Clases en línea para mujeres afganas: una salida para la opresión

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Afsana, Zahra, Malalai y Batol son algunas de las silenciadas por el yugo talibán que han encontrado en la educación online esperanza para seguir adelante

Camisa blan­ca, cha­que­ta y zap­atos negros. Son­risa cál­i­da y andares deci­di­dos. Pisa fuerte y estrecha la mano de la mis­ma man­era. Salu­da en un casi per­fec­to castel­lano pese a lle­var solo dos años en España. Insiste en pagar el café al ser un bar de su zona, Arganzuela. “Son las cos­tum­bres de mi tier­ra”, expli­ca.

Batol Ghu­la­mi es una joven afgana de 26 años, con estu­dios en cien­cias de la com­putación. Toda una anom­alía para la real­i­dad que vive su país. Lo más impor­tante de ella no es su pasa­do sino su pre­sente. Es la fun­dado­ra de Ayla, una orga­ni­zación que, a través de pro­fe­sores de todo el mun­do, imparte clases online a mujeres afganas que se encuen­tran bajo el yugo de los tal­ibanes.

Batol Ghu­la­mi en un bar de Atocha (Madrid) | Foto: Mario Morón

Tras la vuelta de los tal­ibanes después de la reti­ra­da de las tropas esta­dounidens­es en 2021, las más de quince mil­lones de mujeres afganas ‑jun­to a otras muchas minorías- han vis­to cómo sus dere­chos, jun­to a sus sueños, han sido pisotea­d­os y despedaza­dos por los fun­da­men­tal­is­tas pas­tunes. Reclu­idas en sus casas, las clases online supo­nen una escap­a­to­ria para la opre­sión que sufren. Un espa­cio donde apren­der, hablar en lib­er­tad con otras mujeres ‑su voz en los espa­cios públi­cos está pro­hibi­da- o, sim­ple­mente, sen­tirse escuchadas.

De Asia Central a Europa

La fun­dado­ra de Ayla se crió en Bagh­lan, una provin­cia al norte de Afgan­istán que supera el mil­lón de habi­tantes. Des­de pequeña, veía a los tal­ibanes en los pueb­los, pero jamás den­tro de las ciu­dades, ya que esta­ban “bajo el con­trol del Gob­ier­no”. Sus estu­dios en com­putación la lle­varon a Pak­istán y ahí fue donde le llegó la noti­cia de que los tal­ibanes se hacían con el con­trol de su país: “Nun­ca imag­iné que un día se harían con el poder”. De la noche a la mañana hubo un retro­ce­so total en los dere­chos de las mujeres, en las lib­er­tades civiles de todos los ciu­dadanos y se impu­so la sharía

Con el respal­do de su famil­ia, decidió que lo mejor para su futuro era no regre­sar a Afgan­istán. Así fue como una joven Batol de 22 años se vio forza­da al exilio en soli­tario: per­maneció en Pak­istán un año has­ta que con­sigu­ió lle­gar a España en sep­tiem­bre de 2022: “Teníamos miedo de que la vio­len­cia se repi­tiese otra vez, espe­cial­mente para mi famil­ia”. 

En la primera eta­pa de los tal­ibanes (1996–2001), mien­tras bus­ca­ban a su padre, que por entonces era políti­co en Afgan­istán, dis­pararon a su madre en el ros­tro. “Todavía tiene la mar­ca de la bala en la cara”, comen­ta con tris­teza Batol. Según cuen­ta, su famil­ia tam­bién tiene inten­ción de salir del país, pero no es un trámite sen­cil­lo: “En España ten­emos el dere­cho de traer a nues­tras famil­ias a través de la reunifi­cación famil­iar, pero lle­va mucho tiem­po y nece­si­tas cumplir varias condi­ciones”. Es con­sciente de que su activis­mo puede acar­rear repre­salias para ella mis­ma o para su famil­ia, pero eso no la va a deten­er: “Seguiré alzan­do la voz por los dere­chos de las mujeres, no me rendiré. La ver­dad es la ver­dad, y nun­ca podrá ser silen­ci­a­da”.

