Ignacio Urquizu: “Las personas con menos vocación de poder son, a menudo, las más necesarias para asumirlo”
Sociólogo, antiguo diputado por el PSOE en las Cortes Generales y las aragonesas
“Madre mía, qué coñazo de entrevista. Estos temas no le van a interesar a nadie”, protesta Ignacio Urquizu mientras cambiamos la batería de la cámara. “Hombre, si quiere podemos preguntarle para que nos hable mal de Pedro Sánchez y así sacamos varios cortes para las redes sociales”, respondemos irónicamente.
Urquizu ha sido un político inusual. Nacido en Alcañiz, un pueblo del que fue alcalde, es licenciado en Ciencias Políticas y doctor en Sociología. En política, ha sido diputado en las Cortes Generales y en las de Aragón, además de senador. Ha escrito cuatro libros y dice que está preparando otro sobre “cómo ha cambiado España en los últimos cincuenta años”. Actualmente es profesor en la Facultad de Ciencias de la Información, entrena a un equipo de fútbol femenino y trabaja para Metroscopia. Vive entre Alcañiz y Carabanchel. “Siempre he vivido en los barrios del sur de Madrid”, escribe en uno de sus ensayos.
¿Por qué dejó la política?
Llegó un momento en que mis referentes (Rubalcaba, Solchaga, Solana…) y las personas con las que trabajaba en el Congreso (Torres Mora, Manuel Cruz o Gregorio Cámara) se fueron. Entonces ya se veía una evolución que ahora, en 2025, es más aguda: la polarización y el modo en el que funcionan los partidos. Una de las razones por las que dejé la política fue porque necesitaba saber más para, si acaso, un día volver. Yo, como científico, dudo, y me sorprende mucho que los demás no lo hagan a la hora de tomar decisiones.
En alguna ocasión ha contado cómo se rieron de usted en las Cortes de Aragón al hablar del informe PISA, ¿cómo fue aquello?
Fue el año pasado. La consejera de Educación compareció para hablar de dicho informe. Entonces yo, que llevo años como docente explicando PISA, subí a la tribuna tratando de desmontar los mitos que se tienen sobre él. Desde allí, vi dos reacciones: unos se mofaban, como diciendo “mira el listillo este”, y otros respondían con tópicos vacíos. Debatía con quien no escuchaba o no sabía. Era empobrecedor, no solo para mí, sino para la ciudadanía. Me sentí fuera de lugar.
¿Cuál cree que es la medida política más urgente para transformar la educación?
Un plan de refuerzo. Propuse esto en el último programa electoral de Javier Lambán, expresidente de Aragón, el cual coordiné: un plan estrella de entre siete y diez millones de euros en la región para clases de refuerzo por las tardes. Hoy, quien tiene dinero paga el repaso, quien no, se queda atrás. Hacer extraescolares accesibles, con profesores de apoyo en Matemáticas, Literatura o Ciencias para los que no pueden permitírselo, reduciría la brecha, mejoraría resultados y, si empieza pronto, impactaría positivamente en secundaria y en la universidad.
Respecto a la enseñanza, hoy, quien tiene dinero paga el repaso, quien no, se queda atrás.
Como aragonés: ¿piensa que debe poner la educación más énfasis en el terruño?
Hay quien piensa lo contrario, que se habla demasiado de lo autonómico y local y poco de lo nacional. Yo intento pegar más el conocimiento a la actualidad. En mis clases, no voy a Platón, Aristóteles o la antigua Grecia para poner ejemplos de política porque tengo alumnos que apenas saben quién fue Zapatero. Más allá de eso, la clave no está sólo en el conocimiento, sino en las habilidades y destrezas. Saber hablar en público, entender lo que se lee o escribir correctamente es más difícil que memorizar. En España, se ha hecho mucho énfasis en lo memorístico y eso nos lastra en los informes PISA, que no miden conocimientos, sino habilidades.
¿Asistió a la última manifestación madrileña por la educación pública?
Sí, allí estuve. Tenemos una universidad low cost, sobre todo en Madrid, donde se está promocionando la educación privada en perjuicio de la pública. Tenemos profesores mal pagados y vamos a terminar como en Argentina, donde algunos son también taxistas porque ganan más en ello que dando clase. Hay que gastar mucho más en educación porque es la base de las generaciones futuras. Si no se hace, unos podrán estudiar y otros no, y los que vayan a lo público lo harán en desventaja.

En su obra Otra política es posible propone una modernización del estado de bienestar, ¿qué se está haciendo mal?
