De residentes a resilientes

Reportajes

Tam­bién lla­ma­dos res­i­den­cias de acogi­da, recur­sos de pro­tec­ción a la infan­cia o pisos tute­la­dos, todos tienen una mis­ma final­i­dad: suplir las necesi­dades de los niños y jóvenes que no viv­en en un entorno famil­iar con­ven­cional

“Tuvi­mos una dis­cusión que acabó de for­ma bru­tal. Mi madre me mordió. Me tiró del pelo. Todo se des­bor­dó. Con 12 años nece­sita­ba ayu­da. Me daban ataques de ansiedad y no podía ni salir de la habitación. Eso fue lo que me impul­só a ir a la comis­aría. No quería que le pasase nada pero tam­poco podía seguir con ella. Tras un parte de lesiones y dos horas de espera, pude denun­ciar. Cuan­do ya tenía la denun­cia, me lle­varon inmedi­ata­mente al cen­tro de Hor­taleza”. Angy Gra­cia tiene 19 años. A los 10 volvió con su madre después de un acogimien­to fal­li­do por famil­iares lejanos al año de nac­er, pero a los 12 tuvo que dejar­la de nue­vo y entró en una medi­da de pro­tec­ción de la Comu­nidad de Madrid, es decir, en un cen­tro de menores. A los 14, su madre fal­l­e­ció.

Cuan­do una famil­ia “no es ade­cua­da”, una de las opciones de los hijos y/o las hijas es residir en un cen­tro de menores. Dichos cen­tros asumen tem­po­ral­mente el cuida­do y la edu­cación de niños y niñas que care­cen de un entorno que pue­da cubrir sus necesi­dades biológ­i­cas, afec­ti­vas y sociales. Su prin­ci­pal obje­ti­vo es que recu­peren su entorno famil­iar. Sin embar­go, no siem­pre se con­sigue.


Primera acogi­da

Jose San­tos González es edu­cador social del Cen­tro de Primera Acogi­da de Hor­taleza des­de 2001, un lugar donde menores de edad como lo era Angy van sin impor­tar el tipo de caso. Allí se decidirá su futuro. “Yo lo equiparo con las urgen­cias de un hos­pi­tal. Los que ingre­san están en ries­go de exclusión social o de desam­paro. Se hace un acogimien­to, obser­vación y prop­ues­ta de derivación. Aquí entran todo tipo de menores de edad, de difer­entes proce­den­cias y prob­lemáti­cas”, ase­gu­ra San­tos.

“Vine porque en mi país no hay estu­dios, ni tra­ba­jo, ni nada. Si te quedas allí, tienes que quedarte en casa o tra­ba­jar en el cam­po. No hay nada”. Abdul (nom­bre fal­so) llegó a España meti­do deba­jo de un camión con 15 años. Hoy tiene 17 pero, des­de joven, siem­pre se las ingenió para no caer en el bucle, como sus 7 her­manos, de quedarse estanca­do en Mar­rue­cos. Está estu­dian­do elec­t­ri­ci­dad y cuan­do acabe quiere seguir for­mán­dose.

“Antes existía mucha vergüen­za de recono­cer situa­ciones de vio­len­cia en casa, tan­to de los padres a los hijos como al con­trario. Aho­ra, con el mod­e­lo social que ten­emos, se empiezan a denun­ciar y es más vis­i­ble”. Ana María Pérez es otra edu­cado­ra del Cen­tro de Primera Acogi­da de Hor­taleza, donde lle­va tra­ba­jan­do más de dos décadas.

Según la Coor­di­nación de Cen­tros de Madrid, en la comu­nidad autóno­ma exis­ten tres cen­tros públi­cos ded­i­ca­dos a acoger de for­ma urgente a la infan­cia y juven­tud en desam­paro has­ta que se encuen­tre el entorno que mejor le con­ven­ga al o la menor de edad. Hay un total de 161 plazas y su estancia puede vari­ar entre unos pocos días y los seis meses.

“Cuan­do la famil­ia fal­la, hay que bus­car mecan­is­mos que com­pensen ese fal­lo, esa es nues­tra fun­ción. No somos su famil­ia, porque se van a ir y nosotros solo somos un peri­o­do de su vida que se aca­ba. Quer­e­mos dotar­les de las cosas que dota la famil­ia y empoder­ar­les para que ten­gan autonomía, y así, aun con esa caren­cia, sean lo sufi­cien­te­mente resilientes para tirar para ade­lante”, cuen­ta Ana María.