La con­vul­sa relación de su famil­ia con los tal­ibanes, suma­da a las nuevas condi­ciones de vida para las mujeres, no le dejó otra opción que aban­donar el país y empezar una nue­va vida en España: “Aquí ten­go todas mis lib­er­tades y dere­chos, pero lo úni­co que no ten­go es paz inte­ri­or, porque no estoy en mi hog­ar. Espero algún día poder volver a Afgan­istán”.

Los inicios de Ayla

La idea de fun­dar Ayla surgió en España. A través de un grupo de jóvenes vol­un­tar­ios y con la idea de “empoder­ar a las mujeres”, creó una aso­ciación de clases online que pro­por­ciona edu­cación a más de 5000 alum­nas que viv­en en Afgan­istán. “Nues­tra ambi­ción es apo­yar a nues­tra gen­eración, ya sea en per­sona u online”, afir­ma. Según Batol, en Ayla tam­bién cuen­tan con muchos pro­fe­sores varones que “empa­ti­zan con su situación y quieren ayu­dar a las mujeres”. 

Batol Ghu­la­mi, fun­dado­ra de Ayla | Foto: Mario Morón


Uno de los obje­tivos de la orga­ni­zación es hac­er lle­gar la edu­cación a las zonas rurales, donde la pobreza y la cri­sis human­i­taria azotan con más fuerza a la población. Sin dinero, no hay telé­fonos u orde­nadores, condi­ción nece­saria para acced­er a las clases online. Jus­ta­mente en los pueb­los, ale­ja­dos del foco mediáti­co, es donde más se sufre la vuelta de los tal­ibanes: “Inten­tan mejo­rar su ima­gen de cara al mun­do, en los pueb­los, sin la pres­en­cia de medios u ONG inter­na­cionales, hacen lo que quieren”. Batol es clara: en grandes ciu­dades como Kab­ul, Balkh o Her­at la vida es “mucho mejor, más mod­er­na y más segu­ra”.

Para garan­ti­zar el acce­so a las clases ofre­cen de man­era gra­tui­ta paque­tes de inter­net para sus alum­nas. La pobreza en Afgan­istán hace que la conex­ión wifi no sea un bien al alcance de todos. “Ayla no es solo una orga­ni­zación, es una esper­an­za para muchas niñas en una situación muy difí­cil”, sostiene Batol.

Pese a los esfuer­zos de la orga­ni­zación para pro­te­ger a sus alum­nas, las clases no están exen­tas de peli­gro, por lo que la iden­ti­dad de los estu­di­antes es con­fi­den­cial y nun­ca com­parten sus caras ni sus nom­bres reales. Batol con­sid­era que “obvi­a­mente” habría con­se­cuen­cias si los tal­ibanes se enter­an: “¿Por qué razón sino iban a pro­hibir los cen­tros educa­tivos?”.

Has­ta la fecha los tal­ibanes no han des­cu­bier­to la iden­ti­dad de ningu­na de las alum­nas, pero sí cono­cen la exis­ten­cia de la orga­ni­zación, ya que esta usa las redes sociales para pro­mo­cionarse: “Hemos recibido tuits acusán­donos de infieles y de que nue­stro obje­ti­vo es conec­tar a las chi­cas musul­manas con infieles de fuera de Afgan­istán”. Batol pun­tu­al­iza que los tal­ibanes “no son solo un grupo de per­sonas, sino una men­tal­i­dad”. 

