Jesús G. Maestro: “Hoy se educa para ser feliz. Antes se educaba para asumir la realidad”

Entrevistas

El cat­e­dráti­co de Teoría de la Lit­er­atu­ra y Lit­er­atu­ra Com­para­da aca­ba de pub­licar Una filosofía para sobre­vivir al siglo XXI

El filól­o­go asturi­ano Jesús G. Mae­stro pre­sen­ta Una filosofía para sobre­vivir en el siglo XXI, un ensayo en el que reflex­iona sobre la edu­cación, el tra­ba­jo, el poder y la vigen­cia de la lit­er­atu­ra. Mae­stro es cat­e­dráti­co y pro­fe­sor en la Uni­ver­si­dad de Vigo, y a través de Youtube, Mae­stro pub­li­ca sus clases y con­fer­en­cias para que puedan ser acce­si­bles des­de cualquier parte del plan­e­ta en el que haya acce­so a inter­net. 

El per­son­aje que aparece en los vídeos de Mae­stro es tajante, cor­tante e hiper­bóli­co, pero ese per­fil no se cor­re­sponde con la per­sona: ”Sería imposi­ble con­vivir con ese per­son­aje”. 

Cuan­do llegó a la fac­ul­tad, donde ten­dría lugar la entre­vista, pro­pu­so tomar un café. Más tarde, se quedó a com­er el menú del día en la cafetería, por seis euros y medio, sen­ta­do con el grupo del per­iódi­co. La per­sona, no el per­son­aje, resultó ser alguien afa­ble, aten­to y pro­fun­da­mente cor­dial.

Ust­ed dijo en una entre­vista que sus héroes son quienes mueren en acci­dentes lab­o­rales tratan­do de abrirse camino en la vida. ¿Cuáles son sus orí­genes?

Geográ­fi­ca­mente, ven­go de dos famil­ias. Una, la pater­na, vin­cu­la­da a Asturias, conc­re­ta­mente a la cuen­ca min­era. Mi abue­lo fue, como decía Víc­tor Manuel, un “abue­lo pic­a­dor”. Toda mi famil­ia pater­na tra­ba­jó en las minas. Mi abuela murió de tuber­cu­lo­sis a los vein­tidós años, dejan­do a mi padre de ape­nas tres y a mi tío recién naci­do. Mi padre fue el primero que no bajó a la mina. 

Por parte mater­na pro­ce­do de un pueblecito lla­ma­do Fran­za, en las Rías Altas de A Coruña. Y el apel­li­do Mae­stro viene de mi abue­lo mater­no, que era de Palen­cia. Él vivió tiem­pos muy adver­sos, porque la Guer­ra Civ­il le sor­prendió en un ban­do que no com­partía. Se trasladó a la zona repub­li­cana, fue detenido, con­de­na­do a muerte y, final­mente, indul­ta­do. Así que, en el fon­do, yo no soy más que el resul­ta­do de esa España com­ple­ja, heri­da y con­tra­dic­to­ria.

¿Cómo cree que han influ­i­do esos orí­genes en su libro Una filosofía para sobre­vivir en el siglo XXI?


Mucho más que el genotipo, ha influ­i­do el fenotipo. No tan­to los genes, sino el con­tex­to en el que uno nace, crece y se rela­ciona. Lo que los demás te per­miten ser, más allá de la resisten­cia que puedas ofre­cer a todo eso. La lib­er­tad es, en defin­i­ti­va, lo que te dejan hac­er, y tam­bién lo que tú per­mites a los demás hac­er. Por eso creo que es más deter­mi­nante lo que hace­mos con aque­l­lo de lo que par­ti­mos que el mero dato biológi­co.

En su libro afir­ma que la edu­cación de medi­a­dos del siglo XX tenía como propósi­to “edu­car al ser humano para la lib­er­tad”. ¿Cómo recuer­da esa edu­cación que recibió en los años 70 y 80?

