Patología de la Transición,una mirada crítica desde el escenario al paso de la dictadura a la democracia

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La obra Patología de la Tran­si­ción: del repúbli­co hidal­go don Anto­nio Gar­cía-Tre­vi­jano ha regre­sa­do a las tablas madrileñas con una fun­ción ini­cial el pasa­do sába­do, 28 de febrero, sien­do ésta la primera de una serie de pre­senta­ciones con fechas futuras aún por definir.

La obra de teatro, escri­ta y dirigi­da por el dra­matur­go madrileño Alber­to Gálvez, llenó el Teatro Soho, en la plaza de España. Entre los asis­tentes a esta rep­re­sentación se encon­tra­ban muchos estu­di­antes de Peri­odis­mo que observ­a­ban con escep­ti­cis­mo aque­l­las lec­ciones sobre la tran­si­ción hacia un sis­tema democráti­co que habían estu­di­a­do des­de la ado­les­cen­cia bajo la denom­i­nación de “mod­éli­ca”. “Yo nun­ca me he creí­do eso de los ‘sal­vadores de la patria’. ¿Cómo va a ser posi­ble con­stru­ir una democ­ra­cia sin con­tar con la colab­o­ración de la clase obr­era?”, comenta­ba momen­tos antes del ini­cio de la obra Nora, estu­di­ante de ter­cero de Peri­odis­mo en la Uni­ver­si­dad Com­plutense, con un tono de indi­gnación en su voz.

En 2025 se cumplió medio siglo des­de que España sal­ió de las som­bras del fran­quis­mo para trans­for­marse en un país plur­al y democráti­co, en una democ­ra­cia ple­na recono­ci­da en índices como el Econ­o­mist Intel­li­gence­U­nit (EIU), de The Econ­o­mist, o en el ampli­a­mente con­sul­ta­do Free­dom in the World, de The Free­dom House. Sin embar­go, en la intim­i­dad de las luces del esce­nario, los per­son­ajes de la obra expre­san las pre­gun­tas que dieron vida al guion de esta come­dia críti­ca: ¿fue real­mente este pro­ce­so tan idíli­co y ejem­plar como nos lo cuen­tan en las aulas o se trató de un inter­cam­bio de carteras entre diri­gentes que se acostaron fascis­tas para des­per­tar demócratas?

Patología de la Tran­si­ción pro­fun­diza en estas cues­tiones des­de una mira­da satíri­ca. A través de una burla mor­daz, Gálvez des­man­tela el mito de la Tran­si­ción españo­la y rinde hom­e­na­je a Anto­nio Gar­cía-Tre­vi­jano, pen­sador políti­co clave por su activis­mo con­tra la dic­tadu­ra. Lo hace medi­ante la figu­ra del Repúbli­co Hidal­go, un per­son­aje que par­o­dia al inge­nioso hidal­go don Qui­jote de la Man­cha.

Aunque a difer­en­cia de lo que ocurre con don Qui­jote, a Repúbli­co Hidal­go no se le tacha de loco por luchar con­tra moli­nos, sino por enfrentarse a la nar­ra­ti­va ofi­cial de las últi­mas cin­co décadas, con numerosas críti­cas planteadas en sus par­la­men­tos acom­pañadas de las risas que dan for­ma a los men­sajes de la obra: la ausen­cia de una rup­tura total con el rég­i­men ante­ri­or, la lib­er­tad políti­ca colec­ti­va susti­tu­i­da por un con­sen­so de élites, una Con­sti­tu­ción ges­ta­da en Cortes fran­quis­tas y no con­sti­tuyentes y la división de fun­ciones que, como señala la obra, dista mucho de ser una ver­dadera división de poderes. En defin­i­ti­va, la obra retra­ta una democ­ra­cia otor­ga­da des­de arri­ba medi­ante pactos de despa­cho.

El dúo protagonista

Repúbli­co Hidal­go com­parte esce­nario con Pan­cha ‑otra ref­er­en­cia iróni­ca a la obra de Cervantes‑, que encar­na el con­tra­pun­to a la locu­ra de Qui­jote: un per­son­aje que rep­re­sen­ta ya sea la sen­satez, ya sea la igno­ran­cia, frente a los supuestos dis­parates de Repúbli­co Hidal­go sobre la real­i­dad del “Rég­i­men del 78”. Hidal­go, en su lecho de muerte, mantiene un vehe­mente debate con Pan­cha, a quien inten­ta con­vencer de que la Tran­si­ción no fue sino una traición. Pan­cha le recuer­da que gra­cias a aquel peri­o­do las urnas fueron devueltas a los españoles, a lo que Hidal­go repli­ca que los par­tidos no rep­re­sen­tan real­mente al pueblo, sino que con­for­man una oli­gar­quía: la par­tidoc­ra­cia.

Este con­tra­pun­to entre los dos per­son­ajes es el cen­tro de la obra, que se desar­rol­la a par­tir de tales diál­o­gos para plantear, entre otras pre­gun­tas, cómo pre­sumir de ser un país democráti­co con una Con­sti­tu­ción que nun­ca pasó por unas Cortes Con­sti­tuyentes y con más de 700 per­sonas víc­ti­mas de la vio­len­cia políti­ca, muer­tas en la calle como con­se­cuen­cia de la repre­sión poli­cial mien­tras lucha­ban por dere­chos bási­cos que el rég­i­men fran­quista les había arrebata­do.

Esta críti­ca se ve reforza­da por la pres­en­cia cómi­ca de cua­tro paya­sos vesti­dos de enfer­meros, que sim­bolizan tan­to la credul­i­dad pop­u­lar como la ambi­ción de la clase políti­ca.

Un debate para cerrar

Al finalizar la fun­ción, los espec­ta­dores pudieron par­tic­i­par en un debate con cua­tro miem­bros del Movimien­to Ciu­dadano hacia la Repúbli­ca Con­sti­tu­cional (MCRC), entre ellos el pro­pio direc­tor de la obra.

Cuan­do final­mente el públi­co comen­zó a aban­donar la sala, la dis­cusión seguía viva en pequeños cor­ril­los impro­visa­dos en el vestíbu­lo. Quizá esa sea, en últi­ma instan­cia, la ver­dadera inten­ción de Patología de la Tran­si­ción: no ofre­cer respues­tas defin­i­ti­vas, sino sem­brar la duda sobre un rela­to históri­co que durante décadas se pre­sen­tó como incues­tion­able.

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