Clases a escon­di­das

Hay mujeres afganas doble­mente desam­para­das: primero, por supuesto, por los tal­ibanes, segun­do ‑y casi más impor­tante- por su propia famil­ia. Muchas se ven oblig­adas a aten­der las clases online a escon­di­das, esquivan­do miradas furtivas de sus seres queri­dos, enfren­tán­dose a una soledad aplas­tante. “Están solas, pero aun así no se rinden, e inten­tan aprovechar su tiem­po pro­duc­ti­va­mente”, apun­ta Batol. 

Irene Cama­cho, españo­la de veinte años y pro­fe­so­ra de inglés en Ayla des­de hace más de dos años, cuen­ta que es muy difí­cil realizar las clases de speak­ing ‑la parte habla­da del inglés‑, ya que “hay algu­nas estu­di­antes que lo hacen a escon­di­das de sus famil­ias y entonces no pueden hablar”. En el supuesto de recibir apoyo famil­iar, si no es de los miem­bros varones de la famil­ia, será en vano. 

El Afgan­istán que han crea­do los tal­ibanes deshu­man­iza a las mujeres, con­vir­tién­dolas en poco más que un uten­silio para ten­er hijos. Estas clases les devuel­ven parte de esa dig­nidad per­di­da, refle­ján­dose en el alto por­centa­je de par­tic­i­pación. Mien­tras en las clases que imparte Irene a niños españoles inter­venir es una obligación, en las de afganas es una lib­eración: “Si hago una pre­gun­ta, de repente veo trein­ta manos lev­an­tadas, se pelean por par­tic­i­par. Que puedan expre­sar lo que sien­ten y lo que pien­san las ayu­da a humanizarlas”.

En Ayla imparten todo tipo de asig­nat­uras, des­de Matemáti­cas, Lit­er­atu­ra o Biología a otras más especí­fi­cas como infor­máti­ca. Lo más solic­i­ta­do son los idiomas, en espe­cial el inglés. Pese a la enco­mi­able labor que real­izan los vol­un­tar­ios, prác­ti­ca­mente ninguno es pro­fe­sor licen­ci­a­do y denun­cian la fal­ta de per­son­al: “Hemos inten­ta­do con­tac­tar con alguno, pero nadie ha respon­di­do”, comen­ta Irene. Lla­ma la aten­ción la clase de empoderamien­to y fem­i­nis­mo impar­ti­da por una pro­fe­so­ra esta­dounidense, que tenía como obje­ti­vo aumen­tar su inde­pen­den­cia y devolver­les su voz.

Afsana no puede ser doctora

“La situación es como una noche oscu­ra para noso­tras”. Con 17 años de edad, y a través de una pan­talla, así es como describe Afsana (todos los nom­bres de las mujeres que viv­en en Afgan­istán están cam­bi­a­dos para preser­var su pri­vaci­dad) su vida en Afgan­istán. Ella, a difer­en­cia de Batol, no ha tenido la suerte de dejar atrás a los fun­da­men­tal­is­tas islámi­cos, pese a que le gus­taría: “Si alguien me hubiese pre­gun­ta­do si quería irme al extran­jero, le habría dicho que nun­ca jamás. Aho­ra quiero escapar de mi país, aquí no hay ningu­na opor­tu­nidad para mí”. Más allá del “si ten­dré dinero”, Afsana se pre­gun­ta si los tal­ibanes la “dejarán irse”, cosa que no tiene nada clara. La incer­tidum­bre y la arbi­trariedad es otra de las car­ac­terís­ti­cas del rég­i­men.

El padre de Afsana era un mil­i­tar que murió en com­bate: “Él quería defend­er nue­stro país. Pen­sé que había per­di­do a mi apoyo, a mi héroe”. El sis­tema tal­ibán con­de­na a la pobreza a las viu­das y a sus hijos, ya que las mujeres no pueden tra­ba­jar debido a las pro­hibi­ciones tal­ibanas. Ella tuvo la suerte de con­tar con un her­mano al cual sí que le per­miten tra­ba­jar, pero la dev­as­ta­do­ra situación económi­ca que atraviesa el país le obligó a mudarse a Irán, des­de donde envía dinero a ella, a su madre y a su her­mano pequeño. “Antes tenía una vida feliz. Nos hemos con­ver­tido en pri­sioneros de una cár­cel lla­ma­da Afgan­istán, nos han quita­do todo”, afir­ma con rabia y lágri­mas en los ojos.

