Clases en línea para mujeres afganas: una salida para la opresión
Afsana, Zahra, Malalai y Batol son algunas de las silenciadas por el yugo talibán que han encontrado en la educación online esperanza para seguir adelante
Camisa blanca, chaqueta y zapatos negros. Sonrisa cálida y andares decididos. Pisa fuerte y estrecha la mano de la misma manera. Saluda en un casi perfecto castellano pese a llevar solo dos años en España. Insiste en pagar el café al ser un bar de su zona, Arganzuela. “Son las costumbres de mi tierra”, explica.
Batol Ghulami es una joven afgana de 26 años, con estudios en ciencias de la computación. Toda una anomalía para la realidad que vive su país. Lo más importante de ella no es su pasado sino su presente. Es la fundadora de Ayla, una organización que, a través de profesores de todo el mundo, imparte clases online a mujeres afganas que se encuentran bajo el yugo de los talibanes.

Tras la vuelta de los talibanes después de la retirada de las tropas estadounidenses en 2021, las más de quince millones de mujeres afganas -junto a otras muchas minorías- han visto cómo sus derechos, junto a sus sueños, han sido pisoteados y despedazados por los fundamentalistas pastunes. Recluidas en sus casas, las clases online suponen una escapatoria para la opresión que sufren. Un espacio donde aprender, hablar en libertad con otras mujeres -su voz en los espacios públicos está prohibida- o, simplemente, sentirse escuchadas.
De Asia Central a Europa
La fundadora de Ayla se crió en Baghlan, una provincia al norte de Afganistán que supera el millón de habitantes. Desde pequeña, veía a los talibanes en los pueblos, pero jamás dentro de las ciudades, ya que estaban “bajo el control del Gobierno”. Sus estudios en computación la llevaron a Pakistán y ahí fue donde le llegó la noticia de que los talibanes se hacían con el control de su país: “Nunca imaginé que un día se harían con el poder”. De la noche a la mañana hubo un retroceso total en los derechos de las mujeres, en las libertades civiles de todos los ciudadanos y se impuso la sharía.
Con el respaldo de su familia, decidió que lo mejor para su futuro era no regresar a Afganistán. Así fue como una joven Batol de 22 años se vio forzada al exilio en solitario: permaneció en Pakistán un año hasta que consiguió llegar a España en septiembre de 2022: “Teníamos miedo de que la violencia se repitiese otra vez, especialmente para mi familia”.
En la primera etapa de los talibanes (1996-2001), mientras buscaban a su padre, que por entonces era político en Afganistán, dispararon a su madre en el rostro. “Todavía tiene la marca de la bala en la cara”, comenta con tristeza Batol. Según cuenta, su familia también tiene intención de salir del país, pero no es un trámite sencillo: “En España tenemos el derecho de traer a nuestras familias a través de la reunificación familiar, pero lleva mucho tiempo y necesitas cumplir varias condiciones”. Es consciente de que su activismo puede acarrear represalias para ella misma o para su familia, pero eso no la va a detener: “Seguiré alzando la voz por los derechos de las mujeres, no me rendiré. La verdad es la verdad, y nunca podrá ser silenciada”.
La convulsa relación de su familia con los talibanes, sumada a las nuevas condiciones de vida para las mujeres, no le dejó otra opción que abandonar el país y empezar una nueva vida en España: “Aquí tengo todas mis libertades y derechos, pero lo único que no tengo es paz interior, porque no estoy en mi hogar. Espero algún día poder volver a Afganistán”.
Los inicios de Ayla
La idea de fundar Ayla surgió en España. A través de un grupo de jóvenes voluntarios y con la idea de “empoderar a las mujeres”, creó una asociación de clases online que proporciona educación a más de 5000 alumnas que viven en Afganistán. “Nuestra ambición es apoyar a nuestra generación, ya sea en persona u online”, afirma. Según Batol, en Ayla también cuentan con muchos profesores varones que “empatizan con su situación y quieren ayudar a las mujeres”.

