“¿Cómo demonios vamos a saber qué sentían? ¡Bájenlos de sus pedestales!“La historiadora británica es contraria a la idealización acrítica de los antiguos griegos y romanos
La historiadora británica es contraria a la idealización acrítica de los antiguos griegos y romanos
Una sala totalmente repleta fue el escenario de recibimiento en Madrid para la británica Mary Beard, tal vez la experta en el mundo clásico más reconocida a nivel global. Acompañada por el periodista Guillermo Altares, la historiadora presentó su libro más reciente, Clásicos sin filtros. El encuentro congregó a tantos lectores en el Espacio Telefónica de la Gran Vía que la organización tuvo que disponer sillas adicionales detrás de la tarima para acomodar a los asistentes, muchos de los cuales acudieron con ejemplares de su obra bajo el brazo.
Reconocida por su enfoque desprovisto de solemnidad para describir la antigüedad (estilo plasmado en éxitos como SPQR: una historia de la Roma antigua), Beard hizo honor a esa destreza desde el primer minuto. Durante la conversación, la historiadora, galardonada con el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2016, subrayó la profunda conexión que une la geografía contemporánea con el pasado. En ese sentido, destacó que tanto España como Inglaterra son países donde resulta “absolutamente imposible ignorar el legado romano”.
Según Beard, esta herencia no es una pieza de museo estática, sino una presencia física y cultural bajo nuestros pies, aunque la historiadora también se preocupó por dejar claro que su propósito actual es combatir la reverencia ciega: “Quiero luchar contra la idea de que puedes encontrar en los griegos y los romanos soluciones a tus problemas”, afirmó, desmitificando incluso fenómenos editoriales como las Meditaciones de Marco Aurelio: “No creo que las meditaciones de Marcus Aurelius te ayuden con los problemas de tu vida diaria”.

En su lugar, defendió que el verdadero valor de los clásicos radica en que “enseñan a leer cosas difíciles” y ofrecen una perspectiva a largo plazo indispensable, sobre todo en la geopolítica del 2026, ayudando a entender que nuestra visión del mundo no es la única.
Su carrera
Las preguntas de Altares también llevaron a Beard a recordar sus inicios en el estudio de la cultura clásica, confesando que su pasión no nació de leer a Virgilio a una edad temprana, sino de un viaje a Londres a los cinco años. En el Museo Británico, un curador abrió una vitrina y acercó a su nariz un pedazo de pan egipcio de 4.000 años: ese asombro por lo ordinario (las lavanderías, la comida o los insultos cotidianos que aún hoy se leen en las tabernas de Pompeya, como señaló después) marcó su carrera dedicada a relatar la familiaridad y la extrañeza del mundo antiguo.
En el encuentro también se habló de su faceta más mediática, particularmente de su carrera televisiva con aclamados documentales para la BBC. Ante una de las preguntas del público al final de la charla, Beard defendió el uso de los formatos audiovisuales y rechazó la idea de que se debe endulzar el discurso para el público general. Además, reivindicó el trabajo colaborativo en televisión y se tomó un momento para recordar cuando una productora la convenció de usar una pizza en un restaurante local para explicar de forma sencilla cómo se dividió el Imperio romano: “Probablemente he recibido más correos por aquello, diciendo que ese fue un buen método, que por cualquier otra cosa”, bromeó.

Otra de las intervenciones cuestionó a la autora sobre la brecha entre el rigor de los lenguajes mediáticos y el histórico. Ante esto, Beard matizó que el verdadero reto de los divulgadores rigurosos no es competir en velocidad con las redes sociales, sino adaptar el mensaje para capturar el interés general sin traicionar la verdad de las fuentes históricas.
Historia y pedestales
La autora cerró la cita con una reflexión sobre la psicología de los grandes personajes históricos, como Julio César, que fue la antesala del sonoro aplauso que retumbó en la sala y de la larga fila que los asistentes formaron para pedir una firma de la autora. Con una precisión incisiva en los detalles que diferencian nuestro lenguaje y psicología actual de los antiguos, Beard se mostró sumamente crítica con las biografías modernas que intentan humanizar a estas figuras aplicando categorías contemporáneas. “Tengo un particular odio a las biografías de la gente antigua porque siempre las hacen parecer o sentir como nosotros”, comentó. Y advirtió que es imposible saber qué significaba psicológicamente experimentar emociones que hoy damos por sentadas. Beard explicó que, aunque en el mundo clásico existen palabras para describir el hecho físico de estar solo, no ocurre lo mismo con la experiencia subjetiva de “sentirse sola”, un concepto que también se extiende a nociones modernas como la culpa o la propia vergüenza social. “¿Cómo demonios vamos a saber qué sentían? Bájenlos de sus pedestales”, concluyó.
Otra de las intervenciones cuestionó a la autora sobre la brecha entre el rigor de los lenguajes mediáticos y el histórico. Ante esto, Beard matizó que el verdadero reto de los divulgadores rigurosos no es competir en velocidad con las redes sociales, sino adaptar el mensaje para capturar el interés general sin traicionar la verdad de las fuentes históricas.
Historia y pedestales
La autora cerró la cita con una reflexión sobre la psicología de los grandes personajes históricos, como Julio César, que fue la antesala del sonoro aplauso que retumbó en la sala y de la larga fila que los asistentes formaron para pedir una firma de la autora. Con una precisión incisiva en los detalles que diferencian nuestro lenguaje y psicología actual de los antiguos, Beard se mostró sumamente crítica con las biografías modernas que intentan humanizar a estas figuras aplicando categorías contemporáneas. “Tengo un particular odio a las biografías de la gente antigua porque siempre las hacen parecer o sentir como nosotros”, comentó. Y advirtió que es imposible saber qué significaba psicológicamente experimentar emociones que hoy damos por sentadas. Beard explicó que, aunque en el mundo clásico existen palabras para describir el hecho físico de estar solo, no ocurre lo mismo con la experiencia subjetiva de “sentirse sola”, un concepto que también se extiende a nociones modernas como la culpa o la propia vergüenza social. “¿Cómo demonios vamos a saber qué sentían? Bájenlos de sus pedestales”, concluyó.