Aque­l­la edu­cación no habla­ba de lib­er­tad en los tér­mi­nos que yo empleo aho­ra, pero era una edu­cación ori­en­ta­da hacia la lib­er­tad, si la com­paro con la actu­al. Hoy se edu­ca para ser feliz. Antes se edu­ca­ba para asumir la real­i­dad. Mis pro­fe­sores no tenían interés en que aprendiéramos cier­tos conocimien­tos, sino en demostrar la autori­dad que ostenta­ban. Y esa autori­dad, bien o mal fun­da­men­ta­da, gen­er­a­ba en nosotros la necesi­dad de bus­car estrate­gias para ejercer nues­tra lib­er­tad. El exce­so de autori­dad agudiza el inge­nio para bus­car resquicios.

En la uni­ver­si­dad de los años 80, el pro­fe­so­ra­do des­pre­cia­ba al alum­na­do. Éramos una masa anón­i­ma. En clases de cien alum­nos, entra­ban cien­to veinte. Los pro­fe­sores tenían una lib­er­tad abso­lu­ta, sin rendir cuen­tas, y la uni­ver­si­dad, pese a sus defec­tos, disponía de muchos recur­sos. Era mejor que en 1960 y, en mi opinión, mejor que hoy. Pero siem­pre, como digo, el éxi­to uni­ver­si­tario se ha basa­do en el auto­di­dac­tismo.

Adquirir conocimien­tos que nos capaciten para actu­ar es la úni­ca garan­tía de super­viven­cia

¿Nece­si­ta esta gen­eración escuchar eso de “joven estudie, joven tra­ba­je, joven no pier­da el tiem­po”?

Yo creo que sí. Pero no es una cuestión solo de esta gen­eración, sino de cualquier ser humano, en cualquier época. La clave está en hac­erse com­pat­i­ble con la real­i­dad, porque si no, la real­i­dad te destruye. Y la úni­ca for­ma de hac­erse com­pat­i­ble con ella es cono­cer cómo fun­ciona: el mer­ca­do lab­o­ral, la economía, la salud, el medio social en el que vivi­mos.

Adquirir conocimien­tos que nos capaciten para actu­ar en esa real­i­dad es la úni­ca garan­tía de super­viven­cia. Por eso insis­to tan­to en la util­i­dad del conocimien­to, de las lenguas, de las cien­cias y los saberes. Estu­di­ar es prepararse para tra­ba­jar, y tra­ba­jar es inter­ac­tu­ar con los demás. Y quien no tra­ba­ja no madu­ra. Eso lo he dicho muchas veces. Porque el tra­ba­jo te pone cara a cara con tus iguales y, a menudo, con tus ene­mi­gos. Los ene­mi­gos casi siem­pre son los de tu pro­pio ofi­cio.

Umber­to Eco decía que “la uni­ver­si­dad o es elit­ista o no es”. ¿Qué opinión le merece esa afir­ma­ción?

Bueno, ese tipo de fras­es sue­nan bien, como podría decirse tam­bién sobre el vino o los tomates. Es un enun­ci­a­do bor­giano, muy pro­pio de Eco. Pero, dicho esto, una edu­cación de cal­i­dad siem­pre requiere fil­tros y selec­ción. No se tra­ta de elit­ismo económi­co, sino int­elec­tu­al. El piano, por ejem­p­lo, solo sue­na bien si lo toca alguien com­pe­tente.

Hoy en día, los fil­tros son cada vez más lax­os. La EBAU, que sería ese fil­tro de entra­da, la supera el 98 % de los alum­nos. Y claro, una uni­ver­si­dad masi­fi­ca­da, como la actu­al, se con­vierte en un esce­nario donde hay trein­ta per­sonas y ape­nas tres o cua­tro intere­sa­dos de ver­dad. Siem­pre ha sido así, solo que antes no se pre­tendía con­tentar a todos.

