Tras los últimos pasos de Gerda Taro
No existe ningún lugar institucionalizado que recuerde el paso por España de esta figura esencial del fotoperiodismo. La publicación en 2018 de la que podría ser su última foto, reavivó el interés por su trabajo.

Reportajes

No existe ningún lugar institucionalizado que recuerde el paso por España de esta figura esencial del fotoperiodismo. La publicación en 2018 de la que podría ser su última foto, reavivó el interés por su trabajo

Solemne y soli­tario, un fres­no se alza muy próx­i­mo a la M‑600, la car­retera de Brunete a El Esco­r­i­al. Ha cre­ci­do tan cer­ca de la calza­da, o se con­struyó la calza­da tan próx­i­ma al fres­no, que las autori­dades deci­dieron res­guardar­lo a él y a los con­duc­tores con un quita­miedos. El met­al casi roza la corteza de este Frax­i­nus angus­ti­fo­lia que tiene, al menos, 27 años. Las raíces del árbol se hun­den bajo el traza­do de una vía que fue esce­nario de momen­tos trági­cos de la his­to­ria de España: la guer­ra civ­il y la batal­la de Brunete.

El fres­no (local­iza­do en: 40º27´37.8¨N 4º00´40.3¨W) no es tan antiguo como para haber vivi­do tales acon­tec­imien­tos, no existía durante los años de la guer­ra civ­il. En las imá­genes aéreas de 1956, las más antiguas de esa zona que recoge el Insti­tu­to Geográ­fi­co Nacional, el árbol no parece exi­s­tir, pero esto no es imped­i­men­to para que intere­sa­dos por esta época hayan encon­tra­do en esta ubi­cación un lugar para hon­rar la memo­ria de la primera fotope­ri­odista de guer­ra de la his­to­ria, y la primera que murió ejer­cien­do: Ger­da Taro.

A la vera del tron­co, en el sue­lo, ocul­tas por la hier­ba, unas alisadas piedrecitas quedan posadas sobre una cama de azule­jos y unos peda­zos de cerámi­ca. Aunque las inclemen­cias del tiem­po han bor­ra­do la “E” y la “D”, unas letras inscritas en cada uno de los gui­jar­ros con­siguen inmor­talizar el nom­bre de la fotó­grafa en un mosaico arte­sanal, vis­i­ble sólo para los ojos de los que saben que está ahí. Sobre el mosaico, unas ramas sostienen una ban­da y escara­pela tri­col­ores. El rojo, amar­il­lo y mora­do, pro­pios de la icono­grafía repub­li­cana, desta­can entre los col­ores verdes y ocres del paisaje, apor­tan­do al árbol un con­traste lumi­noso. No parece haber más autoría que la del anón­i­mo que ha con­ver­tido esta local­ización en uno de los pocos espa­cios que rinden hom­e­na­je a Ger­da Taro, a su car­rera y su labor.

Mosaico con el nom­bre de Ger­da Taro en la base del fres­no. Las inclemen­cias del tiem­po lo han deja­do huér­fano de dos letras, de la “E” y la “D”. | Foto: Pedro Pas­cual

Una calle y quizás una lápida en Madrid

El recuer­do de la primera fotope­ri­odista de guer­ra de la his­to­ria en los ayun­tamien­tos del noroeste de Madrid, lugares donde Taro cubrió la guer­ra, es esca­so, pero no inex­is­tente. Una calle de menos de cien met­ros de una urban­ización de Majada­hon­da lle­va su nom­bre, y en Google Maps, aparece indi­ca­da la exis­ten­cia de una láp­i­da en El Esco­r­i­al, pero en la ubi­cación señal­a­da no hay ras­tro de ella. Más allá de estos dos ejem­p­los, ningu­na insti­tu­ción ha remem­o­ra­do los lugares por los que pasó.

