El vecino incómodo de la Acrópolis
Con sus problemas de mendicidad, drogadicción y delincuencia, el barrio de Omonia es el elefante en el salón de Atenas
Los rayos de sol se filtran por los agujeros del toldo raído de una cafetería. A ras de baldosa, descafeinados, los vagabundos se despiertan somnolientos. Las calles vibran con una cacofonía de gritos, insultos y droga, muchísima droga. Omonia no es un barrio cualquiera. Ubicado en el centro de Atenas, con sus destartaladas calles bajo los efectos de estupefacientes, dista mucho de ser el vecino ideal de la Acrópolis, emblema del civismo ateniense.
“No vayas, y mucho menos de noche”, me advirtió un taxista entrado en años, menudo, compacto y canoso, mientras les echaba un pulso a todos los radares de tráfico desde el aeropuerto al barrio. Menudo recibimiento, aunque no le culpo. Si yo fuese el y me encontrase a un larguirucho de veinte años de erasmus con ganas de hacer reportajes, seguro que lo recibiría con la misma incredulidad -pero con menos velocidad, eso sí-.

Las sonrisas se congelan, las palabras languidecen en murmullos, la frente se ondula, la mano busca cobijo en sus pertenencias. Da cierta ternura ver a los turistas llegar a las maltrechas, agrietadas y grafiteadas calles de Omonia. Por esto me costó tan barato el hotel en el centro, me imagino que pensarán.
En el barrio, nadie quiere hablar y los que lo hacen, no hablan inglés. Luego hay un tercer grupo: aquellos a los que no conviene preguntar. Miradas perdidas, piel amoratada, reseca y rastas involuntarias. El decrépito escenario contrasta con las manos que alzan orgullosas, como si del santo grial se tratara, las pipas de Sisa: metanfetamina cristalizada que consumen y que les consume.

Sin embargo, igual por un retorcido síndrome de Estocolmo, hasta a la decadencia se le acaba cogiendo cariño. Detrás de esas desaliñadas casas hay personas honradas y trabajadoras que no se resignan a existir en el lugar que les ha tocado vivir. En la ruidosa cacofonía multicultural también se distinguen las risas de los obreros en el descanso, la carrera de un niño que apura el timbre de clase, la angustia de una familia que no llega a fin de mes o los tarareos del hit del verano griego. Oh Omonia, ¿cómo no te voy a querer?