Uno de los objetivos de la organización es hacer llegar la educación a las zonas rurales, donde la pobreza y la crisis humanitaria azotan con más fuerza a la población. Sin dinero, no hay teléfonos u ordenadores, condición necesaria para acceder a las clases online. Justamente en los pueblos, alejados del foco mediático, es donde más se sufre la vuelta de los talibanes: “Intentan mejorar su imagen de cara al mundo, en los pueblos, sin la presencia de medios u ONG internacionales, hacen lo que quieren”. Batol es clara: en grandes ciudades como Kabul, Balkh o Herat la vida es “mucho mejor, más moderna y más segura”.
Para garantizar el acceso a las clases ofrecen de manera gratuita paquetes de internet para sus alumnas. La pobreza en Afganistán hace que la conexión wifi no sea un bien al alcance de todos. “Ayla no es solo una organización, es una esperanza para muchas niñas en una situación muy difícil”, sostiene Batol.
Pese a los esfuerzos de la organización para proteger a sus alumnas, las clases no están exentas de peligro, por lo que la identidad de los estudiantes es confidencial y nunca comparten sus caras ni sus nombres reales. Batol considera que “obviamente” habría consecuencias si los talibanes se enteran: “¿Por qué razón sino iban a prohibir los centros educativos?”.
Hasta la fecha los talibanes no han descubierto la identidad de ninguna de las alumnas, pero sí conocen la existencia de la organización, ya que esta usa las redes sociales para promocionarse: “Hemos recibido tuits acusándonos de infieles y de que nuestro objetivo es conectar a las chicas musulmanas con infieles de fuera de Afganistán”. Batol puntualiza que los talibanes “no son solo un grupo de personas, sino una mentalidad”.
Clases a escondidas
Hay mujeres afganas doblemente desamparadas: primero, por supuesto, por los talibanes, segundo -y casi más importante- por su propia familia. Muchas se ven obligadas a atender las clases online a escondidas, esquivando miradas furtivas de sus seres queridos, enfrentándose a una soledad aplastante. “Están solas, pero aun así no se rinden, e intentan aprovechar su tiempo productivamente”, apunta Batol.
Irene Camacho, española de veinte años y profesora de inglés en Ayla desde hace más de dos años, cuenta que es muy difícil realizar las clases de speaking -la parte hablada del inglés-, ya que “hay algunas estudiantes que lo hacen a escondidas de sus familias y entonces no pueden hablar”. En el supuesto de recibir apoyo familiar, si no es de los miembros varones de la familia, será en vano.
El Afganistán que han creado los talibanes deshumaniza a las mujeres, convirtiéndolas en poco más que un utensilio para tener hijos. Estas clases les devuelven parte de esa dignidad perdida, reflejándose en el alto porcentaje de participación. Mientras en las clases que imparte Irene a niños españoles intervenir es una obligación, en las de afganas es una liberación: “Si hago una pregunta, de repente veo treinta manos levantadas, se pelean por participar. Que puedan expresar lo que sienten y lo que piensan las ayuda a humanizarlas”.
En Ayla imparten todo tipo de asignaturas, desde Matemáticas, Literatura o Biología a otras más específicas como informática. Lo más solicitado son los idiomas, en especial el inglés. Pese a la encomiable labor que realizan los voluntarios, prácticamente ninguno es profesor licenciado y denuncian la falta de personal: “Hemos intentado contactar con alguno, pero nadie ha respondido”, comenta Irene. Llama la atención la clase de empoderamiento y feminismo impartida por una profesora estadounidense, que tenía como objetivo aumentar su independencia y devolverles su voz.
Afsana no puede ser doctora
“La situación es como una noche oscura para nosotras”. Con 17 años de edad, y a través de una pantalla, así es como describe Afsana (todos los nombres de las mujeres que viven en Afganistán están cambiados para preservar su privacidad) su vida en Afganistán. Ella, a diferencia de Batol, no ha tenido la suerte de dejar atrás a los fundamentalistas islámicos, pese a que le gustaría: “Si alguien me hubiese preguntado si quería irme al extranjero, le habría dicho que nunca jamás. Ahora quiero escapar de mi país, aquí no hay ninguna oportunidad para mí”. Más allá del “si tendré dinero”, Afsana se pregunta si los talibanes la “dejarán irse”, cosa que no tiene nada clara. La incertidumbre y la arbitrariedad es otra de las características del régimen.
