Del compromiso al exilio

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El 8 de agos­to de 2020 el actu­al pres­i­dente de Bielor­ru­sia, Alexsan­dr Lukashenko, renue­va una vez más su manda­to. En otoño de ese mis­mo año, Svet­lana Alek­siévich se ve oblig­a­da a huir del país para no acabar arrastra­da por la ola de deten­ciones como algunos de sus com­pañeros, líderes del Comité de Coor­di­nación crea­do por la oposi­ción para nego­ciar una tran­si­ción políti­ca.  Des­de entonces, la escrito­ra de Voces de Chernó­bil o Los mucha­chos de Zinc ya ha pasa­do dos años en Ale­ma­nia, lejos de famil­iares y ami­gos y lejos de la patria que aún no puede pis­ar.

Hace una déca­da, la per­se­cu­ción políti­ca y una guer­ra en Europa eran impens­ables. Hoy, ambas situa­ciones se han tor­na­do una nor­mal­i­dad en Europa del Este. Lukashenko gob­ier­na en Bielor­ru­sia en lo que es su sex­to manda­to des­de 1994 y podría lle­var al país a apo­yar a Putin en la ocu­pación de Ucra­nia. Des­de Berlín, Alek­siévich  mantiene su posi­ción ante la situación de su país natal y es acti­va en la oposi­ción al rég­i­men ruso y a la guer­ra. “Es muy difí­cil imag­i­nar que todos nosotros, que nos con­sid­erábamos prác­ti­ca­mente el mis­mo país, aho­ra este­mos en esta situación”, lam­en­ta­ba la escrito­ra, de padre bielor­ru­so y madre ucra­ni­ana.

 “En el Comité de Coor­di­nación no hablam­os de rev­olu­ción. Hablam­os de que las autori­dades deben nego­ciar con la sociedad”, denun­cia­ba la Nobel de Lit­er­atu­ra antes de huir. Sin embar­go, de nada sirvieron estas aclara­ciones. La situación con­tinu­a­ba sien­do la mis­ma y Alek­siévich conocía “los méto­dos” uti­liza­dos por la Admin­is­tración de Lukashenko. El 7 de sep­tiem­bre de 2020, unos enca­pucha­dos detu­vieron a María Kolés­niko­va, una de las mujeres que desafió al pres­i­dente bielor­ru­so, en el cen­tro de Min­sk y rea­pare­ció al día sigu­iente en la fron­tera con Ucra­nia para obligar­la a que dejara el país. La activista, en un acto de valen­tía y leal­tad a Bielor­ru­sia, rompió el pas­aporte. El pasa­do sep­tiem­bre fue con­de­na­da a 11 años de prisión. 

“Parecía que, al ver cuán­tos éramos, Lukashenko se asus­taría y se iría. Era una ingenuidad total”, admitía Alek­siévich en una entre­vista con­ce­di­da a la peri­odista Pilar Bonet para diario El País. Cien­tos de miles de per­sonas salieron a la calle para protes­tar con­tra la situación económi­ca que atrav­es­a­ban, la gestión de la pan­demia, la repre­sión a la que esta­ba someti­da la ciu­dadanía y el fraude elec­toral del que acus­a­ban al Lukashenko, dejan­do un ras­tro de esper­an­za para una mejo­ra de la sociedad bielor­rusa. Sin embar­go, el Gob­ier­no no se echó atrás y las deten­ciones y denun­cias por bru­tal­i­dad poli­cial comen­zaron a aumen­tar. 

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