Daniel Campos, reportero y exdirector de Comunicación en el Ministerio del Interior: “El periodista tiene que empatizar con las realidades que trata, pero no puede convertirse en activista”

Entrevistas

La redacción tenía un aire inusual. Más concurrida de lo habitual, el ambiente era distinto y el espacio destinado a la entrevista, hasta entonces inexplorado, parecía querer estrenar protagonismo. Los micrófonos estaban listos, los focos ya emitían su luz cálida, un vaso de agua al borde del desborde aguardaba en la mesa, y el silencio… El silencio marcaba el ritmo de la espera de Daniel Campos.

Ese ambiente excepcional tenía una razón: un grupo de estudiantes de instituto, con la ilusión de convertirse algún día en periodistas, visitaban el periódico. La presencia de los jóvenes llamó la atención de Daniel, que no ocultó su entusiasmo: “Hay futuro”, comentó con una sonrisa. Aquella escena lo llevó a rememorar su trayectoria en la profesión, una charla en la que no dudó en hacer autocrítica: “Mentiría si dijera que haber estado en la otra ‘trinchera’ no ha afectado la percepción que hoy tengo del periodismo. La ha devaluado”.

Daniel Campos, en la redacción de Infoactualidad | Fotografía: Pedro Pascual 

Con una trayectoria tan sólida como versátil, Daniel Campos ha pisado prácticamente todos los terrenos. Su paso del periodismo a las instituciones públicas supuso un importante capítulo en su carrera. Primero como subdirector y luego como director de Comunicación del Ministerio del Interior, entre 2018 y 2023 gestionó la comunicación estratégica de uno de los organismos más delicados del Estado en tiempos especialmente complejos. Acaba de publicar su primera novela, Guerrilla Lavapiés: El testimonio real de un infiltrado en los movimientos antisistema de los 2000.

Acaba de publicar Guerrilla Lavapiés

¿Cómo ha cambiado su visión del periodismo tras haber pasado por la Comunicación del Ministerio del Interior? 

El tener distintas perspectivas siempre enriquece. Son aprendizajes que vas poniendo en la mochila. Aunque a la comunicación institucional no siempre se llega desde el periodismo, yo creo que es bueno que esas tareas las realicemos periodistas, pues tenemos en mente las necesidades de nuestros compañeros en una profesión que puede ser muy complicada. Mentiría si no te dijera que el haber estado en la otra “trinchera” ha hecho que se devalúe la imagen que tengo del periodismo actual. Desde la posición de director de Comunicación del Ministerio del Interior he visto muchos males en la profesión y ahora me preocupa más cómo se está ejerciendo el periodismo. 

¿Recuerda la primera vez que se sintió periodista?

Fue gradualmente. En mis primeras prácticas remuneradas, en Onda Cero Pontevedra, fui muy feliz. Cuando estamos en la universidad, todos queremos conseguir una beca en un medio grande, pero el periodismo local te da muchas más oportunidades. El periodismo local tiene un punto de realidad y de piel que muchas veces no existe en medios grandes. Ahí le cogí el gusto a la profesión. Además, aprendí un truco muy básico para cuando, por falta de tiempo —ya que me mandaban a cubrir muchas cosas a la vez—, no sabía qué preguntar: hacer la pregunta comodín ¿cuál cree que es la clave para solucionar este problema?

¿Recuerda la primera vez que entró al Ministerio del Interior como subdirector de Comunicación?

Fue un contraste fuerte. Entré para unos meses y casi estuve seis años. La administración por dentro, si no la has vivido, es peculiar, con una forma de entender el trabajo que muchas veces no se ve fuera. 

Daniel Campos en el aulario de la facultad | Fotografía: Pedro Pascual

“Tus objetivos son otros: no puedes mentir, pero juegas desde otra posición”

¿Olvidó ser periodista?

Nunca debes perder ese corazón de periodista que llevas dentro, es lo que te permite entender y empatizar con la profesión. Pero debes tener muy claro que tus objetivos son otros; puedes conservar esa sensibilidad, pero juegas desde otra posición. Yo soy muy cheli, no tengo esa corrección política al hablar y creo que los periodistas agradecen esa claridad desde los puestos de comunicación. Pero, insisto, debes tener presente que tus metas son distintas: no puedes mentir —aunque no todo el mundo lo tiene claro—, no puedes traicionar la confianza de los periodistas. Eso sí, siempre dentro de las reglas del juego, tus objetivos son políticos.

¿Hay alguna historia que haya marcado su trayectoria periodística? 

Soy de los que piensa que el periodista tiene que empatizar con las realidades que trata, pero no puede convertirse en activista. Esa frontera no debe traspasarse, aunque últimamente se está haciendo mucho. Tienes que poner distancia con las realidades que tratas para intentar ser justo, aunque hay algunas informaciones, como las que tratan sobre migraciones, en las que es difícil mantener esa distancia. Son realidades muy duras. En 2015, cuando trabajaba haciendo documentales para Movistar+, cubrí la crisis migratoria de los sirios, que se agravó después de que Macedonia cerrara su frontera con Grecia. Eso me marcó. Y todo ese bagaje me sirvió de mucho en mi trabajo en el ministerio.