Jesús G. Maestro
“En los 80 la uni­ver­si­dad era masi­va y los pro­fe­sores des­pre­cia­ban abier­ta­mente al alum­na­do, y aun así, en mi opinión, era mejor que la de hoy” | Foto: Pedro Pas­cual

¿Cómo recuer­da su eta­pa uni­ver­si­taria?

Era una uni­ver­si­dad masi­va y los pro­fe­sores des­pre­cia­ban abier­ta­mente al alum­na­do. En las aulas, a veces, nos sen­tábamos en los escalones. Los pro­fe­sores no sabían nue­stros nom­bres, no existían guías docentes y cada cat­e­dráti­co hacía y deshacía a su anto­jo. Algunos ayud­a­ban, otros no, y algunos direc­ta­mente eran un prob­le­ma.

Yo tuve pro­fe­sores útiles, otros intrascen­dentes y algunos con celos académi­cos hacia mí. Recuer­do que, sien­do estu­di­ante, publiqué artícu­los en pren­sa y des­cubrí tres car­tas inédi­tas de Una­muno. Eso provocó entre dos de mis pro­fe­sores una celotip­ia lam­en­ta­ble. Inclu­so, cuan­do gané un pre­mio inter­na­cional sobre El Qui­jote, solo una pro­fe­so­ra de inglés —que ni me había dado clase— me felic­itó. Los demás, nada.

Con 16 años empezó a pub­licar artícu­los en pren­sa. ¿Sobre qué escribía?

Empecé envian­do tex­tos a la sec­ción ”Los lec­tores opinan” de La Nue­va España. Eran artícu­los sobre lit­er­atu­ra y filosofía, obser­va­ciones que puede hac­er un ado­les­cente, pero con cier­ta sol­ven­cia. Me pub­li­caron el primero y seguí man­dan­do.

Recuer­do que uno de mis primeros tex­tos trata­ba sobre La rebe­lión de las masas, de Orte­ga y Gas­set, y la idea de la minoría selec­ta. Eran temas que a esa edad me fascin­a­ban. Más ade­lante, entré en redac­ciones de per­iódi­cos locales, tra­ba­jé en ver­a­no, redac­tan­do en máquinas de escribir, sin posi­bil­i­dad de cor­re­gir errores. Y eso, para un joven de 20 años, fue un entre­namien­to ver­bal y filológi­co extra­or­di­nario.

¿Era ust­ed un ide­al­ista?

Ide­al­ista, no. Y tam­poco tuve razones para ser­lo. La uni­ver­si­dad fue, para mí, la con­stat­ación de que el ide­al­is­mo no fun­ciona. Cuan­do te enfrentas a la mal­dad o a un obstácu­lo que sabes quién lo pone y por qué, no hay for­ma de ide­alizar­lo. Des­cubres tram­pas, inco­heren­cias entre lo que se dice y lo que se exige, pre­gun­tas de exa­m­en sobre lo que no se ha expli­ca­do… y te das cuen­ta de que la real­i­dad no es ningún ide­al.

El ide­al­is­mo con­duce al fra­ca­so. El Qui­jote lo enseña muy bien. Un ide­al­ista no debería ten­er ningún car­go de respon­s­abil­i­dad porque puede arru­inarlo todo. Los empre­sar­ios ide­al­is­tas fra­casan. Otra cosa es que simulen un ide­al­is­mo para los demás, pero eso ya es otro juego.

Hoy pub­li­ca artícu­los de actu­al­i­dad. ¿Habla de políti­ca?

De políti­ca par­tidista, no. Eso ya lo hacen otros. Yo pro­puse lla­mar a mi colum­na Ni die­stro ni sinie­stro, porque no escri­bo para ningún lado. Hablo de hechos actuales, de lit­er­atu­ra, del Qui­jote, del rui­do, de Borges, de cómo la lit­er­atu­ra sigue sien­do una her­ramien­ta de inter­pretación de la vida, inclu­so en la empre­sa.

