Una marea de fieles abarrotó el centro de Madrid para seguir la misa de León XIV entre el fervor, la diversidad y los retos actuales de la Iglesia
“¡No estáis solos, mirad alrededor!”, clamó León XIV. En la pantalla, el papa movía los brazos con un vigor que distaba mucho de la cadencia litúrgica que parece propia de los jerarcas de la Iglesia. El público y el escenario tampoco eran los típicos de una lámina devocional: centenas de miles de jóvenes madrileños, españoles y de todo el mundo congregados a lo largo del paseo de la Castellana, desde la rotonda del Paseo de Lima hasta el extremo de Nuevos Ministerios, donde también se dieron cita numerosos fieles y asistentes curiosos de todas las edades por el primer gran evento público del papa en su llegada a España. Era sábado 6 de junio y el lleno total que casi colapsaba las entradas laterales hacia el paseo de la Castellana desde las siete de la tarde presagiaba la magnitud de lo que esperaba al día siguiente, cuando el papa celebrara el Corpus Christi en la plaza de Cibeles.
Ahí, entre esa multitud de feligreses que llenó la avenida principal del norte de Madrid en la primera ceremonia multitudinaria del sábado, frente a la pantalla dispuesta en la rotonda de San Juan de la Cruz, también estaba Conchi. Integrante de la parroquia de Fuenlabrada, se encontraba un día después en la plaza de Colón (uno de los espacios próximos a Cibeles habilitados con pantallas para más de 100.000 asistentes) y pocos minutos antes del inicio de la misa del domingo, contaba con la voz quebrada su propia experiencia al asistir al evento de la Castellana.
“Nos convertimos en uno solo”, decía Conchi al lado de los miembros de su comunidad, ubicados en el sector izquierdo de la plaza, en la zona del jardín arbolado que da al Museo Arqueológico, refugiándose del sol abrasante con sillas plegables para evitar ensuciarse con la tierra húmeda a la espera del evento principal de la jornada que llevaría a León XIV del centro de Madrid al Movistar Arena y al Santiago Bernabéu después. La experiencia con un papa no era una novedad para ella, pues ya había visto a Juan Pablo II en Roma.
La fe desde los márgenes
Habituado a los márgenes y a una supuesta mirada fría propia del periodista que se limita a observar los sucesos, el despliegue de la misa dominical me pareció abrumador. La jornada había comenzado unas horas antes, a las siete y media de la mañana, en los vagones de la Línea 4 del metro, desde su salida en Argüelles. El lleno era total. Con las estaciones de Colón, Serrano y Velázquez cerradas por motivos de seguridad, los pasajeros con entrada habilitada en el sector W15 (dirección oeste, entrada 15) nos vimos obligados a desembarcar en Goya. Al salir a la superficie, las puertas del sector ya llevaban media hora abiertas. La calle Goya se transformó en una arteria peatonal por la que todos descendían de forma tranquila, pero con cierta prisa, pues no se aseguraba entrada después de las nueve de la mañana aun con QR, confluyendo así con los cientos de miles que avanzaban desde los otros accesos de la capital hacia el epicentro de Cibeles.

A las ocho de la mañana, el cielo despejado y totalmente azul presagiaba un ambiente caluroso, aunque más amable que los días anteriores. La temperatura combinaba con una notoria cantidad de ropas blancas, gorras y sombreros de paja. El paisaje estaba tan tomado por el color blanco como por las expresiones de filiación nacional: las banderas de España ondeaban junto a las de Venezuela, Portugal, Argentina, República Dominicana, Perú y el amarillo y blanco del Vaticano, entre tantas otras. En los laterales de la plaza de Colón, donde una mujer comentaba que el cálculo de la congregación en ese sector era de unas 40.000 personas (apenas una fracción del casi millón que el recuento oficial registraría más tarde en todo el perímetro), las familias se desplegaban sobre el césped y el asfalto, acompañadas siempre de sus sillas o mantas.
Cor unum et anima una
Entre esa variedad de acentos y procedencias estaban Rosa y Jacqueline Gómez, caraqueñas arraigadas en Madrid desde hace años. “Es la continuación de un legado”, dijo Rosa, recordando cuando el hoy pontífice visitó el Colegio San Agustín del Paraíso en Caracas, donde ella trabajaba, por su cincuenta aniversario. “Ver en vivo a alguien que conociste cuando no era papa es muy emotivo. Además, es un papa latinoamericano; representa nuestra presencia en el Vaticano”. Al preguntarles por sus plegarias, la respuesta fue inmediata y compartida: “Siempre por Venezuela”.