La entre­vista a Afsana se hizo sin cámara por miedo a que la iden­ti­ficaran los tal­ibanes | Foto: Mario Morón

Ella soña­ba con ir a la uni­ver­si­dad y ser doc­to­ra para poder “ayu­dar a su gente”, pero la lle­ga­da de los tal­ibanes al poder en 2021, truncó todos sus planes. Cuan­do reti­raron el per­miso para tra­ba­jar a mujeres, se vio oblig­a­da a dejar las clases de inglés que impartía y a recluirse en su casa. “Nun­ca nos darán el per­miso, antes las leyes nos per­mitían salir de casa y tra­ba­jar”, comen­ta res­ig­na­da. 

Afsana se resiste a la condi­ción sub­or­di­na­da que le otor­gan los tal­ibanes: “Todos los días me levan­to decep­ciona­da por no poder ir a la escuela, pero nun­ca me rendiré. Después de la oscuri­dad, siem­pre hay una luz”. Asi­s­tir a las clases online va más allá de lo pura­mente educa­ti­vo, es un acto de valen­tía, de rebe­lión y de resisten­cia: “Debe­mos luchar con lo que teng­amos a mano, con conocimien­to, edu­cación. Nun­ca nos rendi­re­mos, nun­ca podrán pararnos”.

Zahra quiere ser periodista

Zahra es una joven de 16 años que vive en Kab­ul. Su sueño des­de la infan­cia es ser peri­odista, pro­fe­sión que “no entraña muchos prob­le­mas” siem­pre y cuan­do “no te metas con el Gob­ier­no”. “Quiero ser una per­sona edu­ca­da que apoye a las mujeres a través de la escrit­u­ra, mi edu­cación y mi conocimien­to. Quiero escribir mi propia his­to­ria y tam­bién la de otras mujeres afganas fuertes”, ase­gu­ra con mira­da firme. Des­de hace tres años atiende las clases online con al apoyo de su famil­ia, espe­cial­mente de su madre, que fue la que le apun­tó. Sus asig­nat­uras favoritas son Inglés, Lit­er­atu­ra y Matemáti­cas. Ella mis­ma reconoce que si tuviese una “famil­ia estric­ta” le sería muy difí­cil seguir con su edu­cación. 

Zahra, que sueña con ser peri­odista, durante la entre­vista | Foto: Mario Morón

Pese a su neg­a­ti­va ‑muy amable y cor­dial, eso sí- a respon­der a cier­tas pre­gun­tas que la puedan com­pro­m­e­ter (cualquiera mín­i­ma­mente rela­ciona­da con el Gob­ier­no tal­ibán), man­da el sigu­iente men­saje a las mujeres de su país: “No estáis solas. Has­ta en silen­cio vue­stros sueños son váli­dos. Solo seguid ade­lante, man­te­neos firmes por voso­tras mis­mas. Estáis con­struyen­do un futuro que nadie podrá quitaros”.

Malalai es artista

Malalai es una joven kab­ulí de 18 años que, pese a la situación actu­al de su país, no pierde la esper­an­za de ser artista algún día. Aunque no pue­da mejo­rar sus habil­i­dades en una escuela de arte, se pasa el día pin­tan­do. Otra de sus aspira­ciones es estu­di­ar cien­cias de la com­putación en la uni­ver­si­dad. 

Malalai, durante la entre­vista | Foto: Mario Morón

Al enfrentarse a las pro­hibi­ciones tal­ibanas, las clases online surgieron como una vía para no perder el con­tac­to con los estu­dios: “Nos dan muchas opor­tu­nidades, gra­cias a ellas he cre­ci­do mucho”. Aunque no es su caso, denun­cia como “muchas famil­ias tienen un prob­le­ma con que sus hijas asis­tan a las clases online”.