Jane (nom­bre fal­so) entró en el cen­tro de Hor­taleza con 15 años y de allí la derivaron a una res­i­den­cia infan­til de rég­i­men abier­to. Aho­ra tiene 17 años y recuer­da: “Había una mujer en Hor­taleza que era como mi madre. Yo le decía La Mami. Me encar­iñé con ella y ella, sin ser su obligación, me saca­ba a desayu­nar y has­ta me com­pra­ba ropa con su pro­pio dinero. Yo no tenía nada. Ni a nadie. Fue la primera per­sona que me apoyó des­de que llegué a España.”

Rég­i­men abier­to

Residir un tiem­po en Hor­taleza, o cualquier cen­tro de primera acogi­da, es una eta­pa común para cualquier menor que entra en la red de pro­tec­ción en una situación límite. Si en la primera acogi­da no cabe la opción de volver al entorno famil­iar de for­ma ínte­gra, uno de los recur­sos posi­bles es el de una res­i­den­cia para la infan­cia y la ado­les­cen­cia en la que, depen­di­en­do de la nor­ma­ti­va inter­na del cen­tro, pueden entrar niños y niñas entre los 0 y los 17 años. Aquí lle­varán a cabo todas las activi­dades de su proyec­to educa­ti­vo, resi­di­en­do en él como domi­cilio habit­u­al.

Cena de Ramadán hecha por los edu­cadores de un cen­tro de menores de Madrid.
 Foto: Mika Cil

“Recuer­do que teníamos una fur­gone­ta en la resi (diminu­ti­vo de res­i­den­cia y eufemis­mo de cen­tro de menores). Con mi madre y mi her­mana solo somos los tres, pero en la res­i­den­cia éramos un grupo. Había her­man­dad. Recuer­do vivir las activi­dades como her­manos, tam­bién los momen­tos lúdi­cos y com­par­tir todo con gente como yo”. Bran­don Castil­lo tiene 19 años. Des­de muy pequeño ha esta­do de cen­tro en cen­tro debido a la imposi­bil­i­dad de su madre de cuidar de él y de su her­mana. Su padre, como el del resto de los tute­la­dos y extute­la­dos de este repor­ta­je, es una figu­ra ausente.

“En la fies­ta de Navi­dad, un chico con­tó su expe­ri­en­cia por primera vez. Él nun­ca habla­ba de su his­to­ria. Era muy calla­do y edu­ca­do, pero ese día se lev­an­tó y dijo que tenía que decirnos una cosa. Nos con­tó su vida y recono­ció que el primer rega­lo que le habían hecho en su vida lo había abier­to con nosotros, en ese momen­to. Tam­bién ase­guró que nun­ca había sabido lo que era el amor has­ta que llegó aquí. Llo­ramos todos”, rela­ta Vir­ginia Lázaro Martínez, edu­cado­ra social de la Res­i­den­cia Infan­til Fer­nán­dez de los Ríos. Lle­va 13 años tra­ba­jan­do con menores y, según ella, la may­or caren­cia de estas juven­tudes es la de no ten­er un ref­er­ente claro.

“Si yo estoy fuera y hay una urgen­cia, no pueden con­tar con­mi­go. La Comu­nidad de Madrid tiene pro­hibido ese con­tac­to. Para los edu­cadores es sano, pero para los jóvenes es malo. Es tremen­do no poder con­tar con tu madre y tu padre siem­pre”, expli­ca Vir­ginia. Otra de las pre­ocu­pa­ciones de los edu­cadores y las edu­cado­ras de las res­i­den­cias infan­tiles es que ten­gan la preparación sufi­ciente para afrontar la may­oría de edad: “Es com­pli­ca­do. Por un lado, quer­e­mos con­ser­var esa inocen­cia de que son niños y no les quer­e­mos car­gar con muchas respon­s­abil­i­dades, pero por el otro, cuan­do salen de aquí, salen muy pequeños. Tienen 18 años y no tienen nada más. Yo lo sien­to mucho, pero por eso les ten­go que espa­bi­lar”, añade.

