Línea 7B del metro: una historia de cansancio y frustración

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LÍNEA 7B DEL METRO

Una his­to­ria de can­san­cio y frus­tración

Tras 18 años, los veci­nos todavía sufren a causa de las obras

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“Mamá, oigo cru­jir las pare­des”, le dijo un día a Tama­ra su hijo. El cabecero de su cama daba al muro que col­in­da con el edi­fi­cio de al lado; lo que escuch­a­ba eran escom­bros cayen­do por la jun­ta de dilat­ación. Su piso en San Fer­nan­do de Henares empez­a­ba a agri­etarse. En el perímetro for­ma­do por las calles de la Vir­gen del Tem­p­lo, Ven­tu­ra Argu­mosa y la Huer­ta, el caso de Tama­ra no es úni­co. Des­de hace años, el dra­ma se repite en una zona que ya tiene su propia ima­gen de ref­er­en­cia: una fotografía pub­li­ca­da en los medios en enero de 2023 de cua­tro mujeres may­ores cubier­tas con man­tas, sen­tadas en un ban­co e ilu­mi­nadas por los bomberos, tras ser desa­lo­jadas de sus casas. Famil­ias enteras, de la noche a la mañana, tuvieron que dejar sus hog­a­res de for­ma tem­po­ral o per­ma­nente.

Todo comen­zó en 2004, con el proyec­to para que el Metro de Madrid lle­gara a los munici­p­ios de Cosla­da y San Fer­nan­do de Henares (este últi­mo sería el más afec­ta­do). La con­struc­ción de la línea 7B prometía ser ben­efi­ciosa, pero los cier­res con­tin­u­os, las obras inter­minables y el impacto en el día a día de los veci­nos han cau­sa­do un per­juicio que, para muchos, ya no com­pen­sa el ser­vi­cio.

El proyec­to se ini­ció con un pre­supuesto de lic­itación de 181,3 mil­lones de euros para el tramo 3, que com­prende las esta­ciones de San Fer­nan­do, Jara­ma, Henares y Hos­pi­tal del Henares, fija­do por MINTRA en agos­to de 2004. Final­mente fue adju­di­ca­do a Dra­ga­dos en sep­tiem­bre de ese mis­mo año por 168,4 mil­lones de euros. A pesar de supon­er una reba­ja de casi el 7% y de trami­tarse de for­ma ágil en poco más de un mes, las con­se­cuen­cias a largo pla­zo fueron desas­trosas. La fal­ta de esta­bil­i­dad del ter­reno y la incor­rec­ta imper­me­abi­lización de la estruc­tura provo­caron una suce­sión con­tin­ua de daños en las vivien­das y nueve cier­res de la línea. Según los últi­mos datos, el coste acu­mu­la­do para las arcas públi­cas ya supera los 400 mil­lones de euros.

La empatía es algo per­son­al y no todo el mun­do la tiene”

“San Fer­nan­do de Henares ha esta­do siem­pre muy bien comu­ni­ca­do con Madrid, mejor que Cosla­da y que Tor­re­jón”, comen­ta Tama­ra, veci­na de la calle de Pablo de Ola­vide des­de hace 43 años. Sin embar­go, con­fiesa que la situación se ha vuel­to insostenible: “Cada día le estoy cogien­do más manía al pueblo. Ves que tiran un bloque por aquí, tiran otro por allá… y te pre­gun­tas: ¿cuál es el próx­i­mo? ¿el mío? Ya no estás a gus­to”. Fue pre­cisa­mente ese cru­ji­do en el cabecero de la cama lo que alertó a su hijo antes que a nadie. Des­de entonces, la situación no ha hecho más que empe­o­rar.

Flor vive en el mis­mo bloque que Tama­ra. Ambas fueron desa­lo­jadas de sus hog­a­res jun­to a sus famil­ias en 2015 durante dos meses. Hoy, las gri­etas han vuel­to a apare­cer en sus pare­des.  Llegó un pun­to en el que se podían ver las habita­ciones con­tiguas a través de la pared. “Podías meter la mano”, ase­gu­ra Flor. Deba­jo del edi­fi­cio había una “lente­ja”, un acuífero col­ga­do que se per­foró al excavar el túnel del metro provo­can­do que se hundiera el edi­fi­cio. En con­se­cuen­cia, comen­zaron a sur­gir las gri­etas y muchos más des­per­fec­tos.

Los veci­nos se orga­ni­zaron. “La idea era inyec­tar una espuma, que era lo que podíamos pagar”, cuen­ta Flor, e inten­tar rever­tir los efec­tos. Final­mente, la Comu­nidad de Madrid se decidió a inyec­tar mortero para solu­cionar el prob­le­ma. Esto sig­nificó meses de sufrir los rui­dos de las máquinas durante todo el día y la suciedad que pro­ducían. “En cuan­to salías a la calle, te podía lle­gar una llu­via de cemen­to o gol­pearte algu­na chi­na en la cara”, indi­ca Flor con evi­dente malestar.  Ni las inyec­ciones de mortero ni el pos­te­ri­or desa­lo­jo han sur­tido el efec­to esper­a­do. Los veci­nos siguen mar­can­do las gri­etas con lápiz para seguir su evolu­ción.