Hace seis años, el exo­fi­cial británi­co John Kisze­ly rea­v­ivó el interés por la fotope­ri­odista sin quer­erlo. Su padre, médi­co de las brigadas inter­na­cionales, aparece en una fotografía tratan­do a quien se supone que es la propia Taro. John pub­licó esa ima­gen sin saber este detalle, pero no tardó en hac­erse viral y dar la vuelta al mun­do. Acaba­ba de apare­cer la que quizás fuera la últi­ma instan­tánea de Ger­da Taro. 

Los inten­tos de recor­dar la figu­ra de Taro se reducen, en la may­oría de casos, a la ingente labor de un reduci­do número de ávi­dos afi­ciona­dos por la his­to­ria, que han cogi­do la batu­ta de desen­trañar has­ta el últi­mo entre­si­jo que rodea a la muerte de la fotó­grafa. Aunque con lagu­nas propias de la fal­ta de recur­sos téc­ni­cos y económi­cos, han logra­do recon­stru­ir la memo­ria de la his­to­ria comar­cal de Brunete y del nom­bre de Ger­da Taro. 

Los empeños por recon­stru­ir la his­to­ria rozan lo pasion­al: “Taro es mi amor platóni­co, sin duda el per­son­aje con el que me que­do de la guer­ra”, con­fiesa Guiller­mo Poza Madera, inves­ti­gador y divul­gador de GEFREMA (Grupo de Estu­dios del Frente de Madrid). Poza ha logra­do encauzar su vida, dedicán­dola  a la obser­vación de la his­to­ria de la Guer­ra Civ­il a través de los peda­zos de met­al oxi­da­do con los que el paisaje béli­co ha enve­je­ci­do sobre el ári­do sue­lo de Brunete y Majada­hon­da. En una parcela situ­a­da en las afueras de Majada­hon­da, todos sus hal­laz­gos históri­cos, des­de cerámi­cas romanas has­ta car­co­mi­dos proyec­tiles de mortero de la guer­ra civ­il, quedan ate­so­ra­dos en un pequeño cober­ti­zo. En él se com­pri­men las piezas más sig­ni­fica­ti­vas de un gran puzle, el de la his­to­ria de la comar­ca. Con la curiosi­dad y orgul­lo de un niño aven­turero, mues­tra sus hal­laz­gos en redes sociales y exposi­ciones en un afán de divul­gación y memo­ria históri­ca. 

Escara­pela con los col­ores de la II Repúbli­ca col­ga­da del fres­no | Foto: Pedro Pas­cual

No es el úni­co. A través de su blog Brunete His­to­ria y Vida, Anto­nio Rufo ded­i­ca horas a divul­gar la his­to­ria sobre la que se asien­ta la vida en Brunete, cen­trán­dose en remem­o­rar el pasaje béli­co que obligó a los antepasa­dos de tan­tos a aban­donar su pueblo natal. Esta labor altru­ista de inves­ti­gación com­ple­men­ta la poca memo­ria insti­tu­cional que existe sobre la batal­la de Brunete, reduci­da al nom­bre del cole­gio públi­co situ­a­do frente al cen­tro de tra­ba­jo de Rufo, la Aso­ciación Esteo. Este divul­gador y antiguo téc­ni­co de tele­vi­sores dispone en su orde­nador de una amplia colec­ción de archivos fotográ­fi­cos que reco­gen a gran res­olu­ción los instantes más deci­sivos de la batal­la de Brunete. 

Es gra­cias a estos dos afi­ciona­dos que Ger­da Taro es recor­da­da un poco más.  Poza se siente orgul­loso del mosaico bajo el fres­no: “Es un sím­bo­lo, un hom­e­na­je. Puse unas piedras con su nom­bre, y la gente ha vuel­to a ir, a repasar­las…”. Por su parte, Rufo ha pub­li­ca­do en su pági­na web diver­sos artícu­los donde arro­ja luz sobre el paso de Ger­da por Brunete.