La expectativa alcanzó su punto álgido a las nueve y media de la mañana. No fue el rumor de los motores el que anunció la llegada del papa a la zona. Tampoco fue el rugido estruendoso de las hélices de helicópteros que se fundieron con el cielo madrileño durante el fin de semana. Fue el mismo grito de emoción dispersa que ya venía resonando en las calles de Madrid desde el día anterior el que reveló el paso del papamóvil por la calle de Goya en dirección a Colón. Fue un estallido repentino. Enseguida, los padres levantaron a sus hijos sobre los hombros, esperando que los pequeños pudieran capturar la silueta del pontífice tan estadounidense como peruano.
Para Rodolfo Sánchez, un compatriota del papa que lleva dos décadas viviendo en Vicálvaro, la experiencia rozaba lo místico, a pesar de la distancia física que imponían las pantallas. “Una misa llevada por el papa es como si el cielo bajara a la tierra o la tierra subiera al cielo, no lo sé”, confesó sonriendo antes de entrelazar la solemnidad bíblica con la cultura popular de sus propios hijos: “Me sentía en mi ‘nube voladora’, como en los dibujos de Goku”. Rodolfo se había repartido los días con su esposa para cuidar a sus niños. El domingo fue su turno para tomar el testigo, impulsado también por el orgullo de escuchar a un papa que, rompiendo el protocolo inicial de su elección, saludó al mundo en español y envió un recuerdo a su querido Chiclayo.
Poco después de las diez de la mañana, la liturgia dio comienzo. La megafonía distribuyó el eco de la misa por las avenidas. A mitad de la mañana, el ritual de la comunión dispersó a algunos sacerdotes por la plaza de Colón, cada uno escoltado por un voluntario que sostenía una señal o un paraguas blanco. La entrega de la hostia exhibía la búsqueda de un reducto de paz íntima de tantas personas presentes en medio de las multitudes.

Sin embargo, no todos compartían el mismo entusiasmo con la logística. José Fernández, un ingeniero aeronáutico especialista en metodologías MBSE y catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, ofreció observaciones de algunos detalles de la jornada que podrían haber sido mejores. Al lado de su esposa, Victoria, José apuntaba con precisión técnica algunos fallos de la organización: “El sonido es muy bueno, pero faltan pantallas. Y en algunas puertas, como Goya, la gente entraba sin control del código QR que nos mandaron”. La queja sobre las pantallas fue común en ese sector de la plaza, donde solo se dispuso una, orientada hacia el mástil de la bandera de España, mientras que la otra apuntaba hacia el paseo de Recoletos y no permitía visibilidad alguna a los presentes en la inmediatez de la Plaza, agrupados por el sector del Centro Cultural de la Villa hasta la salida por la calle Serrano. Más allá de algunos comentarios sobre la parte organizativa, José se mostró conmovido por los llamados a la unión que latieron en el corazón de la jornada: “El sermón del papa ha sido breve pero muy profundo. Combina la caridad con los demás y con Dios. Es un mensaje que los madrileños debemos asimilar, sobre todo teniendo en cuenta la inmigración tan importante que tenemos”, comentó el ingeniero de 70 años. Tanto José como Victoria rezaron esa mañana por su salud y la de su familia, tras 38 años de casados y un hijo en común.
Esa llamada a la caridad y, al mismo tiempo, algunas quejas con la logística se repetían a pocos metros de ellos. Joaquina, una mujer originaria de Guinea Ecuatorial que vive en Madrid desde hace nueve años, seguía la celebración sentada en un banco al lado de la estatua de Blas de Lezo y vestida con un traje de tonalidades moradas con motivos impresos de la visita papal. “Me molestó un poco tener que dar tanta vuelta y no poder entrar por la cantidad de gente”, admitió con timidez. Su plegaria también estuvo dirigida al bienestar físico: “He rezado por mi salud y por la de todos los enfermos. El papa ha dicho que tenemos que ser caritativos entre nosotros y eso es lo que me llevo”, afirmó.
Fin y júbilo
Hacia el mediodía, la ceremonia encaró su final. Poco después de las doce, mientras las pantallas transmitían el recorrido del pontífice a pie por la Gran Vía, la plaza comenzó a vaciarse de manera tranquila, ondeando sus banderas y, de vez en cuando, aupados por el sonoro “Esta es la juventud del papa” que también fue protagonista el día anterior. Algunos asistentes habían iniciado la retirada alrededor de las once y media, por lo que desde antes de las 12 las vías asfaltadas de Serrano y Goya recuperaron su papel de arterias peatonales, recibiendo de vuelta a los transeúntes, que se dispersaban por todo el barrio de Salamanca hacia el metro, los cafés o los restaurantes de la zona, que mostraban en su gran mayoría un lleno total.

Al llegar a la salida, tres misioneras agustinas se tomaban fotos bajo el peñasco que abre la plaza de Colón desde la calle de Serrano. Francisca, Jacqueline y Artemisa, llegadas a Madrid desde Kenia, Tanzania y Mozambique para preparar sus votos, confesaron con enormes sonrisas su entusiasmo por la posterior cita en el Santiago Bernabéu a la que asistirían por la tarde.
Las tres religiosas compartieron su esperanza de que un evento de esta magnitud devuelva la fe a los jóvenes e indecisos de todo el mundo, un deseo que no es ajeno al espíritu de esta visita del papa a España. El país sigue atravesado por debates profundos sobre la gestión migratoria, los problemas sociales de la juventud como los del mercado laboral y la vivienda, la fragmentación de comunidades y, de manera prioritaria, la reparación a las víctimas de abusos sexuales por parte de miembros de la institución católica. No por nada, desde el altar de Cibeles, León XIV moduló su voz para citar versos de Santa Teresa de Jesús y aquellos célebres y nocturnos de San Juan de la Cruz: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche”.