Hay que hacer un análisis serio del gasto público y modernizar su composición para que realmente se reduzcan las desigualdades. Hemos gastado mucho en infraestructuras como el AVE, que no necesariamente genera igualdad. La sanidad, la educación o la atención primaria sí reducen desigualdades porque benefician más a quien tiene menos recursos. El gasto no siempre se destina a quien más lo necesita, sino a quienes tienen más poder para pedirlo; se gasta más en pensiones porque los pensionistas votan más y menos en juventud porque los jóvenes votan poco.
En España parece que se ha pasado del miedo a la izquierda surgida del 15M al miedo a la extrema derecha, ¿cuál es su postura al respecto?
La gente está enfadada, y ese enfado ha ido cambiando de bando con el tiempo. En 2011, con el 15M, la indignación se dirigía contra los recortes y las políticas de Rajoy, se gritaba ‘no nos representan’. Ese cabreo lo canalizaron inicialmente Podemos y Ciudadanos, pero, al no cumplir con las expectativas, el enfado dio un giro y se desplazó hacia el otro extremo: la extrema derecha de Vox. Este cambio de voto es evidente en las zonas donde viven las clases medias aspiracionales, que antes apoyaban a Podemos, luego a Ciudadanos y ahora a Vox. La rabia, que originalmente surgía de la crisis económica, se ha transformado en miedo a temas como la inseguridad, la inmigración y la ocupación de viviendas.
Izquierda Unida ha tenido históricamente el electorado con más renta media porque para apoyar un cambio radical en la sociedad se necesita estar informado.
En ¿Cómo somos?: Un retrato robot de la gente corriente usted afirma que a Podemos lo votan más las clases altas que las bajas.
Izquierda Unida ha tenido históricamente el electorado con más renta media porque para apoyar un cambio radical en la sociedad se necesita estar informado. Llegar a la conclusión de que el mundo es injusto y debe cambiar requiere conocimiento, algo que generalmente tienen quienes pueden dedicar tiempo a leer y formarse. Su votante suele ser urbano y educado. Hay gente que no tiene tiempo o interés para leer el periódico todos los días o un libro cada semana. Para llegar a la conclusión de que el cambio climático es una amenaza, hay que haber leído un poco. Cuando vas al mundo rural, muchos agricultores sacan los tractores culpando de todo a la Agenda 2030.
¿Al PSOE lo votan los obreros?
Sí. Su ideología y valores son los que les dan sentido y dirección. Aunque no siempre tienen toda la información sobre política, para ellos el PSOE representa lo que quieren: mejores salarios, una vida mejor y oportunidades para sus hijos. Cuando sube el salario mínimo o se implementan políticas sociales, la clase trabajadora identifica que eso ocurre bajo gobiernos socialistas. En muchos casos, la política es más simple de lo que parece: la gente vota según sus intereses. Siempre digo que la gente cree que la política y el mundo funcionan como James Bond y en el fondo es más bien como Mortadelo y Filemón.
En Otra política es posible, aboga por una política racional, alejada de la polarización, la crispación y el enfado. Más que ser posible, ¿es probable?
Claro que es probable, aunque hoy es más difícil que hace 30 años. Como señaló hace poco Felipe González, el problema es que ahora hay muchos políticos que tienen vocación de poder, pero no un proyecto claro. Es decir, quieren llegar al poder, pero no saben qué hacer con él ni hacia dónde llevar el país. Hay enfado porque no hay un proyecto político concreto; se habla de grandes ideas, como acabar con la desigualdad, pero no se detalla cómo se hará. La política actual está llena de discursos vagos y promesas sin sustancia y los partidos, más que estructuras políticas, se han convertido en estructuras de poder donde nadie cuestiona nada.
Hace poco preguntamos a un alto cargo del Gobierno por la espectacularización de la política y nos respondió que los grandes discursos no los escucha nadie.
En mi época como alcalde nunca dejé que me escribieran los discursos porque siempre creí en el poder que tiene la palabra para cambiar la sociedad. Para el pregón de las fiestas, llevé al CEO de la mayor empresa de renovables del mundo y nos habló de las energías renovables y el cambio climático. Otro año llevé al corresponsal de guerra Gervasio Sánchez para que nos hablara de los conflictos armados, de la violencia, de cómo está organizado el mundo. La política es una herramienta para eso, para cambiar la sociedad de una forma positiva. La paradoja es que las personas con menos vocación de poder son, a menudo, las más necesarias para asumirlo. Pero esto no depende sólo de los políticos, también de los militantes, simpatizantes y ciudadanos. Los ciudadanos también son responsables de lo que está pasando.
Fotografía de portada: Camaron1992