Para mí, la políti­ca en El Qui­jote es mucho más actu­al que cualquier debate par­la­men­tario de hoy. Lo políti­co que me intere­sa es la orga­ni­zación de la lib­er­tad y la admin­is­tración del poder. Lo demás lo comen­tan todos los demás.

En sus vídeos ha men­ciona­do muchas veces su admiración por Clarín y La Regen­ta. ¿Por qué es tan impor­tante para ust­ed?


Porque después de El Qui­joteLa Regen­ta es una de las grandes nov­e­las de la lit­er­atu­ra uni­ver­sal. Clarín tiene un sen­ti­do de la ironía muy asturi­ano y gal­lego, como Cer­vantes —a quien, por cier­to, creo gal­lego, aunque no lo pue­da demostrar nun­ca—.

La Regen­ta tiene un comien­zo extra­or­di­nario: La hero­ica ciu­dad dor­mía la sies­ta. Eso es bar­ro­co tardío, es demole­dor. Es una obra que pone el dedo en la lla­ga de la vida, pero por estar escri­ta en español ha sido poco inter­pre­ta­da. Si se hubiese escrito en francés o inglés, se habría estu­di­a­do mucho más.

Clarín lo dejó claro:  Los críti­cos no medran porque van con­tra las fig­uras que per­miten medrar


¿Cree que sigue vigente ese anti­cler­i­cal­is­mo que aparece en La Regen­ta?

No en los mis­mos tér­mi­nos. La Igle­sia ha cam­bi­a­do mucho, ha asim­i­la­do muchas de las críti­cas que se le hicieron y se ha adap­ta­do. Como decía Anto­nio Gala: El dia­blo sabe más por viejo que por dia­blo. La Igle­sia tam­bién. Ha muta­do.

El anti­cler­i­cal­is­mo de Clarín o de Galdós ya no se sostiene como hace cien años. Aunque las acti­tudes y los dis­cur­sos cam­bi­en, el poder siem­pre se adap­ta. Los int­elec­tuales que real­mente crit­i­can el poder no son los que ocu­pan car­gos. Clarín lo dejó claro: Los críti­cos no medran porque van con­tra las fig­uras que per­miten medrar”.

En su libro tam­bién reivin­di­ca a Miguel de Una­muno como un int­elec­tu­al que se enfren­tó al poder. ¿Qué podemos apren­der de él hoy?

Una­muno fue, en mi opinión, un int­elec­tu­al autén­ti­co, pero no porque fuera neu­tral, sino porque se definió siem­pre con­tra el poder vigente. Y esto es impor­tante: no existe un poder. Hay muchos poderes enfrenta­dos entre sí. Y los int­elec­tuales, lo quier­an o no, hablan des­de uno para criticar a otro. Porque nadie habla des­de un vacío de poder.

Una­muno se enfren­tó a todos: a la monar­quía, a la Repúbli­ca, al alza­mien­to nacional… y lo hizo jugán­dose lit­eral­mente la vida. Cuan­do pro­nun­ció aquel famoso dis­cur­so del 12 de octubre, algunos famil­iares pen­saron que no sal­dría vivo. Y, sin embar­go, lo hizo. Aunque, curiosa­mente, tam­bién se ha sabido después que, en un momen­to pre­vio, llegó a apor­tar 5000 pese­tas para finan­ciar el alza­mien­to. Es decir, no era un hom­bre de posi­ciones cómodas ni pre­vis­i­bles.

Esa capaci­dad para enfrentarse, para no callarse, para asumir las con­se­cuen­cias de sus pal­abras y sus con­tradic­ciones, es lo que le hace impre­scindible. Era un hom­bre de com­bate, de pal­abra arries­ga­da. Eso es algo que hoy escasea.

Ust­ed sostiene que las lib­er­tades actuales son una deu­da históri­ca. ¿A quién debe­mos esas lib­er­tades?

