Alcalá vuelve al Siglo de Oro
Como cada año, la ciudad celebra el bautismo de Miguel de Cervantes con el mercado ambulante más grande de España

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Tarde de fies­ta en Alcalá de Henares. Lo que se escucha son las risas de los niños que jue­gan por las calles, la músi­ca que lle­ga des­de los dis­tin­tos puestos y el mur­mul­lo de admiración de los tur­is­tas al ver a don Qui­jote en la plaza de Cer­vantes.  La Sem­ana Cer­van­ti­na reúne cada año, entre el ocho y el doce de octubre, a más de 300.000 vis­i­tantes que pueden dis­fru­tar de unas 500 activi­dades cul­tur­ales que los trans­portan direc­ta­mente al Siglo de Oro: teatro, des­files, pasacalles, músi­ca, jue­gos, jus­tas de cabal­los, talleres de arte­sanía y recrea­ciones históri­c­as.

Des­files y tra­jes tradi­cionales des­fi­lan por las calles de Alcalá | Fotografía: Ámbar Espinoza

Las ban­deras cuel­gan de las casas y de los árboles, dis­tin­tos per­son­ajes con tra­jes de época se mez­clan entre la mul­ti­tud y en cada esquina se lee: “Sábete, San­cho, que Alcalá es para vivir­la”, la frase con la que don Qui­jote invi­ta a su escud­ero, San­cho, a dis­fru­tar y a aprovechar todo lo que la ciu­dad puede ofre­cer. Y es tam­bién la invitación que se hace a todos aque­l­los que, durante estos días, lle­gan a la vil­la de Cer­vantes.

“Para mí, este tra­ba­jo con­struye puentes entre las cul­turas. Por eso, con­ver­sar y hablar con la gente me hace dis­fru­tar más de la fies­ta”, dice Aziz, arte­sano que real­iza tat­u­a­jes de hen­na y que es orig­i­nario de Mar­rue­cos. Mien­tras habla, dibu­ja en la mano de una chi­ca. Su nom­bre es Melis­sa Young y viene de Méx­i­co. Vive en Alcalá des­de hace siete años y cuen­ta que el Mer­ca­do Cer­van­ti­no es su favorito: “Es mi ruti­na, siem­pre com­pro algo… Tam­bién cosas de Navi­dad para mis ami­gos. Aquí veo a las per­sonas que conoz­co”, añade, hacien­do un gesto hacia Aziz. 

Llegan don Quijote y Sancho

De repente, los niños se alborotan.  Lle­gan don Qui­jote y San­cho Pan­za. No son solo actores que inter­pre­tan un papel: después de casi dos décadas par­tic­i­pan­do en este sin­gu­lar even­to, los dos intér­pretes de la Com­pañía La Recua Teatro rep­re­sen­tan a la per­fec­ción los per­son­ajes de la nov­ela de Cer­vantes.

El ros­tro del hidal­go está mar­ca­do por las arru­gas; lle­va bar­ba y big­ote y su mira­da es pen­e­trante. Va vesti­do con todo detalle, por­ta una lan­za, un escu­do y una armadu­ra. Mon­ta­do en un bur­ri­to, San­cho sigue a su señor dis­puesto a obe­de­cer cualquier orden de su amo. Los niños salu­dan entu­si­as­ma­dos al caballero, lo admi­ran y tien­den sus pequeñas manos hacia él. Don Qui­jote, des­de su cabal­lo blan­co, alarga la mano y estrecha la de una niña vesti­da de prince­sa.

Un niño dis­fru­ta de la tradi­ción de hac­er cerámi­ca | Fotografía: Ámbar Espinoza

A las seis de la tarde es hora de par­tir. Los cua­tro músi­cos del grupo Treefolk abren el camino. Detrás de ellos van don Qui­jote y San­cho. El pasacalles sigue un recor­ri­do bien definido: des­de la plaza de Cer­vantes has­ta la Huer­ta del Obis­po, recor­rien­do todo el mer­ca­do.