Jane rela­ta su día a día des­de que pasó a estar tute­la­da por la Comu­nidad de Madrid. Al cumplir los 18 años tuvo que aban­donar el recur­so sin nada que le garan­ti­zara un sitio a dónde ir. En su res­i­den­cia tienen un plan ahor­ro, de modo que el 90% de su suel­do se lo guardan para ten­er un colchón el día de mañana. Ha pedi­do una beca de estu­dios a la Fun­dación Soñar Despier­to porque, por enci­ma de todo, ella quiere seguir estu­dian­do. “Me levan­to a las 6 de la mañana para ir a clase porque estu­dio en un pueblo. Luego me voy cor­rien­do a casa y como rápi­do. Si estoy muy cansa­da me per­mi­to una sies­ta, pero si no, hago deberes a toda veloci­dad porque luego ten­go que irme a tra­ba­jar y no sal­go has­ta las 12 de la noche. Sue­lo lle­gar a la resi sobre la una”, cuen­ta.

Soñar Despier­to

“El obje­ti­vo de la fun­dación es que los niños en cen­tros de menores ten­gan una infan­cia y ado­les­cen­cia lo más sim­i­lares al resto de los niños de su edad y que sean lo más felices posi­ble. Los acom­pañamos des­de que entran en la res­i­den­cia has­ta que alcan­zan su autonomía. Ten­emos pro­gra­mas de apoyo esco­lar, acom­pañamien­to al cole­gio, cam­pa­men­tos de ver­a­no y becas de estu­dio para aque­l­los que, al cumplir 18 años, quier­an seguir for­mán­dose”. Veróni­ca Ruiz Mén­dez tiene 24 años. Es vol­un­taria de Soñar Despier­to des­de el 2018 y coor­di­nado­ra de becas. La fun­dación tra­ba­ja en más de 140 cen­tros de menores, cuen­ta con más de 1650 vol­un­tar­ios y ha aten­di­do a más de 4500 jóvenes y niños has­ta el día de hoy. “Quer­e­mos que cada vol­un­tario ten­ga a su menor y éste sien­ta que es sólo para él, que sea al úni­co que le cuide, le lleve al cole y le dé su car­iño. Es idíli­co, pero es cier­to que los niños nos ven de for­ma dis­tin­ta a los edu­cadores”, ase­gu­ra Veróni­ca. Además, el pro­gra­ma de becas para extute­la­dos es exi­toso. Para pedir­lo, los req­ui­si­tos son haber esta­do en un cen­tro de menores, quer­er estu­di­ar y ten­er com­pro­miso con la beca. Ellos se encar­gan de cubrir todos los gas­tos que la per­sona beca­da requiera en relación a sus estu­dios, aunque su inten­ción siem­pre es ir más allá: “hac­er piña”.

El artícu­lo 21 de la Ley 26/2015 de 28 de julio hace ref­er­en­cia al acogimien­to res­i­den­cial. En ella se men­ciona que “en el caso de los menores de dieciséis a diecio­cho años, uno de los obje­tivos pri­or­i­tar­ios será la preparación para la vida inde­pen­di­ente, la ori­entación e inser­ción lab­o­ral”. No es pri­or­i­tario con­tin­uar la for­ma­ción académi­ca. Ni siquiera tiene un sub­a­parta­do que lo men­cione.

Rég­i­men semi­a­bier­to

Según el BOE, un cen­tro en rég­i­men semi­a­bier­to “se car­ac­ter­i­za por per­mi­tir a los menores someti­dos a la medi­da realizar fuera del cen­tro algu­na o algu­nas de las activi­dades for­ma­ti­vas, educa­ti­vas, lab­o­rales y de ocio estable­ci­das en el pro­gra­ma indi­vid­u­al­iza­do de eje­cu­ción de la medi­da”.

Así lo cuen­ta Angy: “Hacíamos muchos talleres. Nos tenían dis­traí­dos para man­ten­er­nos activos y así al final del día, estar cansa­dos y ten­er­nos más rela­ja­dos”. A los 16 años, Angy comen­zó a tomar “malas deci­siones” que hicieron que pasase de residir en un cen­tro de menores de rég­i­men abier­to a uno semi­a­bier­to. “Tras la muerte de mi madre, empecé a jun­tarme con malas com­pañías, a ten­er mal­os com­por­tamien­tos, a robar, a no ir al insti­tu­to… mal­os hábitos. En esa situación, los edu­cadores no podían hac­er mucho y tomaron la decisión de man­darme a un cen­tro donde pudier­an tratarme mejor, estar más aten­tos”, recuer­da.

