Io sono giornalista
El funeral del papa Francisco, desde dentro
En esta sección, el periodista vuelve hacia sí la cámara para contarnos lo que ve desde una perspectiva personal. Esa cámara, que debe enfocar los hechos y a los protagonistas de la noticia, se gira de forma excepcional hacia el periodista para que pueda mostrarnos lo que hay detrás de sus palabras, lo que ha experimentado y lo que ha sentido mientras informaba. No es solo un plano opuesto. Es una narración que complementa al relato informativo. Si en las otras secciones del periódico se informa objetivamente de la actualidad, en Contraplano se cuenta cómo se viven subjetivamente esas coberturas.
Baños portátiles de plástico, gente durmiendo en el suelo y colas interminables. Lo más normal sería pensar que estás en un festival de música, pero quienes salen de esos baños, quienes duermen en la calle y quienes esperan durante horas son curas, monjas y fieles de todo el mundo. Ahí entiendes que esto es un funeral, pero no uno cualquiera. Es el funeral de un papa. Uno de los más queridos de los últimos siglos. Uno que quiso, y en parte consiguió, cambiar la Iglesia.
El viernes 25 de abril por la mañana me acerqué al Vaticano con la esperanza de poder recoger la acreditación que me permitiría acceder al funeral. Había periodistas haciendo cola en la puerta de la oficina de prensa. Cuando fue mi turno me dijeron que necesitaba una carta de recomendación de la embajada española. Era imposible coger un bus en Roma. Una vez en la embajada, un guardia civil me dijo que no había nadie: “Intenta llamar”, me recomendó, pero yo ya había perdido la cuenta del número de llamadas que había hecho a lo largo de la mañana.

Por la tarde, ya con la basílica cerrada con el propósito de comenzar las preparaciones para el funeral que se celebraría el día siguiente, volví a la cola de la oficina de prensa esperando el milagro que sería que mi acreditación estuviese allí esperando. Cerró a las 9 de la noche y yo no había tenido éxito. Fue en ese momento cuando decidí volver de madrugada y hacer noche en la plaza de San Pedro para asegurarme un puesto en el funeral.
Según avanzaba la noche y empezaba a clarear el cielo, creció la tensión. Se aproximaba la hora de acceso, y cuando se abrieron las puertas, comenzó la carrera. Todo el mundo corría y la meta era un hueco, por minúsculo que fuese, en la plaza de San Pedro.
Una vez dentro, solo quedaba enfrentarse al cansancio durante más de cuatro horas antes del comienzo de la ceremonia. Los que perdieron la batalla contra el sueño se despertaron con el rezo del rosario, media hora antes del comienzo del funeral.


Llegó la hora y se hizo el silencio, que solo rompió el atronador aplauso que produjo la salida de la caja fúnebre del difunto santo padre. La colocaron en el suelo, frente al altar. En el lado izquierdo, las más de doscientas sotanas rojas que conforman el Colegio Cardenalicio; en la derecha, los trajes negros de los representantes de 162 países y en el centro, Giovanni Batista Re, el decano del Colegio Cardenalicio, se disponía a presidir la misa exequial. El italiano fue nombrado cardenal por Juan Pablo II en 2001 y participó en los cónclaves que eligieron a Benedicto XVI en 2005 y al mismo Francisco en 2013. Fue este último quien le nombró cardenal decano, rol de suma importancia tras la muerte de un papa, ya que es quien asume algunas funciones relevantes, entre ellas la de presidir su funeral.
Batista habló de Francisco como un papa “lleno de calidez humana y profundamente sensible a los dramas actuales”. También recordó algunos de los momentos clave de su papado, como la misa que ofreció en México, a pocos metros del muro que Donald Trump, allí presente, mandó construir en su primer mandato. O su viaje a Lampedusa en 2013, a donde llegaban cientos de migrantes huyendo de la guerra en Siria: “La guerra provoca la muerte de personas y la destrucción de casas, hospitales y escuelas. La guerra siempre deja el mundo peor de lo que estaba antes: siempre es una derrota dolorosa y trágica para todos”, aseguró en el territorio griego.
Tras la homilía llegó la comunión. Decenas de sacerdotes se dirigieron en procesión hacia distintos puntos de la plaza para garantizar una hostia sagrada a todos los presentes. A mi lado comulgaron un joven ciego y su amigo Marco, ambos romanos. Se fundieron en un abrazo para darse la paz.


El cardenal decano dio por finalizado el solemne acto bendiciendo el féretro antes de que fuese dispuesto para su traslado en papamóvil hacia la basílica de Santa Maria Maggiore, la que eligió el mismo papa Francisco como su lugar de descanso eterno.. “Quiero ser enterrado en Santa María la Mayor, porque es mi gran devoción”, pidió Francisco. Decenas de miles de personas acompañaron el trayecto de seis kilómetros que separan ambas basílicas.
Al día siguiente, se celebró la segunda de las misas novendiales que se celebran durante nueve días consecutivos tras la muerte de un papa. Esta vez asistí por primera vez con acreditación a la Plaza de San Pedro. Se veía diferente, y aún más cuando accedí a la zona habilitada para la prensa en lo alto del Braccio de Carlomagno. Presidida por Pietro Parolin, estaba dedicada a empleados y fieles de la Ciudad del Vaticano.
Durante esa tarde miles de fieles quisieron darle un último adiós a Francisco en la también llamada basílica de Santa Maria della Neve. Tras otra kilométrica cola se podía ver la piedra blanca con la única inscripción de “Franciscus». El papa fue enterrado en una tumba sencilla, en el lateral de la iglesia que, según la leyenda, la misma Virgen pidió en sueños al papa Liberio, marcándole donde quería que fuese construida con una nevada sobre el lugar en pleno mes de agosto.
Hoy Francisco descansa en ese lugar. Io sono giornalista.
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Foto: Marcos Villaoslada