Al oír la músi­ca, la gente lev­an­ta la vista. Los rayos del sol se refle­jan en la armadu­ra de Qui­jote, que per­manece impa­si­ble ante la mul­ti­tud. En un momen­to, la músi­ca se detiene. En la plaza Pala­cio, don Qui­jote agradece —en su nom­bre y en el de San­cho— la cál­i­da acogi­da. Ha lle­ga­do el momen­to de reti­rarse. Les dice a los niños que pron­to regre­sarán a La Man­cha. “Los caballeros como yo, que somos de armas, esta­mos un tan­to ociosos. Pero dis­fru­ta­mos mucho vien­do que el bien de la gente es su dis­frute”, expli­ca antes de bajar del cabal­lo. “Mi buen San­cho está lleno de ale­gría. Yo no. Sin aven­turas no se gana glo­ria, seño­ra mía.”

Artesanos de toda España

El Mer­ca­do Cer­van­ti­no es el mer­ca­do ambu­lante más grande de España. Los arte­sanos lle­gan des­de todos los rin­cones del país, y a veces inclu­so des­de más lejos, para poder vender sus obras. “Lo que más nos gus­ta es vender. En defin­i­ti­va, ven­i­mos a eso”, dice Con­ra­do, que tra­ba­ja con cera y para­fi­na. “Como viene mucha gente, se vende bas­tante bien.” La gente suele acud­ir al mer­ca­do para com­prar en las mis­mas tien­das que en otras edi­ciones y se for­man lazos de con­fi­an­za entre vende­dores y clientes que cada año se renue­van. “Como ya me cono­cen de hace tiem­po, viene gente afín a los min­erales y a la energía que mueven”, dice José Vil­lar, que par­tic­i­pa en el mer­ca­do des­de hace siete años con su tien­da de min­erales. 

Cam­i­nan­do hacia el Pico del Obis­po aparece un espa­cio de demostración arte­sanal en el que los artis­tas tra­ba­jan y reciben futur­os encar­gos. Hay quien tal­la la piedra, quien crea tra­jes y quien, como la Sala de Armas Díaz de Vied­ma, mues­tra al públi­co due­los entre los espadachines de su propia escuela. José Manuel Car­ras­cal ha lle­ga­do des­de Jerez de los Caballeros (Bada­joz) y acude con sus obras a esta cel­e­bración des­de hace veinte años. “Hago cotas de mal­la, pero tam­bién escul­turas, porque soy escul­tor. Inclu­so otros años vine para hac­er luchas de espa­da”, cuen­ta.

Hom­bre dis­fraza­do del per­son­aje Qui­jote | Fotografía: Sil­via Lavel­li

La justa de los caballeros

Cer­ca de la exposi­ción de los talleres se encuen­tra la Huer­ta del Obis­po. Los tur­is­tas dis­fru­tan de todas las activi­dades: paseos en camel­lo, puestos de comi­da y bebi­da, aje­drez gigante para los niños… pero todos esper­an con impa­cien­cia el comien­zo del tor­neo. En Alcalá es tradi­ción, durante la sem­ana en hon­or a Cer­vantes, rep­re­sen­tar tor­neos de caballeros que evo­can, con una recon­struc­ción históri­ca suma­mente pre­cisa, las prue­bas de destreza y fuerza típi­cas de la Edad Media. 

El públi­co acla­ma a los cua­tro caballeros que se dis­putan la vic­to­ria y que se enfrentan atrav­es­an­do por­tales en lla­mas, acer­tan­do aros con la lan­za y batién­dose en due­lo. “¡Tram­poso!, ¡Tram­poso!”, se escucha entre el públi­co. Se diri­gen al caballero rojo, que ha hecho tram­pa en una de las prue­bas. Una niña gri­ta con fuerza en la tarde que poco a poco se dis­uelve dan­do paso a la noche; ella ani­ma al caballero verde, que ha sido der­ro­ta­do. Al ter­mi­nar el tor­neo, la gente sale ale­gre a escuchar la músi­ca celta que lle­ga des­de el esce­nario. El día aún no ha ter­mi­na­do. Los puestos y los arte­sanos per­manecerán activos has­ta las diez y media de la noche, un horario per­fec­to para que inclu­so los más tardíos puedan dis­fru­tar ple­na­mente de la vida de esta sem­ana tan espe­cial.

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