Con la fal­ta de edu­cación no solo se van las posi­bil­i­dades de un futuro económi­co próspero, sino los sueños de toda una vida. Mien­tras sigan los tal­ibanes en el poder nun­ca ver­e­mos a Afsana como doc­to­ra, a Malalai como pro­gra­mado­ra o a Zahra como peri­odista.

La crisis económica asola el país

La pobreza es otro de los males que aso­la Afgan­istán, agrava­da por la desapari­ción de las mujeres del sec­tor pro­duc­ti­vo y económi­co. Las con­se­cuen­cias de pro­hibir el tra­ba­jo femeni­no no son inocuas. Los datos mues­tran que la economía es el talón de Aquiles del paraí­so tal­ibán. Tras décadas de con­flic­to arma­do, la con­gelación de múlti­ples ayu­das inter­na­cionales, desas­tres nat­u­rales, fal­ta de infraestruc­tura que con­de­na a su economía a un mod­e­lo prin­ci­pal­mente agrario, y, por supuesto, la casi total abol­i­ción del tra­ba­jo femeni­no, la nación afgana tiene el dudoso hon­or de ser el país más pobre del mun­do. Según datos del Glob­al Eco­nom­ic Prospects del año 2025 de FocusEc­o­nom­ics, Afgan­istán cuen­ta con un PIB per cápi­ta de 434 dólares. 

Esta pobreza tam­bién tiene un efec­to direc­to sobre la edu­cación de las afganas, incur­rien­do en un cír­cu­lo vicioso. Sin dinero, no hay orde­nador o telé­fono móvil, y sin ellos no hay acce­so a la edu­cación online. Y sin esta edu­cación, las pocas esper­an­zas que tienen de que les per­mi­tan tra­ba­jar en el futuro se desvanecen lenta­mente. Según Afsana, “más del 90% de los afganos son pobres y no pueden acced­er a las clases online”, mien­tras que Malalai, más con­ser­vado­ra, cifra el dato en torno al 50%. En cualquier caso, el por­centa­je real de mujeres que pueden asi­s­tir a clases online dis­min­uye aún más cuan­do se intro­duce la vari­able del apoyo famil­iar mas­culi­no.

“Ser mujer en Afganistán es un crimen”

“Ser mujer en Afgan­istán es un crimen”, sostiene Afsana. Eso sí, “un crimen sin peca­do ni cul­pa”, pun­tu­al­iza. No le fal­ta razón, des­de la lle­ga­da de los tal­ibanes en 2021 han dina­mi­ta­do los dere­chos de las mujeres has­ta tal pun­to que muchos lo con­sid­er­an un apartheid de género. “Esta­mos vivien­do en una cár­cel, estoy segu­ra de que si todas las mujeres tuviesen la opor­tu­nidad de irse, se irían”, sostiene Batol. Entre los cam­bios más inhu­manos se encuen­tra la pro­hibi­ción de recibir edu­cación secun­daria y uni­ver­si­taria, de tra­ba­jar en la gran may­oría de empleos, la obligación de cubrirse en públi­co o no poder salir a la calle sin el acom­pañamien­to de un mahram (guardián mas­culi­no). El ide­al tal­ibán con­de­na a las mujeres a la muerte social, int­elec­tu­al e indi­vid­ual. 

Afsana, tras prom­e­ter­le que se man­ten­drá el anon­i­ma­to den­tro del repor­ta­je, se atre­vió a hablar sin tapu­jos de los cas­ti­gos tal­ibanes. Muerte por lap­i­dación, encar­ce­lamien­to y latiga­zos en públi­co. Estas son, según cuen­ta Afsana, algu­nas de las repre­salias a las que se enfrentan si incumplen los dic­ta­dos tal­ibanes.

