El alma salvaje del carnaval gallego
Todavía no ha amanecido, pero la luz ya se cuela entre los picos de la sierra de San Mamede, Ourense. Los pájaros pían en la penumbra azul patinir del Valle de Maceda, o Val do Medo, como lo conocen los locales. La naturaleza es desbordante, y el sonido de los pardales solo es interrumpido por algún can madrugador. Las montañas del macizo orensano son un gigante dormido, lamidas por el inexorable paso del tiempo y donde habitan todo tipo de animales. Zorros, lobos y águilas comparten espacio con un ser único en el mundo: el felo.
El timbre de sus cencerros –o chocas, como se les dice en la zona- se identifica en la distancia. El felo es un disfraz, pero va más allá, es el personaje típico del entroido (carnaval en gallego) de las aldeas de Maceda. Tiene un carácter profundamente anárquico. Su indumentaria parece sacada de un sueño, una especie de traje de luces de torero mezclado con un espíritu animal. Las botas son negras y los calcetines blancos hasta los tobillos. A las medias negras azabache se le sobreponen un pantalón hecho de pompones blancos y rojos. La chaquetilla no puede faltar, y las hay de todos los colores. Cuanto más llamativa, mejor. El felo lleva un rabo de zorro en la parte superior de la máscara, un detalle característico que recuerda sus orígenes más primitivos y salvajes. En la mano porta un cayado, un bastón de madera con el que juega a intimidar y provocar a quienes se encuentra en su camino. Pero lo más importante es la careta, cada una representa a un animal de la fauna de la sierra.
El concello de Maceda ocupa más de 100 kilómetros cuadrados y recoge hasta 58 núcleos de población repartidos en las laderas de las montañas. La diferencia entre vivir en la “ciudad” de Maceda o en las aldeas es muy significativo. Históricamente, explican los felos, los de la “capital” han denostado el entroido y las tradiciones de las aldeas. “El término felo se utilizaba de forma despectiva, era un insulto”, recuerda Manolo Prieto, de 78 años.
Prieto nació en Tioira, una de las aldeas del concello, pero a los diez años emigró a Suiza junto a su familia. Pasó casi toda su juventud por Europa y no fue hasta 1980 que se disfrazó por primera vez de felo. “Había cuatro trajes contados en Maceda, y estaban repartidos por los diferentes sitios. La gente sabía que en Xinzo da Costa había dos, en Pías cinco, etc. El primero que llegaba se disfrazaba, había que ser rápido”, explica. Para él, el Entroido en Maceda tenía una esencia autóctona que actualmente está homogeneizándose: “Ahora la gente va a Verín a que les hagan las caretas, que está muy bien porque pagas a gente que sabe hacerlas, pero ha perdido esa esencia propia. Ya no las pintan los vecinos de Maceda”.


No se verá al felo en formación, como ocurre en Laza, Verín, Xinzo de Limia…, con sus respectivos peliqueiros, cigarróns o pantallas…. El felo es libre. Atraviesa el campo. Se mete con sus vecinos. Entra en casas ajenas. No entiende de normas y representa la esencia del entroido. La pantalla que lleva en la cabeza, históricamente, representaba a los animales que habitan la sierra de San Mamede. Predominan las de lobos o águilas, pero ya empieza a verse, entre los más jóvenes, algún tigre. A Prieto le genera cierta pena: “Me gustaría que esto tan bonito que tenemos no se contaminará con otras cosas”, asegura.
Las raíces del felo se pierden en la historia, con teorías que lo vinculan con ritos paganos de la protohistoria, el hedonismo de la Roma imperial o incluso las costumbres medievales. Algunos estudiosos relacionan su nombre con el término germánico fillon, que sugiere la idea de golpear o castigar, mientras que otros lo asocian con la palabra felonía, una traición contra el señor feudal. Lo que sí está claro es que el felo fue, desde tiempos remotos, una figura de transgresión y libertad, una autoridad temporal en las fiestas del entroido que imponía, durante unos días, su propia ley en la comarca de Maceda. Con el paso de los años, su carácter se ha ido moldeando, adaptándose a los tiempos, pero sin perder del todo su esencia anárquica.
“Durante la dictadura franquista, no podíamos llevar la careta”, lamenta Xosé Fernández, vecino de Pías, en Maceda. Los felos recuerdan que, si bien estaba permitido disfrazarse y celebrar el entroido, estaba muy mal visto. “Éramos un poco apestados, y se perdió mucha tradición por culpa de eso”, aseguran.