A quienes des­obe­decieron la ley. La lib­er­tad no es algo que crez­ca con el tiem­po como el cabel­lo o los kilos de una per­sona. No porque hayan pasa­do tre­scien­tos años somos nece­sari­a­mente más libres. Hay cosas que antes se podían hac­er y hoy no, y vicev­er­sa.

Las lib­er­tades avan­zan porque siem­pre hay quien las pone en cuestión. Si todo el mun­do hubiera obe­de­ci­do las leyes del siglo XIX, las mujeres no habrían vota­do jamás y la esclav­i­tud seguiría vigente en muchos sitios. Las leyes cam­bian porque hay quien las desafía. La real­i­dad siem­pre va mucho más deprisa que el códi­go civ­il y penal.

Los cam­bios ver­daderos los logran quienes se arries­gan a ir más allá. Por eso siem­pre he dicho que ejercer la lib­er­tad no es obe­de­cer la ley, sino pon­er­la a prue­ba.

Jesús G. Maestro
“Después de El Qui­jote, La Regen­ta es una de las grandes nov­e­las de la lit­er­atu­ra uni­ver­sal” | Foto: Pedro Pas­cual

¿Cree ust­ed que Europa sigue sien­do un balu­arte para esas lib­er­tades?

No nece­sari­a­mente. Aunque fuera de Europa haya vis­to cosas espan­tosas, no creo que la lib­er­tad pertenez­ca a ningún con­ti­nente. Esa idea de morir por Europa me resul­ta muy desagrad­able. Me recuer­da a Mil­lán Astray y su Muera la inteligen­cia. La guer­ra es una for­ma de homi­cidio legit­i­ma­da por las democ­ra­cias, y a mí eso me repele.

Si alguien quiere ir a la guer­ra, que vaya, pero no me gus­ta ver cómo una gen­eración que predicó el paci­fis­mo aho­ra quiere enviar a otra al frente. Siem­pre ha sido así: los que man­dan no com­bat­en. En la Segun­da Guer­ra Mundi­al los estu­di­antes de Oxford y Cam­bridge morían en las trincheras para que otros no tuvier­an que hac­er­lo.

El amor es un acon­tec­imien­to serio, irre­ductible a las transac­ciones del mer­ca­do o a los jue­gos de con­ve­nien­cia




Ust­ed ha dicho que la democ­ra­cia es el sis­tema que per­mite con­vivir con per­sonas que pien­san dis­tin­to sin matarse. ¿Sigue creyen­do eso?

Claro. Esa es su gran vir­tud. La democ­ra­cia no es el paraí­so, pero es un sis­tema que per­mite vivir jun­tos a per­sonas que pien­san de for­ma rad­i­cal­mente opues­ta sin necesi­dad de elim­i­narse. En otros regímenes eso no es posi­ble.

La democ­ra­cia no es per­fec­ta. No siem­pre cumple lo que prom­ete, pero al menos, teóri­ca­mente, per­mite con­vivir en la difer­en­cia. Lo com­pli­ca­do es com­pat­i­bi­lizar dis­tin­tos con­cep­tos de lib­er­tad, pero al menos ofrece el mar­co para inten­tar­lo.

Y ust­ed, ¿vota?

Esa es una pre­gun­ta tan per­son­al que no sue­lo respon­der. Si digo que no voto, pare­cería que desle­git­i­mo la democ­ra­cia. Si digo que sí, me desle­git­i­mo a mí mis­mo. Así que pre­fiero no con­tes­tar. Que cada cual inter­prete lo que quiera. Esa es una respues­ta cer­van­ti­na, creo.

¿Cuál cree que ha sido la mejor democ­ra­cia de la his­to­ria?

Ningu­na en par­tic­u­lar. La democ­ra­cia no ha sido nun­ca un fenó­meno con­stante. Ha apare­ci­do y desa­pare­ci­do a lo largo de la his­to­ria, como el Gua­di­ana. Cuan­do vuelve, nun­ca es igual. La democ­ra­cia ate­niense, por ejem­p­lo, sería hoy incon­sti­tu­cional. Las mujeres no vota­ban, los esclavos tam­poco. La democ­ra­cia esta­dounidense de los sig­los XVIII y XIX se sus­ten­tó sobre la esclav­i­tud.