El Frax­i­nus angus­ti­fo­lia jun­to a la calza­da | Foto: Pedro Pas­cual

La otra mitad de Robert Capa

De nom­bre orig­i­nal Ger­ta Poho­rylle, nació en Stuttgart el 1 de agos­to de 1910. Al ser judía tuvo que huir de Ale­ma­nia en 1933 debido a la per­se­cu­ción nazi. Exil­i­a­da en París, un año más tarde cono­ció a quien se con­ver­tiría en su pare­ja sen­ti­men­tal y pro­fe­sion­al, Endre Fried­dman. El tal­en­to y la destreza de ambos se fusion­aron en una de las may­ores leyen­das del fotope­ri­odis­mo inter­na­cional: Robert Capa, seudón­i­mo que en la actu­al­i­dad es atribui­do úni­ca­mente a Fried­dman. En la cap­i­tal france­sa, a través de revis­tas como Vu o Ce Soir ambos dieron sus primeros pasos en el peri­odis­mo y en la fotografía.

Con el golpe de Esta­do del 18 de julio de 1936 y el estal­li­do de la guer­ra civ­il (1936–1939),  la inqui­etud y valía de esta pare­ja quedó demostra­da con la cober­tu­ra de los acon­tec­imien­tos más desta­ca­dos de la con­tien­da: la toma del Alcázar, la resisten­cia en Madrid o la caí­da de Mála­ga, para la revista france­sa Vu.

La leyen­da de Robert Capa quedaría dis­uelta en dos his­to­rias sep­a­radas. La car­rera de Robert Capa (Fried­dman) dis­cur­rió en el ter­reno inter­na­cional de la II Guer­ra Mundi­al. La fidel­i­dad de Ger­da a la causa repub­li­cana la alen­tó a quedarse para empren­der una pro­lí­fi­ca pero olvi­da­da car­rera en soli­tario, retratan­do con un esti­lo más vis­cer­al los hor­rores de la guer­ra y sigu­ien­do muy de cer­ca las cam­pañas mil­itares del ban­do repub­li­cano. Espe­cial­mente recono­ci­da es su cober­tu­ra de la batal­la de Brunete. Allí, en uno de los frentes más san­gri­en­tos de la con­tien­da, sufrió un fatídi­co acci­dente auto­movilís­ti­co tras el cual, luego de ser traslada­da al hos­pi­tal de El Esco­r­i­al, fal­l­e­ció el 26 de julio de 1937.

Anto­nio Rufo es fiel a las fuentes y a los doc­u­men­tos ofi­ciales. Según expli­ca, la batal­la de Brunete fue una con­traofen­si­va del ejérci­to repub­li­cano para aliviar la pre­sión sobre las ciu­dades fab­riles del norte de España, cre­an­do una bol­sa alrede­dor de la local­i­dad y otros pueb­los cer­canos. Rufo dispone en su amplio almacén indus­tri­al de una envidi­a­ble colec­ción de archivos fotográ­fi­cos. Las imá­genes mues­tran las casas despo­jadas de todo ras­tro de vida ante la inevitable evac­uación de sus padres y de tan­tos otros antepasa­dos; algu­nas de ellas son de Taro. A gran res­olu­ción se pal­pa en ellas el ambi­ente ári­do y seco de una batal­la que se car­ac­ter­izó por la fal­ta de sum­in­istros ali­men­ti­cios. “Se la conoce como la batal­la de la sed por la mala pre­visión de la logís­ti­ca”, expli­ca Rufo.

Anto­nio Rufo en la sala Esteo Madrid | Foto: Pedro Pas­cual

La lle­ga­da de Taro a Brunete nada más comen­zar la batal­la fue propia de la avidez y curiosi­dad peri­odís­ti­ca que la impulsa­ba a ir allí donde se encon­trase la noti­cia. El seudón­i­mo Robert Capa con el que Endre Fried­man y Ger­ta Poho­rylle firma­ban sus piezas quedaría dis­uel­to en dos caminos sep­a­ra­dos. Él se marchó a París, mien­tras que ella decidió per­manecer en España con la inten­ción de seguir los pasos de la Aso­ciación de Int­elec­tuales Antifascis­tas de Valen­cia has­ta Madrid, donde se hospedó en el Pala­cio de la Defen­sa de la Cul­tura, en la calle de Mar­qués del Duero, jun­to con el poeta Rafael Alber­ti y su esposa, María Tere­sa León.

