odista tam­poco es colec­cionar respues­tas: es apren­der a mirar a las per­sonas que las dan.

Para cono­cer más sobre la OSUCM: 

https://www.ucm.es/cultura/orquesta-sinfonica-de-la-universidad-complutense-

Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Plugin the Cookies para Wordpress por Real Cookie Banner