Los tres días en que volví a Teherán

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Regresó a Irán para vis­i­tar a su madre. Cuan­do esta­ba allí, EE.UU. e Israel atac­aron el país. Esta es su cróni­ca

Unas horas antes de la primera explosión que estreme­ció Teherán, me encon­tra­ba sen­ta­da en la mis­ma casa donde había tran­scur­ri­do mi infan­cia y pens­a­ba que tal vez, después de tan­to tiem­po, podría pasar unos días tran­qui­los jun­to a mi madre. Más que pre­ocu­pa­da, esta­ba feliz.

Durante el via­je de vuelta a Irán, a mi hog­ar, solo pens­a­ba en abrazar a mi madre con todas mis fuerzas. A pesar del miedo y del estrés, había vali­do la pena. El abra­zo de una madre siem­pre lo vale.

Ella no sabía que yo iba a volver y, cuan­do abrió la puer­ta, las dos rompi­mos a llo­rar de emo­ción. Durante un rato no hice otra cosa que mirar­la, como si quisiera com­pen­sar todos los años que había esta­do lejos en unos pocos min­u­tos.

Las primeras explosiones

Al día sigu­iente, viernes, fuimos al Gran Bazar. Había tan­ta gente que costa­ba res­pi­rar. Pero, en medio de la mul­ti­tud, algo parecía muer­to. A cada paso que daba me pre­gunt­a­ba: ¿cuán­tos han sido alcan­za­dos por dis­paros aquí? ¿Cuán­tos han muer­to? ¿Cuán­ta san­gre se ha der­ra­ma­do en estos ado­quines? Comi­mos kabab en un cono­ci­do restau­rante, felices de estar jun­tas. Quedamos en salir de nue­vo al día sigu­iente, sába­do, para ir a otro bazar, com­er algún pla­to iraní y dis­fru­tar un poco de la vida. En ese momen­to no lo sabíamos, pero nue­stros planes no se iban a cumplir.

El sába­do me des­perté a las nueve. Mien­tras orga­ni­z­a­ba mi via­je de vuelta, pens­a­ba en qué pasaría si atacaran Irán, pens­a­ba en mi madre. ¿Se asus­taría? ¿Quién la abrazaría?

Sus fuerzas de seguri­dad le arran­car­on el velo a mi ami­ga, la arras­traron tras una pared y la vio­laron. Al año sigu­iente se sui­cidó

La tele­visión esta­ba sin­toniza­da en Iran Inter­na­tion­al cuan­do, de repente, llegó la noti­cia: “Una explosión estreme­ció Teherán”. Todo se der­rum­bó en mi mente. Pedí un taxi ráp­i­da­mente para salir del país. Por primera vez en mi vida encendí un cig­a­r­ril­lo y me quedé per­di­da obser­van­do su humo. En el camino hacia la estación de auto­bus­es, el taxista me dijo: “Seño­ra, no se vaya, Trump dijo que esto ter­mi­nará en cua­tro días”.  La pre­sión y el estrés eran tan grandes que, sin dudar­lo, le dije: “Dé la vuelta”. Al lle­gar a casa, besé la mano de mi madre mil veces.

La muerte de Khamenei

Más tarde, esa mis­ma noche, en un grupo de Telegram vi una noti­cia que me dejó imp  acta­da: Khamenei había muer­to. Grité y reí y, durante unas horas, pen­sé que, por fin, todo había ter­mi­na­do.

Tan­tos jóvenes asesina­dos, tan­tas masacres, tan­tas órdenes de eje­cu­ción. Ojalá lo hubiéramos sen­ta­do en el ban­quil­lo de los acu­sa­dos. Ojalá le hubiéramos hecho pre­gun­tas y lo hubiéramos oblig­a­do a rendir cuen­tas. Ojalá le hubiéramos mostra­do los vídeos de nue­stros hijos masacra­dos mien­tras lo mirábamos a la cara. Ojalá hubiéramos podi­do pre­gun­tar­le cómo fue dic­ta­da y eje­cu­ta­da la orden de matar a cuarenta mil per­sonas o de dónde sacó tan­tas bol­sas negras para los cadáveres. Ojalá le pre­gun­taran por qué sus fuerzas de seguri­dad le arran­car­on el velo a mi ami­ga, la arras­traron tras una pared y la vio­laron, y ella al año sigu­iente se sui­cidó. Ojalá le pre­gun­taran qué pens­a­ba de los miles de migrantes que se ahog­a­ron en el mar tratan­do de bus­car un poco de lib­er­tad.

Mi madre, atur­di­da, cam­ina­ba sin rum­bo por la casa

El domin­go por la mañana, mien­tras desayun­a­ba con mi madre, el rui­do de un avión de com­bate sacud­ió la casa. Ater­ror­izadas, nos abrazamos. Me sen­té en el sue­lo detrás del sofá cuan­do, de pron­to, escuché otra explosión. Mi madre, atur­di­da, cam­ina­ba sin rum­bo por la casa. “Todo acabará. En una sem­ana ter­mi­nará todo”, me dijo.