Pala­cio madrileño que con­fig­ura­ba la sede de la Aso­ciación de Int­elec­tuales Antifascis­tas, donde Ger­da Taro se alo­jó un tiem­po. | Foto: Pedro Pas­cual

Brunete, su última cobertura

Por medio de un enlace del Gob­ier­no, se enteró del ini­cio de un nue­vo frente a pocos kilo­met­ros de Madrid. Acom­paña­da tan sólo por su cámara de 35mm, el mis­mo 6 de julio de 1937, se aden­tró en Brunete para retratar uno de los enfrentamien­tos béli­cos más par­a­dig­máti­cos de la guer­ra civ­il. “La batal­la de Brunete se con­vir­tió en un cam­po de prue­bas para la tec­nología mil­i­tar de la Segun­da Guer­ra Mundi­al”, afir­ma Rufo, recal­can­do que se trata­ba del primer enfrentamien­to aéreo con­tra la aviación de la Legión Cón­dor ale­m­ana.

Ger­da Taro cubrió el comien­zo y el final de la con­tien­da, y fal­l­e­ció un día después de finalizar la batal­la. Tenía  planea­do regre­sar a París el 26 de julio, pero dos días antes decidió acer­carse a Brunete para realizar las que serían sus últi­mas fotos. Agar­ra­da al lat­er­al de un coche jun­to con el peri­odista Ted Allan, sufrió un acci­dente al chocar con un tanque T‑26 del ejérci­to repub­li­cano. Tras el golpe, fue traslada­da a la 35 División San­i­taria de El Esco­r­i­al, entonces habil­i­ta­da para el tratamien­to de sol­da­dos heri­dos en com­bate.

Taro murió en Madrid, donde las insti­tu­ciones ape­nas la recuer­dan

Guiller­mo Poza se guía por su instin­to y, a veces, por el roman­ti­cis­mo que tan­tas veces despista a los afi­ciona­dos. Sobre el ter­reno en el que se encuen­tra despl­ie­ga el con­jun­to de coor­de­nadas que com­po­nen su dilata­do mapa men­tal, recoci­na­do a base de estu­dio, mem­o­rización y algu­na que otra impre­cisión fru­to de una intu­ición pasion­al. Su capaci­dad para reten­er tan­ta infor­ma­ción car­tográ­fi­ca se debe a sus años de expe­ri­en­cia en el análi­sis de mapas o informes topográ­fi­cos, que actu­al­iza lo “obser­va­do” para crear un rela­to históri­co úni­co. “No es por pre­sumir, pero sólo con los ojos soy capaz de pin­tar en una pizarra un mapa con mucho detalle”, afir­ma al explicar cómo con la “obser­vación de la oro­grafía” es capaz de imag­i­nar el paso de los tan­ques repub­li­canos sobre las líneas del frente en la batal­la de Brunete.

Firme defen­sor del tra­ba­jo in situ,  la labor fotográ­fi­ca de Ger­da Taro se con­vir­tió en su prin­ci­pal ref­er­ente bib­li­ográ­fi­co y doc­u­men­tal para el tratamien­to de la batal­la de Brunete, aunque pron­to se tornaría en una sim­ple excusa para seguir has­ta la últi­ma huel­la de la que se con­ver­tiría en su “amor platóni­co”.

Guiller­mo Poza mues­tra sus hal­laz­gos arque­ológi­cos: restos de una caja de muni­ciones de la guer­ra civ­il, piezas de proyec­tiles de mortero, cerámi­cas… | Foto: Pedro Pas­cual

De todos los relatos, verídi­cos o no, detallis­tas o más gen­er­al­is­tas que se han escrito sobre la muerte de Taro, a Poza le pone la “piel de gal­li­na” el que el mis­mo Ted Allan man­i­festó en un escrito de julio de 1969.