La sob­ri­na de Batol es una de las muchas víc­ti­mas de los cas­ti­gos tal­ibanes. Una mañana, cuan­do iba a su clase de dibu­jo ‑los cen­tros educa­tivos están pro­hibidos, pero se per­miten cier­tas clases par­tic­u­lares- los tal­ibanes la pararon y tras pre­gun­tar­le a dónde iba, comen­zaron a tor­tu­rar­la por quer­er for­marse. Solo tenía catorce años. “Nun­ca olvi­dará el moti­vo de su cas­ti­go”, apun­ta con tris­teza Batol. La tiranía de los fun­da­men­tal­is­tas no se sostiene úni­ca­mente en la vio­len­cia, sino tam­bién en el ter­ror: “Lo peor de la his­to­ria es que alrede­dor había otros alum­nos, pero ninguno hizo nada por el miedo que le tienen a los tal­ibanes”.

Silenciadas por ley

En el ver­a­no de 2024 dieron un paso más con la Ley de Pro­mo­ción de la Vir­tud y Pre­ven­ción del Vicio, que según la Ofic­i­na del Alto Comi­sion­a­do para los Dere­chos Humanos “bor­ra por com­ple­to la pres­en­cia de las mujeres en públi­co”. Esta ley pro­híbe, entre otras restric­ciones, que se pue­da escuchar la voz de las mujeres en públi­co. “Con la entra­da de las nor­mas de 2024, Afgan­istán se con­vir­tió en un infier­no para todos, pero prin­ci­pal­mente para las mujeres”, afir­ma Afsana. Según la ofic­i­na, la ley otor­ga a los agentes del esta­do “amplios poderes dis­cre­cionales para deten­er a per­sonas, impon­er­les car­gos o remi­tir asun­tos a los tri­bunales”. Las políti­cas tal­ibanas pare­cen encam­i­nadas al arresto domi­cil­iario de más de la mitad de la población.

Pero en Afgan­istán no se dis­crim­i­na solo a las mujeres, la comu­nidad LGTBI y diver­sas minorías étni­cas y reli­giosas tam­bién la sufren. “Los tal­ibanes están com­ple­ta­mente en con­tra de estas per­sonas, se enfrentan a mucha vio­len­cia”, afir­ma Batol. Tam­poco los hom­bres se escapan de las rígi­das ‑y estrafalar­ias- nor­mas tal­ibanas: bar­ba oblig­a­to­ria, pro­hibi­ción de mirar públi­ca­mente a mujeres que no sean su esposa o famil­iar cer­cana o de lle­var ropa que no cubra has­ta las rodil­las están a la orden del día. Según Batol, los mandatos tal­ibanes for­man parte de “un juego políti­co”, ya que “están usan­do el nom­bre de la religión en su pro­pio ben­efi­cio”.

Históri­ca­mente, Afgan­istán ha sido un país muy con­ser­vador. Según Batol, antes de los tal­ibanes, había algu­nas famil­ias que con­sid­er­a­ban que estu­di­ar has­ta los diez años ya era sufi­ciente: “Si puedes leer, ya bas­ta, aho­ra toca casarte”. La difer­en­cia fun­da­men­tal es que lo que antes era una decisión de las famil­ias más con­ser­vado­ras, aho­ra es una obligación para todas impues­ta des­de el Esta­do. 

Es impor­tante dis­tin­guir entre la población afgana y los tal­ibanes. Según cuen­ta Afsana, los fun­da­men­tal­is­tas pas­tunes no tienen el apoyo de la may­or parte de la población, sino que “acatan las nor­mas por miedo a ser cas­ti­ga­dos”.

¿Cómo puede caer el régimen talibán?

