Cuando lo inesperado se volvió inolvidable
En esta sección, el periodista vuelve hacia sí la cámara para contarnos lo que ve desde una perspectiva personal. Esa cámara, que debe enfocar los hechos y a los protagonistas de la noticia, se gira de forma excepcional hacia el periodista para que pueda mostrarnos lo que hay detrás de sus palabras, lo que ha experimentado y lo que ha sentido mientras informaba. No es solo un plano opuesto. Es una narración que complementa al relato informativo. Si en las otras secciones del periódico se informa objetivamente de la actualidad, en Contraplano se cuenta cómo se viven subjetivamente esas coberturas.
Si alguien nos hubiera dicho el domingo, mientras repasábamos distraídamente los últimos detalles para arrancar otra semana, que al día siguiente el mundo tal como lo conocíamos se silenciaría, tal vez habríamos hecho una última llamada más… o tal vez habríamos dejado para después otras que, en el fondo, no urgían tanto. Si el lunes nos hubieran susurrado que la vida se apagaría sin previo aviso, habríamos hecho justo lo que hicimos: vivir.
En ciudades como Madrid, donde los relojes corren más rápido que las personas y los saludos son escasos entre vecinos, nunca imaginarías que un apagón pudiera iluminar algo más profundo. Pero ahí estábamos: compartiendo el mismo portal, reconociéndonos por fin las caras, abrazando el calor humano como si siempre hubiera estado allí. Y, en mitad de la calle, ese coche cualquiera, convertido de pronto en faro de conexión, con las puertas abiertas como brazos extendidos a la comunidad entera.
Madrid, tan gris y veloz, tan ajena a veces… ayer se detuvo. Y en ese parpadeo, en esa oscuridad inesperada, descubrimos que apagarse no siempre es desaparecer. A veces, es volver a encender lo que de verdad importa.
Mientras el miedo volvía a tomar forma, como un eco de aquellos días oscuros de pandemia, muchos corrieron, casi por instinto, a vaciar estanterías, a llenar carros de alimentos y productos que probablemente no necesitaban. Era el miedo el que hablaba, disfrazado de necesidad. Pero en medio del pánico, también hubo quienes eligieron algo distinto: detenerse, respirar hondo y actuar desde el sentido común, con humanidad, con cuidado, con empatía. Personas que decidieron no dejarse arrastrar por el piloto automático del caos.

Y luego estaba Ari. Una joven italiana de 22 años, caminando sin rumbo por calles que apenas conocía, en una ciudad que no era suya. Tras cruzarse con rostros desconocidos, con vecinos a los que nunca antes había dirigido la palabra… de repente, encontró algo que no buscaba: un grupo de desconocidos que le ofreció calor, compañía, y lo más valioso en ese momento… conexión.
Ari marcó un número desde el móvil de un desconocido con las manos temblorosas. Al otro lado, su madre, desde Italia, con la voz quebrada pero firme, le susurró lo único que una hija necesitaba escuchar:
“Non preoccuparti, figlia… andrà tutto bene.”
No te preocupes, hija… todo va a estar bien.
Y María y Ane, dos chicas que, sin pensarlo demasiado, abrieron las puertas de su casa a una desconocida. No preguntaron de dónde venía, ni cuánto tiempo se quedaría. Solo supieron que nadie merece sentirse solo en un momento así. Con una mezcla de ternura y humor, le ofrecieron lo mejor que tenían: un plato improvisado que acabó sabiendo a hogar. Macarrones con pisto manchego y salchichas veganas. Un festín improbable que, lejos de parecer extraño, se convirtió en símbolo de cuidado, de generosidad, de ese tipo de hospitalidad que no se aprende, se siente.
Tras una pausa para digerir no solo la comida, sino también la intensidad del día, decidieron salir a caminar. El destino fue casi accidental, como todo lo que vale la pena: el parque del Oeste. Allí, entre árboles que parecían más vivos que nunca, se sentaron a dibujar, a reír, a dejar que el tiempo fluyera sin prisa, como si el mundo entero se hubiera tomado un respiro con ellas.
Pero la historia del día aún no estaba completa. Faltaba alguien. Faltaba Victoria, la compañera de piso de María y Ane, que aún no había llegado a casa. Y había que encontrar la manera de contarle que todo estaba bien, que había pasado algo hermoso, que la vida, en su forma más inesperada, les había hecho un regalo. Y qué mejor forma que escribirlo a mano. Volver al papel, como se vuelve a lo esencial.

Imaginaban su rostro al entrar, al ver el mensaje sobre la mesa, al leer cada palabra y saber que, aunque se hubiera perdido parte de la historia, no se había perdido la emoción. Porque muchas veces, aunque compartimos casa, ducha, risas esporádicas en la cocina… no nos contamos realmente cómo nos fue el día. Pero hoy sería distinto. Hoy merecía ser contado.
Cuando lo inesperado se volvió inolvidable, nos dimos cuenta de que esa desconexión (o de que ese apagón, como prefieras) no fue tan mala.
Foto de portada: Pasillo de un supermercado en tinieblas por el apagón | Foto: Pedro Pascual