Cuan­do se habla de democ­ra­cia, con­viene pre­gun­tarse primero: ¿de qué democ­ra­cia esta­mos hablan­do? Porque las históri­c­as, vis­tas hoy, no sopor­tan mucho elo­gio. Yo no ten­go for­ma­ción políti­ca para pro­nun­cia­rme con autori­dad sobre cuál ha sido la mejor. Solo puedo hablar des­de mi expe­ri­en­cia y mi obser­vación.

Ust­ed ha escrito Una filosofía para sobre­vivir en el siglo XXI. ¿Está dirigi­do espe­cial­mente a las gen­era­ciones jóvenes?

No se equiv­o­ca demasi­a­do. Es la primera vez que escri­bo un libro pen­sa­do para un públi­co gen­er­al, no académi­co. Has­ta aho­ra, toda mi obra —como La críti­ca de la razón lit­er­aria, que son 25 tomos escritos durante más de veinte años— esta­ba ori­en­ta­da a lec­tores espe­cial­iza­dos en inter­pretación lit­er­aria. Este libro, no.

Es un tex­to escrito para cualquiera que ten­ga interés en com­pren­der cómo enfrentarse a la vida actu­al, pero sin dis­frazar­lo de man­u­al de autoayu­da. Aunque algunos lo inter­pre­ten así, no lo es. Es más bien un espe­jo de príncipes con­tem­porá­neo. Una serie de pau­tas y adver­ten­cias sobre lo que se van a encon­trar quienes quier­an sobre­vivir, con algo de decen­cia int­elec­tu­al y sin demasi­adas tram­pas, en este siglo XXI.

El títu­lo incluye la pal­abra “filosofía”, aunque ust­ed mis­mo ha sido críti­co con la filosofía académi­ca. ¿Cómo entiende aquí ese tér­mi­no?

Aquí no se tra­ta de filosofía en el sen­ti­do académi­co, como pueden ser los sis­temas de Kant o Hegel, sino de una man­era de mirar la vida. Yo sosten­go que hay per­sonas que nun­ca han leí­do filosofía y, sin embar­go, tienen una filosofía de vida mucho más sól­i­da que muchos doc­tores en filosofía. Per­sonas que han lev­an­ta­do una famil­ia, que han edu­ca­do a sus hijos en medio de difi­cul­tades, que han sobre­vivi­do. Esa es tam­bién una filosofía, y prob­a­ble­mente, mucho más útil.

El filó­so­fo pro­fe­sion­al, muchas veces, no inter­pre­ta la real­i­dad, sino que inter­pre­ta los libros de otros filó­so­fos. Eso está bien, pero no bas­ta. Este libro está pen­sa­do para quien quiera enfrentarse a la vida con serenidad y sin auto­en­gaños.

Y ya que en el libro tra­ta tam­bién sobre el amor, ¿cree ust­ed en él?

Creo en el amor porque lo he vivi­do, no porque me lo hayan con­ta­do ni porque lo haya leí­do en los libros. El amor es un acon­tec­imien­to serio, irre­ductible a las transac­ciones del mer­ca­do o a los jue­gos de con­ve­nien­cia. El sexo se puede com­prar; el amor, no.

El amor no se nego­cia, no se inter­cam­bia, no se acu­mu­la. Se vive o no se vive. Y quien lo ha vivi­do de ver­dad sabe que lo que se mul­ti­pli­ca se devalúa, que hay cosas sagradas —y el amor es una de ellas— que no se pueden pro­fa­nar sin con­se­cuen­cias. Yo siem­pre digo que según se ama, así se es. Lo que uno ama, y cómo lo ama, rev­ela su ver­dadera condi­ción.




Autores

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Plugin the Cookies para Wordpress por Real Cookie Banner