Pér­di­das irrepara­bles

Tama­ra y Flor aún tienen sus vivien­das, pero Ramón no cor­rió la mis­ma suerte. Él tan sólo con­ser­va una plaza en el gara­je en el que una vez fue su edi­fi­cio, en el número 20 de la calle Ven­tu­ra de Argu­mosa. Parte del edi­fi­cio fue demoli­do a con­se­cuen­cia de las obras del metro. Su casa se encon­tra­ba en esa parte.

Ramón vivía enfrente del antiguo pozo de ven­ti­lación del metro, el ori­gen del prob­le­ma. El pozo no esta­ba bien imper­me­abi­liza­do y tan solo seis meses después de que finalizaran las obras comen­zó a dar prob­le­mas. Le sigu­ieron numerosas obras para reparar la infraestruc­tura del metro, que no hicieron más que dete­ri­o­rar poco a poco su entorno.

Debido a las fil­tra­ciones, en 2019 desviaron el agua que saca­ban del túnel del metro a un colec­tor que había en la calle de la Pre­sa. “La des­gra­cia fue que ese colec­tor no esta­ba bien, a pesar de que el Canal de Isabel II decía que no tenía prob­le­mas”, ase­gu­ra Ramón. El prob­le­ma acabó con la demoli­ción de los blo­ques 1 y 3 de la calle de Rafael Alber­ti. El agua se extendió sub­ter­ránea­mente, debil­i­tan­do el ter­reno y, final­mente, llegó al edi­fi­cio donde esta­ba su casa.

Has­ta le estoy cogien­do manía al pueblo”

En respues­ta a los hechos, se ini­cia­ron unos expe­di­entes de respon­s­abil­i­dad pat­ri­mo­ni­al que, en el caso de Ramón, como él mis­mo cuen­ta, “se sus­tan­cia­ron cua­tro años después en una res­olu­ción que no sat­is­face las necesi­dades que ten­go de una nue­va vivien­da”. Según afir­ma, la val­o­ración que ha hecho la Comu­nidad de Madrid “cor­re­sponde aprox­i­mada­mente al 50% del val­or actu­al de una vivien­da de esas car­ac­terís­ti­cas en este bar­rio”. Ante esta tesi­tu­ra, a él y a sus veci­nos solo les que­da res­ig­narse o inter­pon­er un recur­so con­tencioso-admin­is­tra­ti­vo con­tra la Comu­nidad de Madrid en recla­mación de respon­s­abil­i­dad pat­ri­mo­ni­al.

Otra per­sona que ha sufri­do los der­rumbes es Nieves. Ella tenía su escuela de dan­za fla­men­ca en el bajo de la casa famil­iar donde vivía su padre, en la calle de la Pre­sa. Nieves cuen­ta que al regre­sar a la escuela tras la pan­demia no pudo abrir la puer­ta de la entra­da. Cuan­do llegó el cer­ra­jero, le con­tó que ella no era la úni­ca que esta­ba tenien­do ese prob­le­ma: esa mis­ma tarde había aten­di­do a otros cua­tro veci­nos del bar­rio en la mis­ma situación. Al entrar en su escuela, vio que el sue­lo que había refor­ma­do un año antes se había abom­ba­do de nue­vo.

Las gri­etas iban a más, cam­bió el sue­lo tres veces, pero el prob­le­ma con­tin­uó. “Tenía que lle­gar media hora antes de abrir al públi­co para bar­rer los escom­bros que habían caí­do del techo durante la noche”, recuer­da Nieves. “Para mí aque­l­lo era una pre­ocu­pación porque en esa casa no sola­mente vivía mi padre, de 90 años, sino que entra­ban cada tarde 50 niñas”. 

“Fue duro. Aho­ra ya han pasa­do casi cin­co años, pero estuve mucho tiem­po con ansiedad. Afor­tu­nada­mente, gra­cias a la acti­tud de mis alum­nas, pude con­tin­uar con la com­pañía de dan­za”, dice con orgul­lo. Para seguir ade­lante, ha tenido que trasladar su escuela a un aula de alquil­er en Canille­jas, donde ensayan un día a la sem­ana. Todavía está pen­di­ente de juicio, pues cal­i­fi­ca la ind­em­nización que les ofrecieron de “ridícu­la”.