“Afec­to y nor­mas. Todos nece­si­tan más afec­to y más nor­mas, equi­li­brar esas dos cosas. Amor y un camino, una guía la cual seguir, nada más”. Isabel Gar­cía es tra­ba­jado­ra social en un cen­tro de rég­i­men semi­a­bier­to y téc­ni­ca respon­s­able de las medi­das de lib­er­tad vig­i­la­da de menores. Lle­va 6 años en un proyec­to lla­ma­do “Con­viven­cia en grupo educa­ti­vo” que con­siste, según cuen­ta, en “apo­yar con car­iño y nor­mas, pero siem­pre dejan­do claro que lo impor­tante del obje­ti­vo es que se vayan con una mochi­la llena de her­ramien­tas, habil­i­dades y for­t­alezas para que el día de mañana puedan optar a las mis­mas opor­tu­nidades que los demás, aunque no ten­gan apoyos”.

Cuan­do Angy sal­ió de este rég­i­men todavía era menor de edad, así que pasó de nue­vo a un cen­tro abier­to. Se emo­ciona al decir que quería ser dueña de su vida, sus deci­siones, y de sí mis­ma: “Quería ser una empoder­a­da. Al salir del cen­tro semi­a­bier­to, un día me dije a mí mis­ma que esta­ba cansa­da de mi yo de antes. De tan­ta fies­ta, tan­ta gente, tan­ta dro­ga… Quería ser alguien en la vida. Pen­sar en mi futuro. Me puse a estu­di­ar y a tra­ba­jar”.

Isabel expli­ca que exis­ten ras­gos comunes en los jóvenes que ter­mi­nan en dicho rég­i­men o con una medi­da de lib­er­tad vig­i­la­da. Es típi­co que se dé en famil­ias donde los roles de padres y madres no están bien definidos como pueden ser: famil­ias mono­parentales, en el que la per­sona encar­ga­da pasa mucho tiem­po en el tra­ba­jo y sus hijos sin super­visión ni con­trol; o famil­ias con divor­cios con­flic­tivos y sin acuer­dos. “A veces son vio­len­tos porque no han apren­di­do a sobre­vivir de otra man­era. La tris­teza y la depre­sión sue­len salir en for­ma de vio­len­cia. Están enfada­dos, pero siem­pre hay un ori­gen”, afir­ma.

Cumplir los 18 años

Lle­ga­da la may­oría de edad, vuel­ven a ser vul­ner­a­bles. “Les damos una pata­da en el culo el mis­mo día de su cumpleaños”, dice Vir­ginia. Medi­ante los informes redac­ta­dos a lo largo de la estancia de la per­sona menor de edad en el cen­tro, la Comu­nidad de Madrid decide si, lle­ga­do el día de salir, merece una plaza en un recur­so para may­ores de edad. “Muchos pien­san que cuan­do sal­gan de aquí van a ten­er famil­ia. Pero si no se han api­ada­do de ellos sien­do pequeños, ¿crees que los van a quer­er cuan­do ten­gan 18 años? Pues a lo mejor un rato, pero no”, insiste Vir­ginia.

Angy cumplien­do su sueño: con su casa, su fiel com­pañera y
muchos recuer­dos crea­d­os a lo largo de su pro­ce­so. Foto: Mika Cil

“A los 15 yo ya iba pen­san­do en qué iba a hac­er. Ya me pre­ocu­pa­ba. Cuan­do llegó la hora, por suerte, me fue bien, pero me sen­tía triste. Com­partí muchas cosas en la resi y aho­ra la tenía que dejar”. Bran­don tuvo la suerte de recibir una plaza en un recur­so para may­ores de edad, la Res­i­den­cia Uni­ver­si­taria Ciu­dad Esco­lar. Al cumplir los 18 años tuvo que afrontar el ser adul­to sin ningún respal­do. Hoy en día no tiene ningún ref­er­ente, pero siem­pre inten­ta “ser más inde­pen­di­ente, tomar deci­siones pen­san­do metódica­mente y con bas­tante cal­ma”. A pesar de no haber vivi­do en un entorno famil­iar con­ven­cional y estable, no cam­biaría nada de su his­to­ria: “Si hubiera sido una per­sona sin prob­le­mas, sin obstácu­los, sin muros…no ten­dría los pen­samien­tos que ten­go aho­ra y no sería quien soy aho­ra. No cono­cería las per­sonas que hoy en día me rodean”.