La política sigue presente en el carnaval de Maceda. La dicotomía entre pueblo y aldeas todavía es motivo de riñas y disputas. Desde hace unos años, los de Maceda han reinstaurado una tradición que se conoce como Baixada da marela. Consiste en una especie de procesión en la que, vestidos de demonios, descienden una vaca de madera, que representa el mal, por el pueblo. Utilizan fuego y grandes tambores, a la vez que echan harina a todo aquel que se acerque demasiado. Esta procesión tiene elementos comunes a diferentes festividades del entroido orensano. Los de Maceda dicen que era una tradición que se había perdido y de la que conservan documentación, pero algunos felos de la comarca lo ven como una especie de apropiación de la fiesta. “En Maceda siempre se despreció el entroido, pero ahora montan una fanfarria que nadie recuerda que existiese previamente…”, critica un felo que prefiere no decir su nombre.
Sea como fuere, el felo es indiscutiblemente el protagonista del Entroido macedano. “El relevo generacional está garantizado”, asegura el responsable de Protección Civil de Maceda. Decenas de niños continúan la tradición y se visten como sus padres y abuelos. Antiguamente solo los hombres se disfrazaban, ahora las niñas son tan numerosas como ellos. El primero de marzo es el día grande, y la mayoría de felos se reúnen a las ocho de la mañana en la plaza con el monumento al Felo de Maceda, plaza que en el catastro sigue teniendo el nombre de plaza del General Franco. Provistos del correspondiente billete, o del indispensable salvoconducto – el disfraz de felo-, los macedanos suben a dos autobuses en los que recorren todas las aldeas de la comarca y visitan a sus vecinos.


Castro de Escuadro es la primera parada del viaje. Hay 91 personas censadas, según los datos del INE de 2022. Los vecinos preparan comida y reciben alegres a los felos. Marisa Pazo tiene 75 años y lleva toda la vida en la aldea: “Son algo nuestro, nacieron aquí, en Castro de Escuadro”, afirma rotundamente en gallego. Su prima Pilar González emigró a Barcelona, pero por estas fechas regresa a la aldea de su familia, porque para ella es “lo mejor que hay en el mundo”.
El minifundio gallego no impide el paso de los felos. Para llegar a Pías, otra aldea, de 26 habitantes, bajan por la ladera de la montaña. Lo hacen corriendo y caminando, pero sus chocas llenan de sonido la tranquilidad de un escenario propio del locus amoenus más idílico. La niebla de la mañana pronto dejará hueco para un sol amable de invierno.
Pasarán toda la jornada por los pueblos de la sierra. Los vecinos, sobre todo los ancianos, tratan con el máximo respeto a los felos. Explican que antiguamente daban miedo. “No se les puede tocar, y mucho menos sacarles la careta. Son la autoridad en estas fechas”, dice Xosé Fernández. Los niños disfrazados ‘atacan’ a cualquier coche con el que se encuentren. Les levantan los limpiaparabrisas y el maletero, y parecen un control de la Guardia Civil. Durante unas horas, son los dueños de Maceda.

Así, entre tradiciones ancestrales y desafíos modernos, el felo, un ser indomable que encarna la esencia misma del entroido, continúa su danza en la sierra de San Mamede. Su legado perdura, transmitido de generación en generación, un recordatorio de la riqueza cultural de Galicia y un símbolo de la libertad que reside en el corazón de sus aldeas. A pesar de los cambios y las controversias, el felo sigue siendo el alma de Maceda, un espíritu libre que se niega a ser domesticado, un guardián de las tradiciones que resuena con fuerza en el eco de sus cencerros.


