La sierra de la Groba: refugio de caballos salvajes y tradiciones milenarias
La sierra de la Groba es uno de los pocos lugares de Europa en donde habitan caballos salvajes. El pasado domingo más de doscientas personas se congregaron en Mougás, un pequeño rincón de Oia (Pontevedra), para presenciar el ancestral ritual del curro. El aire fresco propio de las montañas recibía a las familias locales, turistas curiosos y los propios ganaderos, quienes se preparaban para una intensa jornada de trabajo. A lo largo del día, cerca de doscientos equinos, fueron marcados, rapados y desparasitados. La actividad, que duró desde las nueve de la mañana hasta bien entrada la tarde, llenó de movimiento un paisaje donde el verdor de la vegetación y la bravura de los animales se combinaban para ofrecer un espectáculo único. Este año, lograron congregar más de 300 caballos entre los muros del curro, una estructura de piedra cuadrada de aproximadamente 100 metros por lado. El curro de Mougás se celebra el segundo domingo de junio y concluye la temporada de rapas en la sierra de la Groba.

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Centenares de personas asisten en Oia (Pontevedra) al curro de Mougás

La sier­ra de la Gro­ba es uno de los pocos lugares de Europa en donde habi­tan cabal­los sal­va­jes. El pasa­do domin­go más de doscien­tas per­sonas se con­gre­garon en Mougás, un pequeño rincón de Oia (Pon­teve­dra), para pres­en­ciar el ances­tral rit­u­al del cur­ro. El aire fres­co pro­pio de las mon­tañas recibía a las famil­ias locales, tur­is­tas curiosos y los pro­pios ganaderos, quienes se prepara­ban para una inten­sa jor­na­da de tra­ba­jo. A lo largo del día, cer­ca de doscien­tos equinos, fueron mar­ca­dos, rapa­dos y despar­a­sita­dos. La activi­dad, que duró des­de las nueve de la mañana has­ta bien entra­da la tarde, llenó de movimien­to un paisaje donde el ver­dor de la veg­etación y la bravu­ra de los ani­males se com­bin­a­ban para ofre­cer un espec­tácu­lo úni­co. Este año, lograron con­gre­gar más de 300 cabal­los entre los muros del cur­ro, una estruc­tura de piedra cuadra­da de aprox­i­mada­mente 100 met­ros por lado. El cur­ro de Mougás se cel­e­bra el segun­do domin­go de junio y con­cluye la tem­po­ra­da de rapas en la sier­ra de la Gro­ba.

Estos montes, for­ma­dos hace 325 mil­lones de años, y habita­dos des­de hace sig­los, com­pren­den cin­co ayun­tamien­tos de la región del Bajo Miño, al suroeste de Gali­cia: Baiona, Gon­do­mar, Oia, La Guardia y Tomiño. Aún lami­da por la erosión, la Gro­ba se ele­va agreste jus­to frente al Atlán­ti­co, generan­do un desniv­el de más de 500 met­ros. Este para­je, bel­lo y duro a la vez, es el hog­ar para aprox­i­mada­mente 1.300 cabal­los bravos o, como los lla­man los lugareños, bur­ras. Con una com­plex­ión más pequeña, de una sube­specie atlán­ti­ca, pero adap­ta­da a las condi­ciones de vida, los equinos limpian y des­brozan unos montes que, en parte debido a la dis­min­u­ción de ejem­plares, sufren cada tem­po­ra­da incen­dios más y más dev­as­ta­dores. Estos cabal­los, en la cul­tura pop­u­lar, tienen un carác­ter totémi­co, son ele­men­tos inher­entes a la zona, y así lo ates­tiguan los numerosos pet­rogli­fos repar­tidos por la sier­ra. No puede haber Gro­ba sin bur­ras.


Pet­rogli­fo de Out­eiro dos Lameiros, en Baiona, con rep­re­senta­ciones de cabal­los y jinetes | Fotos: Gus­ta­vo Pas­cual Her­mi­da

Durante todo el año, los cabal­los pas­tan libres por los montes, ali­men­tán­dose de tojos, reta­mas (xes­tas, en gal­lego) y demás veg­etación. Huyen del con­tac­to con el hom­bre y nada ni nadie les moles­ta en sus que­hac­eres, pero hay un día, uno al año, en el que sus ruti­nas se ven total­mente alter­adas: el día en el que se cel­e­bra el cur­ro, pop­u­lar­mente lla­ma­do a rapa das bestas. Aunque el más cono­ci­do es el de Sabuce­do, en la provin­cia de Pon­teve­dra se cel­e­bran muchos otros cur­ros. En la Gro­ba hay tres focos prin­ci­pales: el cur­ro de Val­ga, en el que gen­eral­mente par­tic­i­pan más per­sonas; el de Tor­roña, donde mueven más cabal­los, cer­ca de 500; y el de Mougás, uno de los más típi­cos. Pero tam­bi­en están el de San Cibrán o el de O Gal­iñeiro, el más pequeño, donde tradi­cional­mente las bur­ras eran mejores por el tipo de pas­to de la zona y donde los nuevos cer­ca­dos han reduci­do con­sid­er­able­mente el libre paso de los ani­males, impidién­doles el acce­so a los buenos pas­tos.

¿En qué consiste un curro?