El padre de Afsana era un militar que murió en combate: “Él quería defender nuestro país. Pensé que había perdido a mi apoyo, a mi héroe”. El sistema talibán condena a la pobreza a las viudas y a sus hijos, ya que las mujeres no pueden trabajar debido a las prohibiciones talibanas. Ella tuvo la suerte de contar con un hermano al cual sí que le permiten trabajar, pero la devastadora situación económica que atraviesa el país le obligó a mudarse a Irán, desde donde envía dinero a ella, a su madre y a su hermano pequeño. “Antes tenía una vida feliz. Nos hemos convertido en prisioneros de una cárcel llamada Afganistán, nos han quitado todo”, afirma con rabia y lágrimas en los ojos.

Ella soñaba con ir a la universidad y ser doctora para poder “ayudar a su gente”, pero la llegada de los talibanes al poder en 2021, truncó todos sus planes. Cuando retiraron el permiso para trabajar a mujeres, se vio obligada a dejar las clases de inglés que impartía y a recluirse en su casa. “Nunca nos darán el permiso, antes las leyes nos permitían salir de casa y trabajar”, comenta resignada.
Afsana se resiste a la condición subordinada que le otorgan los talibanes: “Todos los días me levanto decepcionada por no poder ir a la escuela, pero nunca me rendiré. Después de la oscuridad, siempre hay una luz”. Asistir a las clases online va más allá de lo puramente educativo, es un acto de valentía, de rebelión y de resistencia: “Debemos luchar con lo que tengamos a mano, con conocimiento, educación. Nunca nos rendiremos, nunca podrán pararnos”.
Zahra quiere ser periodista
Zahra es una joven de 16 años que vive en Kabul. Su sueño desde la infancia es ser periodista, profesión que “no entraña muchos problemas” siempre y cuando “no te metas con el Gobierno”. “Quiero ser una persona educada que apoye a las mujeres a través de la escritura, mi educación y mi conocimiento. Quiero escribir mi propia historia y también la de otras mujeres afganas fuertes”, asegura con mirada firme. Desde hace tres años atiende las clases online con al apoyo de su familia, especialmente de su madre, que fue la que le apuntó. Sus asignaturas favoritas son Inglés, Literatura y Matemáticas. Ella misma reconoce que si tuviese una “familia estricta” le sería muy difícil seguir con su educación.

Pese a su negativa -muy amable y cordial, eso sí- a responder a ciertas preguntas que la puedan comprometer (cualquiera mínimamente relacionada con el Gobierno talibán), manda el siguiente mensaje a las mujeres de su país: “No estáis solas. Hasta en silencio vuestros sueños son válidos. Solo seguid adelante, manteneos firmes por vosotras mismas. Estáis construyendo un futuro que nadie podrá quitaros”.
Malalai es artista
Malalai es una joven kabulí de 18 años que, pese a la situación actual de su país, no pierde la esperanza de ser artista algún día. Aunque no pueda mejorar sus habilidades en una escuela de arte, se pasa el día pintando. Otra de sus aspiraciones es estudiar ciencias de la computación en la universidad.

Al enfrentarse a las prohibiciones talibanas, las clases online surgieron como una vía para no perder el contacto con los estudios: “Nos dan muchas oportunidades, gracias a ellas he crecido mucho”. Aunque no es su caso, denuncia como “muchas familias tienen un problema con que sus hijas asistan a las clases online”.
Con la falta de educación no solo se van las posibilidades de un futuro económico próspero, sino los sueños de toda una vida. Mientras sigan los talibanes en el poder nunca veremos a Afsana como doctora, a Malalai como programadora o a Zahra como periodista.