El accidente mortal de Taro, según Ted Allan

Colocó la cámara en el asien­to delantero. Había cier­ta con­fusión delante de nosotros. Se acer­ca­ba un tanque. Había sido ame­tral­la­do por un avión nacional­ista y cir­cu­la­ba zigzague­an­do erráti­ca­mente por la car­retera. Nue­stro coche giró a la izquier­da para evi­tar­lo. El coche se sal­ió de con­trol; comen­zó a rodar. Me di cuen­ta que mis dos pier­nas esta­ban apa­gadas. Vi san­gre en mi pier­na derecha. Y los pan­talones rotos a mi izquier­da. No hubo dolor. “¡Ger­da!”. Vi su cara. Sólo su cara. El resto de su cuer­po quedó ocul­to por el auto vol­ca­do. Ella esta­ba gri­tan­do. Sus ojos me miraron y me pidieron que la ayu­dara. Pero no pude moverme. El tanque esta­ba aho­ra en silen­cio. Había gira­do y aho­ra esta­ba en silen­cio. Luego el hos­pi­tal de El Esco­r­i­al. Era un hos­pi­tal dirigi­do por ingle­ses. Pre­gun­té si habían vis­to a una mujer, pelir­ro­ja… “Sí. Ger­da Taro. Sí. Está aquí. La tra­jeron aquí hace unas horas”. “¿Como está ella?” “Ella está bien.” “¿Puedo ver­la?” “No. Aca­ba de ser oper­a­da. No puedes ver­la” … “¿Podré ver­la por la mañana?” “Sí”

El acci­dente mor­tal de Taro, según Ted Allan

Poza sostiene esta ver­sión de los hechos sobre otras que afir­man que Ger­da Taro fue aplas­ta­da por el Tanque T‑26, con­duci­do por el brigadista Aníbal González, al chocar con el Chevro­let Mat­ford negro del gen­er­al Wal­ter, sobre el que se apoy­a­ba Taro en uno de sus estri­bos. La Revista FV, espe­cial­iza­da en el estu­dio de la fotografía, tam­bién com­parte el rela­to de Ted Allan.  Según esta ver­sión, el ensan­grenta­do cuer­po de Ger­da Taro llegó al Hos­pi­tal El Esco­r­i­al de la 35 división san­i­taria, tam­bién cono­ci­do como el Hos­pi­tal de los Ingle­ses. Par­tidar­ios de una u otra ver­sión, todos com­parten una mis­ma duda: ¿dónde quedó la cámara de Ger­da Taro?

La posible última foto: una ilusión

Todo parecía enca­jar. Anto­nio Rufo, ávi­do por encon­trar respues­tas a los vacíos de infor­ma­ción que rodean la vida y muerte de Ger­da Taro, vio una instan­tánea de los que podrían ser los últi­mos momen­tos de ella con vida, un doc­u­men­to abso­lu­ta­mente inédi­to. Aque­l­lo tenía sen­ti­do, pero, según dice Rufo: “La his­to­ria es la úni­ca cien­cia viva que puede lle­gar alguien y revo­car­la”.

Fotografía de Ger­da Taro durante el entier­ro del Gen­er­al Lukacs en Barcelona. Aunque se pen­só que esta podría ser su últi­ma fotografía con vida, las letras en la luna delantera y la ves­ti­men­ta desmien­ten la teoría. | Foto: Exibart.es