Los cur­ros tienen tres fun­ciones prin­ci­pales: cat­a­log­ar, rapar y despar­a­sitar a los cabal­los. Durante el año, nacen nuevos equinos (en el de Mougás se mar­có a aprox­i­mada­mente 40 nuevos ejem­plares) a los que se les tiene que colo­car un microchip y mar­car para saber a quién pertenecen. Además, para que no sufran con el aumen­to de tem­per­atu­ra, los ganaderos les cor­tan el pela­je, las crines, y les rocían con un líqui­do despar­a­sitante. Según Eva Cobián, vet­eri­nar­ia pre­sente en el cur­ro de Mougás, los cabal­los “sufren muchas enfer­medades debido a las gar­ra­p­atas”. Estos parási­tos se unen a los cuadrúpe­dos en las zonas de más fácil acce­so a la piel, gen­eral­mente entre los mus­los y la cola. “Ten­emos casos de gripe hemor­rág­i­ca Crimea-Con­go, por eso esta­mos sacán­doles san­gre y anal­izán­dola. El prob­le­ma está en que muchas enfer­medades que les trans­miten las gar­ra­p­atas son con­ta­giosas y mor­tales para los humanos, como esta gripe”, ase­guró Cobián.

Los días pre­vios a la real­ización del cur­ro los ganaderos efec­túan bati­das por la sier­ra para bus­car y jun­tar a los cabal­los. Uti­lizan­do latas, sin líqui­do, pero con un par de piedras para que resue­nen al agi­tarse, ahuyen­tan a los equinos en la direc­ción que les intere­sa, has­ta que con­siguen con­cen­trar­los en los alrede­dores del cur­ro. Este no es sola­mente el nom­bre con el que se conoce la tradi­ción, sino tam­bi­en la estruc­tura en la que se jun­ta a los ani­males. Este año, en el cur­ro de Mougás se rapó a menos bur­ras que en otras oca­siones, los ganaderos se que­ja­ban de que muchas se les escaparon durante las bati­das: “Hoy aquí ten­emos sobre la mitad de las que deberían estar”, ase­guró uno de ellos.

Un ganadero saca una bur­ra para raparla | Foto: Pedro Pas­cual
Momen­to en el que mar­can a una cría | Foto: Pedro Pas­cual

Una vez reunidos, sep­a­ran a las hem­bras y sus crías de los machos. Estas entran por la mañana en el cer­co del cur­ro, para poder iden­ti­ficar bien a los nuevos ejem­plares. Después de com­er los machos entran tam­bién. Es a par­tir de este momen­to cuan­do empieza la lucha, pero una lucha sin abu­so, sin humil­lación. Los ganaderos con­cen­tran a todos los ani­males en un redil aún más pequeño donde pueden, o inten­tan, sacar uno a uno. Cada ganadero bus­ca sus cabal­los, los recono­cen por el pela­je, por las mar­cas…, detalles que pare­cerían insignif­i­cantes entre el mar de crines, pero ellos saben per­fec­ta­mente de quien es cada bur­ra. Los equinos se arremoli­nan y encabri­tan tratan­do de escapar. Los hom­bres, solo hay varones en este pro­ce­so del cur­ro, por­tan­do un palo largo al que colo­can cuida­dosa­mente un lazo en la pun­ta, se mueven cau­tos entre las bes­tias. “¡Ollo ali que está polo pesco­zo! (¡Ojo ahí que está por el cuel­lo!)”, gri­ta un ganadero may­or a uno más joven, y es que el lazo de este ulti­mo entró mal en la cap­tura del cabal­lo, lo que puede causar­le daño. Los ani­males pade­cen estrés durante todo el pro­ce­so, pero la may­oría de ellos inten­ta ahor­rar­les todo el per­juicio posi­ble.

Las crías pasan todo este tiem­po sep­a­radas de sus madres. Las con­cen­tran en un cer­co difer­ente. Para tratar con ellas no nece­si­tan palos ni lazos. Las car­gan al peso y las acer­can a una lum­bre donde tienen una vein­te­na de hier­ros calientes: las mar­cas de cada ganadero. Sujetán­dolas con fuerza entre var­ios se pro­duce el mar­ca­je. Estas bur­ras jóvenes se inten­tan librar, se retuercen y cocean, pero el hier­ro ardi­ente aca­ba irre­me­di­a­ble­mente graba­do en su piel. Humo y olor a carne que­ma­da es lo que que­da después. Ráp­i­da­mente les echan un líqui­do para hac­er que les cure lo antes posi­ble la heri­da y empieza la rapa. Ata­dos, tan­to a adul­tos como a jóvenes, les recor­tan la cola, la crin, los mechones de la frente y has­ta el pelo del hoci­co. Después, un vet­eri­nario, si es nece­sario, les inyec­ta las vac­u­nas que nece­site cada ejem­plar y les rocían un líqui­do despar­a­sitante. Aquí ter­mi­na a rapa das bestas de este año. El públi­co va aban­do­nan­do lugar y los ani­males vuel­ven a la lib­er­tad has­ta el próx­i­mo mes de junio.

Bur­ra encabri­ta­da mien­tras la saca­ban del redil | Foto: Pedro Pas­cual
Momen­to en el que despar­a­sitan a los cabal­los tras la rapa | Foto: Pedro Pas­cual

Fotografía de por­ta­da: Cabal­los reunidos en el cur­ro | Foto: Pedro Pas­cual

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