Angy, al igual que Bran­don, tam­poco tiene ningún ref­er­ente. Nun­ca lo tuvo. “Tan solo quiero ser la mejor ver­sión de mí mis­ma cada día. Hoy quiero ser así, pero mañana quiero ser mejor. Hoy ten­go cier­tos conocimien­tos, cier­tas habil­i­dades, cier­tos estu­dios, cier­tos tra­ba­jos, pero siem­pre quiero más”, ase­gu­ra. Sin embar­go, ella decidió que a los 18 sí que esta­ba prepara­da para la vida adul­ta. Y a los tres meses de estar en un recur­so para may­ores de edad, decidió que ya era hora de ser libre.

“Me voy a arries­gar, voy a salir y voy a bus­carme la vida. Estos años atrás tam­bién me iba preparan­do. Tra­ba­ja­ba y tenía mi colchón para que el día que saliera pudiera estar más capac­i­ta­da y prepara­da”.

A pesar de las difer­entes vidas que tienen todas las per­sonas que inte­gran este repor­ta­je, existe en ellas un sen­timien­to muy fuerte en común: ningu­na se arrepi­ente de la his­to­ria que ha con­stru­i­do, ni de su paso por los cen­tros de menores. Es más, inclu­so hay algu­na que se atreve a afir­mar que “volvería a repe­tir­lo una y otra vez”.

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11 comentarios en «De residentes a resilientes»

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  • Espec­tac­u­lar la fuerza que mues­tran estos chicos, per­sonas a las que sus bue­nas acciones ten­drán que ser val­o­radas el triple y las malas no ten­er­las tan en cuen­ta.

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  • Muy impor­tante vis­i­bi­lizar estas situa­ciones! Gran artícu­lo 🙂

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  • Es súper impor­tante hablar de esto y dar­le vis­i­bi­lización, muchas gra­cias!!

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  • Super intere­sante y emo­ti­vo el artícu­lo. Se nota que son muchos los menores que pasan por esa situación y a menudo no reciben toda la ayu­da que nece­si­tan. Muchas cosas tienen que cam­biar, pero es emo­cio­nante ver que aún así salen ade­lante!!

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    • Espec­tac­u­lar la fuerza que mues­tran estos chicos, muy intere­sante el artic­u­lo

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  • Me ha pare­ci­do increíble las his­to­rias de estos chavales , con­move­do­ras , me ha lle­ga­do a emo­cionar tan­tísi­mo, son unos grandes luchadores!! que pena que esto no este con­cien­ci­a­do en la gente y que no sep­an de esta real­i­dad …..tan­tas cosas cam­biarían!!!

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    • ¡Exce­lente repor­ta­je! Asun­tos descono­ci­dos, por muchos de nosotros, salen a la luz mostran­do la nat­u­raleza humana, des­de un ángu­lo tan­to neg­a­ti­vo como pos­i­ti­vo. Felic­ita­ciones a la peri­odista por darnos a cono­cer estos temas tan intere­santes, redac­ta­dos de una man­era muy direc­ta, has­ta sacarnos una que otra lágri­ma, ante la real­i­dad de muchos chicos naci­dos en hog­a­res dis­fun­cionales. Cin­co estrel­las para la pub­li­cación.

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  • Me ha encan­ta­do. como ex alum­no de la fac­ul­tad que feliz me hace ver que hay tan­to tal­en­to emer­gente.

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  • Es boni­to ver que no estan solos, que tienen el apoyo y la opor­tu­nidad que todo niño se merece porque siem­pre hay un avance y un futuro, y la famil­ia es la que se crea a lo largo de la vida.

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    • qué boni­to es poder ver cómo después de tan­ta mier­da, en las peo­res condi­ciones que se le puede haber dado a una niña de ape­nas 12 años o a un chaval de 18, cuyas úni­cas pre­ocu­pa­ciones deberían ser 3 exámenes el lunes y no el estrés de no ten­er unos padres que te vayan a cuidar el día de mañana, sean capaces de ver más allá y ten­er ambi­ción por una mejor vida

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