Por la noche decidí salir a com­prar un poco de yogur. Después de tan­to miedo, ya no pens­a­ba ni en las bom­bas ni en el peli­gro. Encendí un cig­a­r­ril­lo. El segun­do cig­a­r­ril­lo de toda mi vida.

Mien­tras cam­ina­ba por la calle, me di cuen­ta de que muchas otras per­sonas tam­bién fum­a­ban. Sostenían un cig­a­r­ro en la mano mien­tras cam­ina­ban o mien­tras per­manecían inmóviles miran­do a su alrede­dor. Todos parecían sumergi­dos en sus pro­pios pen­samien­tos.

Hacia el supermercado

Lev­an­té la mira­da hacia la autopista. A las seis de la tarde siem­pre esta­ba llena de coches, luces y trá­fi­co pesa­do. Pero esa noche esta­ba casi com­ple­ta­mente oscu­ra. De vez en cuan­do pasa­ba un coche. Nada más. Era difí­cil creer que una autopista tan grande pudiera estar tan vacía.

Mien­tras cam­ina­ba hacia el super­me­r­ca­do, un bar­ren­dero munic­i­pal limpia­ba la calle. Me sor­prendió tan­to que me acerqué y le pre­gun­té:

- ¿El Ayun­tamien­to sigue fun­cio­nan­do? ¿Por qué estás tra­ba­jan­do?

Me miró y respondió con una son­risa tran­quila:

- No está abier­to. Limpio por mí mis­mo.

Me quedé mirán­do­lo unos segun­dos, sin enten­der lo que quería decir. Entonces, con­tin­uó hablan­do: “Esta vez no estoy limpiando san­gre. Ni siquiera hay basura que recoger —hizo una pausa y lev­an­tó la esco­ba—. Sien­to olor a lib­er­tad. Estoy limpiando las calles de una ciu­dad libre”. Después se rió. Su risa fue extraña y her­mosa al mis­mo tiem­po.

Esta vez no estoy limpiando san­gre. Ni siquiera hay basura que recoger”

La autopista seguía vacía, como si él mis­mo la hubiera bar­ri­do. Pero esta vez no era por miedo sino porque nos habían dicho que nos quedáramos en casa: el Shah, Trump, Israel… que no sal­iéramos has­ta que nos dijer­an que era seguro. Pero este pueblo ya había vivi­do miles de miedos. El miedo no era algo nue­vo.

Seguí cam­i­nan­do has­ta lle­gar a una pequeña tien­da. Era la úni­ca abier­ta en toda la calle, la úni­ca luz encen­di­da en medio de una oscuri­dad pro­fun­da. En ese momen­to, se escuchó otra explo­sion, pero ya nadie se sor­prendía. El ten­dero lev­an­tó la cabeza y dijo, casi con entu­si­as­mo: “¡Ah, qué bien! Otra parte de este Gob­ier­no aca­ba de ser gol­pea­da. Vamos a ver cuál de ellos murió esta vez”.

Com­pré el yogur y salí. Mien­tras regresa­ba a casa, lev­an­té la vista hacia los edi­fi­cios. En los teja­dos había gente. Algunos reían. Otros gri­ta­ban de ale­gría. Algunos toma­ban fotos con sus telé­fonos. Era extraño ver aque­l­lo. Todos creían que esas bom­bas no esta­ban dirigi­das con­tra la gente inocente, sino con­tra el poder que durante años había gol­pea­do a su pueblo, (y) logra­do, inclu­so, que muchos se ale­jaran de su propia fe.

En medio de todo eso, la ciu­dad seguía res­pi­ran­do lenta­mente, esperan­do.

Ya han pasa­do dos sem­anas. Ya no estoy en Teherán, pero des­de el comien­zo de la guer­ra y durante esos tres días que estuve allí, no hubo ni una sola noche en que dur­miera sin pastil­las.  Todo era ansiedad y pre­ocu­pación. Con cada rui­do, salta­ba de inmedi­a­to. La vida nor­mal dejó de ten­er sen­ti­do para mí.

Es ver­dad que aho­ra la vida en Irán no es nor­mal, pero es que antes tam­poco lo era.


Día 1

Imá­genes de un mer­ca­do de Teherán el día antes del ataque I Sab­ri­na

Día 2

En la fron­tera entre Turquía e Irán I Sab­ri­na

Día 3

Una plan­ta petrol­era de Teherán arde tras ser ata­ca­da I Sab­ri­na

La cap­i­tal, en una oscuri­dad casi total, en los primeros día tras el ini­cio de la Guer­ra I Sab­ri­na

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