Madrid, dividida en dos: ultraderecha juvenil y respuesta antifascista toman el centro de la ciudad
Los extremos se tocan, y así estuvo a punto de pasar en el centro de Madrid el pasado viernes por la tarde. La capital se convirtió en el escenario de una inquietante postal política, donde dos manifestaciones opuestas, convocadas con escasas horas de diferencia, recorrieron las calles bajo una fuerte presencia policial y un ambiente de tensión latente.
Por un lado, unos 300 simpatizantes de Falange Española, en su mayoría adolescentes vestidos de negro, desfilaron por la calle Preciados coreando consignas xenófobas y ultranacionalistas. Bajo el lema “Remigración. Por unos barrios seguros”, exigieron la expulsión de todos los inmigrantes no blancos ni cristianos, en lo que denominan un plan “para salvar Occidente”. Su media de edad rozaba los 18 años, y muchos portaban banderas españolas sin el escudo constitucional.
El discurso fue claro y sin matices: “Que se vayan en avión, en patera o nadando, pero que se vayan”, clamaba un hombre desde un megáfono en Callao, mientras los manifestantes repetían lemas homófobos y racistas. No faltaron insultos a políticos como Isabel Díaz Ayuso —acusada por los manifestantes de “convertir Madrid en América Latina”— ni ataques al ministro del Interior, Marlaska, hacia su orientación sexual.

Durante su recorrido hacia la Puerta del Sol, cortado finalmente por la Delegación del Gobierno para evitar el acceso al multicultural barrio de Lavapiés, se vivieron momentos de tensión. Varios comerciantes cerraron sus locales al paso de la comitiva, y algunos viandantes buscaron refugio en tiendas cercanas. No faltaron saludos fascistas, canciones como Primavera y amenazas a transeúntes racializados, incluido un incidente en el que más de 20 hombres increparon a cuatro mujeres y una niña por su aspecto. La intervención de la Policía Nacional evitó que la situación se agravara, pero los insultos hacia los agentes tampoco se hicieron esperar.
A escasos metros y casi en paralelo, en la Plaza de Tirso de Molina, varios colectivos “antifascistas”, partidos y organizaciones de izquierdas organizaron una contramarcha. Corearon consignas como “Fuera, fascistas, de nuestros barrios” y “No pasarán”, en una concentración igualmente multitudinaria, con una media de edad algo mayor, en torno a los 25 años. A primera vista podría parecer una acción más desorganizada pero todo lo contrario. Los autodenominados antifascistas hicieron un pasacalles por el barrio de Lavapiés como forma de demostrar que en ese territorio no son bienvenidos los ultranacionalistas, que se encontraban en los alrededores de la plaza Jacinto Benavente.
Poco después de las diez de la noche, se vivió el momento más tenso de la jornada cuando un grupo de manifestantes antifascistas intentó romper un cordón policial. La respuesta de los antidisturbios fue inmediata: varios disparos al aire, uso de porras y gas pimienta para dispersar la protesta. La plaza se vació en minutos.

A pesar de su radical oposición ideológica, ambas manifestaciones coincidieron en un elemento común: el desprecio hacia las fuerzas del orden. Mientras los antifascistas los acusaban de simpatizar con la extrema derecha, los falangistas insultaban a los agentes por impedirles alcanzar su destino final.
La jornada dejó una imagen preocupante: la ultraderecha se nutre de una nueva generación de jóvenes organizados, uniformados, con estrategia comunicativa y presencia callejera. “Se les viene una a ustedes dentro de 30 años”, advertía Carmen, una ciudadana uruguaya residente en Madrid, impresionada por la juventud de los asistentes.
Madrid vivió así una tarde dividida, crispada y simbólica: una ciudad plural, enfrentada a sí misma, donde el choque ideológico no solo se grita, sino que se desfila y se enfrenta en las calles. Mientras unos intentan imponer el miedo, otros intentan resistirlo.
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