La ima­gen esta­ba recor­ta­da y sólo se leían las cin­co primeras letras de la pal­abra escri­ta en el parabrisas de un coche. Rufo nun­ca llegó a afir­mar que la ima­gen fuera toma­da en Brunete, pero sí que las letras podrían for­mar la pal­abra “gen­er­al” (el automóvil en el que via­ja­ba era el del gen­er­al Wal­ter): “La foto sería desco­ra­zon­ado­ra por la cara que se le que­da a ella cuan­do ve que en el coche hay heri­dos”. Sin embar­go, la real­i­dad es que no podía tratarse del Mat­ford Alsace del gen­er­al Wal­ter, pues las letras for­marían la pal­abra “Gen­er­al­i­tat” (como se apre­cia­ba en la ima­gen con may­or res­olu­ción). Además, Guiller­mo Poza desta­ca que la ves­ti­men­ta coin­cide con la que llev­a­ba en el entier­ro del Gen­er­al Lukacs en Barcelona, en junio del 37, por lo que la idea de esta como últi­ma foto de Taro con vida quedaría descar­ta­da.

La enter­raron en París el mis­mo día que hubiera cumpli­do 27 años

“El tes­ti­mo­nio del tan­quista, Ani­bal, que mane­ja­ba el T‑26 con­tra el que chocó el coche de Wal­ter, está doc­u­men­ta­do”, expli­ca Poza. Quizás la primera idea de Rufo sobre la fotografía no sea cier­ta, y el sueño de Poza de encon­trar esas últi­mas imá­genes que tomó Ger­da Taro antes de morir jamás se cumpla, pero en oca­siones apare­cen por sor­pre­sa datos o imá­genes que dotan de nuevos con­tex­tos a hechos que ya se conocían pero que no se les había dado may­or impor­tan­cia.

El doc­tor Kisze­ly jun­to a la paciente que podría ser Ger­da Taro | Foto cedi­da por John Kisze­ly (X)

¿Es ella la de la foto?

Un tuit lo puede cam­biar todo. En enero de 2018 el ya reti­ra­do gen­er­al británi­co John Kisze­ly mostra­ba en X (Twit­ter) la fotografía de su padre, médi­co de las brigadas inter­na­cionales, aten­di­en­do a una paciente heri­da de gravedad. Unos aten­tos usuar­ios se per­cataron de que la paciente fotografi­a­da podría ser la mis­ma Ger­da Taro. Efec­ti­va­mente, una breve y difusa descrip­ción del doc­tor Kisze­ly en el rever­so de la foto —“Frank Capa = Ce Soir. Killed in Brunete 1937”— ali­menta­ba la posi­bil­i­dad de que la mujer pud­iese ser la fotope­ri­odista.

Lo sor­pren­dente es que no se trata­ba de una ima­gen inédi­ta, guarda­da con rece­lo en un archi­vo secre­to, sino todo lo con­trario. La fotografía había sido pub­li­ca­da en 2006 en el libro coor­di­na­do por Manuel Reque­na y Rosa María Sepúlve­da tit­u­la­do La sanidad en las brigadas inter­na­cionales. Pero nadie había repara­do en que la mujer de la ima­gen pud­iese ser Taro. El médi­co que aparece con ella ofre­ció una entre­vista en 1992 al Impe­r­i­al War Muse­um y explic­a­ba con datos poco pre­cisos y un tan­to con­fu­sos las cir­cun­stan­cias en las que habría aten­di­do a Ger­da Taro, lle­gan­do a con­fundir el nom­bre de Ger­da y la causa de su muerte.

Recorte del libro La sanidad en las brigadas inter­na­cionales donde aparece la ima­gen | Foto cedi­da por: Guiller­mo Poza Madera

«Me pare­ció una ima­gen mar­avil­losa, me sen­tí muy orgul­loso de mi padre y de lo que había hecho en la guer­ra civ­il españo­la»

