Madrid-Valencia en un tren repleto de letras

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Es una mañana de lunes habit­u­al en Chamartín, con sus obras, su jaleo de prin­ci­pio de sem­ana y con más gente lle­gan­do a la cap­i­tal que salien­do de ella. Pero hoy un grupo de via­jeros lla­ma la aten­ción. Car­los del Amor se afer­ra a su maletín mien­tras espera en la puer­ta de con­trol de acce­so, donde ha queda­do con sus edi­tores de Plan­e­ta, con otros escritores de la casa y con un grupo de peri­odis­tas que no han apare­ci­do todavía.

Han queda­do a las diez y media de la mañana y él lle­va allí des­de las diez y cin­co. Igual que Blue Jeans, que tam­bién lle­va un rato esperan­do. Tiene pues­ta su incon­fundible gor­ra azul mari­no y se pone y se qui­ta las gafas de ver, como si sufriera de una especie de tic nervioso, para revis­ar su telé­fono. Cuan­do sale a com­prar una botel­la de agua se encuen­tra con una cole­ga, Alice Kellen. Se salu­dan y char­lan un rato mien­tras ella fuma uno de esos cig­a­r­ril­los elec­tróni­cos que calien­ta el taba­co en lugar de que­mar­lo. Es entonces cuan­do aparece una son­ri­ente Rosa Mon­tero, que no ve al resto porque lle­ga con prisa y se mete direc­ta­mente en la estación. Son las once menos veinte. 

Una peri­odista revisa sus notas en el inte­ri­or del tren | Foto: María Gámez

Van todos a Valen­cia. La División Edi­to­r­i­al del Grupo Plan­e­ta, por ter­cer año con­sec­u­ti­vo, ha llena­do un tren de escritores cuyos dos primeros vagones se han vini­la­do con moti­vo de la Feria del Libro de Madrid para lle­var la cita a otros lugares de España. Este año, el obje­ti­vo del via­je es mostrar respal­do al sec­tor del libro valen­ciano, todavía afec­ta­do por las con­se­cuen­cias de la dana. “Valen­cia ha per­di­do mucho con la dana. Tam­bién his­to­rias y bib­liote­cas enteras, por eso vamos hacia allá”, dice Javier Sier­ra durante el trayec­to, sen­ta­do en el vagón de peri­odis­tas mien­tras suje­ta su últi­mo libro, El plan mae­stro, y le apun­tan las cámaras y los micró­fonos.

Rosa Mon­tero coin­cide, hablan­do de cómo el agua es lo peor para los libros. Peor inclu­so que el fuego: “Las libr­erías son pat­ri­mo­nio de la humanidad y son nues­tra cul­tura. Nos cor­re­sponde ayu­dar a Valen­cia lo máx­i­mo posi­ble, ten­dríamos que bus­car más solu­ciones: abrir algu­na platafor­ma para que lec­tores de toda España puedan com­prar­les, por ejem­p­lo”.  

Una excursión

Una vez están llenos los dos vagones, aparece el equipo de comu­ni­cación de la edi­to­r­i­al y lee en voz alta la lista de via­jeros. Quienes ven­gan de provin­cias enten­derán lo que evo­ca via­jar en tren como parte de un grupo y ver cómo los autores y los peri­odis­tas van lev­an­tan­do la mano a medi­da que dicen su nom­bre: parece un via­je de fin de cur­so. Y han venido todos, inclu­i­dos los gam­ber­ros, los apli­ca­dos, los que van a clase porque no les que­da más reme­dio, el del­e­ga­do y los pro­fe­sores.

Car­oli­na Igle­sias está en uno de los primeros asien­tos. Aunque en un primer momen­to se pudiera pen­sar que es la gra­ciosa de la clase, real­mente no ocu­pa ese rol. Atiende a todos con sem­blante serio, pero siem­pre cor­rec­ta. Salu­da, agradece, acep­ta que le colo­quen el micró­fono y dice estar emo­ciona­da por la acogi­da de su primera nov­ela. 

Unos met­ros detrás de ella se sien­ta Palo­ma Sánchez-Gar­ni­ca, al menos momen­tánea­mente, porque los autores van rotan­do de sitio como si fuer­an pread­o­les­centes que  quieren sen­tarse con todos sus ami­gos a la vez. La ganado­ra del Pre­mio Plan­e­ta 2024 habla de que leer es via­jar, y que leer en un tren uno de los may­ores plac­eres que hay. Que quiere que la gente dis­frute de su nov­ela y de todas las de los autores que van en este tren, dice.

¡Pero si hay doce escritores, fal­ta uno!”, se escucha en el coche número dos del AVE

Es una de las apli­cadas de la clase. Igual que Pilar Eyre, que remueve su café mien­tras char­la con uno y con otro, movién­dose lo jus­to y nece­sario de su asien­to, sin hac­er mucho rui­do. Cuen­ta que siem­pre com­pra en la libr­ería de su bar­rio, y que le encan­ta este pequeño com­er­cio en el que cada vez que ella pub­li­ca ponen un car­tel que dice: “Nues­tra veci­na Pilar ha saca­do un nue­vo libro”.

En medio de ese baile de peri­odis­tas tropezán­dose entre vagones y miran­do en sus libre­tas si habían habla­do ya con los trece autores en el tren, lle­ga la gran rev­elación: “¡Pero si hay doce escritores, fal­ta uno!”, se escucha en el coche número dos del AVE. Cal­ma: Máx­i­mo Huer­ta no ha via­ja­do en el Tren de la Cul­tura porque ya está en Valen­cia, esper­ará pacien­te­mente en el andén de Joaquin Sorol­la a que lleguen sus com­pañeros. “Próx­i­ma estación: Valen­cia-Joaquín Sorol­la”, dicen por mega­fonía. Los bolí­grafos apu­ran las últi­mas notas y las cámaras vuel­ven a sus fun­das. Fin del trayec­to. Se reen­cuen­tran con el que falta­ba, y es el mejor del­e­ga­do de clase que alguien podría imag­i­nar: son­ríe a todos, dialo­ga con los libreros afec­ta­dos por la dana que han sido invi­ta­dos a este cóc­tel, da la bien­veni­da a sus com­pañeros a la ciu­dad del Turia y posa para las fotos. 

Antes de aban­donar la ciu­dad, recomien­da a todos los pre­sentes que se olv­i­den, al menos durante el tiem­po que dure el via­je en tren, de los cables y de la tec­nología porque lo mejor siem­pre es “ench­u­farse un libro”. Sus com­pañeros se miran entre ellos, son­ri­entes. Después se van dis­per­san­do: algunos volverán a Madrid con el grupo en el tren de las 16:35. Otros tienen pre­vis­to ir a Barcelona y los demás dis­fru­tarán de unas horas más en Valen­cia. “No hay may­or plac­er que leer un libro en un tren”, dice Sier­ra parafrase­an­do a Gar­ni­ca antes de empren­der el via­je de vuelta. Pero quizás sí lo hay: hablar sobre ellos con quienes los escriben. 

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