La crisis económica asola el país
La pobreza es otro de los males que asola Afganistán, agravada por la desaparición de las mujeres del sector productivo y económico. Las consecuencias de prohibir el trabajo femenino no son inocuas. Los datos muestran que la economía es el talón de Aquiles del paraíso talibán. Tras décadas de conflicto armado, la congelación de múltiples ayudas internacionales, desastres naturales, falta de infraestructura que condena a su economía a un modelo principalmente agrario, y, por supuesto, la casi total abolición del trabajo femenino, la nación afgana tiene el dudoso honor de ser el país más pobre del mundo. Según datos del Global Economic Prospects del año 2025 de FocusEconomics, Afganistán cuenta con un PIB per cápita de 434 dólares.
Esta pobreza también tiene un efecto directo sobre la educación de las afganas, incurriendo en un círculo vicioso. Sin dinero, no hay ordenador o teléfono móvil, y sin ellos no hay acceso a la educación online. Y sin esta educación, las pocas esperanzas que tienen de que les permitan trabajar en el futuro se desvanecen lentamente. Según Afsana, “más del 90% de los afganos son pobres y no pueden acceder a las clases online”, mientras que Malalai, más conservadora, cifra el dato en torno al 50%. En cualquier caso, el porcentaje real de mujeres que pueden asistir a clases online disminuye aún más cuando se introduce la variable del apoyo familiar masculino.
“Ser mujer en Afganistán es un crimen”
“Ser mujer en Afganistán es un crimen”, sostiene Afsana. Eso sí, “un crimen sin pecado ni culpa”, puntualiza. No le falta razón, desde la llegada de los talibanes en 2021 han dinamitado los derechos de las mujeres hasta tal punto que muchos lo consideran un apartheid de género. “Estamos viviendo en una cárcel, estoy segura de que si todas las mujeres tuviesen la oportunidad de irse, se irían”, sostiene Batol. Entre los cambios más inhumanos se encuentra la prohibición de recibir educación secundaria y universitaria, de trabajar en la gran mayoría de empleos, la obligación de cubrirse en público o no poder salir a la calle sin el acompañamiento de un mahram (guardián masculino). El ideal talibán condena a las mujeres a la muerte social, intelectual e individual.
Afsana, tras prometerle que se mantendrá el anonimato dentro del reportaje, se atrevió a hablar sin tapujos de los castigos talibanes. Muerte por lapidación, encarcelamiento y latigazos en público. Estas son, según cuenta Afsana, algunas de las represalias a las que se enfrentan si incumplen los dictados talibanes.
La sobrina de Batol es una de las muchas víctimas de los castigos talibanes. Una mañana, cuando iba a su clase de dibujo -los centros educativos están prohibidos, pero se permiten ciertas clases particulares- los talibanes la pararon y tras preguntarle a dónde iba, comenzaron a torturarla por querer formarse. Solo tenía catorce años. “Nunca olvidará el motivo de su castigo”, apunta con tristeza Batol. La tiranía de los fundamentalistas no se sostiene únicamente en la violencia, sino también en el terror: “Lo peor de la historia es que alrededor había otros alumnos, pero ninguno hizo nada por el miedo que le tienen a los talibanes”.
Silenciadas por ley
En el verano de 2024 dieron un paso más con la Ley de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, que según la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos “borra por completo la presencia de las mujeres en público”. Esta ley prohíbe, entre otras restricciones, que se pueda escuchar la voz de las mujeres en público. “Con la entrada de las normas de 2024, Afganistán se convirtió en un infierno para todos, pero principalmente para las mujeres”, afirma Afsana. Según la oficina, la ley otorga a los agentes del estado “amplios poderes discrecionales para detener a personas, imponerles cargos o remitir asuntos a los tribunales”. Las políticas talibanas parecen encaminadas al arresto domiciliario de más de la mitad de la población.