El hijo del doc­tor Kisce­ly es el teniente gen­er­al sir John Pan­ton Kisze­ly, ofi­cial ya reti­ra­do del ejérci­to británi­co, exdi­rec­tor gen­er­al de la Acad­e­mia de Defen­sa del Reino Unido y expres­i­dente nacional de The Roy­al British Legion. Edu­ca­do en Marl­bor­ough Col­lege y la Roy­al Mil­i­tary Acad­e­my Sand­hurst, fue comi­sion­a­do en los Scots Guards en 1968 y sirvió en diver­sas opera­ciones, incluyen­do la Guer­ra de las Malv­inas, donde fue galar­don­a­do con la Cruz Mil­i­tar. Después de una dis­tin­gui­da car­rera, se retiró en 2008. En la actu­al­i­dad es his­to­ri­ador y su pub­li­cación más reciente es una biografía sobre el gen­er­al y diplomáti­co británi­co Pug Ismay pub­li­ca­da en mayo de este año.


Kisze­ly recuer­da a su padre y expli­ca que “nació en Hun­gría. En 1936 acaba­ba de obten­er su títu­lo de médi­co por la Uni­ver­si­dad de Szeged”. De padres hún­garos, “se esta­ba espe­cial­izan­do como ciru­jano de ojos, pero decidió tomarse un tiem­po libre porque quería ir a España, a la guer­ra civ­il por motivos políti­cos, para apo­yar a las Brigadas Inter­na­cionales, pero sobre todo porque pens­a­ba que sería ven­ta­joso para su car­rera médi­ca tra­ba­jar en una zona de guer­ra”, desta­ca John.

Rever­so de la ima­gen del padre de John Kisze­ly con, supues­ta­mente, Ger­da Taro | Foto cedi­da por  John Kisze­ly

El teniente reconoce que la may­or parte de lo que sabe sobre su padre en España no proviene de lo que le con­tó, sino de lo que le escuchó a través de entre­vis­tas. “Mi padre no tenía una opinión muy bue­na de los mil­itares. Y creo que parte de ello fue que vio en España mucha incom­pe­ten­cia mil­i­tar”. Lo cual es nor­mal, tenien­do en cuen­ta que un gran número de vol­un­tar­ios inte­gra­ban las filas del ejérci­to repub­li­cano, y prin­ci­pal­mente de las Brigadas Inter­na­cionales. 

John no recuer­da si había revisa­do algu­na vez las imá­genes de su padre en la guer­ra. Tiene una caja llena de ellas pero no se había detenido a analizarlas. “Empecé a mirar­las, y muchas de ellas no tenían nada escrito en la parte pos­te­ri­or, sólo fotos de España y per­sonas sin iden­ti­ficar”, expli­ca. 

De todos los recuer­dos que el antiguo médi­co de las brigadas san­i­tarias de El Esco­r­i­al guard­a­ba en una caja reple­ta de fotografías, a su hijo John le llamó espe­cial­mente la aten­ción una:  “Había una, de mi padre hacien­do su tra­ba­jo como médi­co con esta chi­ca que había sido asesina­da. Y me pare­ció una foto mar­avil­losa. Me sen­tí muy orgul­loso de lo que había hecho mi padre”. Esa ima­gen quizás sea la úni­ca  foto del cadáver de Ger­da Taro, la primera fotó­grafa de guer­ra fal­l­e­ci­da ejer­cien­do su tra­ba­jo.

sir John Kisze­ly durante la entre­vista

Inmedi­ata­mente John la pub­licó en Twit­ter (X): “Sim­ple­mente puse: aquí hay una foto de un médi­co en la guer­ra civ­il españo­la tratan­do a un paciente. Mi padre, a lo que alguien le con­testó: “¿Cuán­do y dónde, y hay algo escrito en la parte pos­te­ri­or?”. sir John Kisze­ly pub­licó lo que esta­ba escrito detrás y la con­testación de los usuar­ios le “sor­prendió enorme­mente”. “Recibí muchos men­sajes que decían «Ger­da Taro, Ger­da Taro». Yo no sabía quién era Ger­da Taro. Para ser hon­esto, tuve que bus­car­la en Google. Y luego des­cubrí que es una per­sona icóni­ca con una vida fan­tás­ti­ca”, recuer­da.