El cam­bio en Afgan­istán no es sen­cil­lo. El rég­i­men teocráti­co y total­i­tario que con­tro­la el país no per­mite la alter­nan­cia pací­fi­ca del poder que con­cede la democ­ra­cia. Con su des­pre­cio a las lib­er­tades y dere­chos indi­vid­uales, la imposi­bil­i­dad de unas elec­ciones libres y la supre­sión total de la disiden­cia, es, a todas luces, una dic­tadu­ra. Batol no tiene esper­an­za en que haya “elec­ciones futuras”, y ase­gu­ra que, en caso de pro­ducirse, estarían amañadas. 

Tam­poco las mov­i­liza­ciones en las calles ‑alta­mente penadas- pare­cen que hagan mucha mel­la en el rég­i­men tal­ibán. Batol denun­cia que en las protes­tas ‑may­ori­tari­a­mente de mujeres- con­tra la abol­i­ción de los dere­chos femeni­nos, la vio­len­cia extrema fue usa­da como méto­do de dis­uasión para el futuro: muchas fueron lle­vadas a la cár­cel, donde las tor­tu­raron, inclu­so sex­ual­mente. “Y luego pien­san que tocar a una mujer sin haber tenido una relación ofi­cial no está per­mi­ti­do en el islam, ¿no?”, señala indig­na­da.

Tam­bién con­sid­era la ayu­da human­i­taria como un arma de doble filo, por una parte” es pos­i­ti­vo que se ayude a la gente pobre”, pero a la vez con­tribuye a la con­tinuidad del Gob­ier­no tal­ibán. Según su visión, “si los país­es europeos y los Esta­dos Unidos cor­tasen la ayu­da human­i­taria, harían cam­bios y el rég­i­men no podría con­tin­uar”. 

Mujeres frente a la opresión 

Hay cosas que uno a sim­ple vista no percibe. El ambi­ente de ten­sión cuan­do vas a decir algo que pue­da com­pro­m­e­terte. La son­risa casi ver­gonzosa al no poder respon­der una pre­gun­ta sen­cil­la por miedo a las con­se­cuen­cias. El bril­lo en los ojos al hablar del país que amabas y que esperas que algún día pue­da volver a ser ama­do. Las cámaras apa­gadas en las clases online por miedo a una fil­tración. Las entre­vis­tas para este repor­ta­je en vide­ol­la­ma­da, más que con­ver­sa­ciones infor­males, parecían inter­roga­to­rios en los que las entre­vis­tadas se juga­ban la vida. Y es que, en real­i­dad, se la juga­ban.

Afsana, Batol, Zahra y Malalai. Mujeres silen­ci­adas por el yugo tal­ibán que han encon­tra­do en las clases online esper­an­za para seguir ade­lante. No es una lucha arma­da, y no por ello demues­tran una menor rebeldía, valen­tía o tienen menos méri­to. Esas clases, con las risas de sus com­pañeras o las inter­ac­ciones con pro­fe­sores de todo el mun­do, les devuel­ven la dig­nidad que el fun­da­men­tal­is­mo pastún les ha arrebata­do. Se sien­ten escuchadas, val­o­radas. Por mucho que inten­ten silen­ciar la con­cien­cia y la voz de las afganas, no con­seguirán que desa­parez­can. Como dice Afsana: “Detrás de toda oscuri­dad, siem­pre habrá una luz. Esta situación no durará para siem­pre y las mujeres nun­ca nos rendi­re­mos”.

Batol Ghu­la­mi, fun­dado­ra de Ayla, posan­do después de la entre­vista | Foto: Mario Morón

Después de una car­iñosa des­pe­di­da y un deseo de bue­na suerte mutuo, Batol mar­cha
hacia su piso en Cara­banchel. Ella, den­tro de todas las difi­cul­tades, es una mujer afgana
afor­tu­na­da. Mil­lones de com­pa­tri­o­tas suyas no pueden decidir cuán­do salen a la calle, ni
siquiera cuan­do pueden alzar la voz para des­pedirse de nadie.

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