La Orquesta Sinfónica de la UCM cierra el curso con dos conciertos de inspiración romántica

Es noticiaSer complutense

El anfiteatro Ramón y Cajal de la Uni­ver­si­dad Com­plutense de Madrid acogió el 16 y 17 de junio los tradi­cionales concier­tos de fin de cur­so de su Orques­ta Sin­fóni­ca, dirigi­da por José Sanchís. Las dos veladas, mar­cadas por un pro­gra­ma de clara inspiración román­ti­ca, reunieron a un públi­co que respondió con aten­ción y entu­si­as­mo a una prop­ues­ta con­ce­bi­da como un recor­ri­do por la expre­sivi­dad, el col­or orquestal y el liris­mo pro­pios de este perío­do musi­cal. Sin embar­go, la asis­ten­cia no alcanzó la habit­u­al aflu­en­cia de otros años, algo que restó algo de ambi­ente a unas jor­nadas que, aun así, man­tu­vieron su carác­ter cer­cano y académi­co.

La primera parte estu­vo pro­tag­on­i­za­da por el Morceau de Con­cert para arpa y orques­ta, Op. 154, de Camille Saint-Saëns, obra de carác­ter vir­tu­osís­ti­co que puso en val­or las posi­bil­i­dades expre­si­vas del arpa. La joven solista Clara Berná, alum­na del Real Con­ser­va­to­rio Supe­ri­or de Músi­ca de Madrid, destacó por su sen­si­bil­i­dad y pre­cisión téc­ni­ca y ofre­ció una inter­pretación ele­gante que fue muy bien recibi­da por el públi­co. Como propina, en uno de los momen­tos más ínti­mos de la noche, la arpista inter­pretó jun­to a su her­mana, primer oboe, una del­i­ca­da ver­sión de El cisne, de Camille Saint-Saëns.

En la segun­da parte, la orques­ta abor­dó dos obras de gran con­traste estilís­ti­co. Por un lado, Blu­mine, de Gus­tav Mahler, pieza de carác­ter líri­co y melancóli­co orig­i­nal­mente con­ce­bi­da como parte de su Primera Sin­fonía, per­mi­tió lucir la sec­ción de met­ales en un diál­o­go con el resto de la orques­ta. Por otro lado, la suite de L’Arlésienne, de Georges Bizet, aportó un aire más teatral y col­orista, con rit­mos vivos y una orquestación bril­lante que evocó el mun­do escéni­co del com­pos­i­tor francés.

Como cierre, la orques­ta ofre­ció como rega­lo al públi­co el Inter­mez­zo de Cav­al­le­ria rus­ti­cana, de Pietro Mascagni. Esta pieza, una de las pági­nas más emblemáti­cas del reper­to­rio operís­ti­co ital­iano, fue inter­pre­ta­da con solem­nidad y pro­fun­di­dad expre­si­va, ponien­do el broche final a dos concier­tos que refle­jaron el tra­ba­jo y la evolu­ción artís­ti­ca de la for­ma­ción a lo largo del cur­so académi­co.

Al tér­mi­no de las jor­nadas, el direc­tor José Sanchís se mostró suma­mente sat­is­fe­cho con el desem­peño de los músi­cos, ase­gu­ran­do que “han esta­do a un grandísi­mo niv­el”. Para Sanchís, la músi­ca tra­sciende el plano mera­mente pro­fe­sion­al o tem­po­ral, es un motor vital que, des­de su per­spec­ti­va, posee una capaci­dad trans­for­mado­ra uni­ver­sal. “Todo el mun­do ten­dría que bucear en el mun­do de la músi­ca para ser más feliz”, ase­guró.


Mi primer concier­to de músi­ca clási­ca

Pablo Navar­ro Escrib­ano

Para alguien que nun­ca ha ido a un concier­to de músi­ca clási­ca, lo más lla­ma­ti­vo empieza antes de que suene la primera nota. Al entrar al anfiteatro de la Fac­ul­tad de Med­i­c­i­na el pasa­do martes 16 de junio muchas per­sonas se acer­ca­ban al esce­nario para mirar los instru­men­tos de cer­ca o lev­an­tar la vista hacia el piso de arri­ba, a los pal­cos cubier­tos por vidrio, un espa­cio que solo se abre cuan­do el públi­co supera las 500 per­sonas.

Des­de aba­jo uno se pre­gun­ta: ¿cómo se sube has­ta allí? Hay dos opciones: por las puer­tas del ter­cer piso o por las escaleras que están detrás del esce­nario que conectan la cab­i­na téc­ni­ca con los cameri­nos. Al ver todo este movimien­to, el espec­ta­dor de ver­dad se da cuen­ta de que el tra­ba­jo de una orques­ta no es solo tocar el día del concier­to, sino que detrás hay un esfuer­zo invis­i­ble de orga­ni­zación y ensayos de tres horas todos los lunes.

Mien­tras el públi­co se aco­mod­a­ba, los músi­cos empez­a­ban a afi­nar sus instru­men­tos. En ese instante ya se sen­tía un silen­cio total en la sala que demostra­ba una gran expectación. El concier­to comen­zó con la obra de Saint-Saëns, un ini­cio lleno de energía en el que las cuer­das acom­pañaron al arpa. El momen­to fue tan emo­cio­nante que var­ios asis­tentes lev­an­taron sus telé­fonos para grabar­lo en vídeo. Poco después, un suave due­to entre el arpa y el oboe creó un cli­ma de cal­ma y rela­jación.

Más ade­lante, en la pieza de Mahler, entraron en acción los instru­men­tos de vien­to-met­al y la per­cusión, hacien­do que la músi­ca sonara con mucha más fuerza, jus­to cuan­do entra­ban los últi­mos espec­ta­dores reza­ga­dos a la sala.

El cierre llegó con Bizet, que se sin­tió como un via­je de emo­ciones: primero ale­gre, después momen­tos más oscuros y dramáti­cos y, por últi­mo, la cal­ma para ter­mi­nar con una melodía fes­ti­va. El rit­mo final fue tan ani­ma­do que con­tag­ió a todo el públi­co, que rompió el silen­cio con un gran aplau­so, un momen­to val­o­rado por los músi­cos y la audi­en­cia en con­jun­to, aunque las buta­cas no mostraran un lleno com­ple­to.

Autores

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Plugin the Cookies para Wordpress por Real Cookie Banner