“No sabía quién era Ger­da Taro. Tuve que bus­car­la en Google.”

John cree que la fotografía podría haber­la hecho el doc­tor Moi­ses Brog­gi: “Mi padre hizo muchos ami­gos en España, y se man­tenían en con­tac­to, pero no pudo regre­sar has­ta que murió Fran­co. El más cer­cano era un cole­ga médi­co que tra­ba­ja­ba tam­bién en las Brigadas Inter­na­cionales, Moisés Brog­gi, de Barcelona”. Recuer­da que cuan­do era joven, el médi­co catalán vis­itó a su padre en Inglater­ra: “Debe haber sido en la déca­da de los 50. Recuer­do que vino y que no habla­ba mucho inglés, pero obvi­a­mente era un ami­go muy cer­cano de mi padre.”

“En la entre­vista para el Impe­r­i­al War Muse­um en 1992, mi padre, a sus 83 años, no record­a­ba a Ger­da Taro. Aunque se recono­ció en una foto tratán­dola, dijo que no sabía quién era ella en ese momen­to, vién­dola sólo como otra víc­ti­ma”, expli­ca John. Esto lo encuen­tra descon­cer­tante: “No era común que alguien le fotografi­ara tratan­do a una víc­ti­ma. Tiene que haber algo espe­cial en ella”, sug­iere.

Esta­do actu­al de la tum­ba de Ger­da Taro en el cemente­rio de Pere-Lachaise | Fotos: Pedro Pas­cual

Una tumba esculpida por Giacometti

Alber­ti y María Tere­sa León ates­tiguaron cómo habían acogi­do a Taro en el Pala­cio de Zabál­bu­ru antes de trasladarse al frente de batal­la de Brunete. Entre san­gre y sábanas, bajo la ince­sante ame­naza de los bom­barderos aére­os que merode­a­ban los cie­los de El Esco­r­i­al, ellos se encar­garon de trasladar el cuer­po de Taro al jardín de invier­no de la Aso­ciación de Int­elec­tuales Antifascis­tas. En una litur­gia casi mil­i­tar, poet­as y mili­cianos hon­raron su memo­ria para, por últi­ma vez y antes de trasladar su cuer­po a París, decir­le adiós.

El París que acogió a Ger­da cuan­do huía del nazis­mo en sus primeros años de juven­tud volvió a recibir­la, pero esta vez con la solem­nidad propia de un corte­jo fúne­bre. El famoso cemente­rio de Pere-Lachaise, que sepul­ta los restos mor­tales de fig­uras como Chopin, Oscar Wilde o Proust, recibió a Ger­da Taro. Su funer­al se con­vir­tió en una mues­tra de apoyo a la Repúbli­ca Españo­la. Des­de la cap­i­tal france­sa, lit­er­atos como José Bergamin, Neru­da o Louis Aragón pro­nun­cia­ron dis­cur­sos en su hon­or. El primero de agos­to de 1937, el día que hubiera cumpli­do vein­tisi­ete años, Ger­da Taro fue enter­ra­da en la sec­ción 97 del cemente­rio. En una tum­ba rec­tan­gu­lar y sen­cil­la, ador­na­da con dos escul­turas en piedra de un hal­cón y un jar­rón, tal­ladas por Gia­comet­ti, y muy próx­i­ma a la de Largo Caballero, reposan los restos mor­tales de la primera fotope­ri­odista que murió cubrien­do un con­flic­to.

La olvi­da­da his­to­ria de Ger­da Taro que­da super­a­da por el recuer­do de unos pocos. Mosaicos, escara­pelas, flo­res y jar­rones se con­vierten en sím­bo­los per­son­ales, en detalles que mantienen la memo­ria. Mien­tras haya alguien que retorne al fres­no para repasar las letras escritas en rotu­lador, el tra­ba­jo de Ger­da Taro seguirá pre­sente. Son los pequeños actos que mantienen vivo un mun­do que lucha por no ser olvi­da­do.

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