Historias que merecen ser contadas

Acaba de publicar Guerrilla Lavapiés: El testimonio real de un infiltrado en los movimientos antisistema de los 2000, ¿qué diferencias encuentra entre escribir un libro o realizar un documental? 

Yo afronto las dos tareas de la misma forma. Ambos son trabajos periodísticos. Primero, hay una historia que te llama la atención y luego buscas personajes e historias y haces una “biblia”, donde ves todo lo que puedes sacar con esas historias. Para el libro llevo una grabadora y para el documental llevo una cámara, y al escribir un libro tienes más libertad porque lo haces tú solo, no tienes que dar cuentas más allá de la editorial. 

Guerrilla Lavapiés es una de las muchas historias a las que usted ha tenido acceso a lo largo de su vida profesional, ¿cuántos libros más podría escribir?

Muchos. Creo que estoy haciendo cierta competencia desleal. Una posición como la mía te da acceso a historias que son narrativamente muy potentes. De hecho, estoy empezando otro libro que tiene su origen en algunas vivencias de mi paso por el Ministerio del Interior. Más allá de eso, yo era periodista de tribunales, donde tuve contacto con realidades tremendas: corrupción, homicidios, secuestros… Siempre comentaba, en broma: hemos tenido delante de nuestras narices un material narrativo de primera y lo hemos malgastado en crónicas a treinta céntimos.

Daniel Campos junto a su libro Guerrilla Lavapiés | Fotografía: Pedro Pascual.

En el caso del protagonista de su libro, Alfonso/David, tanto su novia como sus padres conocían su condición de infiltrado, ¿qué garantías tienen los familiares?

Alfonso/David se saltó el manual básico del infiltrado y puso en riesgo su tapadera hasta el punto de estar al límite en varias ocasiones. Sin embargo, psicológicamente, eso le salvó. Su familia se convirtió en su refugio, e incluso llegó a incluir a su pareja en el ambiente en que estaba infiltrado. Su familia no tenía garantía ninguna, tenía que asumirlo igual que él. Esto abre un debate muy interesante: los daños colaterales que genera este tipo de infiltraciones a los familiares.

“Tengo material de sobra para escribir muchos libros”

Habla usted mismo de daños, ¿qué opinión tiene sobre la proposición de ley que presentó el grupo SUMAR para prohibir a las fuerzas de seguridad infiltrar agentes en colectivos sociales?

Desde mi opinión profesional como periodista, creo que es necesaria una regulación de la figura del infiltrado. Ningún trabajo policial debe ser alérgico a una regulación. Al igual que la figura del agente encubierto sí está tipificada en el Código Penal, es necesario que haya una regulación en el trabajo del infiltrado. Desde clarificar en qué supuestos es legítima esta infiltración hasta poner límites en la intromisión de derechos a terceros. Y, fundamentalmente, dar seguridad jurídica al propio infiltrado.

¿Cómo se pasa de llevar la comunicación de un ministerio a la escritura literaria?

Como todos los periodistas, yo quería escribir un libro algún día. Esta historia ha sido la primera en la que he tenido la oportunidad de trabajar de forma completa: pasar tiempo con el infiltrado, hacer una labor periodística de contraste y de cotejo de fuentes y asentar la historia. Sentarme a escribir fue lo más placentero de todo el proceso. 

Para preservar el anonimato de ciertos personajes que aparecen en el libro, les puso nombres ficticios, ¿siguió algún patrón para ello?

Ese fue un ejercicio que hice al final. En un primer momento escribí la historia con los nombres reales y luego pensé que las personas sin relevancia pública no tenían que quedar expuestas. En la Policía, a partir de inspector jefe o coronel, les va en el sueldo atender a los medios. Para las personas anónimas, busqué nombres similares a los suyos. Y a algunos me di el placer de ponerles nombres de gente que quiero. 

¿Ha recibido comentarios de personas involucradas en la historia?

Sí, y por ahora todas positivas. Y he tenido mucha nostalgia. Cuando sucedió todo lo que cuento en el libro, yo vivía en Lavapiés, era un hippie con rastas, me movía por esos ambientes. Con el infiltrado me reía porque le decía: “seguro que nos hemos tomado una caña juntos en algún bar”. Cuando tienes la oportunidad de entrevistar a personajes como el infiltrado, acaba siendo una especie de terapia para ellos. 

Usted termina el libro agradeciendo a las personas de las que se olvidó agradecer. ¿Se dejó a alguien fuera?

Hay algo peor. Mi cuñado, al que quiero mucho y es un gran informático, me ayudó mucho en la parte de plasmar bien todos los instrumentos no digitales de la época en la que sucede la historia. Cuando le di el libro, le volví a agradecer su ayuda y le comenté que le citaba en los agradecimientos. Me miró y me dijo, “no, no salgo”. ¡Había escrito mal su apellido! Estoy deseando que haya una segunda edición para corregir ese error. 

Una hora después de empezar esta charla, la redacción recuperó su pulso habitual. Los estudiantes se fueron con los ojos brillantes, los micrófonos se apagaron y el vaso de agua, intacto, parecía seguir esperando. Daniel también se fue, pero algo de su trinchera quedó flotando en el aire, como una última nota antes del fundido a negro.

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