Pero en Afganistán no se discrimina solo a las mujeres, la comunidad LGTBI y diversas minorías étnicas y religiosas también la sufren. “Los talibanes están completamente en contra de estas personas, se enfrentan a mucha violencia”, afirma Batol. Tampoco los hombres se escapan de las rígidas -y estrafalarias- normas talibanas: barba obligatoria, prohibición de mirar públicamente a mujeres que no sean su esposa o familiar cercana o de llevar ropa que no cubra hasta las rodillas están a la orden del día. Según Batol, los mandatos talibanes forman parte de “un juego político”, ya que “están usando el nombre de la religión en su propio beneficio”.
Históricamente, Afganistán ha sido un país muy conservador. Según Batol, antes de los talibanes, había algunas familias que consideraban que estudiar hasta los diez años ya era suficiente: “Si puedes leer, ya basta, ahora toca casarte”. La diferencia fundamental es que lo que antes era una decisión de las familias más conservadoras, ahora es una obligación para todas impuesta desde el Estado.
Es importante distinguir entre la población afgana y los talibanes. Según cuenta Afsana, los fundamentalistas pastunes no tienen el apoyo de la mayor parte de la población, sino que “acatan las normas por miedo a ser castigados”.
¿Cómo puede caer el régimen talibán?
El cambio en Afganistán no es sencillo. El régimen teocrático y totalitario que controla el país no permite la alternancia pacífica del poder que concede la democracia. Con su desprecio a las libertades y derechos individuales, la imposibilidad de unas elecciones libres y la supresión total de la disidencia, es, a todas luces, una dictadura. Batol no tiene esperanza en que haya “elecciones futuras”, y asegura que, en caso de producirse, estarían amañadas.
Tampoco las movilizaciones en las calles -altamente penadas- parecen que hagan mucha mella en el régimen talibán. Batol denuncia que en las protestas -mayoritariamente de mujeres- contra la abolición de los derechos femeninos, la violencia extrema fue usada como método de disuasión para el futuro: muchas fueron llevadas a la cárcel, donde las torturaron, incluso sexualmente. “Y luego piensan que tocar a una mujer sin haber tenido una relación oficial no está permitido en el islam, ¿no?”, señala indignada.
También considera la ayuda humanitaria como un arma de doble filo, por una parte” es positivo que se ayude a la gente pobre”, pero a la vez contribuye a la continuidad del Gobierno talibán. Según su visión, “si los países europeos y los Estados Unidos cortasen la ayuda humanitaria, harían cambios y el régimen no podría continuar”.
Mujeres frente a la opresión
Hay cosas que uno a simple vista no percibe. El ambiente de tensión cuando vas a decir algo que pueda comprometerte. La sonrisa casi vergonzosa al no poder responder una pregunta sencilla por miedo a las consecuencias. El brillo en los ojos al hablar del país que amabas y que esperas que algún día pueda volver a ser amado. Las cámaras apagadas en las clases online por miedo a una filtración. Las entrevistas para este reportaje en videollamada, más que conversaciones informales, parecían interrogatorios en los que las entrevistadas se jugaban la vida. Y es que, en realidad, se la jugaban.
Afsana, Batol, Zahra y Malalai. Mujeres silenciadas por el yugo talibán que han encontrado en las clases online esperanza para seguir adelante. No es una lucha armada, y no por ello demuestran una menor rebeldía, valentía o tienen menos mérito. Esas clases, con las risas de sus compañeras o las interacciones con profesores de todo el mundo, les devuelven la dignidad que el fundamentalismo pastún les ha arrebatado. Se sienten escuchadas, valoradas. Por mucho que intenten silenciar la conciencia y la voz de las afganas, no conseguirán que desaparezcan. Como dice Afsana: “Detrás de toda oscuridad, siempre habrá una luz. Esta situación no durará para siempre y las mujeres nunca nos rendiremos”.

Después de una cariñosa despedida y un deseo de buena suerte mutuo, Batol marcha
hacia su piso en Carabanchel. Ella, dentro de todas las dificultades, es una mujer afgana
afortunada. Millones de compatriotas suyas no pueden decidir cuándo salen a la calle, ni
siquiera cuando pueden alzar la voz para despedirse de nadie.