Los afec­ta­dos

El número de afec­ta­dos ha aumen­ta­do en los últi­mos años, esta vez con may­or inci­den­cia en la zona de la plaza del Trébol y en la calle de la Vir­gen del Tem­p­lo. Allí viv­en Aran­txa y David. La casa de David está en el número 6 de la calle Vir­gen del Tem­p­lo. En el ver­a­no de 2021 comen­zó a notar los des­per­fec­tos en su vivien­da. Se fue de vaca­ciones en julio y cuan­do volvió ya había una gri­eta que lle­ga­ba has­ta el techo. “En quince o veinte días se empezó a agri­etar todo y, miraras donde miraras, había una gri­eta”, afir­ma. Las ven­tanas no cerra­ban, la ter­raza se desniveló, los azule­jos de la coci­na se partieron… “Toda la casa se había movi­do”, resume David.

Según cuen­ta, la prop­ues­ta de ind­em­nización para reparar las vivien­das es muy infe­ri­or a los pre­supuestos que han con­sul­ta­do los veci­nos con empre­sas de refor­mas. Mien­tras que en el pre­supuesto que le han dado a él la refor­ma costaría 27.000 euros, “para la Comu­nidad de Madrid todo se arregla con 6.200”, dice enfada­do.

Aran­txa, cuyo por­tal está a unos pocos met­ros del de David, en la plaza del Trébol, empezó a encon­trar gri­etas en su casa y tuvo que ser desa­lo­ja­da, coin­ci­di­en­do con la inyec­ción de mortero en la zona. “Aunque la Comu­nidad de Madrid nun­ca lo ha recono­ci­do, aparente­mente se debió de tocar una zap­a­ta del edi­fi­cio y hubo un movimien­to brus­co de una de las esquinas”, cuen­ta. Este movimien­to hizo que se des­en­ca­jaran las puer­tas e impidió la entra­da y la sal­i­da del edi­fi­cio. A difer­en­cia de David, a Aran­txa todavía no le ha lle­ga­do la prop­ues­ta de ind­em­nización porque no fue recono­ci­da como afec­ta­da has­ta el año pasa­do, cuan­do encon­tró su direc­ción en la lista de afec­ta­dos pub­li­ca­da en el BOCM.

Ese es uno de los prin­ci­pales fac­tores en los que coin­ci­den los seis: la fal­ta de reconocimien­to y de apoyo a los damnifi­ca­dos. Aunque en 2022 se abrió la Ofic­i­na de Aten­ción a los Afec­ta­dos por la línea 7B de Metro de Madrid, ellos denun­cian que no atiende sus necesi­dades. “Te puedo decir que hemos hechovar­ios EXPONE, cer­ca de cien peti­cione­s­por veci­no y no hacen ni caso”, protes­ta David, que ase­gu­ra sen­tirse ningunea­do por los téc­ni­cos de la comu­nidad.

En la casa vivía mi padre, de 90 años, y cada tarde entra­ban 50 niñas”

Aran­txa hace hin­capié en los resul­ta­dos del reciente informe del Cen­tro Sira sobre el daño psi­coso­cial que sufren los afec­ta­dos. “Los datos que arro­ja son muy pre­ocu­pantes”, ase­gu­ra. Otra que­ja común es la fal­ta de empatía por parte de la población del munici­pio, sobre todo al prin­ci­pio. “La empatía es algo per­son­al y no todo el mun­do la tiene”, se lamen­ta Ramón.

Tama­ra expli­ca que, sin embar­go, a par­tir de la creación de la Aso­ciación Veci­nal de Per­sonas Afec­tadas por el Metro línea 7B ha cre­ci­do el apoyo: “Hablam­os mucho. Cono­ces a gente que vivía enfrente de tu casa y a la que casi casi no conocías y aho­ra te apoyas en ellos y ellos se apoy­an en ti. Hay otro tipo de relación”.

La situación sigue sien­do frus­trante. No solo sien­ten que la gestión ha sido defi­ciente. Como dice Flor: “La for­ma de tratarnos de la Comu­nidad de Madrid no tiene nom­bre. Lo repe­tiré mil veces, es un mal­tra­to psi­cológi­co”. Tam­bién creen que la con­struc­ción de un nue­vo par­que urbano sobre el recin­to en el que solía encon­trarse el Com­ple­jo del Pilar, antiguo lugar de encuen­tro y cul­tura der­rib­a­do entre 2023 y 2024, es una estrate­gia con la que, según Aran­txa, “se pien­sa dar car­peta­zo a la situación”. Pero, hace unas sem­anas, el Tri­bunal Supe­ri­or de Jus­ti­cia de Madrid dic­tó una sen­ten­cia históri­ca que ele­va sus­tan­cial­mente las ind­em­niza­ciones fijadas por el Gob­ier­no region­al. Esto sien­ta un prece­dente y arro­ja un rayo de esper­an­za para el resto de afec­ta­dos que, como Ramón, aún esper­an una ind­em­nización jus­ta.

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